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Hasta que veas las estrellas

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Sinopsis

Para muchos ella puede resultar aburrida estresante o demasiado callada pero detrás de esa coraza y de una relación que ya se siente como una rutina se esconde una chica que solo encuentra Paz mirando al cielo nocturno desde el césped de la montaña él es todo lo contrario un streamer viveltido caótico y acostumbrado al ruido digital dos polos a puestos que no debían cruzarse sin embargo una sola mirada despierta en él una curiosidad incontrolable en menos de una semana él logra ver lo que nadie más ha querido notar y está dispuesto a mover cielo y tierra para regalarle el universo que siempre ha soñado contemplar

Genero:
Romance
Autor/a:
Paolaa
Estado:
hace 5 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1) la chica que dibujaba las estrellas

Hay personas que nacen con un don. Otras nacen con carisma. Y luego estoy yo, que nací con la habilidad extraordinaria de perder las llaves de mi casa al menos tres veces por semana.

Pero empecemos por el principio. O más bien, por la noche anterior, que es donde realmente comienza todo esto.

Mi cuarto mide exactamente cuatro pasos de largo y tres de ancho. Lo sé porque los he contado. Muchas veces. Demasiadas. Es un cuarto pequeño, con una cama que chirría, un escritorio lleno de libros apilados sin ningún orden lógico (mentira, están ordenados por color, pero nadie más lo nota) y una ventana que da a la colina. La colina. Mi colina.

Esa noche estaba tumbada boca arriba en el pasto, con una libreta morada en una mano y un lápiz en la otra. Mi color favorito es el morado. No el lila, no el violeta. El morado. Ese que parece que tiene personalidad propia.

Y ahí estaba yo, con los cuatro dedos de mi mano izquierda extendidos hacia el cielo, intentando atrapar estrellas imaginarias. Las movía de un lado a otro, como si pudiera reorganizar el firmamento a mi antojo. La mano derecha, mientras tanto, dibujaba torpemente en la libreta lo que mis dedos "veían".

—A ver... —murmuré para mí misma—. Si pongo esta estrella aquí y esta de allá... se forma un corazón. ¿O es una papa?

Era una papa. Pero una papa con estilo.

Me quedé mirando el dibujo. Luego miré el cielo. Luego miré el dibujo otra vez.

—¿Por qué te dibujo en morado si eres azul? —le pregunté a la libreta, como si ella tuviera la culpa—. No tiene sentido. Es una falta de respeto al cielo.

El cielo, obviamente, no respondió. Las estrellas tampoco. Pero yo seguí hablando, porque eso es lo que hago cuando estoy sola. Que es casi siempre.

—Mi vida es como este dibujo —dije, con un suspiro dramático que habría avergonzado a cualquier poeta—. Intentando ser algo bonito, pero saliendo un poco... papa.

Y esa es mi rutina. Todos los días. Todos los días son iguales.

Me despierto, desayuno cereal sin azúcar porque mi mamá dice que el azúcar es mala (pero luego se toma tres cafés con cinco cucharadas cada uno), voy a la escuela, escucho a Miguel hablar de su taller, finjo que me interesa, vuelvo a casa, leo, escribo, salgo a la colina, le hablo a las estrellas, vuelvo a entrar por la ventana y me duermo.

Repetir. Repetir. Repetir.

Camila dice que exagero. Que "la vida no es tan aburrida". Pero Camila tiene novio, amigos, planes los fines de semana. Yo tengo una libreta morada y una ventana.

Bueno, y a Miguel. Que no es malo. Solo... está. Como el ruido de la nevera. Lo escuchas cuando te concentras, pero el resto del tiempo ni te enteras.

Esa mañana me desperté con el sol pegándome en la cara y el sonido de mi alarma, que es la misma canción desde hace dos años. Me levanto, me visto, me miro al espejo. Pelo negro, largo, un poco desordenado (okay, muy desordenado). Ojos verdes que a veces parecen cansados. Piel blanca como la leche. Y una estatura que no llega ni al metro sesenta.

—Hola, pequeña —le digo a mi reflejo—. Hoy tampoco vas a crecer.

Mi reflejo no se ríe. Ya está acostumbrada.

Bajé las escaleras, saludé a mi mamá (que estaba en el teléfono), agarré mi mochila y me dirigí a la puerta para ir a la escuela. Metí la mano en el bolsillo del abrigo.

Vacío.

Metí la otra mano.

Vacío.

—No. No, no, no, no...

Empecé a buscar como loca. En la mochila, en los bolsillos del pantalón, debajo del sofá, dentro de un zapato (no preguntes por qué). Nada.

—¡Mamá, perdí las llaves!

—Búscalas mejor —dijo ella, sin apartar el teléfono de la oreja.

Genial. Gracias por la ayuda, madre.

Salí al pasillo del edificio, dispuesta a revisar el felpudo, cuando choqué con algo. Con alguien. Con una pared con forma de persona.

—Uy —dije, tambaleándome hacia atrás.

Levanté la vista. Y la vista siguió subiendo. Y subiendo.

Era un chico. Altísimo. Como de un metro noventa, mínimo. Pelo negro, desordenado pero en el buen sentido (¿cómo se logra eso?). Ojos azules. Azules como el cielo antes de que anochezca. Piel blanca. Y una sonrisa torcida que parecía decir "hola, soy consciente de que soy guapo y no pienso disimularlo".

—¿Buscas esto? —preguntó, levantando la mano. En sus dedos colgaba un llavero con forma de estrella. Mi llavero. Mis llaves.

—¡Mis llaves! —exclamé, intentando alcanzarlas. Pero era demasiado baja. Él era demasiado alto. La física no estaba de mi lado—. ¿Dónde las encontraste?

—En el suelo, cerca de la puerta. —Se encogió de hombros, sin soltarlas—. Soy Zede. Me acabo de mudar al tercer piso.

Zede. Qué nombre más raro. ¿Zede? ¿Como la letra? ¿Como el final?

—Ashley —dije, cruzándome de brazos—. Y esas llaves son mías.

—Lo sé. Tienen forma de estrella. Es un poco obvio.

—¿Y me las vas a dar o vas a quedártelas de recuerdo?

Él se rio. Una risa baja, contagiosa. Luego me las tendió, pero cuando fui a agarrarlas, las levantó de nuevo.

—Espera. ¿Tú eres la que dibuja constelaciones en el pasto por la noche?

Me quedé helada.

—¿Cómo...?

—Te vi desde la ventana de mi cuarto —dijo, con una sonrisa—. Antes de mudarme. Las cajas llegaron antes que yo. Y tú estabas ahí, hablando con el cielo. Es un poco raro, ¿no?

Sentí que me ardían las mejillas.

—No es raro. Es... es investigación.

—¿Investigación de qué?

—De... constelaciones. Para un proyecto. De la escuela.

Él asintió, como si me creyera. Pero sus ojos azules brillaban con diversión.

—Claro. Un proyecto. —Me dio las llaves por fin—. Nos vemos, Ashley de las estrellas.

Y se fue, subiendo las escaleras con las manos en los bolsillos, silbando una canción que no reconocí.

Yo me quedé ahí, con las llaves en la mano, el corazón latiéndome raro y una sola pregunta en la cabeza:

¿Quién era ese chico y por qué me había visto?

---

Capítulo 2: El chico que hablaba demasiado

(Narrado por Zede)

¡Hola! Soy Zede. Sí, Zede. Como la letra. Como el final. Como esa palabra que no significa nada pero suena bien. Mi nombre completo es Zede Álvarez, tengo veintiún años y soy lo que la gente llama "streamer". O "youtuber". O "el chico ese que juega videojuegos y grita en internet". Todas son correctas.

Mi vida es bastante simple: me despierto a las doce, enciendo la computadora, juego, hablo con el chat, hago chistes malos, recibo donaciones de gente que no conozco y me acuesto a las tres de la mañana. Repetir.

No me quejo. Me va bien. Tengo tres millones de seguidores, un contrato con una marca de refrescos y una habitación llena de luces LED que cambian de color según mi estado de ánimo (ahora mismo están en azul, o sea, tranquilo).

Pero mudarme a este edificio fue un caos. Cajas por todas partes, cables enredados, el internet tardó tres días en instalarse. Casi muero.

El día que conocí a Ashley estaba buscando un cargador en el pasillo (no preguntes por qué lo buscaba en el pasillo, fue un día raro) cuando vi algo en el suelo. Un llavero con forma de estrella. Y pensé: "Qué cursi". Pero luego lo recogí y vi que tenía una pequeña etiqueta que decía: "Ashley, si pierdes esto otra vez, eres tonta".

Me reí. Mucho.

Estaba a punto de tocar el timbre para devolverlo cuando la puerta se abrió y salió ella. La reconocí al instante. Era la chica del video. La de las estrellas. La que hablaba con el cielo como si fuera su diario.

Era más bajita de lo que parecía en pantalla. Pelo negro, ojos verdes, cara de no haber dormido bien en tres días. Me miró con el ceño fruncido, como si yo fuera un mueble mal puesto.

—Uy —dijo.

—Hola —dije yo, con mi mejor sonrisa—. ¿Buscas esto?

Y le mostré las llaves.

Su cara pasó por cinco emociones en menos de dos segundos. Sorpresa. Alivio. Vergüenza. Enfado. Y otra vez sorpresa.

—¡Mis llaves! —Intentó alcanzarlas, pero era como ver a un hámster intentando atrapar una nuez en lo alto de un árbol. No llegaba—. ¿Dónde las encontraste?

—En el suelo.

—¿Y me las vas a dar o vas a quedártelas de recuerdo?

Uy. Tenía carácter. Me gustó.

—Soy Zede —dije—. Me acabo de mudar al tercer piso.

—Ashley —respondió ella—. Y esas llaves son mías.

—Lo sé. Tienen forma de estrella. Es un poco obvio.

Luego le pregunté si era la chica que dibujaba constelaciones en el pasto. Y se puso roja. Rojísima. Como un tomate con complejo de estrella.

—No es raro —dijo—. Es... investigación.

—¿Investigación de qué?

—De... constelaciones. Para un proyecto. De la escuela.

Obviamente era mentira. Pero era una mentira tan adorable que decidí no desmontarla.

Le di las llaves, me despedí y subí las escaleras silbando. No sé por qué silbaba. Nunca silbo. Pero algo en esa chica me puso de buen humor.

Esa noche, mientras transmitía, no podía concentrarme. El chat me preguntaba qué me pasaba. "Estás raro, Zede". "¿Te has enamorado?".

Yo me reí y dije que no. Que solo estaba cansado.

Pero mentí.

Porque no podía dejar de pensar en sus ojos verdes, en su libreta morada, en la forma en que fruncía el ceño cuando se enfadaba. Y en cómo, por un segundo, cuando le devolví las llaves, me sonrió. Solo un segundo. Pero fue suficiente.

—Ashley de las estrellas —murmuré, apagando la transmisión—. Esto va a ser divertido.

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