Introducción: Atardeceres grises.
Alguien que siempre minimiza sus propios sentimientos, ante un problema o situación, solo diría: bueno, hay gente que le pasan cosas peores.
Quizás porque ellos se decían eso a sí mismos a menudo.
Ambos vivían lejos pero también cerca. Círculos sociales que se habían hablado en común, pero que jamás se cruzaron para conocerse. Una aspirante a corrección editorial y uno que aspiraba a tener un local para veladas relajadas con música de su gusto.
Pero al ser tiempos difíciles, en una posición con pocos accesos, solo debían sobrevivir ante esas tonalidades grises de la vida. Y aunque a veces eso significaba pasar altibajos en lo que era su vida diaria.
—Mamá, ya llegué.
—¿Cómo te fue en la plaza hija?
Esther sonrió un poco. Las flores y cartas hechas manualmente para obsequio habían tenido poco éxito pero se alegraba de haber vendido varias reposeras de pavas u ollas hechos por ella. No le fue difícil dejar hecho a tiempo varios de ellos antes de que comenzara a estudiar en la universidad.
En el verano se esmeró para ese momento en que pondría sus deberes en primer lugar, pero se conocía lo suficiente como para saber que la palabra “falta” iba a resonar con constancia en su casa. Como aquel día.
—Falta plata para pagar la luz.
—Debo poner orden en el taller —dijo su padre en el almuerzo —. Los muchachos se ponen ansiosos últimamente.
Y no era de sorprenderse. Las cosas con la milicia, y la muy decadente situación económica por un préstamo del que nunca supo comprender, había dejado mal a muchas personas que estaban tratando de llegar con cuentas. O si es que para tener un techo y comida con un empleo digno.
Claro que varios recurren a otros métodos que se notaban fácil de hacer pero que en realidad solo omitieron el hecho de que las cosas fáciles solo podían obtenerse así. O es algo que Esther a veces pensaba así.
—Intentaron robar a la vecina de la otra cuadra, con la que me cruzo para ir a comprar —informó la señora Díaz en la cocina y administrando la compra para que se extendiera para el mes.
Su esposo acomodaba a su lado la mercancía y se felicitó a sí mismo por llegar a tiempo a acompañar a su mujer.
—Ese tipo del otro lado del puente, seguro. Desde que se separó de su mujer se dejó consumir por esa porqueria.
Mientras ellos hablaban, Esther ponía una mueca disgustada ya que hablaban alto y su hermana había tomado conciencia del significado de las palabras. Unas muy amargas, crudas, pero reales palabras.
Borró su expresión al ver a su hermana que tomaba una de sus manualidades y lo veía con admiración.
—¡Esta linda!
—¿A que si? Me gustaría que los demás piensen eso cuando lo regalen a las personas destinadas.
—Ay, hija. Esos detalles tan lindos no se venden pero con tu ayuda si da para algo.
Negó con una ligera sonrisa, más sabía que tenía razón. Cocinar era algo que no le había tomado como pasión, la costura le resultaba nefasta en comparación de su madre, limpiar le era negado al cien por ciento como trabajo por sus padres que le deseaban algo mejor. Claro, sabía, pero desde que supo la evidente diferencia de ser alguien de su clase, el genital que portaba, pero una obvia inteligencia y creatividad, supo que el mundo tenía unas claras normas.
La carrera que había elegido era corta, con salida laboral, y con libros que leer y volver a leer en un lugar a gusto. Completaré ello, y con suerte voy a descubrir quien soy aquí en este mundo al mismo tiempo que apoyó a mis padres. Pensaba Esther con ansiedad en el mañana, la semana que viene, y los días que contaban para ellos hasta verlo realizado.
Se levantó cuando escuchó un ruido en el patio del fondo y al llegar sonrió levantando la llave inglesa para tenderla a su padre que la buscaba. Al darse cuenta de su presencia y de ver la herramienta que quería acomodar para mañana, le devolvió la sonrisa. Esther sin muchas vueltas le preguntó por los insultos al aire de su jefe quien no subió los sueldos de su sección a pesar de que varios ya lo hacían.
—¿Debería golpearlo?
—Con que hayas hecho esa escena con el anterior me basta.
Padre e hija si habían concordado que aquel momento lo disfrutaron ya que el tipo para que trabajaba el señor Diaz era un imbécil que la mejor renuncia que pudieron presenciar sus trabajadores fue un golpe. Con inconsciencia, su hija veía sonreír a su padre cuando recordaba con diversión ya que se preocupó por su destino si el pelotudo ponía una denuncia.
Cosa que no hizo por suerte.
—Quítate eso que es de hombre —mandó el señor Diaz a Esther cuando ella puso en su cabeza la boina que le habían regalado.
—No veo etiqueta que diga ello.
Su padre negó al querer parecer serio pero en realidad ni molesto estaba. La actitud ruda y orgullosa lo había heredado de él por su madre que fue una mujer muy fuerte desde que se había separado de su esposo hasta su lecho de muerte. Siempre con los pantalones puestos, con una sonrisa de amabilidad y dulzura, pero sin ofrecer el mando de su vida a los hombre que no la valoraban.
La verdad dejó de hacer caso a sus amigos con tener a un varón ya que consideraba a sus hijas personas que no se verían todos los días. La determinación, orgullo, pero también honestidad y respeto era algo que albergaba en su hija mayor cosa que lo hacía sentir prepotente por tener a alguien así como su hija. Aunque a veces lo hacía renegar por ello, siempre albergaba esperanza de que sería amada por el que tuviera el mayor de los honores por esposarla.
Ordenaron un poco en lo que Esther siguió escuchando las palabras que se atoraban en la garganta de su padre. La falta de plata, de respeto, de poca seguridad en la zona industrial. La gran abundancia de inseguridad, de robos, de autos que se llevaban a personas en pleno día, de personas que hacían de menos a la zona en donde vivían mientras que la policía giraba la cara diciendo que no encontraban nada.
Ella no pudo evitar sentir impotencia y enojo por aquellos que no apreciaban el esfuerzo que uno ponía. A cada rato recordaba que cada cosa que tenía se consiguió con esfuerzo que valoraba más que nadie. Y temía que en solo unos segundos era arrebatado por alguien que lo quería fácil.
Fácil. Que palabra de porquería.
Esa tarde Esther salió a recoger la ropa que estaba seca mientras veía que el sol se ponía. Puso más atención a sus pensamientos de lo que haría mañana y entró a la casa.
Y otra persona también entró a su casa a solo cinco cuadras de ahí.
Llegó en bicicleta y vio a su tía llegar también despidiéndose de su grupo de vecinas. Ellas lo vieron y lo saludaron a la distancia. Con una sonrisa cansada se movió rápido a ayudar con las bolsas y carrito que tenía en sus manos la señora y entraron a su casa. Un salón comedor los recibió y comenzaron a ordenar todo.
Saul notó que ella estaba cansada pero vio como así empezaba a preparar la masa y el relleno de empanadas que vendería al día siguiente. No se quedó atrás y la ayudó después de ducharse. No vieron el sol poniéndose pero cuando la oscuridad era bastante notable, se detuvieron para cenar.
La radio se encontraba prendida con música que era interrumpida por noticias algunas veces. Ellos hablaron de su día y se esforzaban por sacar algo positivo para hacerle sacar una sonrisa al otro. Saul supo ver que su cabellera castaña comenzaba a tornarse rubia, cosa que lo disgustaba y su tía le prometió un tinte para ello.
No es que no le agradara que su sobrino se pintara el cabello, pero extrañaba el color natural que tenía. Supo comprender que lo hizo por las burlas de su origen alemán. Pero temía en su corazón que lo estaba haciendo por solo aceptación.
Saúl, por su parte, trataba de poner de su empeño y no darle más preocupaciones a aquella mujer. Le contó animado que su jefe, el buen señor Pedro, le concedió un buen pago y que tendría otra sorpresa más. Claro, su cumpleaños se acercaba y esperaba comprarle una cocina nueva.
No comentó sobre las tareas extras que hacía sobre unas armaduras de una antigüedad algo peculiar que él las arreglaba muy aparte de sus compañeros o sobre las quemaduras y cortes que sufrió en su trabajo por culpa de la mala seguridad del lugar. Y menos planeaba decirle sobre la pronta manifestación del sindicato para que escuchen sus quejas de una buena vez.
Ayudó en lo que podía hasta que era hora de ir a trabajar a un bar que quedaba a unas cuadras de la avenida principal. Tomó las cosas de prisa mientras que su tía ponía una mueca.
—Hijo, ¿sabes? He pensado trasladarme al centro.
Saul frenó un poco su velocidad y la miró con curiosidad.
—Allí hay más. Puedo hacer un sacrificio…
—Usted déjeme eso… —intento decir ante su repentina idea de mudarse a algo arriesgado y quedar peor en vez de avanzar.
—No me gusta que trabajes allí —soltó su tía sin ninguna contemplación.
La nota en su voz irradiaba impotencia ya que sabía que por más que odiaba ver a Saul encogerse por el dolor que ocultaba, la plata que traía era lo que los sustentaban y que él no podía soltar. Sabía de las cosas que pasaban ahí y verlo con una sonrisa cálida para no preocuparla la enfureció pero también la ponía triste.
—Me sé cuidar —dijo el chico dando un beso a su mejilla —. La quiero, doña.
—Yo igual. Cuídate.
Así se despidió con una ligera sonrisa, sin saber que hubiera querido dar un inmenso abrazo que jamás llegó.
Él es un hombre. Es fuerte. Él es tan grande como para rodearlo con mis brazos. Pero en mi corazón siempre será un niño. Pensó ella pero cansada y aun cosas por hacer no fue a alcanzarlo para darle una prenda que olvidó.
El frío era evidente a esa altura de la noche, pero no evitaba que varias personas se acercaran al bar en donde trabajaba Saul como barman. Los dueños se felicitaban por contratar a alguien como él por la lealtad que demostraba y por las bebidas que supo dominar a gran velocidad. Mientras que el aunque era un experto en su trabajo y emanaba una gran simpatía, odiaba el lugar.
Odiaba la música que no era para nada de su gusto. Odiaba la poca luz. Odiaba a las personas que se insinuaban y molestaban a las chicas que querían divertirse para salir enojadas. Odiaba, pero apretaba los puños con un sabor amargo en su boca, aquellos cuartos de la parte de atrás donde chicas que conocía sus ojos se apagaban por cada media hora que varios ingresaban ahí junto con ellas.
Una pidió un trago pero no pudo hacer una sonrisa más ella sí demostrando que entendía que él se sintió tan miserable como ella. Se fue al ver un hombre que se les acercaba con una propuesta a punto de ser ofrecida a Saul pero siendo interrumpido por el mismo.
—No. Hoy no.
—Podrás ganar plata —insistió el sujeto como las otras veces.
Negó de nuevo ya que todavía se estaba recuperando por una herida en su brazo ocasionado por el taller del trabajo.
Preparó las bebidas y con una sonrisa las entregó. La ilusión, la meta de tener un lugar más arreglado, agradable, con música que le gustaba y personas que compartían ello, era algo que no dejaba de anhelar. Un lugar así administrado por él y con buenos ingresos. Un lugar en donde no se sintiera mal por trabajar de algo que lo carcomía la conciencia.
Necesito ser fuerte por ellos, pensaron.
Necesito hacer y ver cambios, pensaron con una voz sin poder gritar.
Quiero esperanza de que el día de mañana algo bueno va a pasar, desearon.