Sugar Life
Te mientes a ti mismo y crees que eres feliz. Había tomado la decisión consciente de irme, de alejarme de todo y de todos. Había vuelto a ser un hombre solitario. Un simple nómada. Mientras recargo la cabeza en el cristal de este restaurante que me encontré en el camino, observando un paisaje lluvioso, cambiante, nos imagino bajo el sol olvidándonos de todo aquello que ocurrió. Comenzar de nuevo tal vez... Esto era una fantasía improbable.
16 pedazos de servilleta hice de una, los conté, hice una casita con ellos mientras sonaba una terrible canción de Sinatra. Nunca me gustó. La mesera llegó a interrumpir mi manía diciéndome que si quería quedarme, tenía que consumir algo. Le pedí amablemente el paquete de donas y café de $1.99. Hace mucho que no comía esto, ya que me habías hecho cuidar mi figura, pero creo que a estas alturas eso ya no importa más.
Abrí mi billetera y tenía lo suficiente para pagar mi cuenta en el restaurante. Revisé mis bolsillos del pantalón, lo único que pude encontrar en el izquierdo, fue un pequeño hoyo, y en el derecho, aparte del efectivo suficiente para cubrir mi cuenta, un dólar extra. Era suficiente para hacer una llamada, pensé, o para poner otra canción en la rocola. Escogí la rocola.
Yo creí que había perdido el sentido de la vida, pero haciendo un extenso análisis me di cuenta que esto no era verdad, ya que todo esto lo hacía para volverlas a ver. Necesitaba ver su cara de nuevo, anhelaba escucharlas reír o simplemente escucharlas. Todos hacemos algo malo en algún momento de la vida, y yo me había prometido no regresar con ustedes hasta estar en la cima de nuevo.
Mi padre me decía que dejara de soñar, que los soñadores son unos huevones, creo que al final lo terminé creyendo. Mientras él se dedicaba a trabajar rutinariamente para sacar las cuentas de la casa, yo tocaba mi guitarra. “Debes estudiar para ser alguien en la vida”, me decía, pero la música me llamaba. Ésta, hacía que el mundo fuera mejor; por lo menos el mío.
Me fui de la casa a los diecisiete años. Al irme, le prometí que lo iba a lograr pero no me creyó, me apuntó con el dedo y me dijo que no quería a un fracasado en la familia y me cerró la puerta. En ese momento la decisión propia de irme se convirtió en la única opción que me quedaba. Me habían corrido indirectamente de la casa.
Pasaron 366 días -los conté- de tocar en bares, hasta que un hombre me ofreció llevarme al éxito. A partir de ahí las cosas sucedieron fácil, mujeres y whisky a montón. Un día, desde el escenario te vi en la primera fila. No ibas sola, llevabas a dos de tus amigas contigo y a un hombre que hasta la fecha detesto. Por alguna razón destacabas entre la multitud. No recuerdo mucho de lo que pasó después, solo recuerdo que todo fue como un grato sueño del que no quería despertar nunca. Estábamos juntos, en la cumbre de mi éxito, nada nos detenía. Vivíamos en el camino, nunca pasábamos más de una semana en una misma ciudad. No conocíamos el mundo pero al conocer a tantas personas de lugares distintos, sentíamos que lo hacíamos.
Yo tenía veintiún años y tu dieciocho cuando llegó nuestra hija. Yo pensaba que era feliz, pero cuando llegó a nuestra vida, conocí el sentimiento de felicidad absoluta. A la par, me entró un sentimiento brutal que hace mucho no sentía. Miedo. ¿Has pensado en la cantidad de sucesos que pasan en un mismo momento? Pues bien, a mí, en ese momento se me cayó el vaso de whisky y me quedé dormido. Me despertó el llanto de nuestra hija y supe que mi vida tenía que cambiar. Mientras la cargaba escuchaba a mi padre echándome en cara lo fracasado que era. Nuestra hija necesitaba crecer en un ambiente más sano que nuestro estilo de vida actual. Te volteé a ver y en ese momento supe que estabas de acuerdo conmigo.
Encontré un trabajo que pagaba las cuentas, pero podía ver que no eras feliz. Cada vez alcanza menos para la comida y a duras penas podemos pagar la renta. Yo te había prometido una vida feliz y ver que no lo había logrado me mataba de culpa. Me comía ese sentimiento y también el miedo.
Conseguiste trabajo y pudimos mantenernos estables por un tiempo, hasta que un día llegué a nuestra casa y no sabía cómo decirte lo que me acababa de suceder. Me habían corrido del trabajo. Peleamos todo el día y parte de la noche. Si ya no puedes sostener esta familia, es inútil que te quedes, tengo así una boca menos que alimentar, dijiste. Fue entonces cuando decidí irme y a la vez me corriste de la casa. Me di cuenta que a pesar de lo sucedido te amaba y te prometí que regresaría una vez alcanzara el éxito de nuevo. Tengo miedo de volver y que ya no me estén esperando, pero nadie tenía la culpa de lo sucedido excepto yo.
Regresé a la realidad cuando la mesera llegó con mi paquete de donas y café. Le di las gracias y le pedí un poco de azúcar. Siempre me regañabas por preferir lo dulce. Después de un rato la mesera llegó con un frasco de ratones de azúcar. Puse dos en mi café y me sorprendió ver la rapidez con la que estos desaparecían. Tan rápido como mi éxito, pensé. No volveré con ustedes hasta haberlo logrado. Tengo que hacerlo rápido, de una manera u otra.








