PRÓLOGO
LA LLAMADA DEL VIENTO: Año del Eclipse.
El hecho de que no hubiera respuesta a la pregunta que gritó: “¿Por qué sufro?“, el hombre, el animal más valiente y más propenso a sufrir, no niega el sufrimiento como tal: lo desea, incluso lo busca, siempre que se le muestre un significado para ello, un propósito del sufrimiento.
Quizás sea nuestro deber seguir sufriendo. Quizás ese sea el sentido de la vida.
Kai abrió los ojos, se levantó y miró a su alrededor. La alta y verde hierba que cubría el campo hace mucho tiempo ha sido reducida a cenizas. Solo eso y los cadáveres adornaban el sangriento y devastado campo de batalla. El suelo, calcinado, estaba iluminado parcialmente por restos brillantes del carbón quemado, aún candente en el suelo.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Unas horas? El joven levantó la vista y observó el anillo de fuego que había en el cielo: el eclipse.
Cuando el planeta Tekk bloquea a la luz de la estrella medio año en Nivara, sumiendo al planeta en oscuridad, de la cual surgen Ellos.
—Lo sabíamos desde el siglo pasado, maldita sea, ¿no nos hemos preparado lo suficiente? —dijo una voz lejana—. Está delirando… sufre… delirios —dijo otra voz más aguda, interponiéndose a la que sonaba anteriormente—. Flor… de salvia azul… hervida… y alcohol.
Miró confundido a los lados. No es el viento… ¿de dónde vienen esas voces?
Kai se abrió paso entre los cadáveres y miró a lo lejos el pequeño pueblo que había pegado a la falda de la montaña, tras el valle. Vio con perplejidad como altas y feroces sombras se alzaron del suelo, eran más oscuras que la misma negrura del Eclipse. Estas se dirigieron hacia la las llamas que iluminaban el pueblo y los gritos de horror que lo avivaban en sus últimos momentos. Los Caminantes del Vacío se dirigían hacia ahí tambaleándose y quemando la tierra a su paso. Kai tuvo ganas de correr e impedirlo pero el muchacho se paralizó por el miedo y en ese preciso instante, todos los monstruos se giraron lentamente y a la vez, como si lo pudiesen ver.
Las oscuras amalgamas cubiertas de piedra fundida a modo de armadura permanecieron quietas. Los negros cuerpos se tambaleaban levemente en el sitio como si su cuerpo fuese gelatinoso: parecían estar alerta, como si percibiesen algo.
El muchacho comenzó a temblar, el corazón le salió del pecho cuando aquellas bestias corrieron hacia él en formas desproporcionadas, triplicando su tamaño. Se deslizaron por el suelo, dejando calcinada la poca vegetación que quedaba viva. Se lanzaron hacia el muchacho impulsándose desde las ardientes cenizas.
No pudo moverse y entonces…
«Busca a tu hermano», escuchó en el viento.
Sonaron las trompetas de guerra, altas y entonadas como si los cielos gritasen el nombre de todos los vientos a la vez. Kai era atractivo y joven, con la cara afilada pero cubierta de algunas cicatrices, varias de las cuales permanecían tapadas por su abarrotado y despeinado pelo negro.
El chico se despertó en cuanto escuchó el estruendoso ruido pero apenas pudo moverse por la multitud de heridas que tenía. Su ojo izquierdo estaba vendado, tenía la frente perlada de frío sudor y el pecho le dolía tanto como si cien pequeñas agujas se clavasen ahí mismo, siguiendo el ritmo de sus latidos y notó de inmediato un ardiente escozor en la planta de los pies: quemaduras bajo las vendas. Pudo sentir como sus latidos se concentraban en ese mismo sitio de dolor. Pero aún con todo ello, el joven se incorporó de inmediato al escuchar las majestuosas trompetas, como si aquel acribillante ruido despertara algo en su subconsciente.
—¿Estimado? —escuchó la sorprendida voz de un niño a su lado y se giró de inmediato, viendo al pequeño rubio de ojos azules que sostenía una brillante y azul planta en sus temblantes manos. Los demás niños, que atendían al resto de agonizantes heridos en la campaña dándoles el mismo analgésico, se giraron, atónitos—. Creíamos que usted no lo lograría…
—Mi hermano. ¿Dónde está mi hermano?
—Su hermano... —el crío se echó para atrás, temblante—. El Estimado Khalhen… —el niño se giró y miró por la campaña como buscando las miradas de los demás, sin saber qué contestarle.
El muchacho, despertado y confundido miró también por la campaña cubierta de malheridos, pensando que su hermano estaría por ahí; el fuerte y cargado olor impregnado a velas derretidas y flores medicinales le atravesó las entrañas. Buscó a su hermano con la mirada y al no verlo, alzó la voz, desesperado:
—¿Khal? —exclamó el joven, despertando a muchos de los heridos moribundos y se levantó de inmediato de la cama, cubierto en vendas—. ¡Khal! —gritó y se echó para atrás, tambaleándose por el punzante dolor en el pecho—. ¿Entonces no está aquí? —preguntó, jadeante.
—No… no está…
El muchacho salió corriendo de la campaña, dejando atrás al niño que balbuceó algo ininteligible a los oídos del joven, taponados por sangre o quizás tierra calcinada. Salió y se encontró a muchos soldados corriendo de un lado a otro sin descanso. Nadie lo saludaba: no había tiempo para ello.
El joven se abrió paso entre la multitud con los brazos y manos vendadas y se asomó en más de un refugio que tenía heridos del campamento. Había más personas dentro de las negras tiendas de campaña (heridos) que fuera de las mismas.
Estando en el exterior a uno le costaba respirar ese concentrado olor: el olor a guerra.
Sí. La guerra tiene un olor propio, un olor que solo es de ella. Es una desagradable mezcla entre el peste a carne podrida y a restos viejos quemados. El joven olvidó el dolor en el momento que inspiró el aire impregnado de aquel hedor. Pasó cerca de unas cuantas tiendas de campaña y escuchó gritos de dolor, plegarias, armas resonando, el tintineo de las armaduras de los soldados que corrían fuera… todo en una mezcla de ruidos inconsistentes.
Llegó hasta una campaña militar de color amarillento claro: antes era blanca. Los dos guardias que siempre hubo delante de la amarillento refugio militar ya no estaban. El joven entró sin pensárselo dos veces y visualizó de inmediato a tres personas vestidas en relucientes armaduras doradas reunidas ante una circular mesa de piedra. Al lado izquierdo, una joven y delgada pero fornida mujer yacía sentada con las manos en la cabeza; parecía a punto de perder los estribos. En el medio, un hombre alto y robusto, con una expresión cansada. Al lado derecho, otro hombre que parecía más cuidado y joven que el anterior, tenía una mueca y chasqueaba con los dientes frenéticamente.
—Padre —dijo el muchacho y apretó los dientes para aguantar el abrasador dolor de sus pies.
Las tres personas presentes lo miraron. Cada uno de forma distinta.
El hombre al cual se dirigía, situado en medio de la mesa, de escasa barba, prominente y afilado rostro acompañada de una dura y agotada mirada se giró hacia él con una expresión un tanto sombría pero esperanzado al mismo tiempo.
La joven mujer que yacía sentada se giró también y esbozó una prominente y bonita sonrisa.
—¡Kai, hermano, has despertado...! —la joven se levantó poco a poco y dejó caer su espada negra que golpeó secamente contra la tierra—. Kai… —lo abrazó fuertemente, temblando.
Su voz se quebró y la máscara de seguridad y control de ella se quebrantó en mil pedazos en ese preciso momento.
—Tranquila… —le dijo el joven y correspondió al abrazo, a la vez que intentó permanecer en calma él mismo al verla así: Era la primera vez que la veía llorar.
Sin duda alguna todo esto la superaba mentalmente, sin embargo, quién podía culparla: ninguno de ellos nació preparado para esto.
El otro hombre que no era su padre, sino su tío, dejó de chasquear con los dientes y le dirigió un breve y despreocupado saludo con la cabeza y el joven saludó de vuelta, cortante y con el mismo gesto.
—No puedo más, Kai… —le susurró la chica, aún sin separarse de él, escondiendo su lloroso rostro—. Han pasado casi setenta días y solo vamos perdiendo... ¡Maldita sea! —exclamó y se separó de su pecho.
La joven se dirigió hacia la mesa, acto seguido la golpeó con rabia y Kai dio un leve respingo hacia atrás; el golpe que dio la chica quebró aún más la piedra de la cual estaba hecha la mesa, quizás para resistir ocasiones de desbocante furia como estas. Los otros dos hombres no se inmutaron ante el golpe: quizás intentaron tener la mente fría o puede que ya se acostumbraron.
—¡Hemos predicho el desdichado eclipse hace casi cincuenta años y sin embargo, no estamos lo suficientemente preparados como para afrontarlo! —exclamó ella, histérica cogiendo otra copa que olía fuertemente a hierbas tranquilizantes—. No… en realidad nunca estuvimos preparados: No podemos luchar contra lo desconocido…
El anillo dorado de su dedo, perteneciente a su vendada y temblante mano, tintineó una y otra vez entre las finas vendas por chocarse con el vaso de cristal repleto de hierbas que ella sostenía.
—Iahsiel, deberías retirarte para despejar la mente mientras discutimos nuestra nueva estrategia; también debo de discutir un asunto con tu hermano. ¿De acuerdo? —dijo su padre y puso una mano en su hombro la cual ella apartó súbitamente y se retiró del campamento en silencio, con el temblante vaso en la mano.
Los tres hombres se quedaron solos en silencio, el cual fue roto por Kai una vez más.
—Padre, ¿dónde…?
—Kai —Lo interrumpió con su ronca, grave y cansada voz—, no sé qué hacer... —dijo el hombre poniendo los dedos en la sien—. Estamos intentando pensar en algo... Debe haber alguna solución. No nos podemos permitir otra retirada —dijo, suspirando pesadamente como si le costase respirar—. Necesitamos otra estrategia. Podrías ayudarnos en la labor ya que Iahsiel… ella parece estar fuera de sí.
El hombre parecía mentalmente agotado, en cambio el otro no parecía muy cansado, sino desesperado.
O incluso asustado.
—Sería un honor ayudaros en algo, padre —dijo Kai—, pero primero debo de saber dónde está Khal —instó—. Lo último que vi es…
—Probablemente esté muerto —dijo súbitamente su tío sin despecho alguno y su padre cerró los ojos con fuerza ante tal afirmación—, aunque no lo hemos encontrado, quizás aún sigue varado en algún lugar del Valle de Ashar.
Tras escuchar esas palabras, Kai salió corriendo de la campaña.
—¡Kai, espera, no vayas! —escuchó a su padre pero no se inmutó—. ¡Kai, por favor!
Se coló entre los soldados que se estaban preparando para luchar y cogió provisiones, una espada del aserradero y se puso la mínima armadura posible pero necesaria para así poder correr pero no estar desprotegido del todo.
Bajó la cuesta lo más rápido que pudo cuando ya estaba abajo del todo, en la falda de la majestuosa montaña, alzó la vista. La bandera blanca y roja se mecía en el campamento, parecía diminuta desde ahí abajo.
Corrió sin parar hasta que llegó al río donde ya empezó a ver cadáveres arrastrados por la desbocante corriente teñida de un color rojizo.
—¿Khal? —llamó—. ¿¡Khal!?
El eco de su voz resonaba por el rocoso y oscuro valle de la montaña, iluminado mínimamente solo por el fino anillo de fuego del eclipse. Por el camino había demasiados heridos, aún vivos: unos susurraban plegarias, otros hablaban con ellos mismos en voz alta, otros tantos gritaban por ayuda o por dolor de las quemaduras. El Valle, en un oscuro sentido de la palabra, estaba vivo.
Sin embargo, entre todas esas incesantes voces y gritos de agonía, la de Kai sobresalía en frustración, impaciencia, tristeza, cólera y en… miedo.
El viento sopló, retrayendo algunas de las lejanas voces y de repente:
—¿Kai...? —preguntó una voz lejana, llevada hasta él por el viento.
El muchacho se paró en medio del paisaje desterrado de vida.
—¡¿Khal?! —gritó más alto aún y tosió, tambaleándose pero mantuvo el equilibrio. Algunas de sus ensangrentadas vendas se estaban desatando, dejando sus profundas y graves heridas quemadas a la vista.
—Pozo… —Una misma palabra resonó por el viento—. Abajo… de la colina...
Kai corrió hacia la dirección del viento que transportaba las palabras de un lado a otro. Tras pararse en una pequeña colina, divisó un diminuto pozo de piedra y ahí una armadura reluciente al anillo del eclipse.
Corrió al pozo de piedra y encontró a un muchacho de ojos grises y pelo negro ensangrentado, cara redonda y parecía tener menos edad que Kai, hasta se le notaba en la suave voz.
—¡Hermano! —exclamó Kai y lo ayudó a levantarse.
—¿Kai...? —Sus ojos se iluminaron—. Has venido… —El viento sopló sus palabras, haciéndolas más fuertes—. Gracias... —el moribundo muchacho no podía estar de pie.
Tenía dos enormes quemaduras: una en la pierna que le no le permitía caminar y otra en el pecho; el pequeño muchacho se tambaleaba al intentar estar de pie y respirar.
—Espera, no te muevas —le dijo Kai, ayudándolo a sentarse pero el chico se caía dormido: perdía la consciencia por minutos.
—Ya vienen… —dijo el pequeño muchacho, temblando de frío—. Los puedo sentir, Kai, Ellos ya están aquí —afirmó antes de perder la consciencia.
—¿¡Khal!? ¡Despierta, Khal! —le comprobó el pulso—. Está teniendo alucinaciones… —se dijo a sí mismo, colocando al pequeño muchacho en sus vendados brazos.
El viento arrasó con más adoloridas voces, plegarias, gemidos, quejas, murmullos y… no. Aquello no eran alucinaciones de su moribundo hermano. Kai lo supo de inmediato cuando los demás heridos dispersos por el valle comenzaron a gritar infundados por puro terror: Ellos vienen.
Kai, ayudándose de los dientes, arrancó algunas de las vendas que permanecían arriba de sus heridas, sin tocarlas a pelo y le vendó las quemaduras graves a su hermano, que seguía inconsciente.
Tras eso, el muchacho salió de la calcinada planicie llevando a su hermano en brazos.
Los gritos se hacían más fuertes a medida que iba avanzando y delante suya comenzaron a formarse patrones de sombra horribles, de deformes criaturas que doblaban e incluso triplicaban su tamaño: salían del suelo. No tenían ojos, ni tampoco oídos. La piedra se les adhería y al derretirse por el calor de su piel, formaba una especie de armadura con todo ello, caminaron abrasando toda la tierra o hierba que había a su paso, dejándolo todo calcinado, inerte.
Ellos eran los Caminantes del vacío.
Incitaron al miedo con su presencia: los moribundos heridos comenzaron a gritar horrorizados al ver como los monstruos de formas y tamaños humanamente incomprensibles se les acercaban cada vez más y estos, sin tener el sentido de vista ni de oído, se giraban y los aniquilaban uno a uno sin fallo, saltando por los cadáveres como si fueran trampolines y metiendo sus candentes garras en el pecho de los agonizantes.
Las criaturas se dedicaban a apagar los gritos de los hombres uno a uno.
Ellos no vieron a Kai, sin embargo, lo sintieron.
El muchacho, con su hermano en brazos, se paró a unos cuantos metros de Ellos: le cortaban el paso.
«¿Y ahora qué…? Estamos rodeados», pensó el joven, tambaleándose. Ya veía borroso: era una consecuencia por la paulatina pérdida de sangre por sus heridas abiertas.
Lo poco que quedaba de la dorada armadura de Khal relucía en la noche ante el anillo del eclipse y las vendas desatadas de Kai se mecían extrañamente triunfantes con el paso del Viento, que pronunció en alto las siguientes palabras:
«¿Qué es lo que diferencia a los que triunfan de los que están destinados al fracaso?».
El muchacho se tambaleó con su hermano en brazos al ver a los Caminantes a unos cuantos metros de él y sin embargo, no paró de andar con su frente perlada en sudor y sangre.
«¿A los que tienen fe de los que no la necesitan?».
Los agónicos gritos se iban haciendo más altos y claros a medida que el joven se iba acercando a las criaturas.
«¿A los que son débiles de los que no quieren seguir siéndolo?
Kai pasó y miró al alto y robusto monstruo que acuchillaba a uno de los hombres que agonizó de dolor por una última vez.
«¿A los que son monstruos de los que son humanos?».
El rocoso Caminante se giró hacia Kai al terminar su trabajo, como si lo sintiese cerca y el muchacho se paró y lo miró con condescendencia.
Kai también lo sintió: el monstruo desprendía calor y un particular olor a piedra abrasada.
«El miedo».
Kai levantó la mirada hacia las calientes sombras que se alzaron ante él, tambaleantes de formas y tamaño inhumanas.
«Unos lo tienen».
—Fuera de mi camino —El viento amplió sus determinadas palabras.
«Y otros lo infunden».
El viento cesó y los monstruos se apartaron del camino de Kai.
El joven, portando dos corazones latentes consigo, uno en el pecho y otro en sus brazos, pasó entre la abrasadora tierra que dejaban atrás suya los Caminantes y salió del ya silencioso y muerto Valle.