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ENTRE ALAS Y CASUALIDADES

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Sinopsis

Luna solo quería salir de su pequeño mundo y descubrir lo que la vida tenía preparado para ella. Pero no esperaba encontrarse con dos chicos capaces de despertar emociones, deseos y tentaciones que jamás había experimentado. Uno es un misterio difícil de descifrar. El otro, una sonrisa de la que podría volverse dependiente. Entre miradas, secretos y una atracción cada vez más intensa, Luna descubrirá que algunas casualidades pueden cambiarlo todo. **¿Y si el mayor riesgo no fuera enamorarse, sino descubrir lo que realmente desea?** 🦋

Genero:
Drama,Romance
Autor/a:
Mariana
Estado:
hace 7 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El primer paso fuera del capullo

«A veces, salir de nuestro lugar seguro no significa que estemos preparados para volar. Simplemente significa que estamos dispuestos a descubrir qué hay más allá».

Lunes | 7:30 a. m.

Siempre había pensado que el mundo era un lugar enorme.

Uno lleno de personas, lugares desconocidos, oportunidades y experiencias que probablemente nunca llegaría a conocer si continuaba viviendo dentro de mi pequeña burbuja.

No es que llevara una vida aburrida. Tenía mi familia, mi habitación, mis pequeñas costumbres y esa tranquilidad que encontraba en las cosas más sencillas. Podía pasar horas escuchando música, viendo películas o leyendo historias que me hacían imaginar vidas completamente diferentes a la mía.

Era feliz con aquello.

O, al menos, estaba acostumbrada.

Sin embargo, había algo que llevaba tiempo rondando por mi cabeza: quería hacer algo por mí misma.

Quería tener mi propio dinero, conocer personas nuevas, salir de la rutina y experimentar esa sensación de tener responsabilidades propias.

Quería sentir que estaba construyendo mi vida.

Quizá por eso había aceptado mi primer trabajo.

Y, aunque estaba emocionada, no podía negar que tenía miedo.

Mucho miedo.

Mi teléfono comenzó a sonar sobre la mesita de noche. Estiré el brazo para apagar la alarma y me quedé unos segundos mirando el techo.

—No puede ser... —murmuré.

Era lunes.

Mi primer lunes trabajando.

Me incorporé lentamente y miré la hora. Tenía que levantarme si no quería terminar corriendo por toda la casa.

Después de ducharme, me senté frente al espejo. Mi cabello castaño oscuro caía sobre mis hombros y algunos mechones se negaban a permanecer en su sitio. Los acomodé con el cepillo y comencé a arreglarme.

Un poco de corrector, máscara de pestañas, rubor y brillo labial.

Nada demasiado elaborado.

Me observé durante unos segundos.

Mis ojos color miel parecían más claros con la luz de la mañana. Acomodé mi cabello detrás de las orejas y sonreí ligeramente.

—Bueno, Luna. Tú puedes.

No sabía si estaba intentando convencerme o simplemente darme ánimos.

Probablemente ambas cosas.

—¡Luna! ¿Ya estás lista? —escuché desde el otro lado de la puerta.

—¡Sí, ya voy!

Tomé mi bolso, revisé mis cosas y salí de la habitación.

Mi mamá me esperaba en la cocina.

—¿Estás nerviosa?

—Un poquito.

—Es normal. Es tu primer trabajo.

Me senté para terminar de desayunar.

—Espero no equivocarme demasiado.

Mi mamá sonrió.

—Vas a equivocarte alguna vez. Lo importante es que aprendas.

Asentí.

Tenía razón, aunque en ese momento prefería no pensar demasiado en la posibilidad de cometer errores.

Me despedí de ella con un abrazo y salí de casa.

Aquella mañana estaba dando mi primer paso fuera de mi pequeño capullo.

Y todavía no sabía cuánto iba a cambiar mi vida.


9:06 a. m. | Una nueva rutina

La cafetería era bastante acogedora.

Tenía grandes ventanas por donde entraba la luz natural, mesas de madera, paredes en tonos crema y algunas plantas decorativas que le daban un aspecto cálido al lugar.

El aroma a café recién preparado se sentía desde la entrada.

Me gustaba.

Era uno de esos lugares donde podías sentarte tranquilamente a leer un libro o conversar durante horas.

Aunque, por el momento, mi misión era aprender a trabajar allí.

—¿Hola? ¿Eres Luna?

Me giré al escuchar una voz femenina.

Una chica de cabello recogido se acercó con una sonrisa.

—Sí, soy yo.

—¡Hola! Soy Camila. Te estaba esperando.

—Mucho gusto.

—Ven, te voy a enseñar algunas cosas antes de que comience a llegar más gente.

Camila parecía bastante agradable. Hablaba con facilidad y tenía esa energía de las personas que parecen conocer a todo el mundo.

Me explicó cómo funcionaban los pedidos, dónde estaban los utensilios y cuáles eran las tareas que tendría que realizar.

Yo intentaba prestar atención a cada indicación.

—Aquí registramos las comandas, por allá están las bebidas y detrás del mostrador encontrarás todo lo que necesitas para preparar los pedidos.

—Está bien.

—¿Alguna pregunta?

La miré durante unos segundos.

—Creo que tengo como veinte, pero todavía no sé cuáles son.

Camila soltó una carcajada.

—JAJAJA. Tranquila, ya irán apareciendo.

Sonreí.

Al menos tenía una compañera que parecía tener paciencia.


11:15 a. m. | No era tan sencillo como parecía

Las primeras horas transcurrieron bastante rápido.

O quizá se sintieron rápidas porque mi cabeza estaba ocupada intentando recordar absolutamente todo.

Había clientes que pedían bebidas con nombres que apenas estaba aprendiendo a distinguir, comandas que debía revisar y productos que todavía no sabía dónde encontrar.

En una ocasión confundí dos pedidos.

En otra, olvidé colocar una servilleta.

Y hubo un momento en el que tuve que preguntarle a Camila por tercera vez dónde estaban las cucharitas.

—Están en el mismo lugar de hace diez minutos —me dijo, intentando no reírse.

—Lo sé, lo sé. Es que todavía no me acostumbro.

—Ya te acostumbrarás.

Me quedé mirando el mostrador.

No esperaba que trabajar fuera tan agotador.

No físicamente, al menos. Era más bien esa sensación de tener que estar pendiente de demasiadas cosas al mismo tiempo.

Pero no quería quejarme.

Era mi primer día y tenía que darme la oportunidad de aprender.

—Luna, ¿puedes atender al siguiente cliente?

Levanté la mirada.

—Sí, claro.

Me acomodé el uniforme y sonreí.

—Buenos días, ¿qué desea pedir?

Y así continuó mi mañana.


12:03 p. m. | Un rostro desconocido

La campanita de la entrada anunció que alguien acababa de llegar.

Levanté la mirada.

Era un chico alto, de cabello negro y facciones bastante marcadas. Llevaba una casaca de cuero oscura, una camiseta negra y pantalones del mismo tono.

Su apariencia llamaba la atención, aunque no parecía estar intentando hacerlo.

Tenía un estilo bastante particular.

Cuando se acercó al mostrador, pude notar que sus ojos eran de un tono café claro.

—Un americano grande, por favor.

Su voz era tranquila y su expresión bastante seria.

—Claro. ¿Algo más?

—No, gracias.

Registré el pedido y le entregué el comprobante.

—Enseguida estará listo.

El chico asintió y se dirigió hacia una de las mesas cercanas a la ventana.

Continué con mis tareas.

Unos minutos después, Camila se acercó a mí.

—¿Ya atendiste al chico de negro?

—Sí.

—Se llama Adrián. Viene bastante seguido.

Miré discretamente hacia su mesa.

Estaba revisando su teléfono mientras esperaba su bebida.

—¿Es así de serio siempre?

Camila sonrió.

—Bastante.

—Ah.

—Pero es tranquilo. No te preocupes.

No pregunté más.

Cuando su pedido estuvo listo, Camila me pidió que lo llevara.

Tomé la taza con cuidado y me acerqué a su mesa.

—Tu americano.

Adrián levantó la mirada.

—Gracias.

Dejé la taza frente a él.

—De nada.

Estaba por retirarme cuando noté que había olvidado colocar una servilleta.

—Disculpa, ahora te traigo una.

Él miró la mesa y después volvió a mirarme.

—No es necesario.

—Está bien.

Regresé al mostrador.

No había sido una conversación especialmente interesante. Apenas unas palabras, un pedido y un agradecimiento.

Pero recordé su rostro.

Tenía algo que lo hacía destacar entre las personas que habían entrado aquella mañana.

Aunque, sinceramente, tenía cosas más importantes de las que preocuparme.

Como aprender a preparar un café sin equivocarme.


1:20 p. m. | Una sonrisa inesperada

El siguiente cliente que llamó mi atención fue completamente diferente.

Tenía el cabello castaño, llevaba lentes y vestía una camisa clara con las mangas dobladas hasta los antebrazos.

Su apariencia era elegante, pero relajada. No parecía demasiado formal, aunque se notaba que cuidaba su manera de vestir.

—Buenos días —saludó con una sonrisa.

—Buenos días. ¿Qué deseas pedir?

—Un café americano mediano.

Registré el pedido.

Mientras esperaba, comenzó a observar los postres de la vitrina.

—Una pregunta, ¿cuál me recomiendas?

Miré los productos.

—El cheesecake parece rico.

Él levantó las cejas.

—¿Lo has probado?

Me quedé pensando.

—Todavía no.

Soltó una pequeña carcajada.

—Entonces, ¿cómo sabes que está rico?

Sentí un poco de vergüenza.

—Porque se ve rico.

—Buen argumento.

No pude evitar reírme.

—¿Te gustaría llevar uno?

—Está bien. Confío en tu recomendación.

Registré el postre y le indiqué el precio.

Antes de retirarse, volvió a mirarme.

—¿Eres nueva?

—Sí. Es mi primer día.

—Con razón.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Con razón qué?

Sonrió.

—Nada malo. Se nota que estás aprendiendo.

—Espero que no demasiado.

—Tranquila, todos empezamos así.

Tomó su comprobante y se dirigió hacia una mesa.

Cuando estuvo listo su pedido, lo llamé para entregárselo.

—Aquí tienes.

—Muchas gracias.

—Que tengas un buen día.

—Igualmente.

Y volvió a sonreír.

No sé por qué, pero aquella pequeña conversación consiguió mejorar un poco mi ánimo.

Quizá necesitaba eso.

Una conversación sencilla, sin presión ni instrucciones que memorizar.

Después de todo, no todas las personas que conociera en aquel lugar serían clientes difíciles.


2:15 p. m. | Un pequeño descanso

Por fin tenía unos minutos para sentarme.

Me acomodé en una silla y dejé escapar un suspiro.

Camila se sentó frente a mí.

—¿Qué tal tu primer día?

—Cansado.

—JAJAJA. Eso significa que vas bien.

—No sé cómo haces para recordar tantas cosas.

—Con el tiempo. Aunque todavía me equivoco.

Tomé un poco de agua.

—Pensé que sería más sencillo.

—¿Trabajar?

Asentí.

—Es que nunca había trabajado antes. Todo es nuevo para mí.

Camila me observó con una expresión comprensiva.

—Entonces no te exijas tanto. Nadie espera que sepas hacerlo todo desde el primer día.

Me quedé pensando.

—Supongo que tienes razón.

—Claro que sí. Además, ya irás conociendo a todos.

—¿A todos?

—Sí, a los compañeros, a los clientes que vienen seguido... Ya sabes.

Recordé al chico de cabello negro y al de lentes.

—Por cierto, ¿cómo se llamaba el chico que vino hace un rato?

—¿Cuál?

—El de lentes.

—Mateo.

Asentí.

—Ah, Mateo.

Camila continuó hablando de algunos clientes habituales y de las personas que trabajaban en diferentes turnos.

No presté demasiada atención a los nombres.

Todavía tenía bastante información que procesar.

Además, no imaginaba que aquellas personas terminarían teniendo tanta importancia en mi vida.


6:35 p. m. | El final del primer día

Cuando mi turno terminó, sentí que por fin podía respirar.

Mis pies estaban cansados y lo único que quería era llegar a casa, quitarme los zapatos y acostarme.

Me despedí de Camila y revisé que no olvidara mis pertenencias.

—¡Hasta mañana, Luna! —gritó desde el mostrador.

—¡Hasta mañana!

Salí de la cafetería.

Mientras caminaba, pensé en todo lo que había sucedido.

Había cometido algunos errores, conocido personas nuevas y aprendido cosas que unas horas antes desconocía.

No había sido perfecto.

Pero lo había conseguido.

Y eso era suficiente.


Martes | 6:52 a. m.

El segundo día había comenzado bastante temprano.

A diferencia de la mañana anterior, ya sabía un poco mejor qué debía hacer y cómo llegar a la cafetería.

Todavía estaba cansada, pero al menos ya no sentía tanta incertidumbre.

Cuando llegué, me detuve unos segundos frente a la entrada.

La cafetería todavía no había abierto.

Sin embargo, había alguien dentro.

Una figura masculina se movía detrás del mostrador mientras limpiaba la máquina de café y acomodaba algunos utensilios.

Al principio no le presté demasiada atención.

Hasta que levanté un poco más la mirada.

Era él.

Adrián.

Me quedé observándolo desde afuera.

Llevaba una camiseta negra que dejaba ver sus brazos mientras trabajaba. Tenía el cabello ligeramente despeinado y parecía bastante concentrado en lo que hacía.

La luz del amanecer entraba por los grandes ventanales e iluminaba parte de su rostro.

El reflejo dorado resaltaba su perfil, la línea de su mandíbula y sus facciones marcadas.

Estaba preparando café.

Cuando levantó el brazo para alcanzar algo de uno de los estantes, pude notar sus antebrazos, la musculatura de sus brazos y algunas venas que se marcaban ligeramente bajo su piel.

Tragué saliva.

Qué sexi se ve.

Me quedé mirándolo un par de segundos más.

Hasta que fui consciente de lo que estaba haciendo.

Aparté la mirada rápidamente.

Luna, ¿qué te pasa?, me pregunte......

Me acomodé el cabello y miré hacia otro lado, intentando disimular la pequeña sonrisa que comenzaba a formarse en mis labios.

Era bastante atractivo.

Eso no podía negarlo.

Y, aunque me daba un poco de vergüenza admitirlo, verlo de aquella manera había conseguido llamar mi atención mucho más que el día anterior.

Respiré profundamente y finalmente decidí entrar.

Empujé la puerta.

La campanita anunció mi llegada.

Adrián levantó la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

Me quedé completamente quieta.

Él me observó durante unos segundos y después dejó el paño que tenía entre las manos.

—¡Hola!

Su saludo me sacó de mis pensamientos.

Parpadeé un par de veces.

—¡Hola! —respondí.

Hubo un pequeño silencio.

Lo miré nuevamente.

Él parecía tranquilo, incluso un poco divertido con mi reacción.

Y entonces, sin pensar demasiado en lo que iba a decir, solté:

—¿Qué haces aquí?

Adrián arqueó ligeramente una ceja.

—¿Cómo que qué hago aquí?

Sentí que mis mejillas comenzaban a calentarse.

Perfecto. Ahora sí, qué vergüenza.

—No, o sea... —intenté explicarme—. Es que ayer te vi aquí, pero pensé que eras cliente.

Él soltó una pequeña risa.

—¿Cliente?

—Sí...

—Trabajo aquí.

Lo miré.

Una vez.

Dos veces.

—¿Qué?

—Que trabajo aquí.

Miré alrededor y después volví a observarlo.

—¿Tú trabajas aquí?

—Sí.

Me quedé en silencio unos segundos.

—No sabía.

Adrián apoyó una mano sobre el mostrador.

—Eso veo.

Su expresión seguía siendo bastante seria, pero había algo divertido en la manera en que me miraba.

—Ayer estaba descansando —añadió—. Por eso no me viste trabajando.

—Ahhh...

Asentí lentamente.

Ahora todo tenía sentido.

Recordé que Camila me había hablado de él, pero nunca había mencionado que también trabajaba en la cafetería.

Aunque, pensándolo bien, tampoco le había preguntado demasiado.

—¿Entonces hoy te toca abrir? —pregunté, intentando recuperar la normalidad.

—Sí. Llegué un poco antes para adelantar algunas cosas.

—Ya veo.

Me acomodé el bolso sobre el hombro.

—Bueno, voy a dejar mis cosas.

—Están por allá.

Señaló el pequeño espacio destinado al personal.

—Gracias.

Caminé hacia allí intentando actuar con total normalidad.

Pero, mientras guardaba mis pertenencias, no podía dejar de pensar en lo que acababa de descubrir.

Adrián trabajaba conmigo.

No era solamente uno de los clientes habituales.

Era mi compañero.

Y, por alguna razón, aquella pequeña revelación había conseguido ponerme nerviosa desde muy temprano.


7:08 a. m. | Un compañero inesperado

Regresé al mostrador después de guardar mis cosas.

Adrián estaba terminando de preparar la máquina de café.

—¿Ayer fue tu primer día? —preguntó sin apartar demasiado la mirada de lo que hacía.

—Sí.

—¿Y qué tal?

Me encogí ligeramente de hombros.

—Bien, aunque todavía me confundo con algunas cosas.

—Es normal.

—Eso me han dicho.

Él sonrió apenas.

—Entonces será verdad.

Solté una pequeña risa.

Continué acomodando los vasos mientras él terminaba de preparar las bebidas.

Por unos segundos ninguno dijo nada.

No era un silencio incómodo, pero tampoco sabía muy bien cómo iniciar una conversación.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? —pregunté finalmente.

—Un tiempo.

Lo miré esperando que continuara.

No lo hizo.

Bueno, Luna, parece que tendrás que acostumbrarte a sus respuestas.

Volví a concentrarme en los vasos.

Adrián dejó una taza sobre el mostrador.

—Por cierto, ¿cómo te llamas?

Levanté la mirada.

—Luna.

—Adrián.

Lo miré con una pequeña sonrisa.

—Sí, ya sabía.

Él levantó ligeramente las cejas.

—¿Ah, sí?

—Camila me dijo ayer que te llamabas así.

—Ya veo.

Volvió a lo suyo.

Yo también.

Pero antes de que pudiera continuar acomodando las cosas, escuché su voz nuevamente.

—Bueno, bienvenida, Luna.

Lo miré.

Esta vez su expresión parecía un poco más amable.

—Gracias.

Y sonreí.

No sabía por qué, pero aquel pequeño saludo me hizo sentir que mi segundo día había comenzado de una manera diferente.


Aquella mañana descubrí que Adrián no era simplemente un cliente que visitaba la cafetería.

Era parte de aquel lugar.

Un compañero con el que probablemente tendría que compartir muchas jornadas de trabajo.

Todavía no sabía demasiado sobre él.

Ni sobre Mateo, el chico de lentes que había conocido el día anterior.

Tampoco sabía que, con el paso del tiempo, aquellas dos personas comenzarían a ocupar espacios tan diferentes en mi vida.

Por ahora, mis preocupaciones eran mucho más sencillas.

Aprender a trabajar, acostumbrarme a mi nueva rutina y dejar de ponerme nerviosa cada vez que tenía que hablar con alguien.

Aunque, después de aquella mañana, tenía la ligera sospecha de que lo último no sería tan fácil.

«Creí que lo más difícil sería aprender a volar. No imaginaba que, en el camino, algunas personas conseguirían hacerme perder el equilibrio». 🦋

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