Admirador
Él se sienta frente a mí en todas las clases que compartimos. Sus rizos oscuros y definidos parecen llamarme y me ruegan que los toque. Tiene una espalda ancha y musculosa, ideal para clavarle las uñas. Él no sabe que existo, y eso me basta. Así puedo comérmelo con la vista sin que se dé cuenta. ¿Quién se fijaría en mí, de todos modos? No soy nadie. Un simple número en esta universidad enorme. Si los profesores y la administración me ven como un número, seguro él también. Solo una chica más, de tantas, que se sienta en clase con él.
Mira brevemente hacia la derecha, a su amigo que está sentado a su lado. Aprovecho esa oportunidad para detallar sus facciones. Juro que su mandíbula fue esculpida por los mismos dioses. Sus labios carnosos —más grandes que los míos, eso seguro— encajan perfecto bajo su nariz perfilada, que no es para nada grande. Usa lentes de marco oscuro, pero puedo verle los ojos perfectamente. Son de un color café claro con un toque amarillo alrededor de la pupila. Tienen el color de una tarde cálida de otoño. También tiene las pestañas más divinas que he visto; no son tan largas como las mías, pero igual son hermosas. No tengo idea de qué le está diciendo a su amigo, pero una sonrisa de medio lado aparece en sus labios y juro que mi corazón casi deja de latir. Tiene los dientes más blancos que he visto en un hombre, y más para ser un chico de fraternidad. Y cuando sonríe, se le marca un pequeño hoyuelo en la mejilla.
Tengo la cabeza apoyada en una mano y no siento que se me va resbalando hasta que casi pego contra el escritorio. Al enderezarme, tampoco noto que tengo un hilo de saliva en la comisura de la boca. Se me hace agua la boca de solo verlo, y esa no es la única parte de mi cuerpo que está mojada. Aprieto los muslos intentando ignorar la necesidad de fricción entre mis piernas y me concentro en la clase de Biología 101. Es un requisito para mi carrera de Letras Inglesas, aunque no me molesta. La ciencia, de cualquier tipo, siempre ha estado en mi vida. No la elegí como carrera, aunque sé que en secreto mi mamá quería que lo hiciera. Siempre he visto la naturaleza como un pasatiempo, no como un trabajo de tiempo completo.
Me enfoco en el pizarrón y veo que el profesor anotó puntos importantes. Me apresuro a tomar notas.
—Oye, ¿tienes una pluma que me prestes? A la mía se le acabó la tinta —dice una voz. Mi mano se queda tiesa a mitad de una frase al escuchar su voz grave y masculina. Intento parecer relajada, pero fallo por completo. Levanto la vista de mi cuaderno y me topo con sus ojos. Siempre lo he admirado de lejos y cuando se sienta frente a mí, pero nunca había tenido su cara tan cerca de la mía. Se me seca la garganta; toda el agua de mi cuerpo parece irse directo a un lugar muy específico.
—Si no tienes, no pasa nada —dice él, frunciendo un poco el ceño. No es un gesto de enojo, sino de confusión. Me le quedo viendo con la boca un poco abierta. Tengo que darme una bofetada mental para reaccionar.
—S-sí, tengo otra pluma —tartamudeo. Busco en mi mochila a mi lado izquierdo. Cuando levanto la cabeza, veo un brillo de diversión en sus ojos. ¿Será que sabe el efecto que tiene en mí?
—Ten. —Le entrego la pluma extra y, cuando la pongo en su mano, me quiero morir. Le di la pluma rosa con brillos que tiene un pompón de plumas arriba. Me la regaló mi mejor amiga el día de San Valentín. Él baja la mirada hacia la pluma y una sonrisa pícara aparece en sus labios deliciosos.
—Linda pluma —dice. Estoy por pedirle perdón y ofrecerle otra, pero se da la vuelta y empieza a escribir. ¡Maldita sea! Qué vergüenza. El resto de la clase pasa como un suspiro. Estoy demasiado apenada y sorprendida por lo que pasó para concentrarme en la diferencia entre mamíferos y reptiles. Además, ya me sé eso y me sorprendería que los demás no lo sepan. Pero bueno, así es la universidad, aquí se ve de todo.
En cuanto el profesor nos despide, empiezo a guardar mis cosas. Me levanto y estoy por irme cuando él me detiene.
—¿No quieres que te devuelva tu pluma? —Se da la vuelta y se para junto a su banco, a apenas unos centímetros de mí. Su colonia amaderada y varonil me llega a la nariz y tengo que aguantarme las ganas de derretirme ahí mismo. Estiendo la mano y espero. Él me clava la mirada mientras me pone la pluma en la mano, rozando suavemente mi palma con sus dedos. Una corriente eléctrica me recorre el cuerpo. Se me pone la piel de gallina y resisto el impulso de temblar.
—Te llamas Elizabeth, ¿verdad? —Abro mucho los ojos al escuchar mi nombre en sus labios.
—¿Sabes mi nombre? —suelto de repente, y al instante se me calientan las mejillas.
—Compartimos varias clases —explica él, sonriendo por mi reacción. ¿Lo sabrá? ¿Sabrá que por dentro estoy babeando y jadeando por él?
—Cierto —respondo, guardando la pluma en mi bolso.
—Yo soy Josh, aunque supongo que ya lo sabías —dice con una sonrisa de suficiencia. Deseo que la tierra se abra y me trague entera. Miro hacia un lado, esperando que se me quite lo rojo de la cara, pero sé que mientras él esté frente a mí, seguiré así.
—¿Tienes planes para más tarde? —me pregunta y siento que se me humedece todo allá abajo. A este paso me voy a deshidratar.
—No mucho, ¿por qué? —Vuelvo a mirarlo y hago lo posible por mantener la compostura. Cambio el peso de un pie a otro, tratando de ignorar ese cosquilleo entre mis piernas.
—Hay una fiesta en mi casa. Deberías ir. —¿Me está invitando a salir? ¿A mí?
—N-no sé dónde vives —tartamudeo. Estoy en shock. ¿Será un sueño? Llevo suspirando por este tipo desde el primer día y, después de dos meses, por fin me habla. Sabe mi nombre y me invita a salir. ¿Acaso se congeló el infierno?
—Ten. —Me quita el celular de la mano izquierda y empieza a anotar su número. Casi se me cae la mandíbula, pero me contengo. Me devuelve el teléfono con un brillo en los ojos que no alcanzo a descifrar. —Te mando la dirección por mensaje. La fiesta empieza a las nueve. —Y con eso, pasa por mi lado. Su hombro roza el mío y me estremezco. Me parece oír que se ríe entre dientes, pero cuando camino unos pasos detrás de él, no escucho nada. Quizá me lo imaginé. No puede saber cuánto me afecta.
El resto del día vuela, y antes de darme cuenta, estoy frente a mi clóset abierto pensando qué ponerme.
—Ponte lo que sea. ¿Qué más da? —dice mi mejor amiga desde mi cama. Está acostada boca abajo, sosteniendo su cabeza con las manos. Mueve las piernas en el aire de un lado a otro. Sus ojos color caramelo tienen un aire de diversión. Ella sabe por qué estoy tan nerviosa por la fiesta de esta noche. Nos conocimos en la clase de inglés y desde entonces somos inseparables; algo me dice que seguiremos así por mucho tiempo.
—Esther —digo cansada, pero con el mismo tono juguetón—. Por favor, ayúdame.
—¿Yo? Ya sabes que, aparte de los zapatos —en lo que soy muy buena—, no sirvo para mucho. Solo enseña un poquito de escote, a todos los hombres les gusta eso. —Se encoge de hombros.
—No quiero parecer una cualquiera.
—Es una fiesta, Liz —dice ella tratando de hacerme entrar en razón. Ninguna de las dos es muy fiestera, pero sabemos cómo arreglarnos para llamar la atención cuando queremos. —Está bien. —Salta de la cama y se acerca. —Veamos qué encontramos —dice mientras hurguea en mi clóset lleno de ropa.
Después de una hora, estoy frente al espejo de cuerpo entero admirando el trabajo de Esther. Ella dirá que no tiene estilo, pero yo creo lo contrario. Un vestido rojo de cuello halter se pega a mis curvas como una segunda piel. Mis pechos copa C resaltan bastante. La falda me llega a mitad del muslo, dejando ver mis piernas tonificadas. Me encanta caminar y hacer senderismo, así que tengo las pantorrillas bien formadas. Llevo unos tacones negros y, sorprendentemente, son tan cómodos como mis tenis favoritos. En la preparatoria no me gustaba usar tacones por mi estatura, pero al entrar a la universidad eso me dejó de importar. Con mi 1.70 m no soy tan alta como pensaba, y con Josh no hay problema. Él mide como 1.85 m. Incluso tuve que inclinar la cabeza hacia atrás cuando hablé con él hace rato. Recordarlo hizo que mis entrañas temblaran de deseo. Tengo el cabello castaño y rizado suelto sobre los hombros. Me puse un maquillaje ligero y un collar largo y fino que cae justo en medio de mi pecho. No es nada del otro mundo, pero sé que atraerá las miradas hacia esa zona. No suelo estar tan segura de mi apariencia, pero Esther hizo un trabajo excelente.
—Te ves guapísima —dice ella detrás de mí. Me sonrojo y me doy la vuelta.
—¿Tú crees?
—Claro que sí, nena. Josh no va a saber ni qué lo golpeó. Estará esperando a la tímida Liz y se va a encontrar con una diosa frente a él. —Sus palabras me dan ánimos. Está tratando de calmar mis nervios y vaya que funciona.
—Recuérdame por qué no vienes conmigo —digo mientras me giro para checar que mi delineado de gato no se haya corrido. Pensé que el delineador negro no me quedaría bien con mis ojos café oscuro, pero para mi sorpresa, sí. Me da un aire misterioso y seductor.
—Porque tengo examen el lunes. Sabes que no salgo cuando me toca estudiar. Y más si el examen es de una materia de la carrera.
—Está bien, está bien. Tírame a la cueva de los leones —digo bromeando.
—Y saldrás de ahí habiéndolos domado —dice ella sonriendo. Realmente sabe cómo subirle el ego a una. Agarro mi bolsa de la mesa, me despido de Esther y salgo volando.
Veinte minutos después, llego a su casa. Tuve que dar varias vueltas a la manzana para encontrar estacionamiento. Me detengo en la banqueta frente a su casa. La fiesta ya está en todo su apogeo y solo llego media hora tarde. Pensé que las fiestas universitarias no se ponían buenas hasta dos o tres horas después, pero ya hay gente afuera en el porche. Tienen vasos rojos en la mano mientras platican. Algunos están en grupitos, riendo. Las puertas dobles de la casa roja de dos pisos están abiertas y la música se escucha desde donde estoy. Al parecer, a los vecinos no les importa.
Me enderezo y, con la frente en alto, empiezo a caminar. Al entrar, varias personas me miran. Siento sus ojos quemándome la piel y eso, junto con el bajo pesado de la música, me da mucho calor. Hombres y mujeres me barren con la mirada mientras sigo caminando y observando el lugar. A mi derecha, la gente ríe y bebe alrededor de una mesa de billar. A mi izquierda, lo que supongo es la sala, se ha convertido en la pista de baile. Hay poca luz en toda la casa, pero adentro apenas se ve algo. Solo las luces rosas y azules que brillan de vez en cuando permiten distinguir los cuerpos bailando. Sigo caminando, ignorando las miradas de algunos hombres y las caras de odio de algunas chicas. Sus ojos brillan con rabia como si yo fuera una competencia. Pero no lo era. Solo tenía ojos para un tipo y a él era a quien buscaba.
Al llegar a la cocina, la música no suena tan fuerte. Hay una isla de cocina negra donde hay bebidas y botanas por todos lados. En la mesa de desayunar a la derecha, hay más alcohol y comida. Aquí también hay mucha gente. Una pareja se está devorando junto al refrigerador. La chica está sentada en la barra con las piernas rodeando la cintura del tipo. Se están besando como si no hubiera nadie. Aparto la vista justo a tiempo para chocar con un muro. Al levantar la cabeza, veo que no choqué con una pared sino con un hombre. El calor me sube a las mejillas cuando veo quién es.
Josh.
Lleva unos jeans ajustados azul oscuro que le quedan peligrosamente bajos en la cadera. Una camisa del mismo color se le pega al pecho, amenazando con romperse en cualquier momento por sus músculos. Sus rizos brillan bajo la luz de la cocina. Para mi sorpresa, no trae sus lentes. Tiene unas ligeras ojeras, pero en lugar de verse cansado, se ve para comérselo; la oscuridad resalta sus ojos. Su mirada recorre mi cara antes de bajar por todo mi cuerpo. Siento que me pongo más roja y un nudo de deseo se forma en mi vientre. No le importa que me dé cuenta de cómo me mira. Y aunque me siento un poco cohibida, recuerdo las palabras de Esther. Mantengo la cabeza en alto y lo miro a los ojos cuando termina su inspección. Él levanta una ceja y una pequeña sonrisa asoma en sus labios carnosos.
—Viniste. —Hay un mensaje oculto en sus palabras, pero no dejo que note que lo entiendo.
—¿Pensaste que no lo haría?
—Bueno, no pareces del tipo que le gusten las fiestas.
—Las apariencias engañan.
—Claramente. —Vuelve a recorrerme con la mirada antes de fijarla en la mía. Su mirada es intensa y me atrapa. Me sostiene la vista hasta que siento que me voy a hiperventilar y soy yo quien rompe la conexión.
—¿Quieres algo de beber? —me pregunta acercándose a la mesa. Agarra varias botellas de licor y empieza a servirlas en un vaso rojo. Hay una botella de alcohol color ámbar. Veo el nombre: Disaronno. Sirve un poco en el vaso junto con un licor fuerte y transparente. Al final, le pone un toque de jugo de naranja y me lo entrega.
—¿Cómo sabías que no tomo cerveza? —le pregunto mientras agarro el vaso. Doy un trago y lo miro por encima del borde. Él me observa esperando mi reacción a la bebida.
—No lo sé. Instinto —responde con picardía. Empiezo a pensar que sabe más de mí de lo que creía. Primero, sabía que existía, y ahora sabe que no tomo cerveza. ¿Qué más sabrá de mí?
El alcohol baja suavemente por mi garganta. Tiene un toque dulce y un golpe fuerte al final. Con solo ese trago, siento que mi cuerpo se calienta y el alcohol empieza a correr por mis venas.
—Esto está muy bueno —le digo, bajando el vaso. Una gota se me escapa por la comisura de los labios. Antes de que pueda limpiarme, su mano ya está ahí. La quita con el pulgar, pero en lugar de secarse con un paño, chupa la gota de su dedo. Creo que he dejado de respirar.
—Delicioso —pronuncia él, y no estoy segura de si se refiere a la bebida o a otra cosa. ¿Ha subido la temperatura un par de grados? Quiero abanicarme, pero no debo. —¿Bailas? —me pregunta. Yo solo asiento, incapaz de articular palabra. Este chico es una sorpresa tras otra. Me quita el bolso de la mano y con la otra me sujeta. Me guía para salir por donde mismo entré. Mientras esquivamos a la gente en el pasillo, se detiene ante una de las puertas. Soltando mi mano, saca una llave del bolsillo delantero de sus jeans y abre la puerta. Miro brevemente hacia adentro. Es un armario, nada especial. Coloca mi bolso en uno de los estantes de madera antes de salir y volver a cerrar con llave. Frunzo el ceño y levanto la cabeza. Él me mira.
—Así no tienes que preocuparte por perderlo, como les pasa a algunas chicas en las fiestas —me explica. Tomando mi mano libre otra vez, me tira hacia adelante. Llegamos a la pista de baile y rápidamente nos traga el océano de cuerpos. Suena la canción “In Flames” de Digital Daggers y los cuerpos se menean de forma seductora con la música. No sé de dónde viene el sonido, pero apuesto a que hay un DJ o alguien al fondo de la sala a cargo de la música. Doy un trago a mi bebida mientras muevo las caderas de lado a lado, sin esperar a que Josh baile. Está a un paso de mí. Siento que sus ojos dejan incendios por todo mi cuerpo, pero cierro los ojos y me rindo a la música. Los cuerpos a mi alrededor se están calentando y sudando. Su piel roza la mía y me lleva a un frenesí de lujuria. Dando otro trago a la bebida, siento que me relajo. Vine aquí por Josh, pero realmente no sabía lo que me estaba perdiendo. La gente dice que las fiestas universitarias son todas salvajes y locas. Esa gente hace cosas estúpidas de las que se arrepiente a la mañana siguiente. Pero estando aquí, en medio de este mar de cuerpos, no podría sentirme más eufórica. Estaba viviendo la experiencia universitaria y sabía que no iba a tener ni un solo arrepentimiento.
La canción cambia a “you should see me in a crown” de Billie Eilish y la multitud se vuelve loca. Sonrío y levanto las manos, haciendo que el líquido de mi vaso se agite un poco. Antes de que me dé cuenta, las manos de Josh están en mis caderas. Se aprieta contra mí, balanceándose conmigo. No sé si es el alcohol en mi cuerpo o simplemente mi confianza, pero empiezo a perrear contra él. Apoyo mi espalda en su pecho antes de inclinarme un poco hacia adelante y empujar mis caderas hacia atrás. No es excesivamente vulgar, pero es suficiente para que sienta bien mi trasero. De repente, su mano rodea mi estómago y me presiona fuerte contra él. Puedo sentir su aliento en mi cuello, cerca de mi oreja.
—No empieces algo que no vayas a terminar —me susurra-grita al oído. Sonrío y me doy la vuelta. Rodeando su cuello con mis manos, bailo. Muevo mis caderas hacia los lados antes de ir de adelante hacia atrás como una serpiente peligrosa. En la oscuridad de la habitación no puedo distinguir bien su cara, pero cuando la luz azul cae sobre su rostro, veo el hambre en sus ojos. Se está conteniendo. Se nota. Tiene la mandíbula apretada. Sus ojos están entrecerrados. Eso solo hace que mueva mi cuerpo con más ganas al ritmo de la música oscura. Mi mano libre cae sobre su pecho y un jadeo escapa de mis labios al sentir sus pectorales duros. Él busca mi otra mano y me quita la bebida. Se toma lo que quedaba y tira el vaso a un lado. Como esta es su casa, no tiene que preocuparse por la basura. Sus ojos se vuelven más oscuros mientras más bailo. Él también se mueve un poco con la música, pero está demasiado embobado con mis movimientos para hacer otra cosa. Entonces, me atrae más hacia él. Mis piernas están abiertas y puedo sentir una de las suyas en mi entrepierna. Estoy a horcajadas sobre su pierna, y la fricción me da un ligero alivio en mi centro.
—Recuerda lo que te dije —me susurra de nuevo al oído, haciendo que su aliento me dé escalofríos por todo el cuerpo. Sintiéndome atrevida, me acerco a su oído también.
—¿Y si de verdad quiero terminar lo que empiezo? —A propósito, rozó brevemente sus labios con mi oreja. Siento cómo toma aire de golpe. Le provoco la misma reacción que él me causa a mí. Quizás por eso sabe mi nombre. Quizás por eso sabe de mí más de lo que admite.
Más rápido de lo que puedo procesar, toma mi cabeza entre sus manos y presiona sus labios contra los míos. Se me escapa otro jadeo, y él aprovecha la oportunidad para meter su lengua caliente en mi boca. Su lengua baila con la mía como si siempre hubiera debido estar allí. Era como si nuestros labios ya se conocieran. Mi mano se enreda en su cabello; la sensación de sus rizos suaves en mi mano es celestial. Una de sus manos está detrás de mi cuello, manteniéndome en mi sitio. La otra está en mi cintura, apretándome firmemente contra él. El beso sube de tono hasta el punto en que su mano deja mi cuello y mi cintura para bajar a mi trasero. Me aprieta y no puedo contener el gemido. Siento su sonrisa contra mis labios. Rompe el beso. Yo hago un puchero sin querer. Mirándome, Josh pasa su pulgar por mi labio inferior hinchado.
—No te preocupes. No será por mucho tiempo. Pero si sigo besándote aquí, te voy a arrancar ese vestidito y te voy a follar en medio de la pista de baile —me susurra-grita al oído. Oír esas palabras hace que mis bragas se empapen. Necesito un cambio.
Tomándome de la mano, me guía fuera de la sala y subimos las escaleras. A estas alturas, la gente está demasiado borracha o drogada para notar que vamos al segundo piso. Aquí arriba también hay gente. Están por todo el pasillo. Algunos se están besuqueando, otros están desmayados sentados en el suelo. Ninguno nos presta atención. Josh va al fondo del pasillo y abre la puerta a su derecha. No hay nadie adentro. Una cama matrimonial con edredones blancos y negros está a la izquierda. A cada lado, hay mesitas de noche de madera negra. Hay un reloj digital en una que marca en letras blancas las 12:00 a.m. ¿De verdad ha pasado tanto tiempo? Debí perder la noción del tiempo mientras bailaba. Hay pósteres en las paredes. Curiosamente, los pósteres no son de chicas semidesnudas, sino de galaxias y telescopios. Esta debe ser su habitación. Cierra la puerta a mis espaldas y doy un salto.
—¿Estamos asustadizos? —dice apoyándose en la puerta. No enciende la luz de la habitación. La única iluminación es el blanco plateado de la luna llena que entra por la ventana. Lo baña todo de blanco y le da un brillo seductor y misterioso. Definitivamente le da un aspecto de depredador. Parece listo para abalanzarse sobre su presa. ¿En qué me he metido?
En dos zancadas está ante mí. Sus labios chocan contra los míos con un hambre que no me resulta extraña. Sus manos recorren mi cintura y mis caderas. Me muerde el labio inferior y lo entiendo. Le permito la entrada a mi boca otra vez. Su lengua está cálida y húmeda.
—¿Sabes cuánto tiempo he querido hacer esto? —dice mientras deja besos húmedos por mi garganta.
—¿Q-qué? —digo a través de mi nube de lujuria.
—Esperé y esperé a que vinieras a una de mis fiestas o a que me hablaras, pero nunca lo hiciste. Aprendí lo que te gustaba y lo que odiabas por tus redes sociales, pero nunca fue suficiente. Sabía que me mirabas de vez en cuando, pero nunca me dirigías la palabra. Incluso llegué a pensar que no tenías interés en mí y que soñar contigo era inútil. Pero luego te quedaste babeando mirándome en clase hoy. Y dije: a la mierda —afirma.
¡¿Qué?!
—¿Entonces por qué no me dijiste nada antes? ¿No se supone que el chico es el que debe dar el primer paso? —digo jadeando. Él besa mis hombros y sus dientes rozan mi piel. Gimo. Puedo sentir la sonrisa en sus labios.
—Estamos en el siglo veintiuno, nena —responde. ¡Qué rabia! He estado suspirando por él todo este tiempo como una tonta, pensando que era invisible para él cuando, en realidad, le interesaba desde el principio. —Además, disfrutaba viéndome cómo me devorabas con la mirada. Me dije a mí mismo que no te buscaría. Eres demasiado buena para mí. Pero luego vienes aquí, vestida como la diosa que eres, y ya no soy capaz de mantener las distancias. —Siento que las piernas me fallan, pero sus brazos fuertes están a mi alrededor sujetándome firme.
—Entonces no la mantengas —susurro con hambre. Sus labios encuentran los míos de nuevo y me devora. Sus manos buscan la falda de mi vestido y, con un movimiento rápido, me lo quita por la cabeza. Me quedo solo con mi tanga de encaje negro. No me puse sostén porque el vestido mantenía a mis chicas en su sitio. Él da un paso atrás. Sus ojos me beben. Justo cuando estoy a punto de sentirme cohibida, me aprieta contra él. La tela de su camisa me hace cosquillas en los pezones y los pone erectos.
—Quítame la camisa —me ordena entre besos. Rápidamente encuentro el dobladillo de su camisa y se la quito. En el momento en que se queda sin ella, me levanta en vilo y rodeo su cintura con las piernas. Mis pechos quedan apretados contra su pecho caliente y marcado. La sensación es divina. Da unos pasos hacia atrás y me tumba suavemente de espaldas en la cama. Sus labios dejan los míos solo para dejar más besos húmedos por mi cuello. Sigue bajando hasta que su lengua juguetea alrededor de uno de mis pezones. Un suspiro de placer se me escapa y arqueo la espalda, apretando mi pecho contra su boca ansiosa. Pasa al otro y me muerde juguetón el pezón.
—Hssss —exhalo. Juntando mis dos pechos a continuación, su lengua baila alrededor de mis pezones antes de mordisquearlos. Una oleada de calor baja por mi entrepierna. Necesito correrme pronto. Me está volviendo loca. Suelta mis pechos y deja un rastro de besos por mi abdomen. Con cada beso, se acerca más a mi centro y yo me retuerzo debajo de él.
—¿Ansiosa? —Su voz ronca me hace levantar la cabeza. Sus ojos encuentran los míos mientras sus dientes agarran mis bragas. Demasiado rápido para que yo lo entienda, me las arranca. La brisa fresca que viene de la ventana abierta me golpea y gimo. Él sopla sobre mi sexo, haciéndome retorcer aún más. Agarra mis piernas y las coloca sobre su cuello, acercándome más a él. Sus ojos dejan los míos y caen en mi centro. Se lame los labios antes de trazar suavemente de abajo hacia arriba mi intimidad. Mis piernas tiemblan y mi cabeza cae hacia atrás. Repite el mismo movimiento varias veces antes de que su lengua separe mis labios, y empieza a comerme como si fuera su última cena. Un gemido tras otro escapa de mi boca y puedo sentir algunos de los suyos ahí abajo. La vibración casi me lleva al límite. Pero él sabe lo que hace. Antes de que pueda llegar al orgasmo, baja el ritmo. Mete un dedo y casi me derrumbo en ese mismo momento.
—¡Josh! —exclamo sin aliento.
—Estás tan lista para mí. ¿Me necesitas? Dime lo que quieres —dice, sin levantar la vista de la tarea que está haciendo.
—¡Josh, por favor! —le ruego, pero mis palabras caen en saco roto.
—¿Qué? Dímelo. —Sopla sobre mi sexo y empieza a dar toques a mi clítoris con la lengua.
—Te necesito —exhalo con fuerza.
—¿Qué es lo que necesitas? —pregunta ronco, con la voz tan llena de lujuria como la mía.
—Te necesito dentro de mí —suelto finalmente, sin aguantar más este juego tortuoso.
Él se levanta y se desabrocha los pantalones. Se sube encima de mí. Siento su miembro pulsante en mi entrada. Pero aún no se mete dentro. No. En su lugar, agarra su verga y con la punta empieza a deslizarla de arriba abajo por mi clítoris. Tiene la mirada baja, prestando mucha atención a lo que hace, pero me mira de vez en cuando. Le gusta ver cómo me afecta, y maldita sea, me está volviendo loca de necesidad.
—Jos... —antes de que pueda terminar, se hunde dentro de mí. Me estira al máximo. Hay una ligera molestia mientras me acostumbro a su gran tamaño. Poco a poco empieza a entrar y salir. Me está dando tiempo para adaptarme a él. Pronto, la molestia desaparece y le ruego que empuje más rápido. Él accede con ganas. Con cada embestida, me acerca más al borde. Estoy cerca y sé que él también lo está. Pero no quiero que esto acabe. Con una fuerza que no sabía que tenía, nos doy la vuelta. Él queda de espaldas mientras yo me cabalgo sobre él.
—Elizabeth —exhala. Sus ojos están llenos de lujuria, pero debajo puedo ver afecto. Esto no es solo algo del momento. Hay algo más. Algo que ambos hemos sentido el uno por el otro durante un tiempo. Empiezo a cabalgarlo con más fuerza, mis pechos saltando conmigo. Sus manos los agarran y empieza a jugar con ellos. Retuerce suavemente uno de mis pezones entre el pulgar y el índice y un jadeo sale de mí. Mi cabeza cae hacia atrás por la sensación. Él se incorpora hasta quedar sentado. Vuelve a tomar mi pecho en su boca, con la lengua jugando con mi pezón.
—¡Joder! —se me escapa. Él acompaña mis movimientos con cada embestida. Se siente tan bien dentro de mí. Ya no puedo más. Suelta mi pecho, con los ojos fijos en mi cara. Quiere verme. Quiere verme correr.
—Córrete para mí, nena —me dice y es suficiente para llevarme al límite. Mis paredes se contraen y estallan por todo su miembro. Sus embestidas se vuelven más fuertes y, gruñendo, pronto él encuentra su propio clímax. Navegamos juntos la ola. Al terminar, él se desploma hacia atrás y yo me quedo encima de él. Sigue dentro de mí, pero no quiero moverme todavía. La felicidad es evidente en mi cara sonriente.
—Esto fue... —empiezo.
—Mágico —termina él por mí. Me mira. Mi barbilla está apretada contra su pecho mientras le observo la cara.
—¿A dónde vamos a partir de aquí? —le pregunto tímidamente. Tal vez el cariño que vi en sus ojos fue cosa del momento.
Retirándome un rizo suelto detrás de la oreja, me sonríe.
—Al futuro.