Prólogo:Pasos en la oscuridad
El sonido hueco de los metálicos pasos del clérigo Locus resonaba a través de las paredes de la oscura cueva. La luz de los reflectores áureos comenzó a bañar la caverna, dejando entrever las formas de sus paredes: irregulares, escarpadas, casi como si fuesen cuchillos o dientes de uno de los Bestiales. Tan afiladas que, con un simple roce, incluso el Domo Octavo podría sangrar. El material que las conformaba no se parecía a ninguno de los conocidos por los Cien.
Según avanzaba el clérigo Locus, el traqueteo incesante de sus diez patas metálicas inundaba la caverna, hasta que un sonido proveniente de uno de los reflectores a su derecha lo hizo detenerse en seco. En su rostro apareció una sonrisa macabra, llena de algo parecido al hambre… un hambre que consumirá todo lo conocido por el hombre.
Se apresuró a seguir la luz de su reflector y, en lo profundo de la caverna, justo en el centro, apareció una estatua. Su brazo levantado sostenía algo parecido a un manuscrito envuelto en cuero. A sus pies, el cadáver calcinado de una persona permanecía de rodillas, como si le rezara.
Cerca de la estatua, Locus alzó las manos al cielo y agachó la cabeza. De su ojo, aún iluminado por el thei, cayó una única lágrima. Se movió lentamente, casi con timidez. Alargó el brazo y tomó el manuscrito que la estatua sostenía. Con una delicadeza que hasta la suave caricia de la Primera Llama envidiaría, lo abrió y comenzó a leer.
La felicidad llenaba cada parte de su alma, pero se detuvo abruptamente cuando otro reflector envió una alarma de movimiento a sus espaldas. Se giró. Comenzó a recitar un cántico para invocar a uno de los Bestiales que aprisionó, pero, al ver el rojo de la capa y el brazo izquierdo metálico del hombre que se paraba en la penumbra de la cueva, se detuvo. Una vez más, esa sonrisa macabra apareció en su rostro.
—El flujo del tei parece que nos ha llevado a encontrarnos aquí, delante de la puerta a nuestra libertad —dijo Locus.
La impasividad en el rostro de Traianus contrastó con la fuerza de su voz cuando respondió:
—El flujo es moldeado por aquellos que pueden ver a través de las corrientes del aire que rasgan el cielo. Tú dejaste de hacerlo hace mucho, ¿verdad, armatoste?
—Vamos, vamos, no hace falta ponerse sentimental. Tú y yo tenemos un destino que debemos cumplir, y hoy el tei nos llama para que empecemos a recorrer su maravillosa bendición.
La expresión de Traianus se endureció.
—Ya basta de sermones. Puedes guardártelos para tus estúpidos y crédulos seguidores. Tus palabras no tienen efecto sobre mí. He venido aquí para que me respondas a una pregunta: ¿me dejarás escuchar la historia que contienen esas páginas o tendré que obligarte a que me las leas?
La sonrisa de Locus se ensanchó hasta el extremo y pronunció las palabras que marcarían el fin de la primera Era:
—Ya sabes que solo existe una respuesta a esa pregunta.
Entonces, abrió una vez más el manuscrito y, esta vez, todo el sonido que envolvía la caverna —e incluso, tal vez, el mundo— se detuvo. Empezó a leer en voz alta su contenido.