La Reina de la Mafia

All Rights Reserved ©

Summary

Camile Almendares es la viuda de Piero Rizzo uno de los mafiosos más importantes de la zona sur de Venezuela. Ella jura ante su tumba que no descansará hasta a ser justicia y vengarse de todos los enemigos de Piero. Después de su muerte, ella viaja a Milán donde se convierte en una de las mujeres más importantes en el mundo de la Mafia. Un año después volverá no sólo para convertirse en la Reina de la Mafia en América del Sur sino para acabar con sus enemigos.

Status
Complete
Chapters
26
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

La muerte de Piero Rizzo

“Yo no soy mala, solo tomé decisiones diferentes”

Camile

Soy Camile Almendares, que haya sobrevivido a aquel ataque, podrían muchos considerarlo un milagro, pero las mujeres como yo, no creemos en milagros. Yo lo llamo intuición. Sí, fue mi intuición la que me salvo de la muerte.

Nunca pensé que mi vida sería así, ni que al conocer a los gemelos Rizzo, me iba a sentir atraída por los dos. Mass, es el tipo de hombre cariñoso y afectivo, inteligente y hasta ahora descubro que muy sensual. Piero, mi Piero, él es el chico popular, inteligente y muy, pero muy sensual.

Yo aposté por Piero y él me atrajo a este mundo que muchos llaman de sucio e inmoral, pero qué a mí me parece divertido y excitante. Él, quedó atrás, me traicionó y hasta dejó embarazada a la mujer de su hermano. Eso es algo que debo resolver. Esos niños debieron ser míos, es lo único que tengo de él. Es lo único que me queda y voy a recuperarlos.

Pudiera quedarme aquí, en Milán y seguir reinando en el mundo del oro blanco y los diamantes azules, seguir siendo “La reina de la mafia” como me conocen mis socios y mis enemigos. Mas... debo regresar para vengar la muerte de Piero, lo juré sobre su tumba cuando repatriaron su cuerpo a Venezuela. Nadie supo que estuve allí con él y que lloré a escondidas, su partida.

Por eso estoy dispuesta a regresar y a vengar su muerte, a reconquistar a Mass y recuperar a sus hijos. Así, tenga que acabar con Paulina Carusso.

**

—¿Qué carajos hace un sacerdote aquí? —murmura Camile a su fiel guardaespaldas.

—No lo sé patrona. Usted sabe que estos italianos creen más en el Papa que en Dios mismo —responde en voz baja.

Es el funeral de Piero, muchas de las personas que asisten, están allí para confirmar, que esta vez, no se salvó de la muerte.

Camile traga en seco para no llorar, ella no es mujer de lágrimas, además está encubierta para que ninguno pueda reconocerla. La rubia de lentes oscuros, va tomada de la mano del hombre de boina gris y atuendo europeo, se aproximan al ataúd que pronto será enterrado, ella lanza una rosa roja y se retira.

Mientras se aleja, Massimo siente curiosidad de saber quién es aquella dama. Paulina que aún sigue impactada con aquella loca y trágica historia, se aferra a él.

—¡No puedo creer que esté muerto! —llora desconsoladamente Úrsula, quien a pesar de saber que Piero no soportaba a su hija Fiorella, siempre lo quiso.

—Ya mi amor. Piero fue mi hijo favorito y no quiero hablar de su muerte, para mí seguirá estando vivo. —Donato pasa el brazo por detrás de su espalda.

En el rostro de Fiorella se deslizan lágrimas que ella misma no entiende. Pero le duele ver que su hermano está allí y no volverá nunca a su lado.

Poco a poco, las personas comienzan a retirarse del cementerio. Mientras Camile continúa dentro del auto, siguiendo cada uno de los movimientos de Paulina y Massimo. Apreta con fuerza sus puños hasta sentir que sus uñas le cortan la piel.

—Nunca podré entender que le vio Mass a esa maldita mujer.

—No se afanes con eso. El CEO nunca supo lo que deseaba, esto debe ser más de lo mismo. Es tan diferente al Jefe.

Camile cavila en las palabras de su acompañante. Nadie más que ella sabe lo diferente que pudieron ser Mass y Piero, en todos los sentidos, incluso en lo sexual.

Flash back***

Mientras la hamaca se mece, sus cuerpos desnudos disfrutan de una experiencia maravillosa. Camile jamás pensó que Massimo pudiese lograr estremecerla tanto. Estaba tan acostumbrada al sexo apasionado y salvaje de Piero, que ahora que siente la ternura de aquellos besos, y la conexión entre sus sexos, duda si realmente había amado alguna vez a Piero.

Se levanta, camina pensativa hacia la mesa. Toma un vaso con agua, sedienta del placer que acaba de propinarle su cuñado, amante y ahora ¿verdadero amor?

¿Cómo podía haber sabido eso a sus quince años? En ese momento, ella era apenas una chica problemática que se dejó arrastrar por la lujuria y la pasión. Massimo al contrario de Piero, era sumiso, callado y sobre todo tímido. ¿Qué podría brindarle? ¿Paz? Ella no necesitaba eso, quería comerse el mundo, demostrarle a su padre, que nadie lograría controlarla, excepto... Piero Rizzo.

Massimo se levanta detrás de ella, se aproxima, la toma por detrás, ella siente su cuerpo ardiendo y sudoroso. Él, apenas roza sus nalgas, siente una erección inmediata. Astuta e insaciable como suele serlo en el sexo, comienza a moverse provocando mayor fricción entre su cuerpo y su falo erguido.

Se voltea de frente a él, lo mira con pasión y ternura.

—Massimo... no puedo creer que esto me esté pasando.

—¿Qué mi amor? —pregunta él, con la habitual dulzura con la que siempre ha tratado a su amor adolescente.

—Esto... sentir que eres el hombre con el que debí estar siempre —se aproxima a su boca, él la apreta contra su cuerpo y sus labios abrazan los suyos, hambrientos de su sabor y su suavidad.

Camile necesita retomar el poder sobre sus emociones, no puede permitirse dudas, ni que la pasión que ahora siente por Massimo, la aparten de su objetivo inicial, vengarse de la traición de Piero. Ella acaricia sus glúteos, abandona sus labios y desciende por su cuello. Massimo disfruta del placer de sus caricias.

El repertorio de Camile es muy sustancioso. Ella baja por sus pectorales, besa, lame y muerde suavemente, las tetillas de su amante. Él deja escapar un jadeo, mientras la observa. Ella sonríe con malicia y continúa descendiendo por su abdomen hasta su pelvis, desde allí lo mira fijamente, abre su boca y saborea su sexo. Aunque Massimo se siente en la gloria, el amor que lo une a Camile trasciende más allá del placer, la toma de los brazos para levantaría, pero ella como niña malcriada, se niega a dejar, a medias, su trabajo.

Aquello se trata de control, de ser ella quien domine la situación, de devolverse a sí misma el poder. Pronto, escucha la voz de Acacia, llamándola desde afuera.

—¿Patrona, está lista? —pregunta como suponiendo lo que debe estar pasando dentro.

—Dame un minuto. —responde ella, mientras se saborea los labios con la lengua y Massimo, camina hasta el baño.

Camile toma su vestido de algodón, se lo coloca y sale al encuentro de su empleada.

—¿Qué ocurre? —pregunta con cierta hostilidad.

—Mi abuela quiere verla.

Massimo entre tanto, deja que el agua de la regadera caiga sobre su cuerpo para calmar sus espasmos sexuales.

***

—Regresemos al aeropuerto, debemos volver a Milán. Es hora de tomar el control de los negocios. El imperio que cree con Piero... no puede ser derribado. No mientras yo esté viva. —esgrime en aquellas palabras su decisión de convertirse en la Reina de la Mafia.

—Sí, patrona. —responde como siempre su fiel guardián.

Siempre han dicho que detrás de cada hombre hay una gran mujer, esa frase no va con ella. Incluso, cuando vivía con Piero, ella siempre era la que decidía cómo hacer las cosas. Siempre supo manejar los negocios con astucia y sobre todo con mucha precaución.

Minutos más tarde, llegan al hangar donde está la avioneta que los llevará de regreso a Italia. Ella se quita la peluca rubia, suelta su larga cabellera ondulada, desabotona el vestido negro largo y queda en franelilla verde militar y pantalón de mezclilla negro. El piloto de la avioneta A330, baja para recibirla. La toma de la mano y la ayuda a subir. El Indio sube detrás de ella, luego Hermes, el piloto.

Siguiendo las coordenadas pautadas, la aeronave se eleva. Camile observa desde la ventanilla todo el paisaje, como despidiéndose de su pasado. Ya nada parece importarle, solo lograr su objetivo y vengarse de todos los que en algún momento quisieron destruirla.

—Sírveme Coñac, necesito liberarme de esta ansiedad. —ordena.

—Sí, patrona —el hombre se levanta, se quita la boina, su cabello negro liso se deja caer sobre su espalda. Sirve la copa y se la entrega a su jefa. —Tenga.

Ella la toma y de un único sorbo, bebe el contenido de la copa.

—Sirve otra.

Aunque el Indio quisiera detenerla sabe que no logrará convencerla, cumple sus órdenes, él está allí para ello. Su lealtad también va más allá de la admiración por esa valiente mujer, él también desea a su patrona, pero su silencio es su mejor confidente.

Al llegar a Milán, bajan de la avioneta, ella está un poco emocionada por la bebida. Se sostiene del hombro de su guardaespaldas.

—Ayúdame a bajar, inepto.

—Sí, patrona. Sosténgase. —toma su delicada mano mientras desciende escalón por escalón hasta llegar abajo.

El piloto se despide de ella con un saludo militar. Ella apenas sonríe. Hermes es un atractivo capitán que trabajó con Piero por muchos años. Ahora que él no está, deberá cumplir con las órdenes de su patrona.

Camile sube a la camioneta Hammer blindada que dejaron en el estacionamiento del aeropuerto. El Indio conduce, mirando por el retrovisor la finura de su rostro y sus provocativos labios. ¿Cómo no desearla? Piensa su guarura, mientras conduce hasta el hotel.

Bajan de la camioneta, ella trata de disimular su estado de embriaguez. Entran al ascensor, ella se quita los zapatos de tacón alto para poder caminar mejor.

El Indio, la acompaña hasta la suite del hotel. Abre la puerta de la habitación. Camile está sensible, quisiera derrumbarse y llorar hasta el cansancio, pero es un lujo que no se puede dar. Mucho menos delante de su empleado.

Camina hasta el balcón, observa la noche de Milán y le pide a su escolta:

—Indio, sírveme un trago de Coñac.

—Sí, patrona. En seguida.

—Carajos, no sabes otra palabra —le recrima.

El hombre cabizbajo no responde. Le entrega la otra copa de Coñac.

—¿No cree que es suficiente, jefa?

Ella lo mira, suelta una carcajada y se aproxima a él, lo toma por la solapa del sobretodo gris y le dice mirándolo fijamente a los ojos, muy cerca a su rostro.

—Nadie, me entiendes. Ningún imbécil me da órdenes.

El Indio desearía tomarla por la cintura y demostrarle lo que es estar con un verdadero hombre, pero si lo hace hasta ese día podrá estar junto a ella. O ella lo despide o él... terminará matándola.

Respira profundamente para controlarse.

—Disculpe mi idiotez, solo quería...

—Solo nada.

—¿Puedo retirarme jefa?

—No. Necesito que estés aquí. —responde ella, deja la copa sobre la mesa. Camina hasta el baño, se desviste y entra en la bañera.

La puerta entreabierta, permite que el guardaespaldas pueda ver tras la luz tenue, el cuerpo delicado de su jefa. Tanto tiempo deseándola, pero ella no lo mira. Él no existe para Camile. Recuerda entonces las palabras de Ringo “Esa no es mujer de ningún hombre hermano, olvídate de ella. Las mujeres como ella, no le pertenecen a nadie y todos le pertenecen a ella”.

Se voltea de espaldas para no alimentar su deseo, su compañero tenía toda la razón. Minutos después escucha la voz de ella a sus espaldas.

—Indio, dime ¿Cómo me veo?

Él se gira para enfrentar su mirada, Camile está totalmente desnuda y mojada frente a él.

—Patrona —se cubre los ojos con la mano y baja el rostro.

—Levanta el rostro y dime como me veo. Y no me refiero a mi cuerpo desnudo. Sino a mi nuevo look.

El hombre se ve obligado a sobreponer su masculinidad y mirarla de nuevo. Aunque sus ojos intentan permanecer fijos, su inconsciente desea contemplarla como tantas veces ha soñado. A duras penas, logra mantener la mirada en su rostro. Su larga cabellera había desaparecido, apenas el cabello liso, rozaba sus hombros.

—Está muy diferente jefa.

—Genial, eso es lo que necesito. Verme diferente, ahora soy otra Indio, otra. La nueva Camile “La Reina de la Mafia”

Camina hasta la cama, toma la bata de seda que se adhiere a su cuerpo aún húmedo.

—Puedes retirarte, al lado está un sofá. Duerme allí, por si... te necesito —dice ella, abreviando en esa frase, todo lo que él desearía suponer.

El hombre asiente, abre la puerta de dentro del cuarto y se quita la chaqueta larga, arremanga el suéter negro de algodón, se quita los zapatos y se recuesta.

Camile también se tiende sobre la cama gigantesca para estar allí, sola. Recuerda la segunda vez que estuvo con Massimo en el baño de la cabaña. Comienza a acariciar sus senos, su abdomen y el interior de sus muslos, toma una de sus manos, separa sus labios verticales y con su índice digita en movimientos circulares su cartílago, con su otra mano acaricia sus senos, en el mismo sentido que su dedo índice realiza el mismo movimiento en ambas zonas, en su cuerpo cavernoso y en uno de sus pezones.

Sus gemidos de placer se oyen al otro lado de la habitación, el hombre escucha como ella se autosatisface. Si tan solo lo llamara, él iría a su lado. Podría demostrarle todo lo que siente por ella desde siempre. La haría estremecer como ningún otro hombre lo ha sabido hacer.

—¡Mass, Mass! —repite ella entre gemidos.

Aquel nombre, retumba en la cabeza de su guardaespaldas. No puede creer que ella esté “enamorada de otro maldito Rizzo”, piensa.

Un odio repentino se apodera del Indio. Si no es suya, no permitirá que sea de Massimo Rizzo, eso nunca. Aquello era como si el fantasma de Piero, aún estuviese frente a él, con el agravante de que su patrona, también deseaba a su cuñado, como hombre.

Se voltea y se cubre con el antebrazo para evitar escucharla. ¿No es lo suficientemente hombre para que Camile se fije en él?

—¿Por qué ellos y yo, no? —se pregunta repetidas veces hasta que finalmente se queda dormido.