Cuentos de la isla sobre la Luna

Summary

En lo más alejado de la costa, más allá del horizonte, existe una isla posada sobre el claro reflejo de la luna en el mar. La suave brisa del océano y el dulce calor del sol mantienen latiendo el corazón de sus habitantes. Estas son las historias que ahí se vivieron alguna vez hace no mucho tiempo. Kim Seungmin, un chico con una vida rutinaria, enviado a tomar unas vacaciones obligatorias en una isla paradisíaca. Hwang Hyunjin, un chico que huye de un pasado que lo atormenta, buscando un nuevo hogar entre las flores de primavera. ¿Qué pasa cuando un corazón terco se junta con uno temeroso?

Genre
Other/Romance
Author
Dawn
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Cuento 1 — Jardín de No me Olvides a las 3 de la mañana

Primavera.

Las sábanas aún picaban en sus extremidades con insistencia, la cama se sentía dura a comparación de su viejo colchón de departamento, y el incesante sonido del molesto reloj de pared no dejaba de hacer retumbar sus oídos a cada segundo que pasaba.

Altalune no era su hogar.

Resignado a pasar otra noche sin sueño, Seungmin se dispuso a colocarse las pantuflas y tomar sus llaves, las caminatas nocturnas no eran nada nuevo para él. Después de todo en una isla en medio del océano es muy poco probable que exista algún peligro mortal, y si la madre naturaleza quería reclamar su cuerpo él tampoco se opondría demasiado.

Cualquiera tendría miedo de salir de casa en mitad de la noche en un lugar tan amplio como ese, pero encontrar el camino de vuelta era sencillo gracias a los tramos de tierra seca que servían como guía para todos los habitantes. Recordaba haber visto al portavoz vecinal llevar una pala en mano mientras los iba cavando con un mapa cerca, demasiado ensimismado cómo para fijarse en el saludo que obtuvo de parte de Seungmin aquella mañana.

Ese portavoz, ¿cuál era su nombre? ¿Yang? ¿Gwan? ¿Hwang? Bingo.

Hwang era un chico aproximadamente de su misma edad, con rasgos finos en un rostro de muñeco y una complexión tan delgada que le hacía parecer un maniquí de algún aparador en la boutique más cara de Seúl. A simple vista no parecería que ese chico tuviera algún gusto por el trabajo manual, asimilándose más a esos idols que Seungmin veía día a día en las redes, víctimas de algún escandalo que pusiera de cabeza el mundo de la farándula.

Pero Hwang demostraba ser alguien completamente opuesto a su apariencia, siempre trabajando duro para hacer que la isla se viera habitable y que los demás vecinos se sintiesen cómodos en el exterior. Eran raros los días que Seungmin lo llegó a ver descansando, casi siempre acompañado de la pequeña Kyujin, quién lo obligaba a sentarse junto a ella bajo los árboles de cerezo para tomar baños de sol sobre una manta de picnic.

La tierra recién cavada a casa de Seungmin se sentía fría en sus pies, la suave brisa de la primavera nocturna mostrándose en contraste contra su rostro. El camino lo hizo pasar por las casas de los demás vecinos, notando como sus personalidades se veían plasmadas en las fachadas de cada casa. Kyujin tenía un jardín de rosas en varios colores junto a una pequeña fuente, la señorita Yoo consiguió hacer un jardín zen con ayuda de Hwang y el gruñón Park, este último solo tenía un cartel frente a su casa que ponía <<No pisar el césped>>, bastante apropiado para alguien como él. A lo lejos las casas de sus otros vecinos, la escritora Lee y el atlético Goo, compartían un espacio en común en el que habían puesto un lago para los patos que habían rescatado hace una semana.

La casa de Seungmin no era más que un bloque pintado de blanco con 3 habitaciones, y su fachada no pasaba de verse minimalista, con su única decoración siendo el cartel con su nombre fuera de su ventana. Kyujin se lo había regalado en su primer día en la isla, pidiéndole que lo pusiera en un lugar visible así todos sabrían cuál era su casa. Es su manera de darte la bienvenida, había dicho el viejo señor Park, dueño de la isla. Esperamos que pronto puedas decorar tu casa.

El camino se dividía en tres secciones a partir de la mitad de la zona residencial, Seungmin no lo pensó mucho y tomó el camino hacía la plaza principal, dejando detrás las casas tan decoradas y dando paso a los enormes abetos que crecían al norte de la isla. El silencio se veía interrumpido por el sonido de las cigarras y el chocar de las olas en el mar contra las rocas que rodeaban la isla, era difícil asimilar lo diferente que sonaba Altalune comparado con Seúl, sin los incesantes sonidos de coches que viajaban por una ciudad que no descansa.

La tierra bajo sus pies dejó de sentirse fría, el camino incompleto deteniéndose abruptamente en una zona poco arbolada. Seungmin tomó eso como una señal para regresar, quizá tomar otro tramo del sendero y terminar paseando por la orilla del mar contemplando el cielo lleno de estrellas. Pero una figura en el rabillo del ojo le tomó por sorpresa y lo llamó con curiosidad.

—Hwang, —le llamó, el chico levantó la mirada. —¿Qué estás haciendo?

Ambos se miraron entre sí, el chico estaba sentado sobre sus piernas dobladas, con un montón de herramientas esparcidas a su alrededor. Palas, algunos baldes, un montón de macetas y, sobre todo, un costal de tierra con fertilizante. Seungmin bajó la mirada hacía las manos del chico, llenas de heridas pequeñas en sus dedos, algunas cubiertas con curitas, otras parecían recién hechas.

—¿Jardinería…? —preguntó el contrario titubeando, como si él tampoco se creyera lo que decía.

—Son cerca de las tres de la mañana, —mencionó Seungmin. —¿Cuánto tiempo llevas aquí afuera sentado?

Era la primera vez que ambos tenían una conversación tan casual, anteriormente limitándose a hablar sobre las necesidades de Seungmin en su nueva estadía, además de preguntarle sobre las comodidades en su casa y otros temas referentes a su estancia en la isla. Sus charlas eran civiles y cortas, sin entrar en detalles sobre la vida del otro, con una aparente incomodidad rondando en el aire.

Hwang se había quedado callado, mirando frente a él sin un objetivo fijo, la mirada perdida mientras apretaba en sus manos la pequeña pala que había estado utilizando para plantar las flores. Seungmin no conocía mucho de floricultura, pero reconocía los pequeños brotes que estaban situados entre sus piernas.

—Llevo aquí un rato… —mencionó el contrario soltando la pala para sobar sus nudillos lastimados. —Creí, bueno, creí que podía hacerte un lugar que puedas disfrutar como tu hogar…

—¿A qué te refieres? —preguntó Seungmin casi en un susurro. Disfrutar como tu hogar. ¿Hwang estaba plantando flores para él?

—Sé lo difícil que pueden ser las primeras noches en la isla, —explicó el chico aún mirando la nada. —Te sientes confundido, asustado, cómo si hubieras perdido el control de tu vida por un segundo.

—El sonido del océano calma las penas, pero no se las lleva lejos, —continuó explicando, ahora con su mirada puesta en Seungmin. —No puedo traer la ciudad a la isla, pero puedo tratar de hacerte sentir bienvenido en ella.

El silencio volvió entre los dos, mientras se miraban a los ojos tratando de buscar respuestas en la mirada del otro. Este chico, a quien apenas conoce hace solo dos semanas, estaba tratando de hacerlo sentir bienvenido a la isla, aún cuando Seungmin era obligado por su jefe en la ciudad a pasar el tiempo en dicho lugar de manera forzosa y en contra de su voluntad.

—¿Por qué…? —murmuró Seungmin evitando la mirada del otro. —¿Por qué harías eso por mí? No somos más que un par de desconocidos.

—Kim… —Seungmin volteó a mirarlo. —Yo… no soy bueno con las palabras. Viviremos juntos en esta isla por un año, y la verdad es que me pareces alguien interesante. —Seungmin le miró incrédulo. —Lo digo en serio, —soltó una risita. — Todos vinimos a esta isla porque queríamos empezar de nuevo, conocer que hay más allá del horizonte. Tú llegaste aquí porque te obligaron a tomar unas vacaciones lejos del bullicio y las obligaciones de tu trabajo.

—Nunca había conocido a alguien como tú, —continuó explicando mientras miraba las flores. —Eres un enigma para todos, apenas hablas y siempre parece que estás molesto. —Se detuvo antes de poder terminar con su explicación. —Pero eso no me detiene, quiero conocerte, saber que pasa por tu cabeza cuando pones esa mirada. Quiero que me permitas ser tu amigo.

Un calor se instaló en el corazón de Seungmin, extendiéndose por todo su cuerpo hasta llegar a sus mejillas y orejas. Nadie se había tomado el tiempo para conocerlo, sus círculos cercanos siempre estaban llenos de gente egoísta que buscaba su propio beneficio, o gente desinteresada por los demás que solo buscan vivir sin que nadie los moleste. Y este chico, con su cara de muñeco y sus manos llenas de heridas por las espinas en las flores, este chico que apenas conocía hace un par de semanas, quería acercarse a él, conocerle, hacerlo sentir bienvenido en un lugar dónde Seungmin solo se sentía como un intruso.

¿Qué es este sentimiento?

Seungmin se acercó con cuidado a los arbustos, dejándose caer lentamente al lado del chico.

—No tenías porque plantarme un jardín de flores, —dijo tomando el pequeño brote de No me Olvides de entre las piernas del chico. —Sé que me tomará un tiempo, pero estoy seguro de que me acostumbraré a este sitio.

—No esperaba que esta isla fuera perfecta, así que no tienes porque esforzarte tanto solo por mí. —Tomó la pala y cavó un pequeño hoyo, plantando con cuidado las hermosas flores azules. —Tú compañía es más que suficiente para hacerme sentir como en casa.

Hwang lo miró como si cargara el universo en su aura, sus ojos tan cansados por las horas que pasó fuera en el jardín vecinal. Seungmin se levantó y le ofreció su mano, este negó con la cabeza.

—Todavía tengo que terminar de plantar estos brotes, —dijo señalando dos macetas pequeñas.

—¿Me prometes que te irás a dormir después de hacerlo? —preguntó Seungmin.

El contrario se quedó callado viéndolo, asintiendo con la cabeza de manera dubitativa.

—Lo creeré cuando lo vea.

Los brotes terminaron de ser plantados en menos de cinco minutos, Seungmin ayudó cargando algunos de los baldes mientras que Hwang llevaba las macetas, ambos caminando uno al lado del otro por el camino de tierra seca.

—Por cierto, —empezó Seungmin. —¿Por qué las No me Olvides?

—Cuando llegaste a la isla escuché a Kyujin preguntar por tu color favorito. Esas eran las únicas flores azules que pude encontrar con los gemelos. —Respondió el otro, avergonzado.

—Son muy bonitas, gracias… —se detuvo a pensar en lo que iba a decir. —Hyunjin.

—No hay de que, Seungmin.

Detrás de ambos chicos, un jardín de No me Olvides comenzaba a florecer bajo la luz de la luna.

Fin.