La leyenda de esa noche
Era como cada noche de invierno que yo había visto. La luna estaba tatuada con magnitudes agigantadas encima de un cielo que no mostraba brillo de estrellas, opacado por el blanco manto de la musa de muchos poemas. Unos tantos míos, debo admitirlo.
El cochero parecía decidido a acabar con mi momento de inspiración, conduciendo a los corceles en franco intento de equiparar a las ráfagas del viento.
El coche, elegante en cada acabado, sentía crujir su madera al toparse con las insolentes rocas del camino. Y yo, por mi parte, no agradecía tener que reacomodar mi sombrero cada que éste, tenía el infortunio de aplastarse con el techo de mi refinado transporte.
Y todo eso parecía mundano al recordar el destino de mi accidentado viaje.
Y es que como cualquier escritor de poca mota, me veía obligado a tomar cada trabajo que se me era ofrecido. “Por favor, un verso para mi hermosa hija, flor que abre sus pétalos al mundo” “Quizá unas palabras para entonar las alicaídas almas de mis trabajadores” “Sí, era un miembro de la familia, un hijo más. Hermano de mis otros catorce herederos. Ese canino y fiel amigo merece unas líneas de adiós”
Al noreste de Europa me había llevado mi nueva y prometedora labor.
Un hombre solo y de excéntricos placeres, había hecho llegar una carta a mi hogar en Londres. Corta, decidida, explícita y con excelente caligrafía.
“Señor Peter Garrison. He de pedirle humildemente que dedique unos días de su talento a un trabajo que tengo en placer de solicitarle. Será espléndidamente remunerado y los costos del viaje corren por mí cuenta. De aceptar, sírvase en responder esta carta con el mozo que le ha entregado. Por lo demás tendré yo el honor de hacerme cargo”
Lord Absolom Ockley.
¿Qué podía hacer yo? Bien remunerado no era algo muy común en mis prospectos laborales. Quizá lo necesario para poder escribir mi novela en esa ciudad tan escandalosamente acosada por cuentas absurdas de movimiento perpetuamente vertical.
Comer era un lujo.
Hacía un par de horas. El cochero de aspecto fúnebre y traje de luto, me indicó un pequeño boliche para tomar alimentos.
Fue hasta tomar asiento en una mesa del lugar, que noté las miradas inquisitivas de los lugareños. Bien pude ser tomado por un muerto.
Con recelo, una mujer regordeta con mejillas salpicadas por coloradas pecas, se acercó a escuchar mi orden.
- Sólo sopa y leche tibia por favor- Tuve en apresuro decir, lo que fue un verdadero alivio para la voluminosa mujer.
Al intentar con vehemencia pura, disimular la tremenda incomodidad que las retadoras miradas me producían, no hacía más que mirar por el aburrido paisaje que ofrecía la ventana más cercana a mi persona. Un corcel atado, remojando sus patas delanteras en un charco de aspecto inmundo, frente a lo que parecía ser un hostal de mala muerte.
Un anciano, probablemente afectado por varias jarras de aguardiente, se acercó a traspiés. Su mirada era diferente a las demás, casi con una lástima amistosa. Dijo algo parecido a poder tomar asiento junto a mí, y con las ceremonias debidas le ofrecí el puesto contiguo.
Su inconfundible aroma etílico, disfrazaba el horror de ropajes que llevaba encima. Apenas unos trapos viejos que me hicieron regresar la mirada que él me ofrecía.
- ¿Ess, erdad? ¿Qué dan distinguible, gaballero tsse dirige a dos abocentos del Lord?- preguntó con palabras apenas masticados por el paladar, y obviamente arrastradas por el aguardiente.
- En efecto, caballero -me apresuré a responder.
- ¿Y gue do lleva assha?
- Circunstancias de tipo laboral, buen hombre. ¿Cómo es que se ha enterado? ¿si me permite ser indiscreto?
- Esss un pueblo pequeño, esse cabino sólo lleva a un lado. Esse coshero es del mismo Lord.
- Ya veo. ¿Es por eso que todos me miran de forma tan peculiar?
- Ssu alma caballero. Ess ssu alma la que nos preocupa.
Y sin más se levantó y salió del antro aquel.
Después de tomar mis alimentos, salí de ahí en polvorosa. En el camino ya se me había advertido de la mala reputación de Lord Ockley. Era la primera vez, sin embargo, que alguien mostraba preocupación por mi alma.
Después de un par de advertencias, me vi obligado (más por curiosidad que por cualquier otra cosa) a indagar sobre mi futuro anfitrión. Fue entonces cuando pude comprobar la increíble superstición que podía cernirse sobre las colonias más remotas de nuestro continente.
Rumores, sólo rumores. Leyendas de lo más absurdas. Cuentos sobre Lord Ockley, dignos de una colección de cuentos fantásticos para los niños (incluso tomé nota de algunos de ellos, fuera de lo inauditos, eran simplemente fascinantes) y que sólo un pequeño podría tomar en serio.
Desde ser el hijo del mismísimo Lucifer, pasando por una criatura de otra dimensión que devoraba almas para vivir por siempre. Un hombre capaz de tomar mil formas, animales y demoníacas.
Alguien un poco más sensato, me contó que era un hombre de lo más ermitaño. Quizá heredero de alguna cuantiosa fortuna familiar, que había pasado toda su vida, construyendo un castillo que no parecía tener fin. Alguien que jamás daba su rostro a conocer los cálidos rayos del sol.
A pesar de haberme reído con discreción de aquellos fantásticos relatos, mi escéptica mente de hombre educado y civilizado, se había visto afectada a un nivel muy subconsciente, y mi ansiedad iba en aumento a cada kilómetro, rápida y tortuosamente devorados por mi maniático chofer.
La nieve comenzó a caer discreta y hermosa, sobre las oscuras colinas que subíamos. A pesar de contar con dos antorchas de buen tamaño, me era imposible comprender, de qué forma el cochero podía recorrer el camino sin dificultades. Atribuí a la buena memoria y la indudable costumbre de recorrer aquellos paisajes, la destreza de mi silente compañero de viaje.
Pensé (sin tratar de pretender un vasto conocimiento histórico) que de no equivocarme, nos encontrábamos en tierras manchadas por la sangre, hace ya siglos atrás.
Guerras de grupos barbáricos que luchaban por tierra y alimentos. Hice una nota mental de preguntarle eso a Gabriela, una vez de regreso en Londres.
Mi bella Gabriela. Amante de la historia y el pasado, pero sobre todo, amante de mi persona. Fue quizá el pensamiento de alejarme de ella por varias semanas, lo que casi me hizo rechazar tan tentadora propuesta.
Pero todo sea por el futuro tan brillante que he de construir sin duda, al lado de la mujer que adoro.
Ella lo comprende. Siempre lo hace.
No puedo pensar en corazón más puro y amable que el de mi bella dama. Y de ahí que, la decisión más importante de mi vida, fuera tomada en pocos días de haberla conocido.
Pero para llevar su magnífica mano al matrimonio y unirla a mi aun indigna vida, había de saber que podía ofrecerle algo más que un viejo estudio en los barrios bajos de Londres. Haría lo que fuera por llegar a ello.
El día que la conocí, no llevaba yo más meta, que el de recorrer un parque bañado en sol del naciente otoño.
El frío ya se notaba en la vestimenta de las personas, y las hojas comenzaban a rendirse ante la gravedad y el viento.
Entre la multitud de pesados abrigos, una bella figura, destacaba en un vestido ligero y de tonos pasteles exquisitos.
Su rubio cabello apenas cubierto por un gorro de color rosa, cubría traviesamente su rostro de vez en cuando.
Pero al sonreír, sí, al sonreír, mi vida había tomado decidido rumbo a la suya.
Al principio sé que me dejó cortejarla, más por su generoso corazón, que por verdadero interés. Era, sin duda, uno de los actos más caritativos que yo había presenciado.
Pero con paciencia, logré que me mirara como a un amigo. Un compañero de paseos vespertinos, con largas pláticas sobre William Shakespeare, Oscar Wilde y del fabuloso Edgar Allan Poe (único americano que había logrado cautivarme con sus letras)
Ella no tardó en conducirme por los pasajes de la cultura griega, romana, egipcia, pérsica y sumeria. Hablaba de ello con una pasión de dimensiones equitativas a la mía por los libros.
Así, sin saber cómo lo había logrado. Pude enamorarla.
Nuestra historia tenía un presente, y yo había de trabajar por un futuro.
Y casi sin darme cuenta, llegamos a nuestro destino.
Me había quedado sin palabras.
Un muro de más de diez metros, se postraba imponente ante mi menuda figura. La, poco probable pared de piedra, tenía talladas, tétricas figuras que sin duda, no ayudaron a desaparecer la inquietud que estúpidamente crecía en mi corazón.
Pero ya era muy apremiante como para ignorarla.
Inconfundible estilo Opus Francigenum, comúnmente conocido como gótico, había sido utilizado para construir tan formidable pieza arquitectónica. Los ventanales fueron lo primero que llamó mi atención una vez cruzado el muro (dejando atrás una reja que produjo sonidos dignos de una serpiente en agonía) ya que eran de cristal coloreado con tonos muertos, mostraban además, figuras de lo que aparentaban ser querubines tratando de llegar al cielo, impedidos por seres demoníacos y básicamente deformes.
Fue cuando un impulso, que recorrió mi cuerpo, cual rayo mortal en una noche tormentosa, me hizo darme la media vuelta.
Apelé a mi buen juicio. Se trataba sin duda de una forma de arte excéntrica, más allá de mis limitadas capacidades de comprensión. No era, de cualquier manera, de gente educada, establecer un juicio prematuro. La quema de brujas, sucedía a miles de kilómetros de distancia.
- Buenas noches, caballero -saludó una pastosa y poco melodiosa voz, que me hizo volverme en el acto- El señor Peter Garrison, presumo-
- En efecto, disculpe, me desorienté por un momento. Vaya pieza tienen aquí -contesté educadamente, tratando de calmar mi acelerada respiración.
- Lord Ockley ha dedicado la mayor parte de su vida a crear un hogar muy peculiar, basado en el historial de su familia. He de adelantar que quizá pronto lo descubra. Por favor -terminó, haciéndose a un lado e invitándome a pasar.
Después de tragar saliva con la misma dificultad que si se tratara de lodo espeso, agradecí el gesto y tomé rumbo hacia los interiores.
No menos impresionante era el recibidor. Tenía el tamaño de un pequeño pueblo ganadero. El techo se perdía en la oscuridad de la noche, y los muros, con figuras talladas, idénticas a la del exterior, se veían apenas iluminados por pequeñas lámparas de queroseno, distribuidas uniformemente por todo el castillo.
El mayordomo, aunque amable, iba perfecto con el ambiente. Me pregunté si habría obtenido el empleo gracias a tan fúnebres características. Era alto, por lo menos diez centímetros más que mi 1.70 de estatura, su piel era blanca, quizá despigmentada por los varios días que sin duda pasaba deambulando por el tenebroso castillo, donde pocos rayos del sol, alcanzarían al espigado sirviente. Era delgado, casi demasiado, tenía poco cabello y todo estaba situado a los lados de su cráneo. Sus ojos hundidos al punto máximo de las cuencas, miraban fijamente el camino que recorríamos a paso firme. Su vestimenta, suponía, era como la de cualquier otro mayordomo. Un saco elegante pero sencillo y unos pantalones largos y sin arruga alguna. Ambos de color negro.
Calculé su edad, alrededor de unos cincuenta años, pero se movía casi con la agilidad que yo poseía. De vez en cuando tuve que acelerar mi paso para poder seguirle.
Cada pasillo que recorríamos, parecía tener cientos de metros de largo. En las paredes, tétricos cuadros de personas que casi parecían observar mi llegada, descansaban polvorientos. Las pocas ventanas que pude ver, se levantaban a varios metros de altura.
Al pasar lo que aparentaba ser un gigantesco salón, el suelo, pasó de ser de hermoso mármol, a madera pulcramente colocada. Un fabuloso candelabro colgaba sobre nuestras cabezas, iluminando con sus cientos de velas encendidas, todo el lugar. No podía descifrar, cómo es que terminaban de encenderlas todas, antes de que la noche diera paso al amanecer.
Antes de entrar a otro de los estrechos pasillos, pude notar lo que parecía una puerta tallada con un enorme crucifijo. Alrededor de la gran puerta, había querubines, santos y lo que parecía ser la santísima trinidad.
- La capilla -explicó el mayordomo, pues me había detenido a observar- bueno, más una catedral a decir verdad; sería la envidia de muchas iglesias en todo Europa.
- Es su señor muy devoto, entonces -adiviné, reanudando mi caminar.
- Respetuoso, sería una palabra más adecuada -respondió el hombre, pero no dijo más. Me parecía inadecuado insistir con cuestiones tan indiscretas.
Después de caminar, lo que me parecieron horas, y al haber cruzado decenas de habitaciones que brillaban por su opulencia y acabados tétricos, llegamos a unas escaleras que debían tener el doble de alto que mi humilde hogar poseía. Subirlas me costó toda la respiración que era capaz de realizar.
Al subir dicha colina de escalones, nos encontramos de frente con una puerta diferente a todas las demás.
No era de madera, casi podía asegurar que se trataba de obsidiana. Tenía detalles en plata. Pero lo que más llamaba la atención, eran los dos dragones también plateados, que se extendían por toda la puerta. Sus cuerpos estaban entrelazados, y sus hocicos, uno frente al otro, escupían llamas. En medio de un hueco creado por los dragones, había lo que parecía ser un ángel armado con una intimidante espada.
Era una de las cosas más poéticas que yo había tenido el placer de disfrutar. Era una pieza de arte, que sin duda, valdría miles allá afuera.
El sirviente se acercó a la magnífica entrada, y presionó con delicadeza, el ángel armado. La puerta se hizo a un lado inmediatamente. Casi me vuelvo por segunda vez en la noche.
Redundantemente, un pasillo más apareció frente a nosotros, y sin embargo acabé sorprendido.
Éste era, por sí mismo, algo que no tenía igual, pues era una versión de piedra de un puente colgante.
Este pasadizo, era, una conexión entre una torre elevada varios metros del nivel del suelo, hacia con el resto del castillo. La torre parecía una declaración de grandeza, del intocable soberano, sólo alcanzable para los dignos. No hay que aclarar el hecho de que mi autoestima subió unos decibeles cuando dicho pensamiento cruzó mi mente. Luego tuve que volver a la realidad, diciéndome a mí mismo que quizá era sólo otro rasgo de excentricidad de mi ermitaño anfitrión.
El pasillo contaba con arcos que dejaban ver el suculento paisaje. Montañas tapizadas de grandes pinos, los cuales llevaban un ligero glaseado de aguanieve. La enorme luna, coronaba apenas por encima de la vista, a las montañas espectralmente iluminadas por la misma.
En las columnas del puente, querubines con rostros tristes sostenían el mármol, y en el techo, los dos dragones se estiraban a lo largo del pasillo.
Unas escaleras nos condujeron el último trazo hasta la entrada de la torre. El mayordomo tomó la manija de pesado metal y dio tres enérgicos golpes que retumbaron en la torre y en mi cabeza.
“Adelante”
Se escuchó una ronca y poderosa voz proveniente de los interiores. El mayordomo empujó la aparatosa puerta de madera y me ofreció con amabilidad el paso. Yo apenas tuve el reparo de agradecer con una leve reverencia, pues mis nervios parecían controlados por el ambiente.
Había un pequeño recibidor, y de entrada pude notar que la decoración aquí era mucho más elegante que en el resto de los enormes aposentos. Había una alfombra roja que encaminaba hacia la siguiente habitación. Una larga y bella mesa de caoba, se postraba a la mitad del cuarto teniendo como centro, un hermoso candelabro de oro puro. Alrededor, sillas que parecían talladas por los mismos carpinteros del césar, y encima, platos y cubiertos de oro y copas de un cristal pulcro.
Los muros de blanco mármol, estaban impecables y el piso, cubierto por madera fina, no producía el menor sonido al pisarlo, parecía tener sólo días en su lugar.
Pero, no había nada más llamativo, que los cientos de crucifijos colgados a lo largo y ancho de las paredes. Era el cuarto de un sacerdote, no, de un fanático. Y eso pudo, por su propia naturaleza santa, calmar el miedo que había crecido infantilmente en mi pecho.
El mayordomo se postró a un lado de la entrada a la habitación contigua y espero respetuosamente haciendo guardia. Al entender que, debía entrar, me acomodé discretamente el saco y removí el sombrero de mi cabeza. Me dirigí allá con el mejor paso firme que pude adoptar y pasé a un lado del viejo, haciendo una señal de agradecimiento, el mismo que no supe si había captado, ya que se retiró en el momento.
Eso pronto quedó olvidado.
Heme ahí, en el cuarto más impactante que había yo ocupado en mis veintidós años de vida.
Una más pequeña y elegante mesa, aguardaba en el centro del cuarto. Cuadros de lo que supuse, eran retratos de los ancestros de Lord Ockley, estaban colocados de manera precisa en los muros, todos con fantásticos marcos de oro puro. Al fondo (y eso me pareció lo más extravagante de todo) un trono del mismo material precioso, con cubiertas de terciopelo rojo.
En el techo, había un fresco de una escena meramente dantesca, donde ángeles y demonios peleaban en la faz de la tierra, mientras los hombres sufrían las consecuencias de la batalla y eran rodeados por monstruosas llamas de color azul celeste y desollados vivos por espantosos seres.
Cortinas de seda, rodeaban una ventana de exageradas proporciones, la cual daba a un balcón majestuosamente construido, con el mismo mármol que había encontrado a lo largo del camino.
Y ahí, mirando el hechizante paisaje, se encontraba Lord Ockley.
Se dio media vuelta sólo para mirarme. Entonces descubrí que todos los mitos construidos alrededor de él, no habían sido sino una simple exageración.
Era definitivamente alto, más que su mismo mayordomo. Vestía una capa negra de elegantes bordes dorados y un traje pulcro hasta el más mínimo detalle. Unas botas cuan largas como su espinilla, terminaban apenas encima de sus rodillas, y vestía guantes de un blanco impecable en sus manos.
Su piel era muy blanca, casi albina. Asumí de la misma manera que con su empleado, era a causa de su casi segura y permanente estancia en sus aposentos. Por lo menos uno de los rumores parecía ser cierto.
Sus ojos eran de un penetrante color negro y una bien delineada barba definía finamente el contorno de su rostro, que, a falta de un mejor juicio (uno femenino, por lo menos) lo encontraba bastante bien parecido.
Sólo dos cosas me parecieron llamativamente fuera de lugar.
En uno de los pueblos, varias personas de edad adulta, aseguraban haber escuchado del señor Ockley, desde hacía ya varias décadas, y sin embargo, su rostro era el de alguien que rondaba mi propia edad. Lo otro era, que su cabello, notablemente largo, casi llegando a su espalda media, tenía un color blanco platino.
El hombre caminó decididamente hacia mí, mientras una cálida sonrisa alargaba sus facciones. Extendió su mano y yo la estreché de inmediato, tenía un fuerte apretón, tuve que poner todo mi ahínco para no hacer una mueca de dolor.
- Señor Garrison, le agradezco que haya aceptado mi humilde invitación. Por favor, tenga la amabilidad de tomar asiento -me pidió mientras señalaba una de las dos sillas que rodeaban la bella mesa- debo disculparme por el difícil viaje que de seguro ha tenido que soportar, pero mucho me temo que mi petición no ha podido esperar un día más -dijo mientras ocupábamos nuestras respectivas sillas.
- Agradezco sus palabras, pero no ha sido tan tortuoso. Si algo, ha sido fascinante; no había tenido la oportunidad de conocer estos lares del continente. -respondí un poco menos ansioso. Ridículos rumores...
- Me alegra oír eso
- Tiene un castillo fascinante.
- Es usted muy amable. Ha sido el hogar de mi familia por varios siglos ya. Hoy día, como quizá ya ha adivinado, sólo quedo yo. Cada amo en turno ha seguido la tradición de ampliarlo, adecuándonos por supuesto, a nuestra muy particular visión del universo. Verá, mi familia ha permanecido en este lugar desde hace varios miles de años, incluso, puedo asegurarle que continúan en este lugar. No, no, no me mire tan asustado, es sólo que nuestras tumbas familiares, descansan justo debajo de nosotros. Tenemos razones muy particulares para permanecer aquí. Es por eso que he acudido a usted.
El ambiente entonces se tornó pesado, casi como si hubiéramos descendido al fondo de algún lago. Incluso el aire parecía más difícil de respirar. Me expliqué a mí mismo que seguramente se trataba de la altura que por fin parecía afectarme. Habíamos subido una colina, jamás en mi vida había realizado algo parecido. Me obligué a aparentar calma.
- Me temo no entender a lo que se refiere, Lord Ockley -aseguré, retomando nuestra conversación.
- Es lamentable que la historia real de una familia con tantos logros a través de siglos de existencia, quede manchada por la estrecha mente de personas que no son siquiera dignos de referirse a una estirpe tan superior a la de ellos. Y es mi destino, ya que a todos nos llega ese momento, de hacer saber al mundo, el rol tan fundamental que mi sangre ha tomado desde hace generaciones, y que sin duda seguirá tomando hasta el fin de los tiempos.
Aunque me pareció exagerado y arrogante en demasía dicho comentario, sólo atiné a asentir de forma comprensiva a él.
Mi malestar, sin embargo, parecía ir en aumento, así que me apresuré a conducir nuestra plática, a cuestiones más laborales.
- Entonces, ¿es eso lo que busca de este humilde servidor? La narración precisa de la noble línea familiar de su estirpe -pregunté.
- Dígame, señor Garrison -solicitó el Lord a forma de respuesta- ¿qué tanto sabe usted de su propia estirpe?
La pregunta, no pudo, sino tomarme desprevenido. Debo haberlo demostrado con mi expresión, ya que Lord Ockley, esbozó una sonrisa mientras aguardaba mi respuesta. Después de pensarlo unos segundos, supuse que ser sincero, era la única salida que tenía.
- Lo lamento, señor Ockley. Pero la verdad es que fui huérfano toda mi vida. Crecí en un orfanato, así que no tengo rastro de mi línea familiar -contesté con firmeza. No era un tema delicado para mí, siempre había sido de esa manera.
- Ya veo. Por favor, disculpe mis malos modales. Es algo que sentía en obligación saber. No, señor Garrison, no es por lo que he solicitado su presencia, es algo de carácter mucho más fundamental por lo que lo he traído aquí.
Lord Ockley se levantó de su lugar mientras yo lo miraba completamente confundido. Se dirigió al balcón y observó por un largo tiempo la enorme luna, que parecía se agigantaba a cada momento. Yo, por mi parte, utilizaba toda la fuerza de voluntad en mi poder para no desmayarme. Estaba a punto de excusarme, cuando Lord Ockley continuó.
- Cada hombre y mujer, vive sólo para encontrar el sentido de su insignificante existencia, darle un rumbo que les pueda ofrecer una efímera felicidad, y lucha por relacionarse con otras personas con el mismo horizonte al final del camino. Ese desabrido vivir, llena por completo las almas desgarradas de las personas. Pero no nosotros, señor Garrison, no nosotros. Pues nuestro destino ha sido marcado con nuestro nacimiento. Perseguimos un objetivo más añejo que la vida misma, incluso a usted, que vive ignorante al respecto. Hoy es la última noche, sin embargo, que eso seguiré así.
- Lord Ockley, yo le aseguro que no tengo idea de a qué se refiere.
- Permítame, señor Garrrison -pidió, a la par que volvía a la mesa- contarle un poco acerca de su familia -esto último lo dijo con cierto tono de rencor.
- No lo entiendo, qué podría usted saber...
- Hace siglos, mi familia subía al poder en diferentes partes del mundo. Era nuestro destino ¿lo ve? Pues no existe una sangre tan preparada para gobernar como la de mi familia. Nuestra grandeza sobrepasaba las limitadas capacidades de pueblos enteros, y era nuestro deber, llevarlos por el camino adecuado. Era lo correcto, era lo necesario. Pero su sangre, señor Garrison, a la par de otras tantas, decidieron que nuestra superioridad era ofensiva, ofensiva a los mismos poderes divinos que ellos creían defender. Así que, con ayuda de la única autoridad superior a la nuestra, nos condenó a mí y a mi familia, una eternidad en este castillo que con nuestras propias manos, habíamos construido. Y jamás habríamos de salir de sus paredes.
- Habla de una maldición -dije con marcada incredulidad.
- Una injusticia, un error que marcó a su insignificante raza. Pero, sí, señor Garrison, una maldición. Una condena emitida por seres construidos a base de pecados, llenos de fallas e incongruencias. Es por eso, que usted ha venido esta noche, a enmendar tan atroz equivocación.
Mi malestar dio paso al temor nuevamente. Pues me encontraba sin duda ante alguien que había perdido la cordura en algún lugar del camino. No sólo se sentía superior por sobre todas las personas nacidas bajo el manto de nuestro cielo. Simplemente sentía que pertenecía a una raza diferente. Algo destinado a gobernar la creación. Lo peor de todo es que de alguna manera, me consideraba a mí, responsable de que eso no fuera verdad.
Me dispuse a dejar mi asiento y salir de ahí lo más educadamente posible. No porque lo mereciera Lord Ockley, sino porque decididamente, mi bienestar se encontraba comprometido.
- Debo pedir que me excuse, Lord Ockley, pero claramente ha acudido a la persona equivocada y no veo mayor motivo para mi presencia -dije levantándome de mi asiento.
- Mire a su alrededor, Señor Garrison. Mire detalladamente y encontrará fe a mis palabras, una prueba irrefutable de ellas
Con una ligera mueca de disgusto, decidí dar gusto por última vez esa noche, al excéntrico Lord.
No podía referirse a otra cosa que no fueran los retratos colgados en los muros de la habitación. Todos eran de hombres, vestidos según la época, que sin duda les había tocado vivir. Algunos de los cuadros ya dejaban ver el paso del tiempo, obviamente descuidados por su poseedor.
Quizá la línea de sucesión representada en pintura, ya que todos eran hombres muy parecidos entre sí. Muy parecidos a Lord Ockley.
Y heme ahí, respetando los deseos de un lunático. Viendo lo más de cerca posible, los tan descuidados retratos. Desde vestimentas barbáricas, armaduras de la época de Arturo, ropas victorianas, y algunas más cercanas a la contemporaneidad.
Fue en el último retrato cuando lo noté. La sangre se me heló, y mi boca se abrió sin emitir sonido alguno.
No eran hombres parecidos a Absolom Ockley. Era el mismo Lord, una y otra vez.
- Sí, señor Garrison. Por siglos viví con el absoluto y exquisito poder que da la inmortalidad. Hasta que su ancestro, el líder de los doce, me condenó a una eternidad de enclaustro. Fue él quien, en nombre de otro hombre, me encerró para siempre en mi castillo. Y encomendó la tarea a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, de mantener mi derecho de gobernar, cercenado. Hasta llegar a usted, admirable hombre. Usted, quien tuvo que ser abandonado por su familia, para protegerlo de un destino ineludiblemente trágico. Sólo alargando sus años de vida, pero con un fin que serviría a la misma causa. Y aquí termina todo.
Con la garganta seca y sin decir otra palabra, corrí hacia la salida, con una desesperación que rayaba en la insanidad.
Sentí cómo una ráfaga de viento acariciaba mis mejillas, y al levantar la cara, dejándome completamente pasmado, encontré a Lord Ockley cerrándome el paso.
No había forma y sin embargo, era verdad. Aquél ser no era humano. Lucifer en persona... o algo peor.
- Es por mí, que no conoció a su familia. Es por aquel estúpido ancestro suyo, para ser más justos. Pues cada maldición tiene sus fallas, y no hay, por sí mismo, algo que sea inquebrantable. Con el tiempo descubrí esa falla -sólo pude notar como su sonrisa crecía con mi miedo- Pues la condena seguirá, mientras la sangre de los doce que me aprisionaron, siga latiendo en los corazones de los hombres. Así que, ya lo ve. Para ganar mi libertad, es imperativo que eso, deje de ser verdad. Y así, me encuentro frente al último corazón que late con esa sangre. Por fin tomaré el lugar que me corresponde allá afuera.
Yo no podía hacer nada más... era un simple espectador ante tal espectáculo de horror.
Sus pupilas parecieron crecer, hasta el punto de ennegrecer por completo ambos ojos.
Su mano rodeó con fuerza mi cuello, con un movimiento que jamás vi.
Su apretón era de piedra, con una fuerza que jamás podría equiparar.
Mis pulmones gritaban por oxígeno y Lord Ockley sólo reía mientras mi vida se escapaba poco a poco.
- ¡Pero mi venganza no es tan simple! ¡Pues ellos serán testigos, junto a toda su indigna raza, de mi merecido imperio!
Acercó mi inanimado cuello a sus fauces, que parecieron tomar forma inhumana. Sus colmillos crecieron y entraron de un golpe en mi piel, que no opuso resistencia alguna.
No sentí ya nada.
La oscuridad se apoderó de mí.
Antes de partir, con mi último pensamiento, construí la imagen que extrañaría hoy por siempre.
Gabriela... te amo.
Querida Susan.
Peter partió hace ya dos semanas.
Sé lo que tiene en mente. Se ha puesto tan nervioso cuando hablé del matrimonio de prima Bertha. El pobre es tan obvio.
Pero no he podido evitar mirar a mi alrededor y suspirar. Tiene la idea de que necesito un palacio para ser feliz. Es un hombre noble, no hace más que pensar en los demás.
Ay, querida hermana. A veces pienso que de no proponerlo yo, jamás nos casaremos. He tenido que quebrarme la cabeza por semanas para encontrar la manera de que lo diga por fin ¿puedes creerlo?
Pero eso ha terminado el día de ayer.
El doctor me ha confirmado algo que deseo, seas la primera en saber mi querida hermanita. ¡Estoy embarazada!
Casi lloro de la emoción ahí mismo. Por favor no se lo digas a mamá, todo ha sucedido en una noche de poco autocontrol y mucho escocés. Ya le inventaremos algo de un nacimiento prematuro.
Sé que Peter será el hombre más feliz del mundo cuando se entere, y eso debe (pues de lo contrario, sería un caso perdido) darle el ánimo suficiente para pedirme en matrimonio. Así que, esperen pronto la buena nueva.
En unos días llegará; muero de ansias por contárselo.
Por favor, saluda a Papá de mi parte, ojalá puedas ponerlo de buen humor estas semanas. Tú sabes, en aras de una feliz propuesta por parte de Peter.
Un abrazo de parte mía, y de tu nuevo (o, como espero sea) nueva sobrina.
Con Amor:
Tu hermana Gabriela.