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Entre El Destino Y El Tatami

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Sinopsis

Ella lucha por recuperar su lugar. Él, por encontrar el suyo. Ninguno imaginó que terminarían convirtiéndose en el mayor desafío del otro. ISABELLA REYES Isabella sabe lo que significa luchar por algo que ama, pero también lo que se siente cuando te arrebatan aquello por lo que tanto has trabajado. El judo es su vida, su orgullo y la razón por la que está dispuesta a levantarse tantas veces como sea necesario. No está buscando compasión, segundas oportunidades ni mucho menos distracciones. Tiene una meta clara y no piensa permitir que nadie vuelva a interponerse en su camino. Lo que no sabe es que algunas de las batallas más difíciles no se libran sobre un tatami. DANTE FERRARO Dante está acostumbrado a ganar, pero hay algo que el dinero, los privilegios y el apellido Ferraro nunca han podido darle: la libertad de decidir quién quiere ser. Lejos de las expectativas de su familia, llega dispuesto a demostrar que su futuro le pertenece. Tiene talento, carácter y una confianza que a veces roza lo insoportable. No necesita que nadie le diga cómo vivir, y definitivamente no está preparado para encontrarse con alguien que no parece impresionarse por nada de lo que hace. Dos personalidades opuestas. Dos historias que todavía tienen mucho por resolver. Y un encuentro que ninguno de los dos tenía en sus planes.

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hace una hora
Capítulos:
1
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16+

Prólogo

Lo que dejamos atrás




DANTE

—No voy a repetirlo, Dante.

La voz de mi padre atravesó el comedor con esa tranquilidad tan particular que utilizaba cuando estaba a punto de perder la paciencia.

No necesitaba levantar la voz. Nunca lo había necesitado.

Había aprendido desde pequeño que, cuando mi padre hablaba de aquella manera, lo mejor era escucharlo, asentir y evitar hacer preguntas. Era más sencillo así. Menos discusiones, menos reproches y, sobre todo, menos posibilidades de terminar escuchando una lista interminable de todas las cosas que él consideraba que estaba haciendo mal.

El problema era que esa noche no tenía ninguna intención de asentir.

—Y yo ya te dije que no voy a hacerlo.

Dejé el tenedor sobre el plato.

Mi madre, sentada a mi derecha, levantó ligeramente la mirada. Apenas un segundo, pero fue suficiente para que entendiera que estaba esperando que alguno de los dos cambiara de tema.

No iba a suceder.

Mi padre dobló cuidadosamente la servilleta y la dejó junto al plato. Llevaba un traje oscuro, aunque ya había terminado su jornada de trabajo. Mi madre siempre decía que tenía una habilidad extraordinaria para convertir cualquier cena familiar en una reunión de negocios.

Aquella noche estaba demostrando que tenía razón.

—No estás entendiendo la situación —dijo.

Solté una risa breve, sin demasiado humor.

—Creo que la entiendo perfectamente.

—No lo parece.

—Entonces quizás deberías explicármela otra vez. A ver si esta vez aparece algo que no haya escuchado durante los últimos seis meses.

—Dante —intervino mi madre suavemente.

La miré.

—¿Qué?

—Por favor.

No era una advertencia. Era una petición.

Y eso era lo complicado.

Podía discutir con mi padre durante horas, podía responderle cada comentario y soportar sus miradas de desaprobación. Pero cuando mi madre me pedía que bajara la voz, algo dentro de mí siempre se detenía.

Ella no tenía la culpa de nuestras diferencias.

Aunque tampoco podía seguir fingiendo que no existían.

Mi padre se acomodó en la silla.

—La próxima semana quiero que vengas conmigo a la empresa. Hay una reunión importante y considero que ya es momento de que empieces a involucrarte.

Ahí estaba.

Otra vez.

La empresa.

El futuro.

Las responsabilidades.

La vida que mi padre había organizado para mí mucho antes de preguntarme qué quería hacer con ella.

—Tengo entrenamiento —respondí.

—Puedes faltar un día.

—No.

—No te estoy preguntando.

—Y yo no te estoy pidiendo permiso.

El silencio que siguió fue suficiente para que mi madre dejara los cubiertos sobre la mesa.

Mi padre me observó durante varios segundos.

—Tu actitud empieza a preocuparme.

—Qué pena.

—No me hables así.

—Entonces no me hables como si tuviera quince años.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Mientras sigas viviendo bajo este techo y utilizando los recursos de esta familia, espero que entiendas que hay ciertas responsabilidades que debes asumir.

Ahí estaba otra vez.

Los recursos de esta familia.

El techo de esta familia.

El apellido de esta familia.

Como si cada cosa que había conseguido en mi vida tuviera que llevar su firma.

Me pasé una mano por el cabello.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta?

—Ilumíname.

—Que siempre hablas de responsabilidades, pero nunca te has detenido a preguntarme qué quiero hacer con mi vida.

—Porque tu vida no se limita a lo que quieres hacer.

—Tampoco debería limitarse a lo que quieres que haga tú.

Mi madre cerró los ojos un instante.

Mi padre no apartó la mirada.

—Tienes veintidós años, Dante. Ya no eres un niño.

—Lo sé. Créeme, llevo bastante tiempo intentando que tú también lo entiendas.

—Entonces compórtate como un adulto.

—Un adulto puede elegir su profesión.

—Un adulto entiende que la familia está por encima de sus caprichos.

Miré mi plato.

No porque no tuviera respuesta.

Sino porque tenía demasiadas.

Y ninguna iba a terminar bien.

No siempre habíamos sido así.

Cuando era pequeño, mi padre era la primera persona a la que buscaba después de una competencia. Recuerdo perfectamente cómo me levantaba del suelo cuando perdía, cómo me llevaba a entrenar incluso cuando tenía que reorganizar su agenda y cómo se quedaba sentado en las gradas observando cada combate.

Durante mucho tiempo, pensé que no existía nadie en el mundo que pudiera sentirse más orgulloso de mí.

Quería ser como él.

Quería que me mirara y pensara que había hecho las cosas bien.

Cuando ganaba una medalla, lo primero que hacía era buscarlo entre el público. Cuando aprendía una técnica nueva, esperaba llegar a casa para enseñársela. Cuando tenía una competencia importante, su opinión era la que más me importaba.

Pero crecer cambió algunas cosas.

O quizás simplemente empecé a darme cuenta de otras.

Mi padre tenía una idea muy concreta de lo que significaba triunfar. Para él, el éxito era construir algo sólido, tener una posición respetable, mantener el apellido Ferraro en un lugar importante y asegurarse de que nunca nos faltara nada.

Y no podía decir que hubiera fracasado en eso.

Nuestra familia tenía una posición económica privilegiada. Habíamos viajado, estudiado en buenos colegios y vivido con comodidades que muchas personas no tenían.

Mi padre había trabajado durante años para construir lo que teníamos.

Nunca lo había negado.

Pero yo no quería pasarme la vida administrando lo que él había construido.

Quería construir algo propio.

El judo había dejado de ser una actividad extracurricular hacía mucho tiempo. No era simplemente un deporte que practicaba para mantenerme ocupado o para ganar medallas que después terminarían guardadas en alguna vitrina.

Era el lugar donde podía equivocarme sin que nadie decidiera por mí qué debía hacer después.

Era disciplina, sacrificio, frustración, esfuerzo.

Era mío.

Y, por alguna razón, eso parecía ser precisamente lo que mi padre no conseguía aceptar.

—La fisioterapia tampoco es una mala elección —dijo él, sacándome de mis pensamientos—. Siempre he considerado que podrías tener un futuro interesante en el área empresarial de la salud.

Lo miré lentamente.

—No quiero trabajar en una empresa de salud.

—No tienes que decidirlo ahora.

—Ya lo decidí.

—Dante...

—Quiero estudiar fisioterapia porque me interesa. Porque quiero entender el cuerpo humano, cómo funciona, cómo se recupera una persona después de una lesión. Quiero trabajar con deportistas, quiero aprender, quiero dedicarme a algo que realmente me guste.

—Eso no significa que debas abandonar las oportunidades que tienes aquí.

—No estoy abandonando nada. Estoy intentando hacer algo con mi vida.

—Tu vida ya tiene una dirección.

—¡La dirección que tú elegiste!

La voz me salió más fuerte de lo que pretendía.

Mi madre se levantó ligeramente de su asiento, pero volvió a sentarse cuando vio que mi padre alzaba una mano.

—Basta.

Una sola palabra.

Siempre había sido suficiente para detenerme.

Aquella noche no.

—No, papá. No basta. Nunca basta. Siempre hay algo más que quieres decidir, algo más que tengo que hacer, algo más que tengo que demostrarte.

—Estoy intentando asegurarme de que no cometas errores que puedan perjudicarte.

—¿Y quién decide cuáles son mis errores? ¿Tú?

—Alguien tiene que pensar con la cabeza.

Me reí.

Esta vez no pude evitarlo.

—Increíble.

—¿Qué es lo que te parece tan gracioso?

—Que llevas años diciéndome que soy inteligente, pero cuando no estoy de acuerdo contigo parece que se me olvida cómo pensar.

—No tergiverses mis palabras.

—No necesito hacerlo.

Mi padre se puso de pie.

—He hecho demasiadas cosas por ti para que ahora vengas a cuestionar mis decisiones.

Y ahí estaba.

La frase.

La que siempre aparecía cuando nuestras conversaciones empezaban a salirse de su control.

He hecho demasiado por ti.

Como si quererme significara que tenía que entregarle el derecho de decidir por mí.

—Yo nunca te pedí que hicieras todo eso —dije.

Su expresión cambió.

Mi madre me miró inmediatamente.

—Dante...

Pero ya había empezado.

Y estaba cansado de detenerme a mitad de cada frase.

—Nunca te pedí que construyeras una vida para que yo tuviera que vivirla. Nunca te pedí que decidieras qué estudiar, en qué trabajar o cómo debería verme mi futuro. Agradezco todo lo que has hecho por mí, de verdad. Pero no puedes utilizarlo cada vez que quiero tomar una decisión diferente.

—No tienes idea de lo que estás diciendo.

—Sí la tengo.

—No.

—¡Sí!

Mi voz retumbó en el comedor.

—¡Estoy harto de que todo lo que hago tenga que pasar primero por tu aprobación! Si gano, está bien, pero podría hacerlo mejor. Si estudio, está bien, pero debería elegir algo más conveniente. Si entreno, estoy perdiendo el tiempo. Si quiero competir, tengo que pensar en la empresa. ¡Siempre hay algo que está mal!

Mi padre apretó la mandíbula.

—Nunca he dicho que estés perdiendo el tiempo.

—No hace falta que lo digas. Se te nota cada vez que menciono el judo.

—Porque no puedes construir una vida entera alrededor de un deporte.

—¿Y quién te dijo que no puedo intentarlo?

—La realidad.

—No, papá. Tu miedo.

Por primera vez en toda la conversación, mi padre no respondió inmediatamente.

Aproveché el silencio.

—Tú tienes miedo de que me equivoque. Tienes miedo de que no consiga lo que quiero. Tienes miedo de que un día mire atrás y no tenga nada de lo que tú consideras importante. Pero ese es tu miedo, no el mío.

—Yo sé cómo funciona el mundo.

—Y yo necesito descubrirlo por mi cuenta.

Mi madre se levantó definitivamente.

—Los dos están muy alterados. Creo que deberíamos dejar esta conversación para mañana.

—No —dije, sin apartar la mirada de mi padre—. Llevamos años dejándola para mañana.

Ella se acercó a mí.

—Dante, por favor, escúchame.

La miré y su expresión terminó de desarmar algo que llevaba demasiado tiempo intentando mantener firme.

Mi madre no quería que me fuera.

Lo sabía.

También sabía que no quería que me quedara por las razones equivocadas.

—Mamá, yo te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

Sus ojos se suavizaron.

—Claro que lo sé.

—Y no quiero que pienses que estoy haciendo esto para lastimarlos.

—Entonces no conviertas cada conversación en una batalla.

Bajé la mirada.

Tenía razón en algo.

No todas nuestras conversaciones tenían que terminar así.

Pero tampoco podía seguir fingiendo que todo estaba bien.

—No quiero pelear contigo —le dije—. Pero tampoco quiero seguir viviendo así.

Ella me tomó una mano.

—Lo sé.

Mi padre soltó un suspiro.

—Si has terminado con el discurso, podemos hablar como personas razonables.

Giré la cabeza hacia él.

—Estoy hablando razonablemente.

—No lo parece.

—Entonces tenemos un problema.

La discusión no terminó en ese comedor.

Continuó en el despacho de mi padre, donde las paredes estaban cubiertas de estanterías, fotografías familiares y reconocimientos empresariales.

Había una fotografía mía sobre uno de los muebles.

Tenía unos diez años, llevaba un judogi blanco y sostenía una medalla con una sonrisa enorme. Mi padre estaba a mi lado, con una mano sobre mi hombro.

Me quedé mirándola un momento.

Qué fácil parecía todo entonces.

—Siéntate —ordenó él.

Me quedé de pie.

—Estoy bien así.

Se acomodó detrás del escritorio.

—He hablado con algunas personas. Hay una oportunidad para ti dentro de la empresa. Podrías empezar con un puesto administrativo y continuar tus estudios aquí.

—No.

—Ni siquiera has escuchado los detalles.

—No necesito escucharlos.

—Es una oportunidad que muchos matarían por tener.

—Pues dásela a alguien que la quiera.

Su mirada se endureció.

—Estás actuando como un adolescente malcriado.

—Y tú como si estuvieras intentando contratarme para una vida que no quiero.

—Es suficiente.

—Eso mismo llevo diciendo toda la noche.

Mi padre se levantó.

—No voy a permitir que desperdicies tu futuro.

—No estás en posición de permitirme o prohibirme nada.

El silencio fue inmediato.

Incluso yo me sorprendí de haberlo dicho.

Mi padre caminó alrededor del escritorio.

—Mientras dependas de esta familia, sí lo estoy.

Lo observé.

Había llegado el momento.

El punto al que ambos habíamos estado acercándonos desde hacía meses.

—Entonces supongo que tendré que dejar de depender de esta familia.

—¿Qué significa eso?

—Que voy a buscar mi propio camino.

—¿Con el judo?

—Con el judo, con mis estudios y con todo lo que quiera construir.

—No seas ingenuo.

—No lo soy.

—No tienes idea de lo difícil que es mantenerte por tu cuenta.

—Quizás sea hora de averiguarlo.

Mi padre soltó una risa seca.

—Muy bien. Si estás tan seguro de que puedes hacerlo, te propongo algo.

No me gustó su tono.

—Te escucho.

—Puedes continuar con tu carrera deportiva si eso es lo que deseas. Puedes estudiar fisioterapia. Puedes tomar tus propias decisiones.

Lo miré con desconfianza.

—¿Y?

—Pero no voy a seguir financiando una vida que no tiene nada que ver con lo que hemos construido.

Sentí que algo se tensaba en mi pecho.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy haciendo entender las consecuencias de tus decisiones.

—No es lo mismo.

—Para ti quizá no.

Me quedé callado.

Mi padre continuó:

—Si decides marcharte, tendrás que asumirlo todo. Tus gastos, tus estudios, tus responsabilidades. No puedes esperar que esta familia esté disponible cada vez que las cosas se compliquen.

Me reí sin ganas.

—Qué conveniente.

—Dante.

—No, está bien. Ya entendí.

—No parece.

—Me estás poniendo a elegir.

—Estoy esperando que tomes una decisión adulta.

Lo miré directamente.

—Entonces elijo mi vida.

Su expresión se volvió completamente fría.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Puede ser.

—Vas a arrepentirte.

—También puede ser.

—Y cuando eso suceda, no esperes que todo siga igual.

Tragué saliva.

No iba a fingir que aquello no me dolía.

Era mi padre.

El hombre al que había admirado durante buena parte de mi vida.

El mismo que ahora estaba dispuesto a dejarme marchar antes que aceptar que mi futuro no se parecía al suyo.

—No quiero que me regales nada —dije finalmente—. Nunca he querido eso. Solo quería que estuvieras orgulloso de mí por algo que yo hubiera elegido.

Por un instante, algo cruzó su expresión.

No supe identificarlo.

Pero desapareció casi inmediatamente.

—La conversación terminó.

Asentí lentamente.

—Sí. Creo que sí.

Me di la vuelta.

Y salí del despacho.

Mi madre estaba en el pasillo.

No necesitaba preguntarme cómo había terminado la conversación.

Se acercó y me acomodó el cuello de la camisa, aunque no estaba torcido.

Era uno de esos gestos que hacía desde que yo era pequeño.

—¿De verdad vas a hacerlo? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

—¿Tienes algún lugar al que ir?

—Estoy buscando opciones.

—¿Y tus estudios?

—Voy a resolverlo.

—¿El judo?

—También.

Me observó con esa mezcla de orgullo y preocupación que solo una madre podía tener.

—No tienes que demostrarle nada a nadie, Dante.

Sonreí ligeramente.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Porque llevas toda la vida intentando que tu padre te mire y vea lo que tú quieres que vea.

Aparté la mirada.

Había dado justo donde dolía.

—Quizás algún día lo haga.

Mi madre me acarició la mejilla.

—Ojalá no tengas que pasar toda tu vida esperando ese día.

No respondí.

La abracé.

Y por primera vez en mucho tiempo no intenté hacer un comentario para quitarle importancia al momento.

Me quedé ahí, con los brazos alrededor de ella, intentando guardar aquella sensación.

Porque no sabía cuánto tiempo pasaría antes de volver a tenerla cerca.

—Te voy a llamar todos los días —murmuré.

—No tienes que llamarme todos los días.

—Voy a hacerlo.

—Dante...

—Mamá, déjame fingir que soy un hijo responsable por una vez.

Ella soltó una pequeña risa.

—Eres un desastre.

—Pero tu desastre favorito.

—No te emociones.

Sonreí.

Por unos segundos, todo pareció normal.

Hasta que escuché pasos detrás de nosotros.

Mi padre apareció al final del pasillo.

—¿Cuándo piensas marcharte?

Me separé de mi madre.

—En cuanto tenga todo organizado.

—Bien.

Una sola palabra.

Sin preguntas.

Sin un abrazo.

Sin siquiera intentar disimular que estaba molesto.

Mi madre lo miró.

—No tienes que hacer esto más difícil.

—No estoy haciendo nada.

—Precisamente.

Mi padre me observó una última vez.

—Espero que sepas lo que estás haciendo.

—Yo también.

No era la respuesta que esperaba.

Pero era la única que tenía.

Los días siguientes fueron extraños.

No hubo una reconciliación repentina ni una conversación milagrosa que solucionara todos nuestros problemas.

Mi padre y yo apenas hablamos.

Mi madre intentó mantener cierta normalidad en casa, aunque era evidente que estaba triste.

Yo pasé buena parte del tiempo organizando documentos, buscando alojamiento, revisando programas académicos y hablando con personas relacionadas con el judo.

La oportunidad de Asteria apareció en medio de todo aquello.


La Universidad Internacional de Asteria.



Una institución privada ubicada en Bellmont, una ciudad de Valdoria que ofrecía programas académicos para estudiantes internacionales y un programa deportivo de alto rendimiento.

Había escuchado hablar de ella antes.

Tenía instalaciones especializadas, entrenadores con experiencia internacional y convenios que permitían a sus atletas participar en diferentes competencias.

Además, ofrecía un programa de apoyo deportivo y académico.

No era una solución mágica.

Tendría que estudiar, entrenar, adaptarme a otro país y demostrar que merecía estar allí.

Pero era una oportunidad.

Una oportunidad real.

Y, por primera vez, no tenía que preguntarle a mi padre si podía aceptarla.

Cuando recibí la confirmación, leí el correo varias veces.

Después llamé a Mateo.

Contestó al segundo tono.

—¿Qué hiciste ahora?

Fruncí el ceño.

—¿Por qué siempre asumes que hice algo?

—Porque te conozco.

—Qué lindo. Una amistad basada en la confianza.

—Dante, son las once de la noche. Habla.

Me reí.

—Me aceptaron.

Hubo un silencio.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Asteria?

—Asteria.

—¡No me jodas!

Me aparté el teléfono de la oreja.

—Podrías felicitarme sin intentar dejarme sordo.

—¡Hermano, eso es increíble!

Sonreí.

—Sí. Creo que sí.

—¿Cuándo te vas?

Miré la pantalla del correo.

La fecha de incorporación estaba marcada para unas semanas después.

—Pronto.

—¿Y tu viejo?

La sonrisa desapareció un poco.

—No está precisamente celebrándolo.

Mateo suspiró.

—Me imagino.

—No quiero hablar de eso ahora.

—Está bien.

—Además, vas a tener que soportarme a distancia.

—Qué desgracia.

—Lo sé. Sé que vas a extrañar mis consejos.

—Tus consejos son una amenaza para la humanidad.

—Y aun así me quieres.

—Lamentablemente.

Me reí.

Con Mateo siempre había sido sencillo.

No necesitaba explicarle demasiado. Conocía mis problemas familiares, había visto muchas de las discusiones desde fuera y sabía lo importante que era el judo para mí.

—Escucha —dijo después de unos segundos—. En serio, estoy orgulloso de vos.

Me quedé callado.

—Gracias.

—Y no te pongas sentimental, que después te creés protagonista de una película.

—Demasiado tarde. Ya estoy preparando el discurso de despedida.

—Sos insoportable.

—Y vos me vas a extrañar.

—No te emociones.

Colgué riéndome.

Por primera vez en semanas, sentí que algo empezaba a acomodarse.

No sabía cómo sería mi vida en Asteria.

No sabía si conseguiría adaptarme, si podría mantener mis estudios al día o si tendría el nivel suficiente para destacar en un programa deportivo tan exigente.

Pero quería intentarlo.

Y eso era suficiente.

La mañana de mi partida llegó demasiado rápido.

Mi habitación parecía haber sido alcanzada por un huracán.

Había una maleta abierta sobre la cama, otra en el suelo y varias prendas que todavía no sabía si llevar o dejar.

Miré el desorden.

Después miré el reloj.

Perfecto.

Iba a perder un avión por no saber doblar una camiseta.

—¿Necesitás ayuda?

Me giré.

Mi madre estaba apoyada en el marco de la puerta.

—Depende. ¿Sabes cómo hacer que una maleta pese menos sin sacar nada?

—No.

—Entonces no.

Entró de todos modos.

—Déjame ver qué tienes aquí.

—Mamá, tengo todo controlado.

Levantó una ceja.

Miró la ropa esparcida.

Después me miró a mí.

—Claro.

—No empieces.

Sonrió y comenzó a organizar algunas prendas.

Durante un rato trabajamos en silencio.

No era un silencio incómodo.

Era uno de esos momentos en los que ambos sabíamos que había demasiadas cosas por decir, pero ninguna parecía adecuada.

—¿Estás nervioso? —preguntó finalmente.

—Un poco.

—Eso es normal.

—No quiero llegar allá y descubrir que no era tan buena idea.

Mi madre dejó una camiseta doblada sobre la maleta.

—¿Y si lo descubres?

La miré.

—¿Qué?

—¿Y si llegas y no es lo que esperabas? ¿Y si te cuesta adaptarte? ¿Y si las cosas no salen como las imaginaste?

Me encogí de hombros.

—Lo resolveré.

Ella sonrió.

—Entonces ya tienes una respuesta.

Me senté en el borde de la cama.

—Voy a extrañarte.

—Yo también voy a extrañarte.

—Y a la comida.

—Eso lo sabía.

—Especialmente la comida.

Me lanzó una camiseta.

—¡Fuera de mi vista!

Solté una carcajada.

Era imposible no hacerlo.

Mi madre tenía esa habilidad.

Incluso en los momentos más difíciles, encontraba la manera de hacerme reír.

Cuando terminamos de organizar las maletas, bajamos juntos.

Mi padre estaba en el recibidor.

Llevaba el mismo traje impecable de siempre y sostenía el teléfono en una mano.

Al verme, guardó el dispositivo.

—El automóvil está esperando.

Asentí.

—Gracias.

No dijo nada más.

Mi madre se acercó a él.

—Podrías despedirte de tu hijo.

Mi padre la miró.

Después me miró a mí.

—Que tengas buen viaje.

Eso fue todo.

Una parte de mí había esperado algo diferente.

No necesariamente una disculpa.

Ni siquiera una felicitación.

Quizás un abrazo.

Una palmada en el hombro.

Alguna señal de que, a pesar de nuestras diferencias, seguía siendo su hijo.

Pero no llegó.

—Gracias —respondí.

Tomé las maletas.

Mi madre me acompañó hasta la entrada.

Antes de salir, me abrazó con fuerza.

—Cuídate mucho.

—Lo haré.

—Come bien.

—Sí, mamá.

—No entrenes si estás agotado.

—Lo intentaré.

—Y llámame cuando llegues.

—Te voy a llamar.

Me separé un poco para mirarla.

Tenía los ojos brillantes.

—No llores —dije.

—No estoy llorando.

—Claro que no.

—Vete antes de que cambie de opinión y te encierre en tu habitación.

Sonreí.

Le di un último beso en la frente y salí.

El automóvil esperaba frente a la casa.

Estaba a punto de subir cuando escuché la voz de mi padre.

—Dante.

Me giré.

Él había salido al recibidor.

Por un instante pensé que finalmente iba a decir algo diferente.

Algo que no tuviera que ver con dinero, responsabilidades o expectativas.

—Todavía podemos hablar de esto —dijo.

Miré a mi madre.

Después volví a mirarlo.

—Ya hablamos, papá.

—No tienes que marcharte de esta manera.

—No me estoy marchando para castigarte.

—Entonces, ¿por qué?

Respiré profundamente.

—Porque necesito saber quién soy cuando no estoy intentando ser lo que tú esperas.

Su expresión se endureció.

Pero esta vez no aparté la mirada.

—No quiero que algún día me mires y pienses que arruiné mi vida por no seguir tus pasos. Quiero que algún día puedas mirarme y entender que hice algo con la mía.

Mi padre permaneció inmóvil.

No hubo respuesta.

No hubo despedida.

Solo aquel silencio que parecía haberse convertido en el idioma que mejor hablábamos.

Subí al automóvil.

Mi madre levantó una mano desde la entrada.

Le devolví el gesto.

Y nos marchamos.

El trayecto al aeropuerto fue silencioso.

Apoyé la cabeza contra el asiento y observé cómo la ciudad iba quedando atrás.

Conocía aquellas calles de memoria.

Había entrenado en gimnasios de diferentes zonas, había salido con amigos, había tenido mis primeras competencias importantes y había vivido momentos que, hasta hacía poco, creía que siempre formarían parte de mi rutina.

Ahora estaba dejando todo aquello atrás.

No porque lo odiara.

Sino porque necesitaba descubrir si podía construir algo diferente.

Cuando llegué al aeropuerto, revisé los documentos, entregué el equipaje y pasé los controles.

Todo parecía demasiado normal para lo que estaba sucediendo.

La gente caminaba de un lado a otro, algunos hablaban por teléfono, otros buscaban sus puertas de embarque y varias familias se despedían cerca de los mostradores.

Me senté junto a una ventana.

Saqué el teléfono.

Tenía un mensaje de Mateo.

Mateo: No hagas el ridículo en el avión.

Dante: Qué manera tan bonita de despedirte.

Mateo: Y no te olvides de entrenar.

Dante: Pensaba convertirme en un jubilado.

Mateo: No te duraría ni una semana.

Sonreí.

Después apareció otro mensaje.

Mamá: Cuando llegues, avísame. Te quiero muchísimo. Estoy muy orgullosa de vos.

Lo leí dos veces.

Luego escribí:

Dante: Yo también te quiero. Gracias por todo, ma. Voy a estar bien. Te lo prometo.

Guardé el teléfono.

Mi padre no había escrito.

No esperaba que lo hiciera.

Aun así, revisé la pantalla una vez más antes de bloquearla.

Nada.

Solté el aire lentamente.

—Muy bien, Ferraro —murmuré para mí—. Ahora sí. A empezar de cero.

Una voz anunció el embarque de mi vuelo.

Me levanté, recogí mis cosas y caminé hacia la puerta correspondiente.

Antes de entregar mi pase, miré una última vez hacia los ventanales.

No podía ver mi casa desde allí.

Ni a mi madre.

Ni a mi padre.

Solo aviones, pistas y personas que también estaban a punto de marcharse hacia algún lugar.

Y entonces entendí algo.

Irme no significaba que dejara de quererlos.

Tampoco significaba que dejara de esperar, en alguna parte de mí, que mi padre terminara sintiéndose orgulloso.

Significaba que, por primera vez, iba a dejar de organizar mi vida alrededor de esa espera.

Subí al avión.

Encontré mi asiento junto a la ventana y guardé el equipaje de mano.

Cuando todos estuvieron acomodados, apoyé la cabeza contra el respaldo.

El avión comenzó a moverse.

Y mientras la pista se extendía frente a nosotros, pensé en todo lo que estaba dejando atrás.

Mi familia.

Mis amigos.

Mi país.

Mi rutina.

Mi antigua vida.

No tenía idea de lo que me esperaba en Valdoria.

No sabía quiénes serían mis compañeros, qué tan exigentes serían los entrenamientos o cuánto tendría que esforzarme para ganarme un lugar dentro de Asteria.

Tampoco sabía que, un año después, una desconocida con una maleta, un carácter imposible y muy poca paciencia iba a atravesarse en mi camino.

Mucho menos que terminaría convirtiéndose en la persona capaz de desordenar absolutamente todo lo que yo creía tener bajo control.

Pero eso todavía estaba lejos.

Por ahora, solo tenía una certeza.

No sabía si iba a ganar.

No sabía si iba a conseguirlo.

Pero esta vez, la decisión era mía.

Y eso tenía que ser suficiente.

Porque algunas veces, para encontrar el camino que queremos seguir, primero tenemos que atrevernos a dejar atrás el que otros eligieron por nosotros.


Un año después…

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