El canto de la valdivia

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Un breve recordatorio que las historias que narran nuestros abuelos tienen algo de verdad o quizás toda la verdad.

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1
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n/a
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16+

Capítulo 1

Capitulo Único


Estaba la noche tan oscura que si cerrabas los ojos no habría diferencia, el frío traspasaba las rendijas de la pared de caña de la habitación hasta el punto de alzar el toldo que me protegía de los mosquitos; esta noche me hace recordar cuando era una niña y vivía con mis papás y hermanos.

Era un tiempo tan loco en que todo lo que les decían a mis padres se lo creían y ellos nos lo enseñaban como si fuera regla de oro, le temían a todo. Eran muy supersticiosos y es entendible para la época en que pensaban que si decían el nombre del príncipe del infierno este aparecería.

De pequeña jugaba con mis hermanos a las escondidas, siempre me gustaba esconderme entre los árboles de tamarindo; corría por los matorrales y cabalgaba a caballo hasta llegar a una albarrada para que tomara agua, ellos siempre me acompañaban porque algún animal podría atacarme, nos divertíamos mucho, hasta que mis papás nos lo prohibieron por miedo a que el duende me secuestrará por mi cabello largo y negro. Ese era su favorito, niñas con cabello y uñas largas se las llevaban y nunca volvían.

Nunca conocí a nadie quien se hubiera llevado, pero mi abuelo siempre conoció a la hija o la prima de su compadre a la que el duende había secuestrado; llevándola a su cueva para nunca más ser vista, incluso nos decía que cuando comenzaba a perseguir a una chica los padres de esta, la hacían casar para que no la moleste.

Casi siempre funcionaba, aquellas chicas no querían casarse todavía y no eran felices, pero eran obligadas y no había nada que pudieran hacer, mis padres preferían prevenir antes que lamentar.

Mi abuela cuando cocinaba en su horno de leña le gustaba contarnos sobre el abuelo y ella cuando eran jóvenes, de cómo todos les temían a él y a los hombres de su familia cuando llegaban a un baile gritaban: “Ya vienen los Rodríguez’’ eran temidos y respetados, en sus caballos engalanados con sus sombreros de paja toquilla, sus trajes blancos, pañuelos rojos que rodeaban sus cuellos y su machete amarrado a la cintura, mi abuelo era el menor le decían el niño aún así era respetado como sus hermanos mayores.

Nos dijo que sus padres, por miedo a que el duende se la llevara por su belleza y hermoso cabello largo y negro la hicieron casar con mi abuelo, sabían que él la cuidaría. Así lo hizo por más de sesenta años, mi abuelo la cuido, le dio todo lo que mi abuela quiso, la hizo feliz, se notaba en el brillo de su mirada al contarnos.

Mis tíos se sabían de memoria las historias de los abuelos, pero aun así las escuchaban cuando mi abuelo se sentaba en su hamaca y comenzaba a narrarlos y la que más repetía era la del ser verde y pequeño que aterrorizaba a las mujeres.

Esa no era la única historia que mi abuelo nos contaba, a veces lo escuchaba cuando estaba borracho con caña manabita o currincho, se sentaba en su petate. Hablaba de como conoció a un caballero con traje y sombrero montado en su caballo negro que relinchaba tan fuerte que hacía chillar a los perros de miedo; decía que era muy educado.

Siempre pedía indicaciones cuando aparecía, según el mito él daba trabajo ofreciendo una gran riqueza de oro, mi abuelo era muy valiente cuando se negaba, nunca le temió que se enojara por negarse, al menos eso es lo que decía.

Sabía cuándo estaba cerca, podía escuchar el sonido de las espuelas de sus botas, chocar con los estribos de la montura a lo lejos como un eco interminable. Su piel se ponía como la de una gallina y el ya conocido canto de la valdivia que anunciaba que la maldad se acercaba, justamente como esa noche muy parecida a esta en la que nos quedamos solos en casa.

Mi abuelo había muerto a inicios de la semana; ese día, cuando el sol salió junto al canto del gallo, la valdivia lo acompañó y canto todo el día hasta él atardecer como lo había hecho días atrás, encontraron a mi abuelo muerto con su machete en mano y con el caballo a su lado.

Se había caído del animal, tal vez se asustó, nadie sabe, solamente que mi abuela estaba preocupada y mandó a uno de mis tíos a buscarlo, él sé encontraba en su plantación de maíz. Había dicho que quería comer tortilla de maíz y fue a recoger algunas mazorcas para que mi abuela sé las hiciera, era lo que más le gustaba eso y las tongas de pollo que hacía mi abuela; pero nunca llegó a probar lo que se le había antojado, la muerte le gano o mejor dicho la muerte lo alcanzó.

Apenas lo encontraron la valdivia dejó de cantar, todo se quedó en completo silencio ni un grillo se escuchaba. Era como si el mundo se había puesto en pausa, mi madre lloro toda la noche por su papá, apenas paso nos vistieron de negro y taparon los espejos, era otra de las creencias que tenían.

Mis padres fueron a su velorio, era la última noche y se quedarían hasta la madrugada. Fuimos a las siete noches correspondiente de duelo, pero nos íbamos después de comer las roscas con café que servían; por eso no nos llevaron ni mis hermanos ni a mí porque nos quedamos dormidos, era difícil para ellos cargar con ocho niños dormidos en caballo.

No había luna, ni estrellas, era como si un manto oscuro cubriera el cielo, llevaba tres días cantando anunció la muerte de mi abuelo, siempre lo hacía, nunca fallaba. Pocas veces nos dejaban solos, mi madre siempre nos cuidaba de que cualquier ser maligno de la noche que nos podría llevar.

Ellos se fueron antes del anochecer, ya habían dejado las lámparas prendidas con kerosene para que nosotros no lo hagamos porque si no, nos quemaremos, lo sabemos bien por la marca que tiene mi hermano mayor que le rodeaba toda la espalda.

Trate de agarrar unos obos que habían madurado justo al lado de la azotea, únicamente con estirar la mano podía agarrarlos, al menos eso pensaba, pero no los alcanzaba, mi hermano mayor me ayudó a agarrarlos, mientras yo tenía un matiancho lleno de agua para lavarlos. Apenas había anochecido, no tenía miedo porque mis hermanos estaban.

Tendríamos que haber dormido a las seis, pero no teníamos sueño, ya era de noche y habíamos terminado de comer los obos cuando un frío helado nos erizó la piel, abrace a mi hermana pequeña, pero aun así el frío no se iba, pensamos en arroparnos con una colcha gruesa. Nuestra casa de caña y techo de cade era muy fresca para esa noche helada.

Lo que más aterró a mis hermanos y a mí, fue el canto, era diferente. Ya no decía su singular *al hueco va*, sino que se escuchaba parecido al llanto de un bebe, no conocíamos a nadie que estuviera a punto de parir para que cante eso. Mi hermano mayor trató de hacer bromas para distraernos, pero fue en vano, ya habíamos comenzado a escuchar las espuelas, chocar con los estribos de la montura y el galopar del caballo.

Cada vez estaba más cerca, tratamos de escondernos debajo de la colcha como si eso nos podría ayudar; la valdivia cantaba cada vez más fuerte, era casi insoportable de escuchar hasta que se calló rotundamente, eso fue peor, el viento comenzó a soplar más fuerte el relinchar del caballo se escuchaba enfrente de nuestra casa.

Tratamos de quedarnos quietos, pero también teníamos curiosidad con cuidado, nos levantamos de la cama y caminamos de puntillas a la sala, desde ahí se podía ver por las rendijas de la pared.

Mis demás hermanos nos seguían en silencio, como pudimos nos acomodamos en una sacas de maní para que no nos pudiera ver desde afuera, con mucho miedo lo pudimos ver montado en su caballo con un gran sombrero que no dejaba ver el rostro y su traje elegante sin arrugar.

Como si nos sintiera su caballo comenzó a relinchar parándose en sus dos patas traseras sin parar. Con miedo, trate de alejarme, pero no pude, era como si estuviera pegada en la saca; miré aterrorizada a mi hermana, a mi lado, está aferrada a mi vestido de dormir, no se movía, al otro lado mi hermano no se movía estaba congelado giré para ver a mis demás hermanos y estaban igual su mirada estaba clavada a aquel ser de afuera.

El caballo se calmó después que su jinete le palmeaba la cabeza, con cuidado bajó de él y lo amarró a un árbol de algarrobo. Se tomó su tiempo para caminar en dirección de nuestra casa, estaba vestido completamente de negro hasta su sobrero lo era, cuando llego hasta la higuerilla que estaban puestas para secarse cuando salga el sol; se quitó su sombrero y nos dio una terrorífica sonrisa con un diente de oro brillante.

No decía nada, solo se quedó ahí parado como esperando a alguien, cuando pasó mucho tiempo. Cuando nadie llegó comenzó a rodear la casa, quería gritar fuerte, un nudo se formó en mi garganta, comenzaba a sudar frío, mis piernas flaqueaban, pero aun así no podía moverme, quería llorar y estaba muy segura que mis hermanos también.

Comenzó a caminar más rápido alrededor de la casa, era insoportable, de pronto se asomó por las rendijas en la que estábamos viendo, todos dimos un fuerte grito llorando por temor a que nos llevará con él. Él reía fuerte como si le divirtiera nuestro miedo, estábamos en el piso de tablas de madera llorando muy fuerte, su risa se escuchaba cada vez más cerca, de pronto comenzó a alejarse cuando se escuchó unas pisadas, era como las de mi abuelo arrastrando siempre su pierna derecha.

Con mucho temor vimos a nuestro abuelo enfrente de aquel hombre con su machete en mano enfrente de nuestra casa, no hablaba, solo movía su mano alejando a aquel ser de nosotros. El hombre subió a su caballo y le hizo una seña a nuestro abuelo para que lo siguiera, él asintió, giró hacia nosotros dándonos una gran sonrisa despidiéndose.

Antes de irse el caballo rodeo nuestra casa relinchando fuerte cogió rumbo hacia los platanales con mi abuelo caminando a su lado con su sombrero viejo de paja toquilla, el machete amarrado a su cintura y su ropa de trabajar en el desmonte, con la valdivia cantando hasta que desapareció y con el frío.

No dormimos esa noche por miedo a que aquel hombre regresara, mi pequeña hermana lloró toda la noche, no podíamos calmarla, mi hermano mayor nos cuidó hasta el amanecer que nuestros padres llegaron, por alguna razón cuando intentamos decirles lo que paso no podíamos recordarlo muchas veces lo intentamos, pero se nos hizo imposible.

Esa noche es muy clara para mí, más ahora que la valdivia vuelve a cantar reclamando mi alma para llevarla junto a mis hermanos, padres y abuelos que ya me esperan para al fin descansar en paz. No lloren por mí, mis niños, yo estaré feliz al fin.