Pomponcito ─ taekook 🐇(boypussy)

Summary

Koo, un híbrido de conejito que acaba de comenzar su período de madurez es cruelmente expulsado de la madriguera, deberá sobrevivir a la cruda realidad del sombrío bosque... ¿O a las afiladas garras de un enorme tigre que lo huele como potencial pareja? (!) Advertencias Boypussy (Koo tiene genitales femeninos) Sexo explícito. Dirty Talk. ⛔ESTADO: HISTORIA CANCELADA

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

Primero

¡🐇!

(inicialmente, están en su forma animal)



Aún dentro de la madriguera poco espaciosa, un revuelo parecía tener en estado de alerta a los más de ciento veinte conejos que allí habitaban, los olores desprendidos, gruñidos y chillidos denotaban lo que ocurría.

Un enfrentamiento.

O al menos podría denominarse uno si una de las partes tuviera derecho a defenderse, mas ese no era el caso, Koo estaba siendo acorralado injustamente entre más de diez conejos de gran tamaño.

─ ¡Lárgate! Es una orden. ─chilló la conejo matriarca, mostrándole sus afilados y alargados dientes.

Koo solo pudo mover su naricita de un lugar a otro, identificando el enojo y descontento de más de uno allí, aparentemente, era una decisión en conjunto.

─ P-pero yo... Yo-yo acabo de recolectar una bolsa entera de frutos y semillas... ─ balbuceó con demasiado miedo, con sus dos ojitos alerta─ ¿Hice algo mal?

Pronto se ganó el gruñido de varios de los que estaban acorrlándolo contra su espacio en la madriguera, que a diferencia de la del resto, era más como un hueco a penas lo suficientemente grande para su pequeño cuerpo.

─ Te lo he explicado antes, Jungkook. Es época de apareamiento y necesitamos más espacio en la madriguera ─la matrona bramó con enojo─ Tú solo estorbas.

─ No puedes quedarte por más tiempo, Jungkook ─está vez, uno de los machos intervino─ Eres el culpable de todas las desgracias en la madriguera y ya fuimos lo suficientemente amables contigo.

Koo sintió sus orejas retraerse en un sentimiento de rechazo, sabía que no tenía lugar en la madriguera, no desde que su madre murió, siendo él mismo la única cría que había logrado sobrevivir en todas sus camadas. Hyorim era recordada como una conejo maldita, nunca podía parir conejos sanos que aportaran a la madriguera, estaba tan desgastada que en su último intento murió con todas las crías que había dado a luz, para todos los conejos allí representaba una desgracia.

Decidieron cuidar del único conejo de la penúltima camada de Hyorim sólo porque alguien tendría que hacer las tareas más difíciles, sin embargo, ya no podían permitir que se quedara, no cuando espacio era lo que faltaba. Para ellos, Koo ni siquiera era apto para dar a luz, aparentemente no había madurado lo suficiente aún, eso o era igual de maldito que su madre.

Por otro lado, Koo no insistió más. Estaba cansado de hacer los trabajos sucios, recolectar raciones de comida más que la mayoría y con suerte alcanzar a probar un pequeño bocado, y ni hablar de los abusos, sabía que con el tiempo debía alcanzar su madurez para poder aparearse, pero eso dependía de su propio desarrollo, no de él mismo, algo que los machos de la madriguera no parecían comprender pues había sufrido de constantes abusos, en distintas ocasiones habían tratado de montarlo, recibiendo patadas y mordidas al intentar defenderse.

Recibió empujones y chillidos mientras trataba de abandonar la madriguera con la cabeza baja, parecía ser la burla de todos allí y aunque le hubiera gustado conservar su dignidad al salir de ese horrendo lugar, la verdad era que para cualquier animal, ser desterrado de su hogar era un proceso demasiado difícil de llevar por todo lo que ello conllevaba.

Ya no tenía una madriguera, y estaba propenso a las garras de cualquier bestia que quisiera cazarlo, porque sinceramente, los conejos eran los más vulnerables a ser atacados y devorados, eso era un hecho, jamás podría hacerle frente a cualquiera que se propusiera cenarlo.

Luego de ser echado a patadas - literalmente -, buscó alejarse lo más pronto y rápido que sus patas le permitieran, no había manera de mudar a su forma humana, porque no tenía energía para ello ¿era si quiera una coincidencia que lo echaran justo luego de que había pasado todo le día recolectando comida? No lo creía, el último rayo del sol se había escondido para cuando colocó todo lo que había juntado en el lugar destinado a los alimentos.

Por ende, estaba cansando, hambriento, vulnerable y sin hogar. Definitivamente sería un milagro pasar la noche.

Sus patas traseras cedieron al llegar a un arbusto mediano, básicamente se tiró en medio del mismo, su pequeño cuerpo resintiendo todo el trabajo pesado del día, así como su estómago no daba tregua al rugir por algo de alimento.

Sus largas orejas pronto cubrieron sus ojos en un instinto de autoconsuelo, tiritando de miedo y frío, solo esperando que la bestia que llegara a cazarlo lo matara lo más rápido posible, no sabía por cuánto tiempo estuvo buscando un lugar mínimamente aceptable, pero no valía la pena seguir buscando si de todas formas iban a atacarlo.

Olfateó el lugar, notando que de momento no había sido marcado por ningún otro animal, lo cual le entregaba una mínima calma a la que se aferró por unos instantes.

Con el pasar de las horas en vigilia se dio cuenta que no podía conciliar el sueño por mucho que lo Intentara, se encontraba tan quieto como una estatua, respirando lo mínimo posible para no mover las hojas, que el único ruido que emitía era el de su estómago protestando.

Pudo percibir movimiento a metros del arbusto, por fortuna lo suficientemente alejados de donde se encontraba como para que alguien captara su olor.

Todo iba tranquilo.

Casi cantó victoria al notar la posición de la luna indicando casi el fin de la primera mitad de la madrugada. Sin embargo, pronto unos fuertes gruñidos le alertaron de inmediato, provocando temblores en su cuerpo.

El estruendo era tal que podría asegurar que lo que sea que estaba ocurriendo sucedía justo en frente de él, se escuchaban pisadas con fuerza, piel siendo rasgada, aullidos de advertencia y empujones contra el suelo. Su gran olfato le permitió identificar con prontitud.

Hienas.

Esos animales carroñeros que vivían robando presas a otros depredadores o cazando animales pequeños por su parte.

Si sus temblores no le delataban, pronto sus feromonas lo harían, y el ganador de esa pelea le tendría de menú.

Sus orejas se erizaron cuando una de las hienas fue empujada con fuerza hacia su arbusto, cayendo a centímetros de él, tanto que pudo ver con detalle las enormes garras clavándose en la tierra.

Pronto el carroñero se levantó, demasiado enfocado en ganar esa campal batalla contra su compañero, fueron largos minutos de mordidas, rasguños y gruñidos que solo aterraban al conejito, quien desde luego no tenía escapatoria, porque en estas peleas el premio era la presa, quien era él, obviamente.

Finalmente, escuchó el fin de la pelea entre las hienas, con una de ellas huyendo rápido del lugar.

Todo su cuerpecito se erizó cuando los pasos del carroñero victorioso se aproximaron hacia su arbusto, olfateando con pesadez las proximidades al mismo.

Era su fin.

Chilló en alto cuando los afilados colmillos de la hiena tiraron salvajemente de una de sus patitas, al menos por la brutalidad con la que fue jaloneado, podría asegurar que los colmillos del carroñero lastimaron su piel superficialmente, sacándolo del arbusto a rastras para quedar frente a la misma.

Koo tembló al ver ese e rome hocico lleno de sangre y listo para devorarlo, la bestia parecía tomarse su tiempo olisqueando todo su cuerpo, quizá decidiendo que lugar morder primero, no lo sabía.

Una de las pesadas patas de la hiena apretó sobre su frágil estómago, sacándole chillidos, y recibiendo a cambio solo colmillos en su cuello que iban a perforar mortalmente en el lugar para darle fin.

Eso si un imponente rugido no hubiera interrumpido la cena del carroñero, que de inmediato lo empujó con fuerza hacia el arbusto para ocultarlo de su nuevo oponente, nuevamente el dolor punzante atravesó su pequeño cuerpo magullado.

Quizá la hiena no había utilizado toda su fuerza, pero Koo estaba herido en la pata, el estómago y parte del cuello, había algo de sangre brotando de su pata, pero aún no era lo suficientemente grave como para matarlo.

Más deseó haber estado muerto cuando vio la situación frente a él, un tigre el doble de grande que la hiena le gruñía con ferocidad, acercándose sin titubear.

¿Tanto valor tenía como presa? Estaba seguro que era demasiado pequeño como para alimentar a esas bestias, quizá había escasez. Incluso si intentara huir, con sólo estirar una de sus patas cualquiera de los depredadores le alcanzaría.

Trató de arrinconarse lo más que pudo al arbusto cuando el tigre saltó sobre la hiena luego de mostrarle sus colmillo, ambas bestias rodaron por el suelo dando zarpazos entre ellas.

Por obvias razones y como inteligente decisión, la hiena desistió del conejito con rapidez, por mucho que quisiera, no era oponente para el feroz tigre que estaba decididio a comerse a la presa por la que ya había arriesgado demasiado, misma que ni siquiera valía demasiado.

Pronto el tigre avanzó hacia él, sin vacilar, olfateando a su presa, Koo tembló, escondiéndose entre sus orejas.

Más el tigre solo lo observó cauteloso por lo que parecieron minutos, perfilándole por completo bajo esa sombría mirada, antes de aproximar su gran hocico hacia el conejo hecho bolita en el suelo.

Koo chilló cuando con sus fauces el tigre le empujó sobre la tierra, al parecer tratando de que le mostrara su cuello, típico en depredadores que buscaban matar directamente, no tuvo más remedio que dejarse caer boca arriba, descubriendo sus orejas y mostrándole el cuello para que el felino acabará rápido con él.

Sin embargo, este parecía estar burlándose de él, dando un par de vueltas a su al rededor, como si no estuviera lo suficientemente asustado y entregado a sus colmillos ya, pese a ello, no se movió ni un poco, esperando su voluntad.

Finalmente, el tigre se acercó hacia su cuello, olfateando todo lo que quiso, pasando por su pecho, su estómago, su vientre y no se detuvo para ir hacia su centro.

Kook abrió los ojos con más incertidumbre que terror cuando el tigre gruñó en alto en medio de él.

¿É-él estaba...?

Sus dudas se disiparon cuando un chillido se escapo de él pues el gran felino había hecho algo inesperado.

Su gran y rasposa lengua pasó lentamente por toda su vulva expuesta hacia él debido a la posición en la que se encontraban, enviando corrientes algo desconocidas para él y a la vez activando parte de su instinto.

Koo notó como de inmediato las pupilas del tigre se expandieron, luciendo incluso más hambriento que antes.

Pronto el tigre volvió a pasar su lengua por todo su coñito, arrancándole más chillidos, este parecía decidido a continuar con su tarea, o al menos así ocurría hasta que intentó adentrar su lengua causando un espasmo en el conejito que involuntariamente pateó al tigre en medio de sus ojos.

Este se alejó de inmediato de su agujero para gruñirle con ferocidad en la cara. Koo sólo pudo tratar de esconderse entre sus orejas, tiritando, demasiado confundido y algo acalorado ante las repentinas acciones de su depredador.

La imponente bestia pronto se alzó en sus cuatro patas, haciendo que el conejito se sintiera aún más insignificante a su lado, y contrario a lo que pensó, ese le agarró del cuello, pero no para dañarlo, sino que lo levantó entre sus fauces para comenzar su apresurado camino hacia quien sabe donde, desde luego muchas bestias se llevaba a sus presas a lugares escondidos para evitar el robo de carroñeros.

Koo observaba con atención y alerta durante el camino, rebotando de vez en cuando ante los saltos de un lugar a otro que el tigre debía dar.

Sencillamente, estaba entregado a su destino, no sabía si el felino hacía aquello con todas sus presas pero ya le daba igual, después de todo iba a ser devorado por la bestia y no tenía escapatoria, aunque a su parecer tranquilamente podría haberlo cenado de dos mordiscos en el arbusto.

Fueron cuestión de largos minutos cuando el tigre comenzó a detener su apresurado andar, adentrándose a zonas boscosas de un acceso difícil para cualquier otro animal, Koo entre tanto solo podía balancearse lo menos posibles entre las fauces del gran felino para evitar que sus grandes colmillos terminaran clavándose en su piel.

Un último y largo salto fue dado hasta una superficie algo escondida y oscura, al tigre se adentró hasta lo que el conejito reconoció como una cueva y finalmente lo soltó una vez que se adentraron unos metros en la misma, la bestia no pareció darse cuenta que al abrir su hocico Koo inmediatamente caería de bruces al suelo al tratarse de una altura considerable para el pequeño conejito.

Sin embargo, el pequeño animal cayó dormido sobre el montón de hojas en la cueva, el estrés al que fue sometido durante todo el día hizo que us cuerpo cediera, y el tigre esperaría para que ambos pudieran hablar en forma humana.

─ Descansa, pomponcito. Tendrás un largo día mañana.

Sin más, Taehyung dejó que el pequeño durmiera sin ninguna molestia.