Uno
Había una vez...
En un reino muy, muy lejano; dónde las golondrinas cantaban a primera hora de la mañana y el cielo era tan azul como el alfa dueño de la tierra, vivía un pequeño omega lleno de amor y esperanza para repartir al mundo, que esperaba pacientemente por la llegada de su padre.
El alba apenas empezaba a salir cuando un joven muchacho de cabello rizado preparaba su desayuno; una mezcla de huevos revueltos con queso y una pequeña porción de puré de chirivía, más un cuenco de espinacas cocidas que reposaba sobre la mesita de la cocina. La tetera burbujeaba sobre las llamas y se preparaba para chillar mientras el omega era bañado por los delicados rayos del sol que invadían lentamente el lugar e iluminaban todo como el destello de una vela en la oscuridad, danzando y brillando para alejar a los monstruos que intentan robar su luz.
Los delicados capullos de lirios, rociados por el sereno de la mañana en los amplios campos silvestres, abrieron lentamente sus pétalos para ser bendecidos por la calidez que apenas surgía desde el cielo, al tiempo que un pequeño zorro perseguía una mariposa unos cuantos kilómetros lejos de nuestro protagonista.
El viento soplaba contra la ventana de la cocina, y revolvía las copas de los pinos salgareños en el límite de la propiedad, provocando que las campanillas colgantes ubicadas en el porche de la vivienda cantasen alegremente al ser besadas suavemente; susurros de bendiciones siendo recibidos por el alma del omega, quien se mantenía abrigado después de haber despertado tan temprano.
Apenas hace unos minutos Harry había colocado los granos de trigo en el molino, y había ajustado el mecanismo correctamente para que el gigante de piedra, con sus grandes astas, hiciese el trabajo pesado y tornase el cereal en delicada harina para pan. Sus animales ocupaban sus lugares habituales en la gran extensión de tierras pertenecientes a su familia; las ovejas pastaban cerca de la fuente de agua como de costumbre, y la pareja de cabras correteaba de un lugar a otro a modo de juego con su cría alrededor de la casa— Harry había ordeñado a sus vacas y recolectado los huevos de sus gallinas en cuanto terminó de limpiar el establo de sus caballos; y tanto él como su omega se sentían orgullosos de poder ayudar a su padre de ese modo, porque ha conseguido encargarse solo, por primera vez en sus veinte años de vida, de cada pequeña o gran tarea que hiciese falta realizarse.
El omega ha sido protegido a capa y espada por su padre desde la muerte de su madre hace siete años atrás; la pérdida irremplazable tuvo un impacto realmente significativo en la vida de la pequeña familia, puesto que la omega —Jena— hasta ese momento había sido la única encargada de la educación de su hijo y que, tras su deceso, la responsabilidad recayó por completo en el alfa de la familia, quien hasta ese entonces no había tenido ningún tipo de charla significativa con Harry al respecto de las rutinas de celos, apareamientos y sobre todo lo que implicaba ser un omega en el mundo real.
La relación de ambos se formó desde cero, al Harry cumplir sus catorce años y presentarse como omega —hecho que no fue sorpresa para su padre quien había conseguido identificar una serie de rasgo característicos de esa casta en su único descendiente.
El que su hijo fuese un omega representó para Joseph un reto gigantesco, porque temía mucho alejarse de su cachorro y que algo sucediese en su ausencia. Varios alfas a lo largo de la vida de Harry, desde su presentación, intentaron cortejarlo, pero Joseph alejó a cada uno de ellos inmediatamente después de recibir el educado rechazo del omega, quien no se había interesado lo suficiente en ese entonces en torno a conseguir un alfa y enlazarse a él.
El padre de Harry sabe que su hijo merece lo mejor del mundo, y espera que, quien fuese su futura pareja, pueda entregarle su corazón en bandeja de plata y ofrecerle todo cuanto su cachorro merece.
Harry tarareaba al son de las aves del exterior, mientras ideaba la mejor manera de recolectar moras silvestres —sin perder el rumbo en el bosque como había sucedido la última vez—, cuando unos fuertes toques en la puerta lo alertaron; el muchacho detuvo cualquier movimiento futuro que su cuerpo pudiese hacer involuntariamente, y su omega se erizó ante el miedo y la amenaza que sintió su ser.
El rizado contuvo la respiración cuando la acción se repitió; el omega en un rápido movimiento, que ni siquiera él mismo consiguió registrar, tomó la escoba apoyada en la pared y la convirtió en su arma en caso de que alguien quisiese hacerle daño. Es bien sabido, por varias familias en un radio de doce kilómetros, que él está completamente solo y a cargo de la pequeña granja familiar; debido a que su padre se encuentra fuera por un llamado real que se hizo hace unas cuantas semanas, y donde se establecía con ímpetu la presencia de todos los alfas del Norte de Fornax, para encontrarse con el mismísimo rey en persona y trazar lazos comerciales.
Joseph se había rehusado a asistir a tal encuentro, pero Harry había insistido en que esa era una gran oportunidad para expandir la producción de su granja y que necesitaban hacerse conocer en otros lugares; entonces, a regañadientes y después de discutirlo por cuatro días, el omega había por fin conseguido convencer a su padre de viajar hacia la capital y dejarlo a su propio cuidado porque ya era lo suficientemente mayor como para poder dirigir las tierras que han sido su hogar por tantos años.
—Vamos, Harry— se alentó a sí mismo con aire decidido y optando por enfrentarse a quién quiera que sea que se encuentre en el exterior.
El omega sostuvo la escoba con firmeza, sintiendo cómo sus piernas temblaban con cada paso que daba hacia la puerta principal de la vivienda.
¿Él realmente pretendía enfrentar a un desconocido con una escoba como arma? No es de las mejores ideas que ha tenido hasta el momento si es honesto, ¡pero ya no hay marcha atrás!, porque ahora su omega ha empezado a desprender feromonas de miedo y cualquiera podría oler su hedor a kilómetros a la redonda.
¡Sálvate! ¡Corre! gritaba su omega desde el interior, pero él se paralizó sin saber qué hacer.
Tiene tantas opciones, y cualquiera podría desencadenar el mejor o peor escenario. Podría atacar a la persona fuera y obtener la victoria, o perder inmediatamente y sucumbir ante los deseos del desconocido detrás de la puerta. Pero, por otro lado, podría simplemente deslizarse por la ventana que tiene a su derecha e intentar escapar; no le importaría perderse entre los árboles o ser atacado por un animal, porque no les teme, debido a que quienes siempre le han generado miedo han sido a las personas, porque ellas actúan y lastiman a consciencia.
Harry retrocedió un par de pasos con el frío sudor descendiendo por la línea de su cabello y su espalda, estaba tan asustado en este momento que su garganta se cerró cuando la madera fue golpeada con más insistencia.
—¿Harry? — alguien gritó su nombre y él no reconoció la voz; no cuando la tetera silbó al mismo tiempo en la cocina y él soltó su “letal arma” debido a la impresión por el sonido, asustándolo terriblemente más.
El omega sintió que en ese mismo instante podría estar sufriendo un ataque al corazón, porque si antes tenía la certeza de que el polizó reconoció su presencia a través de su aroma, ahora se lo había dejado muchísimo más claro con el ruido que generó la escoba al caer y golpear contra el suelo.
El lobo interior de Harry lloró. Él estaba tan asustado, temiendo su final que dejó pasar muchas señales por alto; como, por ejemplo, el conocido toque de cedro y pimienta dulce que le inundaba las fosas nasales y calmaba su acelerado corazón.
¿Por qué diablos su padre estaba allí? No se suponía que él regresara antes, sin embargo, lo estaba y todo fue confuso para el omega.
Un suspiro de alivio escapó desde lo más profundo de Harry, y su omega interior chilló de emoción al reconocer la seguridad que transmitía el alfa de su padre.
Harry se apresuró y, a paso rápido, se acercó a la puerta principal antes de
abrirla de un solo tirón.
El viento cargado del familiar aroma lo golpeó fuertemente en el rostro —revolviendo sus rebeldes rizos— y provocando que los ojos de Harry se llenaran de traicioneras lágrimas al instante. Sus brazos rodearon los robustos hombros de su padre, y él nunca se había estado tan feliz de respirar el viejo bosque de cedro como en ese momento.
—¡Mi cachorro! — sintió el pecho de su padre retumbar con cada pequeña palabra, y unas firmes manos trazaron círculos sobre su espalda. Harry ronroneó ante el conocido tacto.
—¡Padre! — lloró el omega sobre la vieja camisa de franela del alfa sin tener intención de separarse de él en un buen rato—. ¡Te extrañé muchísimo! — exclamó el rizado, recibiendo totalmente encantando el dulce beso depositado sobre su cabeza.
—¡Y yo a ti, mi muchacho! — dijo Joseph, meciendo en sus brazos a su hijo y olfateando disimuladamente el aroma de preocupación que aún se mantenía en el ambiente—. ¿Cómo han estado las cosas aquí? — preguntó, intentando descifrar el porqué del estado de Harry.
—Muy bien— murmuró el omega, cuando las feromonas que Joseph liberó le mantuvieron sereno—. Todo ha sido excelente, he cuidado de la granja por mí mismo, padre— comentó con una sonrisa gigante una vez que tomó distancia del pecho del alfa y colocó sus manos detrás de su espalda con timidez.
Joseph asintió orgulloso, notando los característicos rasgos de Jane en el rostro de Harry; él es simplemente una copia suya, con su precioso cabello rizado y bellos ojos verdes que únicamente pueden compararse con el más frondoso y vivo bosque.
—Estoy muy orgulloso de ti, cachorro— felicitó el hombre, permitiéndose captar cómo las mejillas del omega se sonrojaba y su expresión cambiaba.
—¡Cielos! — dijo el muchacho apartándose de la puerta y abriendo está mucho más— ¡Padre, pasa, por favor!
El alfa se permitió reír y, asintiendo, tomó su pequeña valija del suelo; casi olvidando por completo que ha tenido un largo viaje y que tiene noticias no tan buenas por contar. Tan solo ante el recuerdo los músculos del alfa se tensaron y su glándula amenazó por esparcir su apestoso aroma a vergüenza.
—Ve a tu habitación e instálate correctamente, papá— canturreó el omega cuando cerró la puerta—. Estaba a punto de desayunar, así que puedo preparar tu té favorito y un plato extra para ti.
El omega sonrió abiertamente, trasladando un mechón de su cabeza detrás de su oreja; y Joseph temió tanto romper esa imagen de inocencia plasmada en el rostro del menor cuando conozca el motivo de su pronto regreso. Él no quiere lastimar a su hijo, pero sabe que es inevitable la conversación que sucederá dentro de pocos minutos.
—¿Con tres cubitos de azúcar? — intentó sonar divertido, y parece que controla lo suficiente su tono porque Harry rio; él va a extrañar tanto esa melodía cuando la verdad se sepa.
—Sí, con tres cubitos de azúcar— confirmó Harry antes de acercarse y abrazarlo de nuevo.
—Te amo, cachorro— susurró y Harry correspondió del mismo modo.
—Y yo a ti, papá.
El aroma de Harry se sintió liviano y a Joseph se le encogió el corazón de mil maneras distintas.
—Dejaré mis cosas en mi habitación e iré a la cocina en un segundo, ¿de acuerdo?
Harry tan solo asintió, tomando la escoba del piso —¿por qué aquel objeto está allí? Se preguntó el alfa— e ingresando a la pequeña cocina de la morada.
El suspiro que Joseph soltó quemó su garganta y pulmones, sabe que es el responsable del dolor que perseguirá a Harry hasta el final de sus días, y él jamás podrá perdonarse a sí mismo.
Joseph Styles es el único culpable de acabar con su familia y no hay nada más en este mundo que pueda lastimarlo más.
...
La nueva taza de té de manzanilla se llenó velozmente; y las tiras de vapor provenientes de ella ascendieron, como fantasmas silenciosos del futuro que aún no se ha escrito, para segundos después, fundirse en el calmo aire del presente y desaparecer en el olvido del pasado.
Harry notó como su cuerpo se relajó ante la sensación de protección y cómo su omega bajó la guardia, por primera vez, desde que permaneció en soledad debido a la ausencia de su padre. Ahora todo parecía estar de nuevo en su lugar, y él no podría estar más que feliz por ello.
Harry echó los tres terrones de azúcar y revolvió el contenido de la taza, pensando en que ahora él finalmente podría descansar unas horas más al no tener que realizar las pesadas actividades que necesitaban de más esfuerzo físico. No es que sea un omega débil, porque en realidad es bastante alto y su cuerpo no es precisamente el estereotipo del omega común, pero de todas formas, cargar pacas de paja no es una tarea fácil de manejar al estar solo. El rizado se imaginaba a sí mismo leyendo de regreso sus libros pendientes, y preparando más mermelada de mora una vez que encontrase el mejor método para no perderse en el bosque y... y, todo se sentía tan bien en ese momento con su omega vibrando en su pecho y los suaves cánticos de los lirios en los campos abiertos.
El omega sirvió un plato extra, cargado de su desayuno favorito, y colocó la taza de su padre en su lugar habitual en un parpadeo; él estaba feliz de poder compartir una comida de nuevo con otro ser que no fuese un animal (porque Lara, su oveja y mejor amiga, ya ha robado suficiente comida de su plato en cada ocasión que ha tenido). La desnutrición no está entre sus planes a futuro, gracias.
Cuando Harry consideró que todo se encontraba perfecto, con cada cubierto milimétricamente colocado en su sitio él sonrió (su madre era una amante de los modales, y él lo era el triple) y tomó asiento —donde siempre, justo frente a su padre— en el momento exacto en que el hombre mayor hizo su entrada a la cocina.
Lo primero que Harry hizo al notar la presencia de Joseph fue arrugar la nariz, porque el alfa olía a preocupación pura y el olor estaba lastimando terriblemente el sensible olfato de Harry.
¿Qué ha sucedido para que su padre esté impregnando tan fuertemente la habitación de ese horrendo aroma?
—¿Qué tal el viaje? — Harry preguntó, intentando respirar sutilmente por la boca.
—Fue muy bueno— inició Joseph, sorbiendo de su taza y preparándose mentalmente por lo que debía decir—. Hace mucho no corría tanto en mi forma de lobo, y las personas de palacio eran muy amables.
Harry asintió. No era muy frecuente que ninguno se transformase y viajaran a lugares tan alejados como lo es la capital del reino; por lo general, usaban sus caballos si se trataba de una visita rápida a una granja vecina o planeaban ir al pueblo a vender sus productos. Por lo tanto, se sentía realmente feliz porque su padre hubiese podido recorrer tanto y disfrutado de la sensación de su pelaje cobrizo y blancos colmillos, como lo hacía en su juventud.
—Me alegro de que fuese así, mamá decía que solías correr mucho— sonrió el omega, picando sus huevos revueltos y llevando una porción a su boca.
—Lo hacía, sí— dijo el hombre con nostalgia. Había dejado de transformarse por mucho tiempo tras el fallecimiento de su omega, y el permitirse experimentar la sensación de nuevo era algo agradable para su parte lobo—. Te he traído un par de regalos, y los he dejado en tu habitación, cachorro— acotó Joseph, con una sonrisa que no se extendió y que provocó, para su desgracia, el resalte de sus cansados ojos acompañados por aureolas oscuras bajo ellos. El tamaño de las ojeras de Joseph no pasó desapercibido por el omega, quien no ha visto en ese estado el rostro de su padre desde hace siete años.
Harry inhaló, ignorando el fétido olor que continuaba emanando su padre —el omega supuso que no es consciente de ello— antes de agradecer y preguntar:
—¿Algo anda mal, papá? ¿Hubo algún incidente durante el viaje? — cuestionó, dando un último vistazo a la leña de la cocina que finalmente empezaba a reducir la intensidad de su llama, y apagarse lentamente. El sonido de las chispas saltando en la negra madera era lo único que se podía oír, hasta las aves del exterior habían terminado su repertorio de canciones mañaneras.
La casa se sentía cálida pero llena de pesar; algo no estaba bien y el omega de Harry lo sabía, él mismo lo hacía.
Joseph tensó sus labios en una fina línea recta y su cerebro trabajó a mil por hora, hallando la manera correcta de hacer el golpe menos fuerte y mucho más táctil para su hijo. El tiempo corría y se agotaba con cada segundo.
—Yo... yo debo decirte algo, cachorro— empezó, con la voz llena de angustia y el omega de Harry se hizo un ovillo en el interior del muchacho, evitando ser alcanzado por las palabras de su padre—. Sabes bien que mi ausencia aquí fue por mandato real y no por placer propio, y que te amo por sobre todas las cosas y que jamás haría algo a propósito para lastimarte, ¿lo haces, cierto? — Harry asintió y su estómago se revolvió de sólo imaginar que su padre estuviese a nada de comunicar algo lamentable; el ambiente era exactamente igual a cuando recibió la noticia de la pérdida de su madre—. Bien, entonces... Yo realmente no sé cómo decir esto, Hazz— se interrumpió a sí mismo y extendió una mano hacia la inmóvil de Harry—, pero creo que he hecho algo terrible, hijo mío.
Los músculos en la espalda de Harry saltaron, y su corazón se aceleró en cuanto su sistema captó el mal augurio en las palabras dichas por su padre.
“Pero creo que he hecho algo terrible, hijo mío” la frase retumbó en las paredes de su cerebro, creando un terrible eco que no se detenía, y no lo haría más a partir de ahora.
El omega de Harry se inquietó ante la incertidumbre y el muchacho tragó audiblemente cuando tomó el valor suficiente para hablar de nuevo.
—¿A qué te refieres, padre? — su voz se sentía pesada; una capa de miedo de un horrible color verde pantano la recubrió por completo, y Harry jura que pudo oír a las libélulas volar sobre el agua turbia y los nenúfares.
—Me temo que nos he metido en problemas con el rey— explicó el alfa, sosteniendo firmemente la mano sudorosa de Harry, la que se contrajo ante la mención del señor de las tierras conocidas.
La sangre de Harry se congeló, y el pequeño anillo en su dedo índice quemó su piel helada, ¿qué demonios había hecho su padre?
—¿P-puedes explicarme, por favor? — pidió el omega, sintiendo como sus húmedos rizos se pegaban en su frente.
El alfa asintió, tomando la otra mano de Harry e inclinándose sobre la unión de sus extremidades, con su cabeza gacha sobre los dedos fríos del omega.
La verdadera razón de su regreso estaba a nada de ser liberada, y en lo único que Joseph podía pensar era en todo el odio que Harry sentiría al escuchar lo que había hecho; espera que el omega tuviese piedad sobre él.
Y, entonces, con ese último deseo el alfa inició su relato.
👑
Joseph caminaba junto a un grupo considerable de alfas, todos desprendiendo terribles olores de suficiencia y fanfarronería, mientras se dirigían al comedor real.
Tras su caminata el grupo fue invitado por el consejero real a unírsele al rey a una cena oficial para conocer más a los principales productores de la zona Norte del país. Ellos deseaban ser del agrado del conocido y temido alfa, porque así sus tierras podrían ser las próximas elegidas como los distribuidores oficiales para la casa real.
El camino fue corto tras su pequeño paseo en la ciudadela principal del reino, Joseph compró varios regalos para Harry que sabía a ciencia cierta que a su hijo le encantarían en cuanto los viese: libros nuevos para su enternecedora obsesión por la lectura, un par de pinceles y pintura nueva porque la suya empezaba a deteriorarse, y el conjunto de anillos más lindo que encontró a manos de una amable anciana. El alfa siempre buscaba lo mejor para su hijo e intentaba dejarlo en claro cada vez que tenía la oportunidad de salir de la granja.
Los alfas limpiaban sus manos en sus pantalones y peinaban su cabello con decisión, cuando la figura que dirigía al grupo se detuvo frente a una enorme puerta y la abrió en cuanto hizo el anuncio de su llegada al único alfa en la habitación.
Joseph les dio un último vistazo a sus zapatos e ingresó siguiendo a los demás con bastante nerviosismo. ¡Jamás había estado en un palacio antes y mucho menos cenado con un rey!
Lo primero que el alfa notó cuando dio un paso dentro del comedor fue la brillante iluminación que las velas colgantes desprendían sobre su cabeza; todo estaba bellamente decorado con preciosos jazmines alrededor que le recordaban el aroma de su propio hogar. Una amplia y larga mesa exponía en su superficie los platillos más apetitosos que el alfa ha visto en su vida, y, si no le tomase tres días a caballo regresar a su casa, llevaría algo de esta deliciosa comida para Harry.
Cada invitado, uno a uno, fue conducido a su respectivo lugar, y a Joseph se lo ubicó a dos posiciones del rey. El alfa se sentía honrado por la cercanía, aunque desde allí podía sentir el fuerte aroma de su soberano y, a decir verdad, a su lobo interior no le agradaba del todo el olor.
El rey Louis les dio la bienvenida a todos y se presentó apropiadamente ante sus invitados, mientras las bebidas eran servidas frente a cada uno de ellos en sus delicadas copas de vino. Iniciaron la degustación de cada plato y rieron de los chistes del otro al tiempo que el rey daba órdenes a sus sirvientes para que el vino no faltara.
Poco a poco, y con cada minuto que traía la penumbra absoluta de la noche, las pláticas sobre sus actividades económicas y futuras alianzas surgieron sin más. Joseph había preferido no alardear como el resto de sus compañeros, y, por el contrario, decidió permanecer como oyente de cada una de las proezas que los otros alfas compartían; por supuesto el comportamiento del hombre no pasó desapercibido ante el rey, quien con una mano extendida hizo callar a sus invitados e inició una conversación directa con él.
Joseph jamás creyó que su torpe lengua podría permanecer sin tartamudear ante el alfa al mando del país, el hombre era simplemente intimidante con sus gélidos ojos y expresión sombría.
El rey Louis preguntó por absolutamente todo: sus negocios, sus tierras y la producción de su granja, cada pequeño detalle fue cubierto a totalidad menos uno: su familia. Y allí, con los ojos de todos posados sobre él, Joseph cometió el error que le costaría su vida y futuro.
—Mi hijo es muy bueno, su alteza— habló con orgullo, Harry era lo mejor que la vida pudo haberle obsequiado—. Él es tan dedicado a su trabajo, y pareciese que sus manos son mágicas porque ha transformado nuestra paja en oro en cuestión de meses; estamos expandiéndonos cada vez-
—Disculpa— había interrumpido el rey con expresión ilegible, todos en la mesa centraron su atención en él inmediatamente—. ¿Acabas de decir que tu hijo convierte la paja en oro?
El ceño del granjero se frunció levemente ante la confusión, ¿que él dijo qué? Ciertamente, si expresó sus pensamientos como una metáfora, nunca pensó que el rey lo tomase de manera literal.
—Sí... y-yo... quiero decir no— tartamudeó por primera vez en aquella noche—. Lo que él realidad-
—Entonces, ¿estabas mintiendo? — el rey habló con tono firme y tan alto que nadie se atrevió a respirar durante largos segundos.
Joseph retorció sus manos sobre su regazo y se puso de pie inmediatamente después de la pregunta de Louis; él inclinó su cabeza hacia el monarca, como signo de respeto ante la falta de respeto que el rey pensaba estaba sucediendo. El pobre granjero no deseaba malentendidos con la realeza.
—No, claro que no, su majestad— mintió el alfa, su lobo interior se encontraba intimidado, pero no quería admitirlo ante sí mismo.
—Bien— asintió el rey alfa, escrutando con la mirada los movimientos nerviosos de Joseph e intentando detectar en su aroma algún indicio de temor, pero no lo halló—. Entonces quiero que traigas a tu hijo inmediatamente, porque deseo conocer sus magníficos dones— sentenció el monarca dándole un largo trago a su copa de vino, que fue llenada inmediatamente después de beber de ella—. Y para cumplir con lo que he dicho deberás partir a primera hora del alba e informar a mis guardias; sin embargo, para tu retorno junto a tu hijo, yo mismo dispondré de un carruaje en caso de que quieran escapar. Si lo que me has dicho es mentira te mataré y desterraré a tu hijo inmediatamente después que vea ejecución, ¿quedó claro?
El granjero sintió su estómago encogerse ante las duras palabras. ¿En qué problema se acababa de meter? Esto... ¡Maldición! Esto no es lo que debería haber sucedido en este viaje.
—Sí, alteza— respondió, tomando asiento y contemplando su plato a medio comer. La carne de cerdo ya no lucía tan refinada y el puré de patatas le revolvía la bilis de sólo recordar su sabor y textura.
La cena continuó tras el incidente, y cuando esta terminó y todos se marcharon a sus respectivas habitaciones, Joseph por fin encontró la soledad que necesitaba para derrumbarse sobre una cama que no era la suya y ante la luz de luna.
Se encontraba en un pozo sin fondo y, sin pensarlo, había arrastrado a Harry con él.
👑
El golpe no fue amortiguado por nada.
Las palabras rompieron el silencio, una a una; el conjunto de letras unidas por un significado mucho más grande y fuera del entendimiento sacudió el delgado cuerpo de Harry hasta hacerlo estremecer.
Las manos del rizado temblaron y su omega lloró con tanto dolor que un sollozo sordo fue liberado en el vacío del espacio.
—Cachorro, lo siento tanto— susurró Joseph, dando un suave apretón a las manos de Harry, las que se negaba a soltar la del alfa. El omega tenía miedo a perder el contacto y, que por ello su padre partiese del mundo mucho antes.
Harry permaneció en silencio, recordando cada una de las memorias compartidas y aferrándose a la cálida piel bajo su palma sudorosa. Su mundo entero caería una vez el rey descubriese la mentira.
—Lo siento muchísimo, Hazz— lloró el alfa con la cabeza aún sobre los dedos de su hijo.
El olor que ambos desprendían solamente podría compararse con el de una triste despedida, y aquel pensamiento provocó malestar en Harry.
—P-podemos escapar...— murmuró el omega con desesperación, saliendo de su trance casi sin reconocer su propia voz debido al llanto—. ¡Ellos nunca sabrán a dónde fuimos, jamás nos encontrarán, papá! — intentó Harry con más insistencia al no obtener respuesta alguna. Él no podía entregar sus vidas tan fácilmente, tenía que hacer algo o al menos intentarlo—. Podemos tan solo tomar nuestras cosas y marcharnos de aquí, y-yo puedo vender mis libros y todas mis joyas si es necesario, pero debemos hacer algo al respecto...— sin embargo, y a pesar de Harry, Joseph permaneció en silencio—. Padre, por favor...
Harry odiaba tanto el silencio que permaneció aun cuando su corazón golpeaba su pecho y lastima sus oídos.
—No podemos huir, cachorro— dijo el hombre con la voz rota, Harry lamentó tanto ver al alfa en el estado en que se encontraba: ojos rojos y llorosos acompañados por nariz mocosa—. Hay un guardia alrededor de la granja en su forma de lobo vigilando cada uno de nuestros movimientos, él acabaría con nosotros en un abrir y cerrar de ojos por su entrenamiento militar si intentamos cualquier locura.
Harry pudo sentir con facilidad cómo su omega desgarró su pecho y lastimó su alma, todo era simplemente doloroso.
—Pero... tú no... no puedes morir, papá— lloró el rizado, negándose a lo que sabe será el fin de su padre. Joseph no pudo más y soltó a Harry para acercarse al muchacho y abrazarlo como ha estado deseando desde que sintió el pesado aroma del omega—. Y-yo... yo rezaré a los elementos por ti y ellos nos ayudarán.
Las palabras pesaron como una promesa que puede no llegar a cumplirse; era como intentar leer un libro en blanco, no tenía sentido hacerlo y lamentablemente ambos lo sabían.
Padre e hijo permanecieron en silencio, en los brazos del otro y con lágrimas quemando sus mejillas por su lento descenso; la frase de Harry flotó en la fría habitación y ellos se sumergieron poco a poco en una tormenta de incertidumbre.
Harry no concilió el sueño aquella noche hasta bien entrada la madrugada, cuando los quejidos de dolor de su padre dejaron de escucharse del otro lado de la pared y el viento golpeó su ventana incitándolo a escapar.
Como la pequeña familia temía, los elementos nunca respondieron a su llamado. La fe estaba perdida y el alma de Harry también.
Harry acostumbra a despertar extremadamente temprano —un hábito adquirido a través de los años por ayudar a su padre en la granja—. Y, por lo general, cuando el primer gallo cantaba él ya se encontraba alimentando a sus ovejas, regando los vegetales o inspeccionando los límites de la propiedad; pero hoy, el día después de la confesión de su padre, él omega apenas tenía energía para abrir sus ojos y estirarse correctamente en la cama.
Sus sábanas se aferraban a su cuerpo como una capa de protección contra todo aquello que intentase lastimarlo, mientras su habitación era iluminada por el ascenso del astro rey a través de las montañas que rodean el verde valle. Harry pudo escuchar el alboroto que los animales generaban en el exterior, pero no podría importarle menos en este momento; no cuando sus extremidades pesan toneladas y le dolía la cabeza con cada pestañeo.
Tanto Harry como su omega se sentían heridos al recordar su conversación con Joseph; ya que, todo cuanto pudieran considerar su familia era únicamente él, y la idea de perderlo por la mala interpretación de palabras sinceramente estaba acabando con ellos de manera inimaginable.
El pobre muchacho deseaba tanto tener de regreso a su madre en ese momento y poder refugiarse en sus cálidos brazos como lo hacía unos años atrás, antes de que una maldita enfermedad se la arrebatara para siempre; Harry sentía tanto su pérdida diariamente, y sabía con certeza, por los acontecimientos de hace menos de un día, que pronto atravesaría por ese cruel dolor por segunda con la partida de su padre en el instante que su mentira sea desenmascarada.
Los pensamientos del omega se expandían cada vez más, conforme él se adentraba en cada uno de ellos, y él ya empezaba a perderse lentamente en su propia cabeza cuando un caballo relinchó en el establo. Harry suspiró, deseando tomar su lugar para huir sin ser perseguido por nadie, así la vida sería muchísimo más fácil.
La puerta de su habitación recibió unos delicados toques antes de abrirse y revelar el envejecido rostro de su padre. El hombre tenía el cabello revuelto y ojeras todavía más grandes que las de ayer bajo sus ojos; su fragancia atemorizada neutralizaba el olor de Lara, su pequeña oveja que se ocultaba y balaba detrás de las piernas del alfa, el omega sonrió en cuanto el animal se acercó a su cama y le lamió la mano sobresaliente bajo sus sábanas.
—Buenos días, cachorro— saludó Joseph antes de sentarse a los pies de Harry y cubrir adecuadamente los pies de su hijo.
Lara no detuvo sus lamiditas hasta que el omega acarició su cabeza peluda.
—Buenos días, papá— correspondió Harry, sentándose y cubriendo su débil cuerpo hasta los hombros.
—¿Qué tal dormiste? — el alfa analizó los rasgos cansados del omega deduciendo que él también permaneció en vela.
—No muy bien, apenas dormí— se limitó a responder cuando sintió los dientes traviesos de Lara sobre sus dedos.
—Ha querido verte desde hace una hora— dijo Joseph señalando a la oveja.
—Debiste dejarla entrar.
—No quería que te despertase ni molestara— se encogió de hombros y Lara baló un poco antes de impulsarse sobre sus patas y trepar al cuerpo de Harry; la oveja empezó a morder la camisa blanca de pijama del omega en el instante que el muchacho le acarició el lomo. El alfa suspiró llamando la atención de ambos—. Yo... Creo que deberías cambiarte, en poco llegarán los hombres del rey con su carruaje.
Harry posó su mirada en su padre y notó cómo el hombre esquiva sus ojos; el pobre estaba tan avergonzado de haber arruinado sus vidas.
—De acuerdo— concedió, con una sonrisa que apenas consiguió formarse en su rostro, antes de apartar a Lara e inclinarse y abrazar a su padre. El omega de Harry se sintió tan triste —desesperado— y él mismo casi considera el abrazo como el último que podrían darse en su pequeña casa—. Haré todo lo que esté a mi alcance para salvarte, papá, lo prometo— y las lágrimas que vertieron sus ojos sellaron el juramento, al deslizarse por sus mejillas y caer desde su mentón hacia la cama.
—Está bien, cachorro— consoló el hombre, aunque él mismo sabía que no lo estaría y, que para el amanecer de mañana, su cabeza rodaría por acción de la guillotina por los escalones de madera del escenario de castigos en la plaza central—. Todo estará bien.
Lara lamió su mejilla mojada unaúltima vez esa mañana, limpiando sus lágrimas, antes de que Harry tomase valory preparase sus cosas.
...
Los guardias reales llegaron dos horas después, en un carruaje tirado por negros caballos, cuando Harry terminó de colocar la harina recién molida en grandes cuencos de barro, lejos del alcance de insectos y roedores mientras su padre y él permanecieran fuera.
El alfa de la familia tomó las pequeñas mochilas que ambos llenaron de ropa y condujo a su hijo hacia el porche de su casita donde Harry lloró desconsoladamente al tener que despedirse del verde valle y de su ovejita consentida; serían tres días largos de recorrido con un cuatro de alfas desconocidos y su amado, pero aterrado padre a su lado, el omega tan sólo esperaba que el viaje no fuese tomentoso, y tampoco sentirse mareado al final de la travesía por el mar de nuevos olores a los que tendría que enfrentarse en el palacio. Él se preguntaba qué tan fascinante podría ser el lugar y cómo luciría cada detalle y persona una vez llegasen a su destino, si no se tratase de la posible ejecución de su padre dentro de cinco días, probablemente el omega de Harry estaría brincando de emoción y no retorciéndose de angustia como lo hacía en ese momento.
Antes de acercarse por completo al carruaje, la pequeña familia repasó de memoria cada detalle de las tareas que habían acordado cumplir; ellos limpiaron cada rincón de la casa y los establos, guardaron provisiones y alimentaron a sus animales (además de proveerlos con lo suficiente hasta su retorno, así no tenían que preocuparse de las bestias domésticas en ese sentido); cuando todo se hubo puesto por fin en orden, padre e hijo se dirigieron con firmeza hacia su medio de movilización otorgado por el rey.
Tomaron sus lugares uno frente al otro en el carruaje, y poco a poco se alejaron lentamente de la granja. Harry miró hacia atrás por última vez y, suspiró al notar las grandes astas estáticas del viejo molino de viento, él se sentía exactamente igual que aquel gigante de piedra sin vida ni movimiento.
Los caballos tiraban del carruaje conforme avanzaban hacia la capital del país, los frondosos bosques desapareciendo uno a uno, para convertirse en largas planicies llenas de arroz y riegos artificiales de agua.
Durante el primer día, Harry y su padre se mantuvieron en silencio, ninguno tenía la intención de abrir su boca e iniciar una conversación, no con el gran peso que ambos cargaban internamente y que los sumergía en su propia miseria.
En lo alto del cielo, el sol hacía su trabajo y arremetía con sus fuertes rayos en contra de Harry y su compañía de viaje; el calor del verano era terrible y el encontrarse en un carruaje lo hacía mil veces peor. La ropa se le pegaba al cuerpo con audacia y revelaba sin pudor alguno la delicada cintura del omega y sus caderas ensanchadas en sus apretados pantalones.
El omega podía jurar que su piel estaba a nada de caérsele y, que sus órganos se derretían en su interior como jalea.
Durante el trayecto tomaron un breve descanso en un río de agua clara, y el omega rezó al elemento por ayuda y bendiciones para mejorar su situación.
Conforme avanzaron en el camino, el río los condujo hacia una extensión de melocotoneros separados minuciosamente uno de otro en una larga superficie plana al costado de la pedregosa carretera; se trataba de productivos sembríos pertenecientes al pueblo más cercano de la granja de Harry.
Pequeñas casitas se hicieron presentes unos minutos después, cuando el carruaje hizo su llegada a la diminuta zona poblada por no más de cien familias.
Harry contempló las viviendas y a su gente, mientras personas admiraban la majestuosidad del carruaje y los caballos del rey; los niños que se paseaban por la plaza central de la ciudad caminaron junto al carruaje y saludaron al omega y su padre; algunos pequeños exclamaron en voz alta que Harry era la criatura más hermosa que habían visto en su vida —dichos comentarios provocaron que las mejillas del rizado se tiñeran del color exacto que aquellos melocotones de minutos atrás—. Todos se encontraban encantados por la belleza del omega y su suave sonrisa; Harry incluso consiguió escuchar a un par de ancianos mencionar de manera muy convencida que era el príncipe de algún lejano reino y que venía de visita al palacio, no podían estar más equivocados.
Cuando el sol empezó a ocultarse y el cielo se llenó de tonos rojizos y amarillos, Harry por primera vez se dejó descansar contra la mullida superficie que recubría el asiento, y contempló realmente con quiénes se encontraba. Estaba totalmente rodeado de alfas, cuatro exactamente, dos que tomaban turnos y conducían, uno al costado derecho del carruaje y aquel que viajaba unos cuantos metros detrás de ellos en su forma de lobo.
El omega de Harry se sentía muy molesto e intimidado por los olores que aquellos hombres ni siquiera se inmutaba por esconder, o mínimamente hacer el esfuerzo por no ser tan desagradables.
El cálido ambiente de verano se redujo con lentitud conforme llegó la noche. La brisa ya no se sentía asfixiante y abrasadora, por el contrario, gracias a la ausencia del astro rey, cada respiración invadida de aromas que Harry tomaba lo refrescaba verdaderamente.
Si bien durante el viaje los días fueron tan atroces como Harry había imaginado (no tenía privacidad alguna y siempre tenía a un alfa a su costado evitando su “inminente huida”); en definitiva, lo único que el omega pudo disfrutar —de lo que decidió denominar: “el fin de lo que conoce”— fue la travesía nocturna.
El cielo se pintó cada noche de su viaje de un precio color negro, acompañado por diminutas y lejanas salpicaduras blancas, amarillas y rojas, que en ningún momento fueron abandonadas por la Luna. Lo único que había podido calmar al omega de Harry fue el cielo estrellado, porque consiguió reconocer sus constelaciones preferidas —Casiopea, Orión, Lepus y su favorita sobre todas las demás: Eridanus, por su gran parecido a un corazón—. El muchacho adoró cada astro que fue visible —Venus y Júpiter— y se tomó su tiempo para recordar la forma en que brillaban a la distancia y parecían querer engañar a sus cansados ojos somnolientos; él podría recitar dormido los mejores poemas enalteciendo la divinidad del infinito cielo nocturno un millón de veces y nunca cansarse en proceso.
Cuando los sembríos desaparecieron al segundo día y las montañas hicieron su nueva aparición tras los, finalmente, tres días de camino, Harry sintió cómo su omega lloró presa del miedo.
Pintorescas y adosadas casas —mucho más bellas que las pertenecientes a los otros pueblos—, emergieron de la nada y aquello le dio la señal que Harry necesitaba para saber que, efectivamente, se encontraban en Antlia, la capital del país.
Harry había escuchado un sinfín de historias en torno al lugar desde que era un cachorro y apenas había perdido sus primeros colmillos; anhelaba conocer los espacios amplios y elegantes de la capital que su madre solía relatar en sus cuentos y le robaban el aliento. El omega era un soñador de primera, y le encantaba llenar sus pensamientos de detalles para embellecerlos; y él tenía una imagen tan clara de cómo lucía Antlia —a pesar de nunca haber estado en allí antes— , que cuando vio la ciudad con sus propios ojos quedó estupefacto.
El lugar de los relatos que tantas noches de sueño y tardes de pinceladas le robó, quedaba reducido a nada comparado con la maravilla de realidad que se extendía a su alrededor con cada trote de los caballos.
Las calles estaban cubiertas de adoquines rojos y dorados, los colores característicos del imperio Tomlinson desde el inicio de su monarquía; y pequeños banderines azules colgaban desde los techos de las casas y comercios existentes al contorno de una pileta gigantesca en medio de una inmensa plaza. Harry quedó maravillado por el contraste de los colores y la preciosa decoración floral que acompañaba y bordeada la base de la pileta que lucía costosa.
El omega se concentró en las preciosas flores lilas entrelazadas unas a otras porque todo lucía como un cuento de hadas, casi mágico, para el pequeño rizado; y, por un segundo casi olvida la realidad del motivo de su presencia allí, hasta que un destello dorado llamó su atención.
Harry no sabe cómo lo dejó pasar, pero sus ojos se abrieron completamente cuando posó su mirada en la estatua que descansaba sobre una base firme y circular en medio de la pileta. Era un alfa, el omega no tenía duda alguna, y aquel imponente hombre de oro y de rostro bien definido lo trajo de vuelta al mundo terrenal... hasta hacer sentir a su lobo interior recogerse de miedo y experimentar una extraña sensación en su pecho.
—Es el rey— las palabras de Joseph flotaron suavemente hasta los oídos de Harry.
Así que era él, el hombre a quien su padre había mentido. Louis William Tomlinson, primogénito y heredero legítimo al trono de Fornax, hijo de Cornelius y Amelia Tomlinson, y el único ser que tenía la vida de Joseph y Harry colgando en sus manos.
Harry se tomó un segundo y al siguiente suspiró, tenía que hallar la forma de cumplir con las palabras de su padre, así fuese lo último que hiciese.
Los caballos continuaron con su ligero galope un par de minutos más y Harry sentía claramente cómo su corazón golpeababa sus costillas con fuerza e insistencia, la mano de Joseph le acarició la rodilla mientras su mente viajaba a mil por hora y rezaba por un milagro.
El rizado vio cómo un lobo gris corrió con rapidez a un costado del carruaje y se sobresaltó cuando un escandaloso sonido surgió sin previo aviso.
—¿Qué fue eso? — preguntó fijando su atención en su padre.
—Es el anuncio de nuestra llegada— explicó Joseph con una sonrisa fingida—. Quiere decir que pronto estaremos en palacio y seremos presentados ante el rey.
Y Harry no dijo nada más, hasta que el carruaje se detuvo frente a un imponente muro protegido por altas torres llenas guardias. El omega estaba anonadado por las imponentes las paredes y la extraña puerta de metal que se elevó unos cuantos metros y les permitió el paso.
—Este lugar es impresionante— dijo Harry, observando todo a través de la pequeña ventana del carruaje.
—Todo luce muchísimo mejor en el interior.
—¿Lo hace?
—Sí, hay oro recubriendo cada paso que das y esa cantidad exagerada de jazmines en cada habitación.
—¿Jazmines? — preguntó Harry con curiosidad puesto que ese era...
Los caballos se detuvieron de la nada y la puerta se abrió de pronto, sobresaltando al omega sin poder terminar sus pensamientos.
—Omega— nombró el alfa que había viajado a un costado del carruaje y acompañado a Harry en todo momento— y padre del omega, hemos llegado a la casa real y se les solicita inmediatamente que se dirijan junto a Monique y Rose— dos mujeres emergieron detrás del alfa, y Harry olfateó disimuladamente, intentando obtener algún aroma por parte de ambas, y al no obtener nada supuso que se trataba de dos betas—. Ellas se encargarán de mantenerlos presentables mientras se encuentren en palacio hasta que su alteza real desee vernos en persona.
El alfa no dijo nada más y Harry vio como él tomaba sus pertenencias y desaparecía del lugar.
—Soy Rose y me encargaré del señor— habló una de las mujeres que vestía un pulcro traje grisáceo y recogía su cabello en un delicado tocado negro y blanco, exactamente como su compañera.
El padre de Harry observó con detalle a las mujeres, no muy convencido de dejar solo a Harry en un lugar nuevo para él y el omega pareció darse cuenta de lo que atravesaba la mente del alfa, así que tomó su mano y le sonrió.
—Estaré bien, papá, ve con ella— Joseph le dio un último vistazo a su hijo al notar la certeza de sus palabras, que terminó por asentir y salir de carruaje. El alfa y la mujer caminaron hacia la izquierda y desaparecieron de su campo de visión, ahora eran Harry y la otra doncella cuyo nombre no recordaba.
—Soy Monique, pequeño omega— se presentó la muchacha que no debía tener más de cuarenta años— y estaré a su disposición mientras permanezca en palacio, ¿eso está bien para usted? — preguntó con dulce voz, y a Harry ya le agradaba por su tacto gentil.
—Sí, y muchas gracias por la ayuda— sonrió, y un pequeño hoyuelo se presentó en su mejilla derecha—. Soy Harry, por cierto.
—Entonces ese es su nombre, ha sido la comidilla de todos aquí desde que su padre partió hace unos días; el rey desea conocerlo pronto y ver sus dones.
Las facciones sonrientes de Harry cayeron al escuchar aquello, ¿todos aquí sabían sobre él?
—Oh, Dios, ¿he hablado demasiado? Disculpe, no era mi intención— se disculpó la mujer inmediatamente tras olfatear el aroma triste de Harry—. Suelo hablar de más cuando no debería.
—Está bien— contestó desanimado, después de todo pronto tendría que enfrentarse a su destino.
—Creo que será mejor que nos pongamos en movimiento.
Una mano se extendió ante él, y Harry no dudó en tomarla y poner un pie sobre la grava que cubría la extensión de lo que él llamaría “el patio delantero del palacio”.
Se sentía bien estirar las piernas y sentir los dedos de los pies después de tanto.
Un soplo de brisa fresca le golpeó el rostro y revolvió sus rizos en un mar de mechones marrones y sus manos retiraron el desastre causado sobre sus ojos. Cuando Harry levantó la mirada presenció una de las edificación más grandes que jamás haya visto en su vida, él jura que el castillo mide el doble —¡hasta el triple!— que el pino más alto del bosque cercano.
Las piedras unidas fijamente en su lugar y las flores a cada lado de la entrada de escalera eran la creación perfecta ante los ojos del omega, y Harry se sentía maravillado por los detalles de oro en las banderas que colgaban una frente a otra en las paredes opuestas en la entrada. El rizado sabe que podría contemplar por siempre cada detalle grabado en la rústica piedra que ha protegido a generaciones de monarcas, esperando que las piezas susurren los secretos más jugosos de todo un imperio.
Un suave toque en su hombro derecho rompió el encanto que había establecido con las paredes del castillo.
—Joven Harry, se nos hace tarde y debo llevarlo a su habitación.
Y wow, ¿qué?
—¿Mi habitación?
¿Harry tendría una habitación en aquel lugar? La idea nunca atravesó su mente de esa manera, él pensaba que dormiría con los criados o algo parecido, pero una habitación sonaba de maravilla después de tantos días en carruaje.
—Sí— respondió Monique, guiándolo hacia su derecha—, el rey ha decretado que tanto usted como su padre son sus invitados.
¿El rey había hecho qué? Dios, se va a llevar una gran decepción cuando sepa la verdad.
Harry siguió a la muchacha e ingresaron al palacio por una puerta que llevaba directamente a las habitaciones de invitados. El omega quedó absolutamente perplejo cuando el olor a jazmines llegó directamente a sus fosas nasales; era súbitamente dulce, todo olía a aquella delicada flor blanca, y la fragancia le recordaba a su hogar y a él mismo.
Subió por una escalera revestida por una suave alfombra marrón, y cuando Monique se detuvo frente a una puerta blanca su corazón dio un vuelvo al abrirse de par en par.
Harry nunca había sido una persona que le gustase la vanidad; pero al notar las finas sábanas y el cobertor —que hacían juego con un extraño y suave color azul que jamás había visto en su vida— sobre la cama más cómoda que haya visto antes, los delicados jarrones llenos de jazmines, los espejos bellamente hechos a mano y el elegante tocador de roble, él sabía que podría fácilmente acostumbrarse a vivir por siempre de ese modo.
—Está será su habitación, joven Harry, yo iré-
—Monique— interrumpió el omega, jugando con el dije en forma de flor de su fino collar de oro que colgaba sobre su camisa—, ¿podrías llamarme solo Harry? — dijo tímidamente, no quería que Monique se sintiera obligada a permanecer junto a él por delegación real, por el contrario, él deseaba agradarle a la mujer.
—Oh, eso es nuevo— sonrió, dejando en evidencia la única sonrisa real que había visto hasta ahora—. Por supuesto, puedo hacerlo, Harry.
—Muchas gracias.
—Bien, descanse... Lo siento, descansa un momento, por favor— pidió amablemente, corriendo los visillos de la ventana y abriendo la misma—. Yo regresaré en seguida, porque debo preparar todo para tu baño. Siéntete libre de comer y beber lo que desees de la mesita junto a la cama.
—De acuerdo, aquí espero.
La mujer asintió una vez y cerró la puerta, dejando a Harry completamente solo después de días inmerso en la compañía de alfas apestosos.
El omega permaneció inmóvil durante varios minutos, tan solo intentando comprender lo que estaba pasando. Se encontraba en el mismísimo palacio de Fornax, tenía una habitación para él mismo mientras el rey decidía la hora correcta para conocerlo, y que finalmente la mentira cayese a sus pies como nunca lo harían los muros que resguardan a la monarquía.
Harry caminó alrededor de la habitación y detalló cada pequeño objeto presente en el lugar; era impresionante la cantidad de cepillos y peines sobre el tocador, ¿quién necesitaba tantos para una acción tan simple como arreglarse el cabello? Él realmente no lo entendía.
Rondó un poco más y finalmente —tras una discusión consigo mismo en su cabeza—tomó asiento sobre la elegante cama; era la cosa más suave que él jamás haya sentido antes, se amoldaba a su cuerpo a la perfección y el simple tacto lo arrullaba, Harry esperaba poder usarla al menos una noche antes de ser condenado.
El delicioso aroma de pastelillos de calabaza llamó su atención cuando su cabeza reposó sobre la delicada almohada, el rizado se irguió correctamente y tomó uno con cuidado, porque no deseaba que las migas arruinaran la alfombra. Harry podría cantar alabanzas y besar al creador de semejante obra de arte, sabía exquisito y el omega del ojiverde se regocijó por la apetitosa comida después de días de ingerir únicamente pan duro y fruta seca.
Todo lucía como aquellos cuentos que su madre solía contarle cuando era un curioso cachorro lleno de preguntas e imaginación. Cada relato iniciaba con alguien como él y terminaba con una preciosa boda y un felices para siempre; lástima que las cosas no sucedieran de ese modo en la vida real.
Unos pequeños toques a la puerta llegaron poco después de haber terminado su segundo pastelillo, para traer de regreso a Monique con una serie de pequeños frasquitos de cristal llenos de aceites y esencias de distintos colores.
—Ya está todo listo, por favor, acompáñame— Harry tanto solo asintió y siguió a la mujer por los pasillos del palacio.
Llegaron a una habitación de olores extraños, todos provocaron un ligero mareo en Harry y su omega expulsó su propia fragancia de preocupación.
—¿Te encuentras bien? — Monique tomó del codo a Harry con delicadeza—. Tu olor cambió repentinamente.
—¿Cómo- cómo puedes olerme si eres beta? — cuestionó Harry, tomando asiento en el borde de la bañera.
—No lo soy— contestó la mujer frotando la espalda del rizado—. Soy omega.
—¿Lo eres? — el ceño de Harry se frunció levemente.
—Sí, pero la situación para los omegas en el castillo es complicada porque no se nos permite tener olor al trabajar para el rey.
Harry no entendía nada de aquello, ¿cómo podían camuflar su olor? y, ¿por qué el rey exigía aquello?
—¿No pueden oler a ustedes mismos? — Monique asintió—. ¿Cómo lo hacen, entonces? Quiero decir, ¿cómo ocultan su olor?
—Con esto— un pequeño frasquito con líquido lila se presentó ante la vista de Harry—. Es aceite de dracenas; lo usamos porque el rey no admite el olor de omegas en el castillo y no quiere que nadie perfume sus habitaciones con ningún aroma diferente al de sus preciados jazmines... a decir verdad, tiene una extraña obsesión por ellos— Monique se rio ante ello, su alteza cuenta con un gusto adictivo a aquellas flores.
—Entonces, ¿no le gustan los omegas? — preguntó Harry con curiosidad, jamás había escuchado sobre ningún alfa que desease por voluntad propia permanecer aislado de la fragancia de omegas.
—¡Ni siquiera se te ocurra decir eso ante nadie más! — regañó la doncella.
—Lo siento, no debí decirlo— se disculpó el omega, pensando en la información sobre el rey. ¿Harry tendría que usar el extraño aceite?
—No lo repitas jamás, ¿de acuerdo? — Harry asintió, no planeaba hacerlo, después de todo probablemente al caer el sol él ya se encuentría en el exilio—. Lo único que puedo decirte es que el rey tiene una nariz muy sensible y que los jazmines son el único aroma que adora— explicó la mujer y le pidió a Harry permiso para desvestirlo.
—¿Podría yo mismo tomar el baño? No me siento del todo cómodo con que alguien más lo haga.
Monique pareció dudar, pero terminó por aceptar y advirtiendo que ella permanecería de espaldas a él en todo momento mientras el muchacho se aseaba por su cuenta.
—Monique— la curiosidad siempre ha sido la peor amiga de Harry—, ¿y el rey no tiene problema con el aroma de los alfas? Quiero decir, el palacio apesta a ellos, y los alfas con quienes viajé desprendían su fragancia en todo momento.
—Oh, no, él no tiene problema con el olor de los alfas, ya sabes, porque nunca son dulces y ellos no lo ponen de mal humor como lo hacen los omegas— hubo una pausa y Harry creyó que sería todo lo que dirá, hasta que su voz salió de nuevo con un grado de duda—. He escuchado muchas cosas extrañas sobre el rey... pero no puedo decirlas, Harry.
—No te preocupes, lo entiendo— murmuró el omega, pasando una esponja sobre sus piernas cubiertas de agua hasta las rodillas—. Monique, ya estoy listo.
—¡Estupendo! — dijo la mujer, tomando una bata y cubriendo el cuerpo de Harry—. Ahora te cambiaré y aplicaré el aceite, ¿bien? No queremos que el rey se moleste.
Harry rio ante ello y permitió que la omega lo secase y vistiese con prendas limpias e inoloras.
El aceite de dracenas resbaló con suavidad sobre sus brazos y espalda, Monique le pidió gentilmente que extendiese una mano y él mismo se aplicase la esencia sobre su fuente de olor; no quería incomodar a Harry al tocar aquella zona tan íntima.
Cuando el rizado estuvo vestido por completo de pies a cabeza, y su cabello fue cepillado tres veces colocando cuidadosamente sus rizos tras sus orejas, Monique lo llevó de regreso a su habitación.
El omega de Harry se sentía totalmente indignado ante la aplicación del desagradable aceite de dracenas sobre su punto de olor, así que, en un intento por reconfortarlo, Harry decidió remover un poco del contenido lila sobre su piel. Él limpió el líquido disimuladamente.
Monique acompañó a Harry hasta su habitación y lo dejó solo de nuevo durante varias horas para que pudiese dormir un poco; él despertó hasta que el sol casi se puso por completo en el horizonte y el rey solicitó su presencia en la sala del trono.
El omega de Harry se encontraba impaciente, porque no sabía qué diría frente al monarca ni cómo intentaría explicar la descabellada situación en la que se veía envuelto a causa de un malentendido. ¿Harry planeaba ser sincero? Por supuesto, si la intervención con el rey se prestaba para aquello, diría la verdad, y esperaba que el alfa entendiese lo sucedido.
Tomaron un atajo por un pasadizo a través de la gran biblioteca del ala Este, y pronto el rizado se encontró con su padre, quien aguardaba impaciente frente a una puerta dorada y emana feromonas de agobio; un par guardias alfas con rostro inmutado permanecieron firmes en su posición a cada lado de las puertas.
—¡Cachorro! — llamó en cuanto vio a Harry y corrió hacia él para darle un abrazo—. ¿Estás bien, todo en orden? ¿No te lastimaron? — Joseph olfateó un poco a Harry y frunció el ceño en dirección a Monique cuando no sintió el característico aroma de su hijo—. ¿Por qué no puedo olerte? ¿Qué le hiciste a mi hijo? — gruñó el alfa con molestia provocando que la omega se encogiese en su lugar.
—Yo.. y-yo no...
—No hizo nada malo, papá— tranquilizó el omega, llamando la atención del alfa—. Juro que no hizo nada, y que te explicaré todo cuando veamos al rey, ¿de acuerdo?
Joseph vio la sinceridad en los ojos verdes de su hijo y asintió sin quitarle la mirada de encima a Monique, quien retorcía sus dedos detrás de su espalda con nerviosismo.
—George, Walt— llamó Monique con voz temblorosa, y padre e hijo se colocaron uno al lado del otro frente a las puertas—. Abran las puertas, por favor.
Los guardias asintieron y las manos de Harry empezaron a sudar, ¿realmente tendría ante sus propios ojos al dueño de todo lo que conoce? El omega en su pecho aullaba ansioso.
Los alfas encargados de la seguridad de aquella sala empujaron lentamente las pesadas puertas cubiertas de oro, y como si de algo hecho por el universo, el tiempo pareció ralentizarse en cuanto su cuerpo tomó sentido propio y se desplazó a través de la sala del trono.
Harry había imaginado que sus pasos retumbarían en toda la habitación, sin embargo, no fue así, porque el ruido que pudo haber provocado fue amortiguado por la larga alfombra roja que dirigía su camino hasta el centro de todo.
La mirada del rizado permaneció en el suelo y evitó hacer contacto visual con cualquier persona que se encontrase en la sala. Sentía los ojos de todos fijos en sus movimientos y por un momento pensó que en cualquier momento los alfas de la habitación saltarían sobre él y lo lastimarían, pero aquellos pensamiento se vieron interrumpidos por dos sucesos: el primero, cuando un guardia impidió que siguiese acercándose al trono del rey y lo detuvo por completo para hacerlo arrodillar frente al monarca; y el segundo, cuando detectó un aroma.
Tal vez su olfato había ignorado sistemáticamente el delicioso olor a café recién tostado por los nervios que hacían temblar a su cuerpo, pero en cuánto el aroma llegó a su sistema, el omega de Harry se sintió ansioso de inmediato porque empezó a llorar por conseguir la atención del dueño de aquella fragancia, que para el rizado aún era desconocido.
Harry no sabía qué hacer, ni por qué su omega se comportaba de esa manera, porque lo único que realmente tenía presente eran las terribles ganas que sentía por ronronear y que lo invadía a toda prisa en ese momento.
Y, en un abrir y cerrar de ojos sucedió.
Él no quiso hacerlo, jura que no, pero mientras más olfateaba el delicioso olor no pudo contenerse más. Su omega se apoderó por completo de todo su ser y desprendió feromonas de felicidad.
¡Alfa! ¡Por fin estoy en casa!
El omega de Harry clamaba por su pareja, su destinado, sin embargo, no encontraba respuesta.
Entonces, Harry levantó su mitrada, con desesperación disimulada y lo vio.
Sentado en un alto trono brillante y acompañado de siete u ocho alfas más, se encontraba el ser más perfecto que, ni siquiera en sus sueños, el omega jamás habría podido observar.
Con su cabello castaño y lacio peinado hacia atrás y con una corona de oro puro sobre su cabeza, el rey observaba a Harry con detalle; sus ojos azules clavados directamente en el cuerpo del omega, analizando y contemplando con admiración y sin disimulo alguno cada una de las delicadas facciones que pertenecían al precioso ser frente a sí.
El alfa de Louis aullaba enloquecido en su pecho, pero el rey intentaba ignorar por completo su loco actuar; nunca en sus veinte y cuatro años de vida había experimentado algo como aquello. Él debía guardar la calma y descifrar el enigma que la criatura arrodillada frente a él era.
Jamás había visto a un joven tan atractivo, o bueno, en realidad, él jamás se había sentido atraído por nadie como estaba experimentando en ese momento. Su corazón latía desenfrenado y su alfa rasgaba su pecho con tanta intensidad porque tomase al muchacho de verdes ojos sin entender muy bien el motivo... hasta que el olor más dulce existente en la faz de la Tierra lo golpeó directamente en la nariz.
Al principio no lo había notado, el olor se había camuflado perfectamente con las flores, pero cuando el omega lo vio directamente a los ojos todo cobró sentido.
El omega olía a malditos jazmines.
¡Mi omega!
Celebró el alfa de Louis saltando de un lugar a otro lleno de júbilo.
Louis conocía su condición, él sabía que era médicamente imposible que oliese a ningún omega y le agradace su esencia, a menos que fuese su omega; conocía perfectamente bien lo que tenía que hacer para nunca toparse con aquel aroma, y por ello todos los omegas del palacio debían aplicarse aquel aceite de dracenas. Y, sin embargo, al parecer todo había sido en vano porque aquí se encontraba su otra mitad, después de tanto tiempo este había llegado hasta él y había arruinado su sistema de olores.
Para Louis siempre fue un misterio por qué se sentía tan atraído por la fragancia de aquellas flores blancas y dulzonas que cubrían por completo cada rincón del palacio; y jamás le encontró sentido alguno, hasta ahora. Porque, con la figura del ser más bello de todos en el universo, se encontraba la respuesta a todas esas preguntas sin resolver que alguna vez lo apartaron de sus perfectas horas de sueños.
Su omega, su destinado olía a jazmines. Su obsesión por fin tenía una razón de existir y su alfa siempre lo supo.
—¿Cuál es tu nombre? — fue lo primero que sus labios soltaron tras largos segundos de desconcierto, la sala se sentía totalmente tensa porque todos podían oler la felicidad y nervioso mezclados en el aroma del omega.
—Soy Harry Styles, su alteza— respondió el rizado con sus mejillas sonrojadas y brillantes ojos.
—¿Eres el hijo de este hombre?
—Lo soy su majestad— asintió el rizado, sintiendo la incontrolable inquietud de su omega, su lobo interior le exigía saltar hacia los brazos del alfa.
—¿Es cierto que conviertes la paja en oro?
La duda inundó al muchacho, hace tan solo unas horas estaba seguro que intentaría decir la verdad, explicarse por completo, pero ahora no se sentía tan valiente con tantas personas esperando una respuesta afirmativa.
Harry sabía que se arrepentiría de sus próximas palabras. Él eligió el camino fácil y mintió, como dicen “de tal palo, tal astilla“.
—Lo hago, alteza— el eco de su voz se reprodujo más segundos de los que habría deseado, y se sintió intimidado cuando el alfa levantó una ceja en señal de incredulidad.
El omega de Harry quiso llorar ante la cuestionable mirada de su alfa.
—Bien, Harry Styles, entonces esto es lo que haremos: serás encerrado en tu habitación totalmente solo y tejerás para mí toda la paja que mis guardias llevarán allí en un momento, ¿de acuerdo? — Harry asintió sin saber qué más hacer, su garganta se había sacado y él podía escuchar el sollozo de su omega al recibir tal trato—. Personalmente iré a tus aposentos a primera hora de la mañana a comprobar si has cumplido con tu tarea, creo que sabes lo que sucederá si la paja no se ha convertido en oro, ¿cierto?
—Lo sé, su alteza— contestó totalmente intimidado y con la voz quebrada, la sala entera podía oler su desesperación.
Louis permaneció un momento en silencio, quería dejar su trono en ese momento y consolar al pobre omega triste. Vio cómo sus guardias se retorcían en sus lugares por hacer lo mismo, y les gruñó disimuladamente para que volviesen a su compostura. Eso es lo que se obtiene por aislar por tanto tiempo a los alfas del olor de un omega, y no cualquiera, el suyo; Louis se sintió repentinamente protector sobre Harry y deseó terminar por completo con la situación que se estaba produciendo frente a sus narices.
—Monique— llamó fuertemente a la omega que se encontraba junto a la puerta.
—¿Sí, majestad?
—Lleva al omega y a su padre a sus habitaciones, por favor— pidió sin quitarle la mirada de encima a Harry—. Y aplícale más aceite a Harry.
Decir que el omega de Harry se sintió triste por las palabras del rey es quedarse corto, él estaba devastado.
¿A su alfa le daba asco su aroma? ¿Tan malo era para el rey tener el olor de Harry cerca?
El rizado quería derrumbarse sobre aquella alfombra y llorar toda su tristeza hasta no sentir más. ¡Estaba siendo públicamente rechazado por su alfa!, y nada podría dolerle más que aquello. Pero Louis no lo veía de esa manera, porque para el alfa tan solo era una salida rápida a lo que sentía en ese momento. Necesitaba desesperadamente estar a solas y pensar con cabeza fría sobre sus siguientes movimientos. ¿Él debía hacer algo ahora con respecto al omega? ¿Qué decisión debía tomar si la paja no se convertía en oro a la mañana siguiente? ¿Tendría que decapitar al padre de su omega, su maldito suegro, y después cortejarlo adecuadamente?
El cerebro de Louis trabajaba a mil por hora, y él mismo juró que podía oír con claridad a los engranajes encajar y girar sobre sus ejes cerca de sus tímpanos.
—De acuerdo, su majestad— dijo Monique acercándose y ayudando a un petrificado Harry a ponerse de pie—. Con permiso— una pequeña reverencia fue hecha con rapidez y dirigió a la pequeña familia fuera de la habitación.
Lo último que Louis pudo ver de Harry al girar y salir de la sala fue sus ojos vacíos de emociones y llenos de lágrimas. El rey se obligó a permanecer sobre su trono, clavando sus uñas sobre la madera cubierta de oro, para evitar correr tras su omega.
—¡Largo todos de aquí! — les gritó a sus guardias y miembros de su Corte Real, una vez que consideró que su destinado estaba lo suficientemente lejos como para escuchar su fuerte voz.
Uno a uno, los alfas salieron con rapidez del lugar porque no querían ser los blancos de amenazas del rey.
—¿Te encuentras bien? — escuchó el monarca la lejana voz de Liam, su consejero real y mejor amigo de toda la vida.
—Creo que sí.
—¿Lo crees o lo sabes? — cuestionó el omega.
—No estoy para bromas en este momento, Liam.
—Fue por aquel omega, ¿cierto? — Louis no contestó, y eso fue más que suficiente—. Nunca te había visto actuar de esa manera antes, tan impresionado y cautivado por nadie.
—Yo... tan solo estoyconfundido.
Liam tan solo permaneció en silencio y sopesó las palabras, sin que Louis dijese nada más, él sabía con exactitud lo que había sucedido y todo a lo que tendría que enfrentarse su amigo.
—¿Crees que consiga cumplir con su tarea? — preguntó, y Louis soltó un largo suspiro y su alfa liberó feromonas de preocupación. Él realmente se sentía angustiado por el futuro.
—Sinceramente no lo sé, pero espero que lo haga— expresó con sinceridad, inhalando el olor de las flores que inundaban la habitación e intentando traer a la memoria el dulce aroma del omega sin mucho éxito. Nada olía como Harry, y Louis sabía que estaba perdido, tan sólo una mirada bastó para hacerlo.
Su precioso omega de rizos salvajes y ojos verdes acababa de llegar para poner su mundo de cabeza.
¡Que los elementos lo ayuden!
n/a: Esta historia está basada en el cuento clásico de los Hermanos Grimm titulado “Rumpelstiltskin”. Se trata de una adaptación al omegaverse, teniendo como protagonistas —obviamente— a HyL :)