Resplandor

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Summary

Alyssa, sus hermanos, y su mejor amigo —por el cual siente más de lo que debería— se verán envueltos en misterios que van más allá de sus imaginaciones cuando intenten graduarse del colegio universitario para hechiceros al que asisten. *** La era de la oscuridad ha llegado para los magos. Después de la etapa dorada en la que su especie dominó el mundo sobrenatural, la temida “luna roja” está a punto de llegar, y con ella el caos reinará. Aunque algunos solo piensen en dicho fenómeno como una simple superstición, lo cierto es que conforme se acerca la fecha, las comunidades se agitan. Pactos milenarios llegarán a romperse. Especies distinguidas por sus habilidades sentirán el peligro que constituye ser extraordinario. Al mismo tiempo que su mundo se destruye en amargo silencio, los jóvenes hechiceros deberán lidiar con los problemas típicos de su edad. Entregar trabajos, estudiar y aprobar exámenes. Romances y desamores. Visitas a bares con bebidas prohibidas y compañías no recomendables. Antes de que el fuego los abrace, el resplandor aparecerá para alertarlos.

Status
Complete
Chapters
31
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

Alyssa escuchó la voz de su madre llamándola y abrió la puerta de su habitación, lista para bajar las escaleras. Después de la última travesura que ella y su hermano mayor habían llevado a cabo, no convenía hacer que se enojase esperando. Cerró su libro de hechizos básicos con un suspiro y recogió su largo cabello en una coleta. En el camino al comedor se encontró con Allen, principal promotor de la aventura pasada. El chico le sonrió con una mezcla de diversión y miedo, a lo cual ella no pudo evitar responder con una risilla. Siempre era así, uno de los chicos inventaba alguna tontería, y detrás iba ella a seguirles la corriente. Aunque a veces se veía envuelta en problemas por el simple hecho de intentar detenerlos. El presente caso, sin embargo, no era un ejemplo de esas veces.

Bajaban las escaleras cuando Adrien salió de su habitación. Ambos se detuvieron a esperarlo, y en apenas dos segundos estuvo junto a ellos. El joven pasó un brazo por encima de los hombros de sus dos hermanos menores y sonrió también. Se parecían tanto que perturbaba. Si había algo que distinguía a los Bradford era el extraño color de cabello que tenían. Los cuatro hijos habían heredado las hebras grises de su padre. La tonalidad no existía de manera natural entre los humanos, y en la comunidad mágica a la que pertenecían no era habitual encontrarla. Mucho se murmuraba sobre ellos, alegando que pertenecían a un viejo clan de hechiceros con conexión ancestral con la luna.

—Escuché sobre lo que hicieron —comentó Adrien—. ¿Cómo se te ocurre, pedazo de idiota?

—¡Eh! —reclamó Allen— Alyssa estaba conmigo. ¿No le dices nada?

—Aly no es idiota. Es divertida, hay una diferencia. Además, apuesto a que la idea fue tuya. Y apuesto a que mamá no te dejará salir esta noche.

La chica rio. Ver cómo Adrien molestaba a Allen era una de sus cosas favoritas en la vida. Después de la sonrisa de Nathan, por supuesto.

Llegaron al comedor con los rostros serios. Su madre debía creerse que estaban arrepentidos de lo que habían hecho, de otro modo el castigo les duraría hasta que se acabaran las vacaciones. Algo inconcebible para Allen, quien pensaba conseguir la atención de muchas chicas en sus últimas semanas de libertad.La señora Bradford estaba de pie detrás de su esposo, quien ya ocupaba una de las sillas. Alyssa no notó nada fuera de lo común, excepto la mirada desconfiada de su madre. Pasaría un buen tiempo hasta que olvidara aquello.

—Mamá… —comenzó a decir Allen.

—No quiero oír una palabra, Allen Mason Bradford. Cenemos con tranquilidad.

El aludido asintió con la cabeza. Estaba perdido. No iba a salir esa noche de casa ni en sueños. Ni siquiera pensó en escaparse por la ventana, porque si lo hacía podía olvidarse del resto de las vacaciones. Su madre era capaz de enviarlo al colegio antes de tiempo con tal de castigarlo. Y Allen odiaba la escuela de verano. No había chicas lindas allí, solo perdedores que no podían aprobar un examen de pociones o de magia aplicada.

Sin más demora, todos tomaron asiento. Alyssa fijó la mirada en su plato como si la comida fuese lo más interesante para ver por allí. Allen, por su parte, se dedicó a mirar a su madre con su cara más digna de lástima. Adrien actuaba como si el ambiente en la mesa no fuese tenso, y se sirvió una montaña de comida, como acostumbraba a hacer. Después de un rato en silencio total, la bomba explotó una vez más.

—¡Tienes diecinueve años, Allen! —exclamó su madre— ¿Cuándo vas a madurar? Y tú, Aly… Me decepcionas. ¿Saben los dos cuántas veces tuve que conjurar un amnesen para que los vecinos no recordaran nada? Incluso a un oficial de policía tuve que hechizar.

—Lo siento mucho, mamá.

—No quiero que lo sientas. Quiero que nunca se te ocurra hacer algo así de nuevo.

Alyssa tragó con dificultad, observando el rostro airado de su madre. Maldijo el momento en que se les había ocurrido hacer tratos con hadas. Era sabido que la especie tenía mala fama, como maestros del engaño y la manipulación. Una fama bien merecida según había comprobado.

Todo había comenzado el fin de semana anterior, cuando al pasear por el mercadillo de Helmers —la ciudad capital de los magos— Allen se había encaprichado con la idea de probar un cigarrillo de polvo de hadas. Se decía que era una droga potente, y el menor de los chicos Bradford prefería hacer sus propias historias antes que escuchar los cuentos de otros. Se dijo que debía probarlo o se cambiaba el nombre. Por supuesto, no le había salido muy bien el asunto. Pero Aly y Nate le siguieron el juego, porque también tenían curiosidad. Porque eran adolescentes y eso era lo que la edad dictaba: hacer estupideces sin pararse a pensar en las consecuencias.

—Hay que hacerlo ahora que hay pocos visitantes en la plaza. Tú lo distraes y nosotros tomamos el polvo —pidió Allen a su hermana—. Será fácil, solo sacudes el cabello como siempre haces y lo dejarás babeando.

Alyssa había mirado a su hermano con la ceja levantada en una expresión incrédula. Para ella no sería tan sencillo. No creía tener ese poder de seducción que su hermano le atribuía. Si así fuese, no se dormiría todas las noches pensando en el chico que nunca podría tener. Como si lo hubiese llamado con el pensamiento, Nathan se adelantó para hablar en voz baja con ella. Era un joven de complexión atlética, con piel de un tono cálido y estatura considerable, por lo que Aly tuvo que alzar el cuello para observar su rostro. Sus ojos, de un verde oscuro, analizaron los suyos con preocupación, al tiempo que sus manos descansaron sobre los hombros de la chica.

—Al mínimo indicio de que ese sujeto intenta propasarse —le dijo, clavando su mirada en ella— quiero que me digas y esto se acaba. ¿Me escuchaste, Aly?

—Sí, Nate —asintió seria, y luego forzó una sonrisa—. Ahora moveré mi cabello o lo que sea que se supone que haga.

Nathan sonrió y le acomodó un mechón de plata detrás de la oreja. Alyssa contuvo el aliento por un segundo y después se giró hacia el puesto de venta donde operaba su objetivo. La plaza de Helmers era un lugar mágico en todo el sentido de la palabra. Como si se hubiese detenido en el tiempo, transmitía la sensación de presenciar escenas medievales. Uno de los pocos sitios que la “Guerra de las razas” había dejado intacto. Según las historias de sus padres, los primeros magos no habían vivido en el mundo de los humanos. Varios portales conectaban la dimensión mágica —llamada Tulkern— con la tierra, así como con otros mundos. Sin embargo, aquel trágico suceso había destruido en casi su totalidad la patria de los hechiceros. Por lo que sabía, Helmers, Grayldann y otros poblados más pequeños eran el último recuerdo de su origen.

Por lo general el lugar se encontraba abarrotado de personal curioso en busca de distintos productos, tanto mágicos como corrientes. Pero en el horario de la tarde en que se encontraban, muchos preferían estar en casa. Aly separó la cabeza de sus pensamientos y se concentró en caminar hasta el fae que debía mantener ocupado. Confiando en lo que Allen le había dicho, se detuvo frente al muchacho de orejas puntiagudas y le sonrió, agitando la cabeza para que su cabello plateado se mostrase en brillantes ondas. El chico parpadeó impresionado. Un segundo después retomó su expresión serena, tras aclararse la garganta.

—¿Puedo ayudarte en algo, hechicera?

—Por favor, llámame Alyna —le pidió—. Y sí, puedes ayudarme. Si quieres.

La sonrisa coqueta fue una trampa, y el fae cayó en ella cual conejo inocente. Un guiño de sus ojos grises y un batir de pestañas le garantizaron el interés del chico. Alyssa se recostó en el mostrador de la tienda, intentando atraer sus ojos hacia su escote. Esperaba que fuese suficiente como para que no notara a Allen moviéndose hacia el pequeño almacén donde las hadas guardaban sus productos. De ello dependía el éxito de su aventura.

—Muy bien, Alyna —recitó su supuesto nombre, creyéndose la actuación de la muchacha—. Solo espera aquí por unos minutos. Mi hermano vendrá para relevarme durante el almuerzo. Entonces seré libre y podré ayudarte con lo que quieras.

—Eso es muy amable de tu parte. ¿Puedo ver las joyas que vendes? Me encantaría probarme un par y ver cómo quedan. Mi madre cumple años este mes y quiero regalarle algo especial.

El fae se dio la vuelta para tomar una caja que contenía sus piezas más finas. Ese momento fue aprovechado por los dos muchachos, que corrieron hasta colocarse bajo el mostrador. Allí esperaron un tiempo, porque el chico se mostraba tan atento con Aly que les resultaba imposible salir sin que los viera.

—Estos te quedarían muy bien —le aseguró, pasándole unos pendientes de esmeralda—. Los hice yo.

—Son hermosos —comentó, probándoselos y dejándolos en la caja de nuevo—. Pero recuerda que no son para mí, sino para mi madre.

—Cierto.

Allen pellizcó la pierna de su hermana. Estaba ansioso por moverse. El fae volteó hacia el fondo de la tienda. Parecía intentar localizar algo en particular. Aly aprovechó para patear a su hermano, indicándole que comenzara a moverse. El chico gruñó por lo bajo mientras su amigo ahogaba una risa, entonces ambos comenzaron a moverse.

—Y… ¿qué hace una chica como tú sola en este lugar?

—¿Como yo? —preguntó ella, clavándole una mirada seductora.

—Tan hermosa —Alyssa juró poder ver la mueca en el rostro de su hermano y el ceño fruncido en el de Nate—. Si yo fuera tu padre, no te dejaría venir sin vigilancia. Hay algunos —Se giró hacia ella— sujetos desagradables en estos lugares.

Alyssa le narró la mentira de su vida. Inventó una historia sobre su padre maltratador y su madre enferma. Allen se preguntó de dónde sacaba esas ideas, pero recordó que la muchacha pasaba muchas horas leyendo en su habitación. El fae se lo tragó todo y los chicos aprovecharon para avanzar un poco más hacia el objetivo. Estaban a punto de lograrlo, y entonces el fae volvió la cara hacia ellos.

—¡Por los siete cielos! —gritó, llamando su atención justo a tiempo— Ese colgante es precioso. ¡El de la mariposa azul!

El muchacho parpadeó confundido por el arranque de Alyssa. Gracias a su jugada, el fae no percibió el movimiento de Allen y Nate. En su lugar, se acercó al podio donde se exhibía el colgante en cuestión. Estaba hecho de plata. Brillaba bajo una luz artificial que resaltaba la piedra azul tallada en forma de mariposa. Aly no lo había notado antes, pero al chillar para salvar a los chicos, fue la primera pieza que vio. El fae sonrió complacido y tomó la joya entre sus dedos.

—¿Sabes una cosa? —le preguntó mientras la chica suspiraba de alivio al ver cómo los muchachos entraban en el almacén— Tienes muy buen gusto, hechicera.

—Alyna —le corrigió con una sonrisa nerviosa.

—Ven conmigo, Alyna. Te mostraré algo que te gustará mucho.

Alyssa tragó en seco. El fae señaló el almacén y ella sintió que se le escapaba de las manos la situación. Si iban hacia allí, serían descubiertos. Intentó distraerlo preguntándole su nombre. Vaeryan era un fae de fuego, la especie dominante entre las hadas. Provenía de una dimensión diferente a Tulkern y a la Tierra, pero su familia había echado raíces en Helmers. Cuando le insinuó por segunda vez que quería llevarla al depósito de su tienda, Aly no tuvo otro remedio que acceder a ello. Solo esperaba que su hermano y su mejor amigo se diesen prisa.

Pronto descubrió que era demasiado lo que esperaba. En cuanto cruzaron el umbral de la puerta del local, el fae la empujó hacia el interior con violencia. Eso no la sorprendió. El verdadero motivo de su pasmo fue la “decoración” particular de las paredes. Había al menos una docena de hadas sujetas por cadenas. Sus alas extendidas desprendían un luminoso polvo, el que muchos codiciaban y el mismo que habían ido a robar. Alyssa contuvo el grito en la garganta. No podía dejarle saber que estaba asustada. Lo logró hasta que descubrió que la macabra colección no se componía solo de hadas. Había vampiros y hombres-lobo, e incluso una maltratada sirena que mostraba signos de haber luchado por su libertad. Un escalofrío recorrió la espalda de la chica cuando sintió su aliento en la nuca.

—Hace mucho tiempo que deseo tener a una hechicera en la pared —comentó, como si hablase de un objeto común y no de un ser viviente—. Nunca he visto una chica del clan Bradford antes. Todos son molestos hombres de cabello plateado. ¿Sabes lo que pagarán por verte?

—Morirás antes de tener la oportunidad de ponerme la mano encima —aseguró ella, rechinando los dientes.

—Eso lo veremos.

Alyssa se preparaba para enfrentarlo cuando lo vio caer al suelo, luego de que Nathan le estampara un leño en la cabeza. Allen emergió de las sombras poco después, tras lo cual le pegó una patada al inconsciente fae y le escupió encima, mascullando lo asqueroso que era. Los tres muchachos tomaron una decisión muda e inmediata. Debían poner en libertad a los prisioneros. Todos pensaban en lo normal que les había parecido la tienda antes de su descubrimiento. Solían pasear con sus padres por la plaza cuando eran pequeños, y por su propia cuenta más recientemente. Nunca ninguno imaginó que encontrarían un mercado ilegal en medio de un lugar tan pintoresco.

Sus esperanzas de ayudar a los prisioneros murieron cuando los amigos del fae descubrieron lo sucedido. Las criaturas se presentaron en el almacén luciendo como demonios de llama. Los hermanos se miraron entre sí e intercambiaron silenciosas opiniones con Nate. No era el momento de ser héroes. Debían huir para ponerse a salvo. De ese modo podrían denunciar el delito con las autoridades pertinentes.

—¡Maldita sea! —exclamó Allen cuando la cuarta bola de fuego pasó por encima de su cabeza.

Intentaban transportarse fuera de allí, pero no podían dejar de moverse un segundo o serían rostizados. Nathan lanzó un hechizo hacia los atacantes. Una especie de orbe giratorio que los mantuvo ocupados a todos.

—Aly viene conmigo —dijo Nate, pasando un brazo por encima de su hombro—. Nos vemos en el portal. ¡Ahora!

Nathan y Alyssa se esfumaron en el aire, ante los asombrados ojos de los faes. Justo detrás de ellos, Allen hizo su salida de manera teatral, con una afectada reverencia.