Prólogo - La noche en que todo terminó
La tarde caía lentamente sobre Hollowmere.
El sol descendía detrás de las colinas, tiñendo de naranja los tejados de madera y los campos de cultivo que rodeaban la pequeña aldea. El humo de las chimeneas se elevaba suavemente hacia el cielo, mientras los últimos campesinos regresaban de sus jornadas de trabajo. Algunos transportaban herramientas, otros conducían carretas cargadas de cosechas. Desde las casas llegaban conversaciones, risas y el aroma de la cena que comenzaba a prepararse.
Era una comunidad pequeña, alejada de las grandes ciudades y de los conflictos políticos que mantenían inquietos a los territorios vecinos. Sus habitantes no poseían grandes riquezas ni contaban con un ejército capaz de enfrentarse a un reino. Sin embargo, habían conseguido construir algo que consideraban mucho más valioso: un hogar.
En una de las calles principales, un niño perseguía una pequeña pelota de tela entre las piernas de los adultos.
Aren tenía seis años. Su cabello castaño estaba despeinado y sus mejillas conservaban el rubor de una tarde entera jugando. Llevaba una camisa sencilla, unos pantalones demasiado largos para sus piernas y unas botas que su madre había remendado varias veces.
—¡Aren! ¡No te alejes demasiado! —llamó una mujer desde la entrada de una vivienda.
El niño se detuvo y giró la cabeza.
—¡Ya voy, mamá!
Su madre, Maren, lo esperaba junto a la puerta. Tenía las manos cubiertas de harina y un pequeño paño sobre el hombro.
—Tu padre está esperando para cenar.
—¡Un momento más!
—Eso dijiste hace un momento.
Aren recogió la pelota y corrió hacia ella, riendo.
Edric, su padre, apareció detrás de su esposa. Era un hombre de hombros anchos y manos endurecidas por años de trabajo. Observó a su hijo con una expresión que mezclaba cansancio y afecto.
—Si sigues corriendo así, llegarás a la mesa sin aliento.
—¡Puedo correr más rápido que tú!
Edric arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
Aren asintió con absoluta seguridad.
—¡Muchísimo más rápido!
Su padre fingió examinarlo detenidamente.
—Entonces tendremos que comprobarlo mañana.
El niño sonrió, satisfecho con aquella promesa.
Era una tarde ordinaria. Una de tantas que Aren olvidaría parcialmente con el paso de los años, aunque algunos detalles permanecerían grabados en su memoria mucho después de que todo lo demás desapareciera.
El sonido de las campanas.
El olor de la madera quemándose.
Y la mano de su madre sujetándolo con tanta fuerza que le dolían los dedos.
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El primer aviso llegó desde la torre de vigilancia.
Un cuerno resonó a lo lejos.
Una vez.
Después otra.
Las conversaciones se interrumpieron.
Los campesinos levantaron la mirada hacia las murallas de madera que rodeaban parcialmente la aldea. Desde lo alto, un guardia observaba el camino del norte, donde una nube de polvo comenzaba a levantarse entre los árboles.
—¿Qué sucede? —preguntó alguien.
El guardia no respondió inmediatamente.
Una tercera llamada de cuerno atravesó el aire.
Esta vez fue más larga.
Y mucho más desesperada.
—¡A LAS ARMAS! —gritó desde la torre—. ¡VIENEN HACIA AQUÍ!
El movimiento comenzó de inmediato.
Los hombres abandonaron sus herramientas. Las puertas se cerraron y las mujeres comenzaron a reunir a los niños. Algunos habitantes corrieron hacia sus viviendas para recuperar provisiones, mientras otros se dirigieron a los puestos de defensa.
Edric salió de la casa.
Su expresión había cambiado.
—Maren, lleva a Aren dentro.
—¿Qué ocurre?
—No lo sé todavía.
Pero ambos sabían que aquello no podía ser bueno.
Desde la entrada norte, una figura apareció entre los árboles.
Después otra.
Y otra más.
Las primeras siluetas eran altas y robustas, con cabezas completamente caninas, hocicos alargados y orejas erguidas. Sus cuerpos estaban cubiertos de pelaje oscuro y vestían protecciones de cuero endurecido, piezas metálicas y armaduras improvisadas.
Eran Vargari.
Tras ellos avanzaban decenas de Grimhorns. Más bajos que los humanos en su mayoría, de espaldas anchas, brazos largos y rostros deformados por mandíbulas prominentes y dientes irregulares. Algunos llevaban hachas, otros lanzas, arcos y escudos construidos con madera y metal.
No marchaban como una multitud desorganizada.
Avanzaban en formación.
Los Vargari ocupaban los flancos, mientras los Grimhorns se distribuían en grupos preparados para abrir las defensas y rodear las viviendas.
No había estandartes de un reino conocido.
Solo un emblema oscuro que ninguno de los habitantes consiguió reconocer.
En el centro de aquella formación caminaba un Vargari considerablemente más alto que los demás. Su pelaje era gris oscuro, con zonas casi negras alrededor del hocico. Una cicatriz atravesaba uno de sus ojos y descendía hasta el cuello. Llevaba una armadura de placas oscuras y una espada larga colgada de la cintura.
Su nombre era Vargan.
Era el líder de aquella expedición y uno de los comandantes más temidos entre los clanes Vargari.
Vargan levantó una mano.
La columna se detuvo.
Un pequeño grupo de habitantes salió al encuentro de los invasores. Al frente se encontraba el líder de Hollowmere, un hombre de mediana edad llamado Garrick, acompañado por varios soldados que habían recibido entrenamiento militar y conocían las técnicas necesarias para defender la aldea.
Garrick llevaba una espada desgastada y una capa marrón sobre los hombros. No parecía un gran guerrero de las leyendas, pero su postura era firme.
—¡Alto! —ordenó.
Vargan lo observó desde la distancia.
—Así que todavía hay alguien dispuesto a hablar.
—Esta es una comunidad pacífica. No tenemos conflictos con vuestro pueblo.
El Vargari inclinó ligeramente la cabeza.
—No hemos venido a discutir vuestra historia.
—Entonces, ¿qué queréis?
Vargan hizo una señal.
Uno de los Grimhorns avanzó y arrojó una bolsa al suelo. Varios documentos, pergaminos y pequeños objetos de madera cayeron sobre la tierra.
Garrick reconoció inmediatamente algunos de ellos.
Eran pertenencias de los guardianes del antiguo archivo de la aldea.
Su expresión se endureció.
—Buscamos información —continuó Vargan—. Antiguos registros. Mapas. Documentos relacionados con un santuario que se encuentra en estas tierras.
—No sé de qué estás hablando.
—No me hagas perder el tiempo.
—Aquí no encontraréis nada.
Vargan lo contempló durante unos segundos.
Después sonrió ligeramente.
—Qué desafortunado.
Se volvió hacia sus tropas.
—Registrad cada vivienda. Quiero los documentos y a cualquiera que pueda conocer su ubicación. Los que sean capaces de trabajar serán llevados con nosotros. Los demás... no representan ninguna utilidad.
Garrick comprendió entonces que no había posibilidad de negociación.
—¡DEFENDED LA ALDEA!
El primer proyectil atravesó el aire.
Y Hollowmere dejó de ser un hogar.
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Las flechas cayeron sobre las empalizadas.
Los soldados de la aldea respondieron desde sus posiciones, mientras los invasores comenzaban a avanzar. Los Grimhorns levantaron escudos y utilizaron pesadas herramientas para abrir brechas en las defensas. Los Vargari se desplazaron por los laterales, buscando puntos débiles y rutas alternativas.
Una sección de la empalizada cedió bajo el impacto de un ariete improvisado.
Los primeros invasores entraron.
El combate se extendió rápidamente por las calles.
Los habitantes intentaron refugiarse en sus casas, pero los Grimhorns comenzaron a derribar puertas. Las llamas se extendieron desde los primeros edificios alcanzados por las antorchas. Una carreta volcó en mitad de la calle, sus animales escaparon aterrorizados y los gritos de los vecinos se mezclaron con el ruido de las armas.
Un hombre intentó defender su vivienda con una horquilla.
No llegó a dar el segundo golpe.
Una mujer corrió hacia él, pero dos invasores la sujetaron por los brazos. Su hijo, apenas mayor que Aren, comenzó a llorar mientras intentaba alcanzarla.
—¡Mamá!
Un Grimhorn lo levantó por la ropa y lo arrastró hacia un grupo de prisioneros.
—¡NO! ¡DEJADLO! —gritó ella.
La respuesta fue un golpe que la hizo caer de rodillas.
Los niños y los ancianos estaban siendo separados de los combatientes. Algunos habitantes eran atados con cuerdas; otros eran obligados a caminar hacia las carretas que aguardaban fuera de la aldea.
No se trataba de una conquista convencional.
Aquellos invasores habían llegado preparados para capturar personas, apropiarse de sus pertenencias y borrar cualquier resistencia.
Desde el interior de su casa, Aren observaba a través de una pequeña ventana.
No entendía lo que estaba sucediendo.
Había escuchado historias sobre monstruos y ejércitos enemigos, pero siempre habían pertenecido a los cuentos que su padre le relataba antes de dormir.
Aquello no era un cuento.
Una explosión sacudió la vivienda.
Aren retrocedió y cayó al suelo.
—¡Aren!
Maren lo levantó inmediatamente.
Edric cerró la puerta y empujó una mesa contra ella.
—Tenemos que salir.
—¿Qué está pasando? —preguntó el niño.
Su padre no respondió.
—Edric...
—¡Ahora, Maren!
Un fuerte impacto hizo temblar las paredes.
Los tres salieron por la puerta trasera y se internaron en un pequeño pasadizo que conectaba varias viviendas. Otros vecinos estaban haciendo lo mismo. Algunos llevaban niños en brazos, otros cargaban pequeñas bolsas con provisiones.
Una anciana tropezó cerca de ellos.
Edric se detuvo para ayudarla.
—¡Por aquí! ¡No os quedéis en la calle!
—¿Adónde vamos? —preguntó Aren.
—A un lugar seguro, cariño —respondió su madre.
Pero su voz temblaba.
Al llegar al extremo del pasadizo, encontraron a un grupo de supervivientes reunido junto a un antiguo pozo. Eran apenas unas veinte personas.
Entre ellas se encontraba un soldado con el rostro ensangrentado.
—El capitán Garrick ha ordenado que todos los civiles salgan por el camino occidental —explicó—. Hay una ruta entre los bosques. Nos conducirá lejos de la aldea.
—¿Y Garrick? —preguntó Edric.
El soldado bajó la mirada.
—Se ha quedado en la plaza. Está reuniendo a los hombres que todavía pueden luchar.
Un estruendo resonó desde el centro de Hollowmere.
El humo ya cubría buena parte del cielo.
Maren abrazó a su hijo.
Aren miró hacia la plaza.
—¿Y los demás?
Nadie contestó.
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La plaza central se había convertido en un campo de batalla.
Garrick y los últimos defensores habían conseguido levantar una barricada utilizando carros volcados, mesas y fragmentos de las empalizadas. Eran pocos, pero conocían las calles y utilizaban cada rincón de la aldea para dificultar el avance de los invasores.
Vargan observaba desde el otro extremo de la plaza.
Un Grimhorn se acercó a él.
—Mi señor, los documentos encontrados no contienen la información completa.
—Entonces todavía no hemos terminado.
—Los habitantes están escapando por el oeste.
Vargan miró hacia aquella dirección.
—Enviad rastreadores. No quiero que nadie que conozca la ubicación del santuario escape.
—¿Y los demás prisioneros?
—Llevadlos al campamento. Los que sobrevivan al viaje servirán para trabajar.
El Grimhorn inclinó la cabeza y se marchó.
Vargan avanzó hacia la barricada.
Garrick salió de entre los defensores.
—¡Ya habéis tomado nuestras casas! ¡Habéis capturado a nuestra gente! ¿Qué más queréis?
Vargan desenvainó lentamente su espada.
—Lo que vine a buscar.
—¡No hay nada aquí para vosotros!
—Eso lo decidiré yo.
Garrick levantó su arma.
—Mientras yo siga respirando, no pasaréis.
Vargan observó a los pocos soldados que permanecían junto al hombre.
—¿Crees que ellos morirán por ti?
—No luchan por mí.
Garrick apretó la empuñadura de su espada.
—Luchan por las personas que están detrás de nosotros.
Durante un instante, Vargan permaneció inmóvil.
Después soltó una carcajada breve y seca.
—Qué discurso tan conmovedor.
Avanzó.
Garrick hizo lo mismo.
El choque de ambas espadas resonó en la plaza.
El líder de Hollowmere atacó primero, obligando a Vargan a retroceder un paso. Era un combatiente experimentado y conocía perfectamente cómo utilizar su fuerza contra un adversario de mayor tamaño.
Pero Vargan era más rápido de lo que aparentaba.
Esquivó un segundo golpe y respondió con un movimiento horizontal que obligó a Garrick a retroceder.
Ambos intercambiaron varios ataques.
Los soldados de Hollowmere luchaban alrededor de ellos, intentando impedir que los invasores alcanzaran la barricada.
Garrick consiguió golpear el hombro de Vargan.
Una pequeña abertura apareció entre las placas de su armadura.
El Vargari bajó la mirada.
Por primera vez, su expresión perdió aquella sonrisa de superioridad.
—Has tenido suerte.
Garrick no respondió.
Atacó nuevamente.
Vargan bloqueó el golpe y utilizó su fuerza para desarmarlo parcialmente. La espada de Garrick cayó al suelo.
El hombre retrocedió, respirando con dificultad.
Vargan levantó su arma.
—Se acabó.
Garrick miró a su alrededor.
Los defensores estaban cayendo.
La barricada comenzaba a ceder.
Y entonces escuchó algo.
Un cuerno.
No procedía de la plaza, sino de la salida occidental.
Era la señal que había acordado con sus hombres.
Los supervivientes estaban escapando.
Garrick cerró los ojos durante una fracción de segundo.
Había conseguido lo único que necesitaba.
Volvió a mirar a Vargan.
—Todavía no.
Con un movimiento desesperado, se lanzó contra él.
El Vargari logró apartar su espada, pero Garrick utilizó el último impulso para derribarlo y sujetarlo contra el suelo.
Los dos cayeron entre los escombros.
Vargan rugió e intentó liberarse.
Garrick sabía que no podría mantenerlo inmovilizado durante mucho tiempo.
Aun así, no lo soltó.
—¡Ahora! —gritó hacia los últimos defensores—. ¡QUE NO PASEN!
Los soldados se reagruparon y cerraron el paso.
Vargan consiguió finalmente liberarse.
Cuando se incorporó, Garrick apenas podía mantenerse en pie.
El Vargari lo contempló con una furia silenciosa.
—Has condenado a tu propia gente por unos minutos más de vida.
Garrick levantó la mirada.
—No. Les he dado una oportunidad.
Vargan lo atravesó con su espada.
Garrick cayó de rodillas.
Su arma golpeó el suelo.
El Vargari retiró la hoja y dejó que el hombre se desplomara entre los restos de la plaza.
Durante unos segundos, el ruido de la batalla pareció alejarse.
Garrick miró hacia el camino occidental.
No podía ver a los supervivientes.
Pero sabía que habían llegado hasta allí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Después dejó de moverse.
---
La noche había terminado de cubrir los bosques.
El grupo avanzaba entre los árboles, siguiendo un sendero estrecho que apenas podía distinguirse bajo la vegetación. Algunos llevaban heridas; otros apenas podían mantenerse en pie.
Edric caminaba delante, ayudando a los más débiles.
Maren sujetaba la mano de Aren.
El niño no había pronunciado una palabra desde que abandonaron la aldea.
A lo lejos, el resplandor de las llamas iluminaba las copas de los árboles.
Hollowmere ardía.
Aren se detuvo.
—Papá...
Edric se volvió.
—¿Qué ocurre?
—¿Vamos a volver mañana?
Su padre miró hacia el resplandor distante.
No encontró una respuesta que pudiera ofrecerle a un niño de seis años.
Se arrodilló frente a él y le acomodó el cabello.
—No lo sé, hijo.
Aren bajó la mirada.
—Mi pelota...
Maren lo abrazó.
Edric cerró los ojos un instante antes de levantarse.
—Tenemos que continuar.
El grupo siguió avanzando.
Unos minutos después, un ruido procedente de los arbustos hizo que todos se detuvieran.
Los soldados que acompañaban a los supervivientes levantaron sus armas.
Una silueta apareció entre los árboles.
Era uno de los Vargari.
Después surgió otro.
Y un tercero.
Los perseguidores habían encontrado el rastro.
—¡Seguid avanzando! —ordenó uno de los soldados.
Edric tomó a Aren en brazos.
Maren corrió junto a él.
Los Vargari comenzaron a acercarse, desplazándose entre los árboles con una coordinación aterradora.
Una flecha atravesó la oscuridad.
Uno de los perseguidores cayó.
Después se escucharon varios gritos procedentes de la retaguardia.
Los supervivientes se volvieron.
Entre los árboles aparecieron otros hombres armados.
Eran soldados de Hollowmere.
Los pocos que habían conseguido abandonar la plaza.
Su comandante, un joven llamado Rowan, levantó una antorcha.
—¡Por aquí! ¡Nosotros los detendremos!
Los Vargari se abalanzaron sobre ellos.
Los soldados resistieron lo suficiente para permitir que los civiles alcanzaran una zona más elevada del bosque.
Uno de ellos recibió un golpe y cayó. Otro continuó luchando a pesar de una herida en el costado.
Edric quiso regresar.
Maren lo sujetó del brazo.
—¡No!
—¡No podemos dejarlos!
—¡Edric, tenemos que sacar a nuestro hijo de aquí!
Él miró a los soldados.
Después miró a Aren.
El niño estaba llorando en silencio.
Edric apretó los dientes.
Y continuó caminando.
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Mucho más lejos, cuando el grupo finalmente alcanzó una pequeña elevación desde la que podía observarse el valle, el ruido de la persecución comenzó a desaparecer.
Los supervivientes se detuvieron.
Algunos cayeron al suelo, agotados.
Otros se abrazaron entre lágrimas.
Maren se sentó junto a una roca y estrechó a su hijo contra el pecho.
Edric permaneció de pie, mirando hacia el horizonte.
Hollowmere seguía ardiendo.
Las llamas iluminaban las nubes bajas y el humo se extendía sobre los campos que, apenas unas horas antes, habían estado llenos de vida.
Aren levantó la cabeza.
—¿Dónde está el señor Garrick?
Su madre no respondió.
El niño volvió a mirar a su padre.
—¿Va a venir con nosotros?
Edric se arrodilló.
Por primera vez desde que comenzó el ataque, permitió que su hijo viera las lágrimas que había estado conteniendo.
—No, Aren.
—¿Por qué?
Su padre lo abrazó.
—Porque nos ayudó a escapar.
Aren miró nuevamente hacia el valle.
No comprendía completamente lo que había sucedido. No sabía por qué aquellas personas habían atacado su hogar, por qué se habían llevado a sus vecinos ni por qué los soldados que conocía no estaban allí.
Solo sabía que ya no podía regresar a casa.
Y que muchas personas a las que había visto aquella misma mañana no volverían a estar con él.
El viento comenzó a soplar entre los árboles.
A lo lejos, una última sección de la aldea se derrumbó entre las llamas.
Maren besó la frente de su hijo.
—Estamos aquí, cariño.
Edric apoyó una mano sobre el hombro de ambos.
—Seguimos juntos.
No era mucho.
No podía devolverles su hogar, ni a sus vecinos, ni a los hombres que habían sacrificado sus vidas para que pudieran escapar.
Pero todavía estaban vivos.
Y mientras pudieran seguir caminando, todavía habría un mañana.
La cámara se alejaría lentamente de los tres, dejando atrás al pequeño grupo de supervivientes y mostrando el valle iluminado por el incendio.
En algún lugar de aquella oscuridad, los perseguidores continuaban buscando a quienes habían conseguido escapar.
Y mucho más allá, alguien esperaba noticias de la operación.
La persona que había ordenado aquella expedición todavía no había conseguido lo que buscaba.
Pero Hollowmere había desaparecido.
Y para un niño que apenas comenzaba a descubrir el mundo, aquella noche sería el principio de una historia que todavía no estaba preparado para comprender.
CORTE A NEGRO.
FIN DEL PRÓLOGO.








