Capítulo 1. Seda, alcohol y sombras
En Roma, el poder no se demuestra alzando la voz; se demuestra en el silencio imponente de una mesa repleta de hombres peligrosos.
Ajusté los pliegues de mi vestido de seda negra frente al espejo del vestidor. Era una pieza hecha a medida, ceñida a la cintura, que dejaba mi espalda sutilmente al descubierto. Sonreí con cierta satisfacción. Sabía exactamente la reacción que provocaría esa prenda, o más bien, en quién la provocaría.
Un gruñido sordo y profundo resonó desde la esquina de la habitación.
—Tranquilo, Ares —murmuré, girándome hacia el enorme dóberman negro que me observaba con las orejas erguidas y la cabeza ladeada.
Ares se levantó con elegancia militar, sus patas haciendo un leve chasquido sobre el mármol, y caminó hacia mí para apoyar su hocico pesado en mi muslo. Pasé las uñas por su lomo con suavidad. Era mi sombra, el guardián indiscutible de la mansión, pero conmigo era tan dócil como un cachorro.
El sonido de la puerta principal al abrirse abajo hizo que Ares erizara ligeramente el lomo, aunque no ladró. Él conocía perfectamente ese paso firme, pesado e inconfundible.
Pasos en el pasillo. Un segundo después, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.
Ahí estaba él.
Alessandro vestía un traje a medida de tres piezas, impecable, de un azul tan oscuro que rozaba el negro. Llevaba la corbata ligeramente aflojada en el cuello y el cabello castaño rozando apenas su frente. Sus ojos oscuros recorrieron mi figura de arriba abajo en un segundo escaneo quirúrgico. Cuando su mirada se detuvo en el escote de mi espalda, los músculos de su mandíbula se tensaron visiblemente.
—Buenas noches a ti también —dije con una media sonrisa, apoyando las manos en mis caderas.
Ares caminó hacia él, recibiendo una breve palmadita en la cabeza antes de que Alessandro avanzara con paso lento y dominante directamente hacia mí.
—Ese vestido es demasiado corto, Olivia —dijo con esa voz grave, áspera y posesiva que siempre lograba erizarme la piel. Sus manos rodearon mi cintura con firmeza, atrayéndome hacia su pecho sin dejar espacio para la duda.
—Es una cena de gala con los jefes de las familias, Alessandro. Hay que vestir a la altura —respondi con inocencia fingida, inclinando la cabeza hacia arriba para sostenerle la mirada.
—Me da igual quién esté allí —susurró, inclinándose hasta que su aliento cálido rozó mi oreja—. No me gusta cómo te miran los imbéciles de los Moretti. Si alguno se atreve a fijar la vista donde no debe más de tres segundos, le arrancaré los ojos en el postre.
Un escalofrío delicioso me recorrió la columna. Amaba eso. Amaba que fuera celoso, abrumador y protector hasta el punto de la locura. Desde que éramos niños, Alessandro siempre había sido el escudo que me separaba de las atrocidades del mundo mafioso en el que nacimos, y al mismo tiempo, el único hombre capaz de tenerme acorralada contra una pared con solo una mirada.
—Eres insoportable —murmuré, aunque mis dedos ya buscaban la solapa de su chaqueta, acomodándosela con cariño.
—Soy tuyo, que es muy diferente —corrigió él, dándome un beso seco en la sien antes de meter la mano en el bolsillo interior de su saco.
Sacó una pequeña caja de terciopelo negro y la abrió frente a mí. En el centro refulgía un gargantilla de diamantes con una esmeralda tallada en forma de lágrima. Una joya que probablemente costaba más que la casa de cualquier mortal.
—Un detalle para la mujer más hermosa de Roma —dijo, sacando el collar y pasándolo por mi cuello. Sopló suavemente sobre mi piel erizada mientras enganchaba el broche—. Aunque prefiero cuando no llevas nada.
—Siempre tan romántico —reí, tocando la piedra fría sobre mi piel. Me giré en sus brazos y lo miré fijamente.
Nuestras familias eran socias, mejores amigas, los pilares que sostenían el crimen organizado en la capital. Pero lo que había entre Alessandro y yo ya no era un pacto de sangre familiar. Era algo mucho más profundo.
Antes de que pudiera alejarse para terminar de arreglarse la chaqueta, me abalancé sobre él. Tomé la solapa de su traje con fuerza y lo atraje hacia abajo, estrellando mis labios contra los suyos.
Alessandro se congeló durante una fracción de segundo, sorprendido por la iniciativa, pero inmediatamente soltó un gruñido bajo y profundo. Su mano voló a mi nuca, profundizando el beso con una ferocidad hambrienta. Me pegó por completo a su cuerpo duro como una roca. Mis labios sabían a él, a whisky caro y a un peligro al que jamás pensaba renunciar.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos respirando con dificultad. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa.
—Un día de estos vas a matarme, Olivia —susurró, con el pulgar acariciando mi labio inferior, aún húmedo por el beso.
—No podrías morir aunque quisieras, Alessandro. No te lo permitiría.
Él sonrió, una sonrisa pequeña pero llena de devoción absoluta. Tomó mi rostro entre sus manos grandes y me miró con una seriedad que me encogió el corazón.
—Sé mi novia —dijo sin rodeos, con esa autoridad natural que usaba para dar órdenes en la calle, pero que conmigo se volvía casi una súplica—. Ya no quiero más rodeos, ni miradas a escondidas en los pasillos de las reuniones. Quiero que todos en esta maldita ciudad sepan que eres mía. Que eres mi mundo.
El pulso se me aceleró en la garganta. La emoción me inundó el pecho, tan intensa que casi dolía.
—Acepto —susurré con una sonrisa radiante.
Alessandro me volvió a besar, esta vez con una dulzura contenida que me derribó por completo, antes de entrelazar sus dedos con los míos.
—Vamos abajo. Tu padre ya debe de estar desesperado con el cónclave de esta noche.
Al bajar por la majestuosa escalera de mármol de la mansión, con Ares pisándonos los talones, encontramos a mi padre en el salón principal, de pie junto a la chimenea con un vaso de cristal en la mano. Vestía un traje impecable y mantenía esa postura erguida de Don que infundía respeto a kilómetros.
Al vernos entrar juntos y agarrados de la mano, sus ojos se entornaron con una mezcla de orgullo y severidad.
—Ya era hora —dijo mi padre, tomando un sorbo de su bebida—. La comitiva de Milán ya ha llegado al restaurante. No podemos dar la impresión de que la familia no es puntual.
—Todo está bajo control, Don Carlos —respondió Alessandro con voz serena, manteniendo mi mano firmemente sujeta.
Mi padre nos observó detenidamente, deteniendo la mirada en nuestras manos entrelazadas y luego en la gargantilla que me acababa de regalar. Suspiró, aunque en el fondo sabía que esto era exactamente lo que deseaba para el futuro del clan.
—Me alegra verlos así —admitió mi padre, dando un paso hacia nosotros—. Pero Olivia, Alessandro... tienen que empezar a pensar en el futuro del apellido. Las cosas se están complicando en el norte. Necesito saber que el imperio estará asegurado. Necesito un heredero. Un nieto que continúe esta dinastía.
Sentí cómo la tensión se apoderaba por un segundo del ambiente. La presión de la familia siempre estaba presente, pero mi padre nunca había sido tan directo.
Alessandro no se inmutó. Dio un paso al frente, colocándose sutilmente medio torso por delante de mí, adoptando la postura de un auténtico líder.
—Con todo el respeto, Don Carlos —habló Alessandro con un tono tan firme que no admitía réplica—, no voy a precipitar las cosas. Olivia es mi prioridad absoluta. Primero haremos la boda que ella se merece, con todos los honores en Roma. Y después... nos ocuparemos de los herederos a nuestro tiempo. No hay prisa.
Mi padre lo sostuvo con la mirada durante unos segundos eternos, midiendo la determinación del hombre al que prácticamente había criado como a un hijo. Finalmente, una leve mueca de respeto pareció cruzarse por el rostro de mi padre, quien asintió con la cabeza.
—Bien. Pero no se olviden de quiénes somos ni de lo que representamos. Roma nos pertenece, pero solo si nos mantenemos fuertes.
Alessandro me miró de reojo, apretando suavemente mi mano. En sus ojos no había sombra de duda ni de miedo. Para él, la mafia, los negocios y la guerra eran solo piezas de un tablero; su único imperio real era yo.
Me acomodé el abrigo de piel sobre los hombros mientras Alessandro me abría la puerta del majestuoso salón. Ares dio un paso adelante para acompañarnos, pero antes de que cruzáramos el umbral hacia el patio de la mansión donde nos esperaban los blindados, la voz de mi padre congeló el ambiente.
—Olivia. Quédate un momento.
Me detuve en seco. La voz de mi padre no admitía discusión, pero el agarre de Alessandro en mi mano se volvió aún más firme. Sentí cómo la temperatura a mi alrededor bajaba de golpe.
—Se nos hace tarde, Carlos —dijo Alessandro, sin soltarme y usando deliberadamente un tono seco que marcaba su terreno.
—Será solo un minuto, Alessandro. Déjanos a solas —ordenó mi padre, sirviéndose un trago de whisky con la parsimonia de quien sabe que controla cada rincón de esta ciudad.
Miré a Alessandro a los ojos. Tenía la mandíbula tan apretada que un músculo en su mejilla palpitaba violentamente. Sé perfectamente lo posesivo que es; odia que cualquier persona, incluso mi propio padre, intente apartarme de su lado o dictar lo que debo hacer.
—Te espero afuera, en el coche —susurró él, inclinándose para darme un beso tenso en la sien. Luego miró a mi padre con una advertencia implícita en los ojos antes de salir, seguido de cerca por Ares.
Cuando la puerta se cerró, me giré hacia mi padre y me crucé de brazos, haciendo sonar los taconazos contra el piso de mármol.
—¿Qué pasa ahora, papá? Estamos a punto de salir hacia el restaurante con los clanes de Milán.
—Pasa que no me gusta la actitud de Alessandro, Olivia —soltó mi padre, dando un trago a su vaso sin mirarme—. Ni la suya, ni la tuya.
—¿De qué estás hablando? —inquirí, sintiendo cómo la rabia empezaba a burbujear bajo mi piel.
—De la respuesta que me acaba de dar. "A nuestro tiempo", me ha dicho. —Mi padre dejó el vaso sobre la mesa de cristal con un golpe seco que resonó en todo el salón—. No estamos jugando a las casitas, Olivia. Esta familia necesita un heredero pronto. Las tensiones con la Camorra y los norteños están en su punto más alto. Un bebé entre los dos apellidos sellaría de forma definitiva la alianza más poderosa de toda Italia.
—¡Tengo veintidós años! —exclamé, dando un paso hacia él—. ¡No soy una incubadora para tus alianzas políticas ni para tu jodido imperio!
—¡Eres una Don de esta familia! —bramó mi padre, alzando la voz por primera vez y clavándome una mirada dura como el acero—. Tu deber antes que tus caprichos es la continuidad de nuestro apellido. Alessandro te malcría. Te llena de vestidos de miles de euros, flores, joyas... te trata como si fueras de cristal. Y tú te dejas consentir como una niña caprichosa mientras el mundo de la mafia se tambalea a nuestro alrededor.
—Alessandro me respeta y me ama, algo que tú pareces no entender —le escupí, temblando de rabia—. Él sabe lo que valgo por mí misma, no solo por lo que puedo llevar en mi vientre. Si él ha dicho que iremos con calma, que primero habrá una boda y que las cosas se harán a nuestro ritmo, se van a hacer así. ¿O es que acaso vas a enfrentarte al futuro capo de los Romano?
Mi padre entornó los ojos, acercándose a mí con paso lento.
—No me amenaces con Alessandro, Olivia. Lo he criado prácticamente como a un hijo, pero jamás me temblará la mano si tengo que ponerlo en su sitio. Él no manda en mi casa, ni manda sobre mi hija.
—Te equivocas, papá —dije con una sonrisa amarga y desafiante, manteniendo la cabeza bien alta—. Alessandro no manda sobre mí porque yo no soy de nadie... excepto de él porque así lo decido yo. Y si intentas presionar con este tema, lo único que vas a lograr es que nos vayamos de esta mansión mañana mismo.
Un silencio pesado y cortante se instaló entre los dos. Mi padre me sostuvo la mirada durante varios segundos, midiendo el calibre de la rebelión que tenía enfrente. Sabía perfectamente que si Alessandro y yo nos uníamos en su contra en el consejo de la familia, él perdería la última palabra.
—Esta conversación no ha terminado —sentenció mi padre, dándome la espalda—. Ve al coche. Los Moretti ya deben de estar esperando.
Sin añadir una sola palabra, me di la vuelta, haciendo sonar mis tacones con fuerza, y salí al aire frío de la noche romana.
En cuanto cruzai la puerta principal, vi a Alessandro apoyado contra el lateral del coche blindado, esperándome con los brazos cruzados sobre el pecho. Al verme aparecer con la respiración agitada y la cara encendida por la ira, erguió la espalda al instante y sus ojos oscuros se llenaron de un peligro absoluto.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó con una voz tan baja y amenazante que hizo que los dos escoltas del vehículo dieran un paso atrás.
Me acerqué a grandes zancadas, sintiendo todavía la adrenalina y el calor de la discusión corriendo por mis venas.
Alessandro se apartó del coche y dio dos pasos hacia mí, con las manos listas para atraparme. En cuanto estuve a su alcance, me rodeó la cintura con fuerza y me pegó tanto a su pecho que apenas podía respirar, buscando en mi rostro cualquier rastro de daño.
—¿Qué te ha dicho? —repitió, con un tono mucho más urgente y oscuro, mientras sus dedos se clavaban posesivamente en la tela de mi vestido—. Si ese viejo idiota te ha hecho llorar, juro que...
—No he llorado —lo interrumpí, negando con la cabeza y apoyando las palmas contra su pecho duro para mirarlo a los ojos—. Pero casi me arranca la cabeza con el temita de siempre. Quiere un nieto, Alessandro. Y lo quiere ya. Dice que somos una incubadora con patas para sellar su maldito imperio contra los del norte.
Alessandro soltó un gruñido gutural que resonó directamente en su pecho. Sus ojos oscuros destellaron con una furia fría y calculadora.
—Le dejé las cosas claras antes —masculló, apretando la mandíbula hasta marcar los pómulos—. Al parecer, el viejo se cree que puede dar órdenes sobre tu cuerpo como si fuera parte del inventario de la mansión.
—Se puso furioso porque le dijiste que primero haríamos la boda y que lo haríamos con calma —le recordé, aunque una pequeña sonrisa traviesa asomó por la comisura de mis labios—. Le sentó fatal que me pongas por delante de sus negocios.
Alessandro bajó la mirada hacia mí, y la tensión asesina en sus facciones se transformó de golpe en esa intensidad devoradora que solo reservaba para mí. Sus dedos acariciaron con posesividad mi cadera antes de subir a enredarse en mi cabello.
—No hay negocio en este mundo que valga más que tú, Olivia —dijo con una seriedad absoluta, rozando con sus labios la punta de mi nariz—. Que se trague su impaciencia. Nuestra boda será el evento más grande que haya visto Roma, y no pienso precipitar nada solo porque a tu padre le tiemble el pulso con los norteños. Primero te pongo el anillo delante de todos, primero te hago mía con la bendición de la ley y de la sangre, y luego... —una sonrisa torcida y llena de promesas oscuras cruzó su rostro—, luego ya veremos qué pasa en nuestra cama. De eso me encargo yo, no él.
Un escalofrío delicioso me recorrió de arriba abajo. Adoraba cuando se ponía así: dominante, intocable y dispuesto a desafiar al mismísimo infierno con tal de hacer lo que le daba la gana.
—Más te vale cumplirlo, Romano —le reté, pasando los brazos alrededor de su cuello y jugando con las solapas de su chaqueta—. Porque si el viejo vuelve a sacarme de quicio con lo del heredero, te juro que me subo al primer vuelo a Londres y no me ves el pelo en un año.
Alessandro soltó una carcajada baja y ronca, un sonido áspero que hizo que el chofer que nos abrió la puerta apartara la vista al instante.
—Ni aunque intentes huir al fin del mundo, Olivia —susurró contra mis labios, rozándolos peligrosamente sin llegar a besarme del todo—. Eres mía desde el día en que nacimos en este maldito nido de víboras. Nadie te aparta de mi lado. ¿Entendido?
—Perfectamente, dueño mío —le respondí con una sonrisa desafiante.
Alessandro me dio un beso rápido, firme y posesivo en los labios antes de ayudarme a subir al asiento trasero del coche blindado. Ares, que ya se había acomodado en el maletero adaptado, soltó un leve bufido cuando Alessandro cerró la puerta y dio la vuelta para subirse al otro lado.
El vehículo arrancó con suavidad, deslizándose por las calles empedradas y elegantes de Roma hacia el exclusivo restaurante donde la alta mafia del norte nos esperaba. A través de la ventanilla oscura, las luces de la ciudad parpadeaban, pero dentro del coche, el único centro de gravedad éramos nosotros dos.
La guerra con las otras familias apenas comenzaba, y la tensión con mi padre iba a explotar tarde o temprano; pero mientras Alessandro me tomara de la mano con esa posesividad salvaje, sabía que el imperio romano podía venirse abajo y a nosotros nos daría exactamente igual.
El coche se detuvo en una calleja privada de la Via Veneto, frente a la entrada trasera de L’Imperio, el restaurante más exclusivo y blindado de la capital. Tres hombres de nuestro equipo de seguridad ya rodeaban el perímetro antes de que el motor terminara de apagarse.
Alessandro me sujetó de la mano antes de que el escolta abriera mi puerta.
—Recuerda de qué lado estás esta noche, Olivia —dijo en un susurro cargado de intención, arreglándose los puños de la camisa de forma impecable—. El viejo va a intentar provocarme delante de los de Milán para ver hasta dónde llega mi paciencia. Quiere demostrar quién sigue teniendo el mando.
—Tranquilo, Alessandro —murmuré, inclinándome para rozar mis labios contra los suyos con lentitud—. Sabes perfectamente que mi lealtad es completamente tuya. Deja que mi padre juegue a ser el Don. Al final de la noche, el verdadero poder lo tenemos nosotros.
Una sonrisa oscura y satisfecha apareció en sus labios.
—Esa es mi chica.
Salimos del coche mientras la brisa fresca de la noche romana nos envolvía. Dos de nuestros hombres se quedaron afuera custodiando el vehículo y a Ares, que nos observaba desde las cristalerías tintadas del coche con la atención fija en cada movimiento de la calle.
Cruzamos las puertas de roble masivo del restaurante. El lugar había sido alquilado por completo para la ocasión. El camarero nos condujo al gran comedor privado de la planta alta, donde la luz cálida de las arañas de cristal iluminaba una mesa infinita de caoba, cubierta con vajilla de plata y manteles de lino blanco.
Al entrar, todas las miradas se clavaron en nosotros.
Mi padre ya estaba sentado en la cabecera, charlando con Mateo Moretti, el capo de la facción norteña, un hombre maduro de barba canosa y sonrisa traicionera. A su lado estaba su hijo, Lorenzo Moretti, un tipo arrogante que no tardó ni un segundo en recorrer mi cuerpo de arriba abajo en cuanto me vio cruzar el umbral.
Sentí el agarre de Alessandro en mi cintura volverse de piedra instantly. Su postura se volvió tiesa, peligrosa, y el ambiente en la sala pareció congelarse en un suspiro.
—Alessandro, Olivia, por fin —nos saludó mi padre con voz potente, alzando su copa de vino, fingiendo que la feroz discusión de hace veinte minutos en la mansión jamás había ocurrido—. Sentaos. Estábamos hablando de las rutas de distribución por el puerto de Ostia.
Alessandro me guio hacia la silla a la derecha de mi padre, pero antes de que me sentara, retiró él mismo la silla para mí, pegándose a mi espalda mientras me acomodaba. Al inclinar la cabeza hacia mi oído para susurrarme algo, su mirada asesina se clavó directamente en Lorenzo Moretti.
—Sigue mirándote así y juro por mi vida que la cena no pasa del primer plato —masculló Alessandro contra mi piel, haciendo que un escalofrío helado y excitante me recorriera entera.
—Compórtate, Romano —le respondí en voz muy baja, rozando su mano con la mía bajo el borde de la mesa—. Guarda esa furia para cuando tengamos que firmar el acuerdo.
Alessandro se sentó justo a mi lado, manteniendo una mano apoyada firmemente sobre mi muslo por debajo de la mesa, un gesto posesivo e invisible para los demás que me recordaba a cada segundo a quién le pertenecía.
—Olivia, estás deslumbrante esta noche —dijo Lorenzo Moretti, inclinándose hacia adelante sobre la mesa y luciendo una sonrisa descarada—. Hacía tiempo que no se te veía en las reuniones del consejo. Roma se vuelve bastante aburrida sin ti.
Antes de que yo pudiera responder, Alessandro apoyó ambos antebrazos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia el frente. La elegancia de su traje contrastaba con la amenaza pura y salvaje que emanaba de cada uno de sus poros.
—Te aconsejo que midas muy bien tus palabras y dónde pones los ojos, Lorenzo —dijo Alessandro con una voz tan tranquila que rozaba lo aterrador—. No has venido desde Milán para hacer cumplidos a mi prometida. Has venido a escuchar las condiciones que esta familia te va a imponer si quieres seguir usando nuestros puertos.
El silencio que siguió en la mesa fue tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo. Mateo Moretti miró a su hijo con severidad para mandarlo callar, mientras mi padre nos observaba de reojo con los ojos entornados, evaluando la aplastante autoridad con la que Alessandro acababa de tomar el control de la mesa.
Lorenzo apretó los dientes, tragándose el orgullo bajo la mirada adusta de su padre. Nadie en esa mesa, por muy influyente que fuera en el norte, quería iniciar un derramamiento de sangre en pleno centro de Roma.
—Tranquilo, Romano —dijo Mateo Moretti, alzando las manos con una sonrisa diplomática pero falsa—. Mi hijo solo intenta ser cortés. Estamos entre amigos, ¿no?
—Las amistades en este negocio se demuestran con números y respeto, no con cortesías baratas —sentenció mi padre, interviniendo con voz de mando y rompiendo la tensión del momento. Hizo una seña al sommelier para que sirviera el vino—. Vayamos al grano. Las cuotas por el control de Ostia han cambiado.
Durante las dos horas siguientes, la cena transcurrió entre copas de vino carísimo, platti tradicionales romanos y una negociación feroz donde se repartían millones de euros en un abrir y cerrar de ojos. Yo participaba en los puntos clave, demostrando que conocía la contabilidad y las rutas del clan tan bien como cualquiera de ellos. A pesar de los intentos de mi padre por relegarme a un papel secundario o recordarme de reojo sus exigencias sobre la familia, la mano de Alessandro nunca dejó mi muslo por debajo de la mesa. Sus dedos me acariciaban con lentitud, trazando círculos posesivos sobre la seda que me hacían estremecer en silencio en medio de las discusiones sobre cargamentos y fronteras.
Cuando la cena llegó a su fin y los Moretti se despidieron tras firmar el preacuerdo, mi padre se levantó con parsimonia.
—Ha sido una buena noche —comentó, arreglándose el botón de la chaqueta mientras nos miraba a ambos—. Mañana a primera hora quiero el informe de los libros de Ostia en mi despacho, Olivia. Y Alessandro... no te olvides de lo que hablamos antes.
Alessandro apenas asintió con la cabeza, sin molestarse en responderle. Mantuvo su brazo protector alrededor de mi cintura hasta que mi padre salió del restaurante escoltado por sus hombres.
En cuanto nos quedamos completamente solos en la sala privada, Alessandro me giró de golpe hacia él y me pegó a su cuerpo. Su respiración era pesada y sus ojos ardían con una mezcla de deseo contenido y posesividad salvaje.
—He tenido que aguantar toda la noche viendo cómo ese imbecil te miraba —murmuró con la voz ronca, pegando su boca a mi cuello y dejando un beso hambriento justo donde me palpitaba el pulso—. Si no hubiéramos estado cerrando el trato de los puertos, le habría cortado la garganta ahí mismo.
—Se notaba lo mucho que te estabas aguantando —sonreí, echando la cabeza hacia atrás para darle más acceso a mi cuello y enredando mis dedos en su cabello—. Pero me encanta cuando te pones celoso y territorial.
—No son celos, Olivia. Es recordarles a todos cuál es su lugar. —Sus manos bajaron a mis caderas, apretándome con fuerza—. Tú eres mía. Nadie te mira, nadie te toca.
—Absolutamente tuya, Alessandro —susurré contra sus labios, atrayéndolo hacia mí para sellar la promesa con un beso profundo que me dejó sin aliento.
Nos separamos despacio, respirando con dificultad. Me tomó de la mano y me guio de vuelta a la calle, donde el aire fresco de la madrugada romana nos recibió junto con el rugido sutil del motor de nuestro blindado. Ares nos esperaba despierto desde la ventanilla, listo para escoltarnos de vuelta a casa.
La noche en Roma era oscura y peligrosa, pero mientras estuviera entre las manos de Alessandro, no había imperio ni padre en el mundo que pudiera arrebatarme lo que era nuestro.
El trayecto de vuelta a la mansión transcurrió en un silencio tenso pero íntimo dentro del coche blindado. La mano de Alessandro no soltó la mía ni un solo segundo, y sus dedos entrelazados con los míos me transmitían una calma posesiva que contrarrestaba el torbellino de emociones de la noche.
Al aparcar frente a la fachada iluminada de la mansión, el chofer se apresuró a abrirnos la puerta. Ares saltó del maletero al instante, trotando a nuestro alrededor y olfateando el aire fresco del jardín antes de adelantarse hacia la entrada principal.
Cruzamos el vestíbulo en penumbra. La casa estaba en silencio; mi padre se había retirado a su ala de la mansión inmediatamente al llegar.
Alessandro me guio directamente hacia su habitación en la planta superior. En cuanto la puerta se cerró tras de nosotros y escuchamos el crujido suave del cerrojo al girar, el mundo exterior desapareció por completo. Ares se acomodó al lado de la chimenea apagada con un pesado suspiro, mientras Alessandro se quitaba la chaqueta del traje y la tiraba sobre un sillón de piel.
Se desabrochó los primeros botones de la camisa y se giró a mirarme. La luz tenue de las lámparas de pared resaltaba las facciones duras de su rostro y la sombra de su barba de un par de días.
—Ven aquí —dijo con esa voz baja, rasposa y cargada de mando.
No dudé ni un segundo. Caminé hacia él despacio, haciendo sonar levemente los tacones hasta detenerme a pocos centímetros de su pecho. Alessandro extendió la mano, tomó la gargantilla de diamantes y esmeralda que me había regalado horas antes y la desabrochó con delicadeza, dejándola sobre la cómoda a su lado.
Luego, sus manos bajaron por mi espalda desnuda, acariciando la piel con una lentitud de infarto que me erizó cada poro.
—Ese imbécil de Moretti se pasó toda la cena pensando cómo sería quitarte este vestido —susurró, inclinando la cabeza para rozar sus labios con la línea de mi cuello—. No sabe la suerte que ha tenido de salir vivo de ese restaurante.
—Se lo dejas muy claro con la mirada, Alessandro —murmuré, cerrando los ojos al sentir la calidez de sus besos bajando hacia mi hombro—. Saben que acercarse a mí es firmar su propia sentencia.
—Y más vale que lo tengan claro —respondió, tomándome del mentón con suavidad pero con firmeza para obligarme a mirarlo a los ojos—. Porque no pienso compartirte con nada ni con nadie. Ni con los Moretti, ni con los negocios... ni con las prisas de tu padre.
Recordar la discusión con mi padre hizo que se me tensara la espalda, pero Alessandro acarició mi mejilla con el pulgar para calmarme.
—Hablaba completamente en serio, Olivia —continuó, con una devoción seria y profunda en la mirada—. Tu padre puede presionar todo lo que quiera con lo del heredero. Pero las cosas entre tú y yo se van a hacer a nuestro modo. Primero te haré mi esposa ante toda la mafia de este país. Te daré el lugar que te corresponde a mi lado. Y el resto vendrá cuando nosotros queramos.
Un nudo de emoción se me formó en la garganta. En un mundo donde todo se negociaba por conveniencia, poder o miedo, saber que para Alessandro yo era lo único sagrado lo cambiaba todo.
—Te amo, Alessandro —susurré, acortando la distancia entre nuestras bocas.
—Te amo, mi vida —respondió él justo antes de atrapar mis labios en un beso ardiente, salvaje y lleno de promesas que sellaba, de una vez por todas, nuestro destino juntos.








