Ojos de Brujas

All Rights Reserved ©

Summary

Cuento corto de terror de los Relatos Obscuros.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Ojos de Brujas.

Ojos de Brujas



La noche apenas estaba cayendo en aquella provincia cercana al bosque. Tereso Segovia, un niño de nueve años, necesitaba cazar algo para la cena, pues en todo el día lo único que había probado había sido una tortilla gruesa y rancia hecha de maíz medio molido. Pero era lo único que había en casa. Su madre, que había enviudado hace un año, se encontraba en circunstancias cada vez más difíciles, ya que tenía que criar ella sola a seis niños menores de trece años.

Tereso, siendo el hombre de la casa, ya que las dos mayores a él eran mujeres, quedaba a cargo de proveer lo que pudiera obtener del bosque para comer, así que esa noche tenía que conseguir al menos una liebre. Los jabalíes ya eran descartados, pues el señor Tovar, los había reclamado como suyos. Y si se daba cuenta que alguien más había matado uno aunque fuera por error, entonces él les quitaba el privilegio de cazar por los alrededores a la provincia.

El señor Tovar era como un jefe, pues sus huertos eran los más abundantes, además que la familia de este era de las más antiguas habitando esa región. Algo contrario a la familia de Tereso que había llegado sólo unos meses antes de la muerte de su padre. Ellos habían sido desterrados de otra región llamada Canoas, y de la cual el problema que surgió fue porque inculparon al padre de Tereso de robar unas cabras de la propiedad de la capilla. Aunque su padre siempre lo negó, el sacerdote encontró pruebas, pero la realidad es que ni siquiera Tereso sabía qué es lo que había pasado o porqué habían culpado a su padre de tal acto. Aunque también sabía que un hombre dedicado a la vida del señor, no debía mentir, así que se planteó que tal vez su padre lo hizo por algún buen motivo. Pero eso ya era cosa del pasado, ahora él tenía que enfocarse en entrar al bosque obscuro.


Tereso caminó con paso sigiloso, con la escopeta en manos y mirando a su alrededor. Sabía que cualquier ruido estrepitoso podría ahuyentar a una posible presa, y él no podía darse el lujo de tardar tanto en ese bosque, ya que la noche le imposibilitaría visualizar algo para matar.

Así que caminó y caminó, sentía que se alejaba más de los límites que él solía recorrer, pero es que en su desesperación por no llegar con las manos vacías a su hogar tomó valor para adentrarse más al bosque.

Un miedo empezó a apoderarse de él, parecía que las historias sobre el bosque cuando llegaba la noche y aparecían seres demoniacos, ya no eran simples cuentos. Aunque en su mente se preguntaba si recordar todas esas historias de terror eran a causa de encontrarse en medio de la noche, completamente solo en un inmenso bosque, que sólo el chirrido de grillos y algunas luciérnagas transitaban de vez en cuando es lo que lo mantenían tranquilo y cuerdo.

Sacudió su cabeza alejando tan traicioneros pensamientos que probablemente lo podrían poner a dudar en sí seguir o no.

De pronto escuchó el chillido de un cerdo.

«Tal vez es un jabalí» pensó muy entusiasmado.

Así que caminó más deprisa, su escopeta se movía de un lado a otro con cada paso animoso que daba, hasta que se detuvo de golpe. Algo muy extraño empezaba a divisarse, pues una especie de fogata iluminaba a unas personas que cantaban. Se acercó más y más, con cautela de no romper una rama que hiciera mucho ruido.

Cuando pudo ver bien de qué se trataba casi quería gritar, y entonces en ese momento recordó todas esas historia, todos esos relatos de los ancianos sobre el bosque y los seres que lo habitaban al llegar la noche.

Tereso se escondió entre unos árboles de troncos gruesos y montículos de tierra y arbustos. Sus ojos los abrió demasiado al ver a más de diez hermosas mujeres bailar desnudas al compás de una extraña melodía entonada por ellas mismas. Parecía tan placentero ese ritual alrededor de las llamas que se avivaban con cada voltereta de las bellas féminas. Sus pieles parecían de porcelana, tan blancas sin manchas de suciedad o rastros de algunas cicatriz.

Todo aquello parecía atrayente, así que Tereso siguió observando a las mujeres en cómo movían sus esculturales cuerpos que parecían trazados con un cincel de los mismísimos ángeles. Aunque ese pensamiento pronto se borraría. Pues un llorido captó su atención recordando al jabalí, sólo que este llorido más de cerca escuchado se podía saber bien cuál era su origen. «¡Un bebé!» pensó casi mordiéndose la lengua para no gritar. «¿Qué hace un bebé aquí?» se preguntó un poco temeroso a sabiendas que lo que se acercaba no era nada bueno.

Una mujer tomó al bebé de los pies y empezó a balancearlo, mientras reía las demás mujeres la incitaban a arrojárselos. Pero lo que alertó más a Tereso fue que una de esas atractivas mujeres desnudas llevaba una gran daga plateada.

El bebé pasaba de manos en manos, llorando con cada caída que tenía en los brazos de otra y otra mujer. De pronto la chica de la daga tomó al niño de un brazo y empezó a apuñalarlo. Rasgaba la pared abdominal de la pequeña víctima; la agilidad que tenía al destazar al pobre bebé era asombrosa. La sangre caía a chorros y, empezó un frenesí por parte de aquellas sádicas por querer bañarse entre la inocente vida que dejaba seco a aquel cuerpo pequeño e indefenso.

Los ahora ensangrentados cuerpos seguían danzando felices y extasiados. Después sacaban sus propios ojos y los colocaban en orden en unas mantas rojas, así ellas sabrían cuales eran los globos oculares de cada una, sin equivocarse.

Tereso miraba asombrado y horrorizado aquella escena trágica y escalofriante. Quería irse, pero el miedo lo había paralizado.

Una parte de él se sentía defraudado por no poder ayudar a aquella pequeña y frágil personita. Se sentía basura, se sentía asqueado, pero también sentía mucho, mucho miedo.

Las mujeres, que ahora sabía eran unas malditas brujas. Despegaron su vuelo en varas secas que se encontraban a su alrededor, usándolas de transporte para ir a hacer de las suyas a los demás habitantes de aldeas cercanas.

Nadie se había percatado del pequeño niño, y él aún estaba conmocionado por lo que sus ojos habían visto. Aunque...

Una idea cruzó por su cabeza, dándole la esperanza de mantener a salvo de esos seres a los demás habitantes y a los futuros bebés que nacerían. Así que sin más, se acercó al lugar donde segundos antes estaban las brujas. Buscó los ojos y tomó las mantas, se las llevó lejos de ahí, corrió a su casa y llegó casi quemando sus pulmones por el frío que predominaba en el bosque.

La hermana mayor del niño llamada Victoria lo vio llegar hiperventilando y, enseguida le preguntó qué es lo que tenía. Pero Tereso sólo quería contarle a su madre lo que había visto, también quería que le orientará en qué podrían hacer con los ojos de las brujas. Pero la madre de Tereso no estaba, ella lo había ido a buscar al pueblo, pensando que tal vez se había quedado con algún amigo. Así que no tuvo más remedio que decirle a Victoria sobre lo que traía en la manta roja.

Victoria al enterarse de eso se horrorizó, pero también se llenó de furia al saber lo del bebé. Ella no lo dudó y aconsejó a Tereso hervir los ojos. Él no preguntó el porqué de esa acción, sólo obedeció. Después entre los dos llevaron los ojos al lugar donde las brujas los habían acomodado.

Los hermanos se quedaron escondidos, esperando la llegada de las brujas y del sol, pues ya casi amanecía.

Las brujas empezaron a llegar, se veían apuradas, pues al parecer las leyendas decían que no podían estar en su forma original bajo la luz del sol.

Una bruja dijo al intentar introducir sus ojos a las cuencas de su rostro: «Estos no son mis ojos, ni estos, ni estos. ¡¿Dónde demonios están mis ojos?!» preguntó furiosa y desesperada. Después llegaron las demás brujas, también intentaron introducir los que deberían ser sus ojos, pero estos no entraban.

Pero lo que en realidad pasaba era que los ojos habían aumentado su tamaño al ser cocidos como huevos. Así que las brujas por más que intentarán probar con todos los ojos jamás entrarían.

La desesperación fue demasiada que empezaron a arañarse. Se pusieron muy agresivas, se dañaban tanto que incluso empezaron a morir.

¡Ellas mismas estaban acabando con su aquelarre!

Tereso y Victoria regresaron a su casa. Sabían que probablemente su madre estaría preocupada y también muy enojada con ellos. Pero estaban decididos a contarle todo.

El día transcurrió y su madre aún no volvía, ya que el pueblo al que había ido a buscar a Tereso quedaba un poco lejos, así que ellos decidieron ir a buscarla.

En su camino escucharon sobre la muerte de varias mujeres en un bosque.

Todos hablaban de lo trágico que había sido ese suceso.

«Si supieran lo que en verdad eran esos monstruos» pensó Tereso aún furioso.

Pero oh sorpresa se llevaron cuando un hombre los reconoció y les dio la lamentable noticia de que su madre había sido una de las mujeres muertas en aquel bosque.

Los dos hermanos corrieron desesperados, confirmaron que su madre estaba muerta, no tenía ojos y estaba desnuda. Sólo que su apariencia no era como la de una jovencita, pues ahora tenía la forma de la mujer que ellos llamaban mamá.

Tereso comprendió todo, miró a su hermana y esta con una mirada le indicó que se fueran.

Los hermanos Segovia nunca revelaron lo que en realidad pasó en ese bosque. Sólo aprendieron que jamás llegas a conocer totalmente a alguien, pues su madre era una bruja de aquel aquelarre que asesinaba bebés.

Así que sentían sentimientos encontrados, aunque sabían que lo que habían hecho había sido lo correcto.

Y así había sido, pues la verdadera culpable de robar esas cabras al pastor, y por lo cual habían juzgado como ladrón al padre de Tereso, en realidad había sido la madre de él. Ella necesitaba la sangre de esos animales para hacer un sacrificio de más inocentes niños. También había sido la culpable de la muerte del padre de Tereso, pues se decía que las brujas de día eran como unas mujeres ordinarias con familia y muy hogareñas, pero al llegar la noche en días de venerar al gran demonio, inducían a su familia en un sueño profundo y ellas salían a reunirse con su aquelarre, se quitaban los ojos que reflejaba tener una alma buena y que servía también para cubrir el verdadero vacío que habitaba en su corazón, para finalmente convertirse en mujeres hermosas que mataban, manipulaban y danzaban junto a su amo y señor.


___________________________________

Te espero en la obscuridad, dulce humano…