Armagedón
El destello de incontables bolas de fuego iluminó el atardecer rojizo que se reflejaba en el cielo y llenó de terror a quienes lo observaban, puesto que, a menos que sucediera algún milagro, eso solo podía significar que era su final.
Lejos de ser el único peligro, la tierra se abrió y cientos de vehículos, construcciones y personas cayeron al interior de esta. Inmediatamente, estampidas de gente confusa salieron a la calle en todas las direcciones en búsqueda de cualquier escondrijo seguro.
Todo mientras que un niño de unos ocho años observaba desde el balcón de su casa. Aunque, a diferencia de los demás, él y su familia no tenían miedo. Sabían lo que significaba: el Armagedón había llegado.
Su mamá lo agarró del brazo al mismo tiempo que su papá cargaba un pesado bolso de provisiones en cada mano y los guiaba a la puerta de salida. Aun así, ninguno de los tres demostró ninguna señal de miedo. Por el contrario, sentían felicidad.
Anduvieron por la calzada con rumbo al lugar donde sabían que estarían seguros y contemplaron emocionados cómo las iglesias de la ciudad ardían hasta los cimientos. Era otra señal del Armagedón: el final de las religiones falsas.
Finalmente, la pequeña familia divisó su objetivo: un local grande pintado de color crema y con un cartel de color azul pegado afuera, en el cual resaltaban dos consonantes escritas en blanco. Un jardín sencillo adornaba la parte de afuera y el portón estaba entreabierto para permitir que los miembros de aquel grupo religioso pudieran entrar a su sitio de reunión. Incluso varios ‘’hermanos’’ ya se encontraban allí dentro, contemplando fascinados el final de los mundanos.
Sin embargo, sus expresiones de admiración se desfiguraron cuando una bola de fuego impactó sobre el hasta entonces intacto salón de reuniones. Algo que debía ser imposible. Al fin y al cabo, solo las religiones falsas serían eliminadas y ellos pertenecían a la única verdadera. A menos que…
La semilla de la duda se sembró en la mente del niño, y este, al intercambiar miradas con sus padres, se dio cuenta de que no era el único. Tal vez, solo tal vez, le habían dedicado su vida a las doctrinas equivocadas. De no ser así, ¿por qué sus ‘’hermanos’’ se quemaban vivos frente a sus ojos?
Entre las nubes oscuras se abrió paso una intensa luz, acompañada del sonido de siete trompetas. Su padre dejó caer los bolsos atónito, su madre le soltó el brazo y él se limitó a orar en silencio. Esto no era lo que le habían enseñado. Los que debían morir eran los mundanos, no él. Tampoco su familia o sus ''hermanos''. Eso era lo que habían predicado por años y ahora que había llegado el momento de la verdad, los miembros de aquel culto se estaban tragando sus propias palabras.
Una silueta a caballo se manifestó a través de aquella luz y…
El niño sintió un codazo en el costado, y por instinto, dio un leve salto en la silla y la revista que sostenía se le cayó al suelo. Al agacharse para recogerla, se encontró con la mirada reprobatoria de sus padres y la de algunos curiosos a su alrededor.
Nuevamente se había quedado dormido durante el estudio de la biblia y había tenido aquella pesadilla que lo dejaba lleno de dudas. Pero, como era costumbre (y una orden directa de los dirigentes de la secta), se limitó a apartarlas, ignorarlas como si no existieran y hacer su mejor esfuerzo para fingir que prestaba atención a lo que escuchaba.
De no ser así, sabía lo que le esperaba: morir en el Armagedón.