Rhys Mitchell: El sabor del pecado (1)

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Summary

Todo empieza con un intercambio de miradas. Rhys Mitchell es la prueba perfecta de la desobediencia y Blake Campbell lo sabe mejor que nadie. Ambos son como el agua y el aceite que se oponen, pero que al mismo tiempo se necesitan, se buscan y se complementan. Un beso bastará para unir dos almas para bien o para mal. La única capaz de acabar con la guerra. Pero dicen que en la vida todos tienen un secreto inconfesable. ¿Cuál será la luz cegadora? Misterios familiares los llevará a encontrarse con situaciones turbias. "La alianza negra" se verá enfrentada a "Los vencedores". Dos escuadrones involucrados en medio de una gran fascinación en el mundo del crimen organizado. Y a causa de un incidente, se desatarán muchas teorías y consecuencias que ello conlleva. Todo por el legado de la familia.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


(Te agradecería que leyeras con detenimiento, finalmente, si te gustó, vota y comenta ;) ) Solo para los que son de corazón fuerte.


Multimedia: Reality - Lost Frequencies feat. Janieck Devy


FIESTA DE CUMPLEAÑOS


Melbourne, Australia


23 de Abril del 2017




¿No les pasa que alguien llega a tu vida para cambiarlo todo de repente? Exactamente, eso es lo que acaba de sucederme. No he sido la misma desde entonces...


Esto no puede estar pasando, me refiero a que no es un gran día.


Antes de soplar las velas, elevo la mirada al frente y mi cerebro se desconecta por un instante. Mi visión se nubla por las increíbles imágenes que se presentan y el aire está cargado de tensión. Lo más probable es que después de esto nada va a estar bien. Significa que mi vida a partir de este momento se verá reflejada en él de un modo inverosímil.


Entre las paredes hay un color que no encaja, el de sus ojos y las inscripciones que están trazadas en la abertura del cuello de su oscura camiseta. Tiene una mata de pelo increíblemente negro y lo mantiene agarrado en una coleta. Parece como si odiara al mundo entero, su expresión es vacía y neutra que carece de simpatía. Pero eso no es todo lo que les quiero contar. Mi pesadilla acaba de hacerse realidad y siento como si me faltara aire en los pulmones.


«Papá no puede estar hablando en serio».


Estoy casi al borde de las lágrimas. ¿Qué clase de broma era esto? Tal vez esperó este día para soltar la gran bomba del momento. El odio que siento por él se maximiza en mis entrañas.


Casi me doy cabezazos contra la pared cuando Rhys Mitchell me concede una sonrisa insolente. Mis amigas están tan maravilladas con el susodicho que acaba de llegar a nuestras vidas con esa chaqueta de cuero marrón y esos blue jean.


—Blake, nena. Lamento mucho que esto esté pasando —Sienna, mi nana, intenta tranquilizarme pero no lo consigue.


—No me pidas eso, por favor.


Mi rostro se descompone y, como lo predije, papá siempre estuvo ocultándome las cosas.


Permanezco en completo silencio mientras observo a ese extraño chico que dice ser mi medio hermano y, de algún modo, me urge gritar como una maníaca.


—Hija... —Papá sostiene mi mano, pero yo la retiro de inmediato.


—No tenemos nada de qué hablar.


Giro, evitando a la persona que tanto amé. Recorro hasta la pileta y los tacones me escuecen los pies. Decido quitármelos. Algunos mechones de cabello rosa caen sobre mi frente y no sé cómo he podido soportarlo.


¿Cómo algo así podía cambiar mi vida por completo?


Doy un trago a mi bebida por mi décimo octavo cumpleaños. Es un Bloody Mary. ¡Ostras! Mi garganta está tan caliente que me raspa hasta la cavidad bucal.


Reality de Lost frequencies sigue sonando estrepitosamente y, a decir verdad, esta ha sido la peor fiesta de cumpleaños que he tenido.


Los nervios se alojan en mi interior y no puedo evitar ver como todos aquí comienzan a especular, el vaso me tiembla en la mano y, cuando el objeto se me cae, el cristal se hace añicos. Sin embargo, me llevo la peor parte toda vez que Duque, nuestro perro, el engreído de la familia, me empuja a la piscina con tanta fuerza, quien persigue al gato de la vecina de atrás. Es inútil impulsarme. Puedo sentir como me falta la respiración, mis manos palmotean y mi vestido se eleva por la revestida presión del agua. Lo único que escucho son risas y noto que un salvavidas cae a la piscina para sacarme. Cuando lo hace empiezo a toser y nana me envuelve con una toalla de algodón por encima de los hombros.


Lo primero que hago es marcharme como una pobre perdedora a la sala principal. Abofeteo el cojín con rudeza y, para mi mala fortuna me encuentro a Morgan, el chico de mis sueños, comiéndole la boca a una rubia desabrida y en ese instante me hago pedazos.


Todo es un río infernal.


Me dirijo a mi cuarto dando un enorme portazo e inhalo furiosamente. Las lágrimas tiñen mis párpados con total claridad y hago uso de mis últimas fuerzas. Me siento un insecto agonizante con una punzada en la cabeza que desaparece entre las sombras.


Debería haberlo sabido mucho antes, seguro que habría hecho las cosas bien y tal vez mi historia no hubiera terminado tan mal.


Ernest Campbell no sabe lo que ha hecho.


Lo cierto es que mi padre es uno de los abogados más cotizados del país. Para ser exactos, somos una de las familias más influyentes legando innumerables cuentas bancarias.


De solo pensarlo, corrientes de aire azotan mi piel tras el primer golpe y los puños cuelgan llevando casi una hora sentada. Cojo mi móvil con un ligero ruido y miro el salvapantallas con un dolor amortiguado en el pecho. Con café y galletas con manjar blanco, se me desinflan los pulmones y me quedo dormida hasta la mañana siguiente.


Intento quitarme de la cabeza su rostro, su porte, su actitud y cada pequeña frase suelta de los labios de mi padre para contarles a todos mis allegados. Busca hacerlo todo a su manera, he sido controlada desde el principio o, al menos, desde que noté que mi vida cambiaría para siempre.


Se trata de una llamada al corazón envuelta en una canción resonante de la mejor intérprete de Australia. Ese canto nocturno lleno de desahogo en mi cama cubierta con unas sábanas rosa pastel y ese afecto maternal. Otro lloriqueo en sueños se estampa en mi rostro y recuerdo algo. A la historia de antes. Algún lugar de la habitación, la casa de playa en Hardwicke Bay, en la península de Yorke, en el sur de Australia.


Risas y cosquillas por montones. Vestidos veraniegos con estampados de florecitas y puntos negros. Una ventada recorrer bolitas de cabello y brazaletes hechos con mucho amor. Perlas provenientes del mar y arena corrediza en los pies. No importa que tanto me ensuciara, total, estaba tremendamente feliz. Muy feliz.


Quería estar por siempre en ese instante de gozo y consuelo apoyada en su cuerpo. Apostar por tantas cosas en cada estación del año y perdurar por toda la eternidad. Cambiarle las cortinas, las moquetas y las vasijas. Pero, sobre todo, hacer una infinidad de bocadillos y postres. O hacernos los mismos peinados sesenteros como la tía Esme, una mujer de edad avanzada y con experiencia.


Antes de que abra los ojos, la alarma suena demasiado fuerte y los rayos de sol se zambullen en mi níveo rostro. No importa que mi cabello esté enmarañado, que mi ropa esté arrugada o que mis ojeras se vean más pronunciadas que antes sin ningún cuidado de exfoliante ni piel hidratante.


En cuanto salgo, noto que las cosas han comenzado a cambiar y en esos breves instantes un silencio se instala. Giro sobre mis talones y me seco el sudor de la cara con las manos temblorosas. A los pocos segundos, los vellos de la nuca se me erizan cuando veo al chico sentado en el alzapié. Está con el celular en la mano y desafortunadamente no lleva nada puesto arriba del cuerpo. Me quedo perpleja por la impresión. Su espalda es ancha y las dimensiones están trazadas de tatuaje. Voltea la mirada al percatarse cómo me voy acercando y su atisbo lunático se eleva.


Enfócate, Blake. Ese chico de ahí es nada más y nada menos que tu medio hermano.


La sombra coincide con el color oscuro de su cabello cayendo goterones de sudor por todo su cuerpo. Él y su sonrisa desagradable. No sé cómo fue que papá lo trajo a vivir con nosotros; porque si bien, parece alguien salido de la corredera o de algún matorral.


—Campbell ¿buscas a padre?


¿Cómo puede llamarlo así? Solo yo podía hacerlo, se ve que papá no sabe nada de él, apuesto a que esconde algo. Pero que estoy diciendo si papá fue mi más terrible decepción y temo que mi vida sea un infierno o bueno... ya lo es.


Otra de las cosas que tanto odio es que me llamen por mi apellido o algún otro sobrenombre que me haga sentir tonta. Siempre lo he hecho. Él tiene que saber cuál es su lugar en esta casa.


—Deja de llamarme por mi apellido como si no tuviera un nombre, cretino. Soy Blake, Bla-Ke. Métetelo eso en la cabeza.


Se levanta del alzapié con tanta facilidad y me mira con fijeza. Es demasiado grande para mí y yo a su lado me siento lo suficientemente pequeña. Pero por lo visto no tiene nada de encantador. Es una cabeza hueca.


—Suena muy tontorrón —me examina sintiendo la torpeza de mis piernas al moverse y no sé cómo ha llegado a mí que apenas puedo ver la tonalidad perfecta de sus orbes. Azul eléctrico.


Un movimiento más y me devora.


¡Qué ganas de golpearlo!


—Tú no entiendes ¿verdad? —resoplo con cara de incredulidad, fijándome cada vez más en la simetría de sus oscuras cejas. En efecto, mueve la cabeza con un gesto burlón y miro que no se parece en nada a mi padre. Es un maldito idiota.


—¿Por qué eres demasiado gruñona, hermanita?


Si hace un rato mi sangre hervía, en este momento se fermenta como el vino tinto y me irrita ver su rostro disfrutar como me pongo. Es el tipo más retorcido que he conocido debido a su falta de simpatía y caballerosidad. Lástima que Dios le ha concedido un cuerpazo y un rostro con facciones finas.


—Tú y yo no somos nada —mascullo.


—¿Quieres que te muestre la prueba de ADN?


—No hace falta, pero una vez te digo que eres un pobre infeliz y no sé cómo lo hiciste para que mi papá te creyera porque eso de que eres mi hermano aún no me lo creo; así que te aviso una vez que no descansaré hasta averiguarlo —lo enfrento.


—¿Tanto te molesta mi presencia, blanquita?


Acerca su mano a mi mejilla y sorpresivamente puedo sentir todas las tonalidades rojas en ella como si un abismo se abriera y yo dejándome caer en algún punto.


—¡¡Quita tus putas manos de mi rostro!! —refuto sintiendo como lo deja arrastrar hacia la parte sonrojada de mi semblante.


—¿Y qué si no lo hago?


Todo su cuerpo me rodea junto al refrigerador y la manera de lanzar explosivos de sus ojos cambia el hecho de que siempre he sido muy mala en esto. En lugar de darle lo que se merece, mi voz se quiebra y mi corazón se aplasta en su agarre.


—¡¡Quítate!!


Lucho con ímpetu pero su aliento fresco me envuelve y me cuesta respirar.


—¡Mírame y dime que harás teniéndome al frente!


—Le diré lo idiota que eres y tantas mentiras más sobre ti para que te eche de aquí —Mis manos se convierten en puños.


—¿Por cuánto quieres apostar? —Se relame el labio con diversión.


Ugh... no puedo tolerar que siga tratándome tan mal.


—Él va a creerme.


No sé cómo puede haber demasiada seguridad en mí, aún no me explico. En ocasiones especiales, no lo haría y mucho menos si se trata de él. No puedo permitirlo pero hay algo que es difícil oponerme: la batalla constante.


Estoy en el lugar equivocado, por no mencionar aquel movimiento de pies sin saber qué decir y una escala de refulgentes relámpagos que retumban en mi interior. El ruido me recuerda tanto a esos incesantes pensamientos y, porque lo sé, las manos me sudan involuntariamente.


—¿Y qué hay de mí?


—Tú apenas acabas de llegar a nuestras vidas, así que ve mejor alistando tus porquerías —mi mirada rebota más allá de la crueldad. No pienso rendirme tan fácilmente.


—Eso ya lo veremos.


—Te lo garantizo.


—Te propongo algo —Se jacta—. Si haces tu mejor esfuerzo, lo haré, y no pondré un pie más en esta casa. Pero ¿y qué si no lo hace? ¿Qué se supone que harás por mí?


—Ugh... pídeme lo que quieras —Caigo estúpidamente en su juego. Pero todo sea para que no lo vuelva a ver jamás.


—Me la pones fácil, Campbell —El maldito lo piensa con el dedo plantado en su mentón—. A ver que podrías hacer por mí.


—No tengo suficiente tiempo —gruño con una mirada desafiante.


—Vale, ya lo tengo —me examina entretenido—. Sé mi esclava por una semana.


—¡¿Qué?!


Me quedo desastrosamente sorprendida. Solo uno de nosotros perderá y de algún modo tengo que convencer a mi padre de esto. No puedo permitir que alguien como él me gane porque en cualquier momento acabaría mal y me iría de bruces contra el adoquinado. Solo me permite examinarlo unos segundos y llevarlo de ajuste.


—¿Lo tomas o lo dejas? —levanta una ceja negruzca y me muestra sus perfectos dientes blancos.


—Lo tomo.


Deseo con todas mis fuerzas acabar con él. En efecto, pienso tomar todas mis armas para destruirlo. También sé que Rhys es una persona que sabe muy bien como jugar.


De repente, él deja de mirarme unos instantes para centrarse en la pantalla de su celular y no sé a qué se debe su risa ¿Acaso se estaba burlando de mí?


No, no, no, Blake. No todo se trata de ti.


Me sirvo un vaso de leche de almendra y me llevo un bol a la boca.


Maldita seas, no puedo estar tranquila ni en mi propia casa. No veo la hora de poder hablar con mi padre. Quiero llenarle de mentiras. Provocar un altercado entre ellos y reírme en su cara de mamarracho. Si gano, me llevaré el premio mayor con un alto nivel de confianza y eso me conviene muy en el fondo. Me pongo en pie y doy vueltas esperando que esto termine. Miro fijamente mi celular como una adolescente chiflada, mi movimiento no se pierde de vista y hago que su acosadora mirada me importe una maldita puñetera. Aunque me hace querer saltarle encima y llenarle de rasguños en el rostro como una gata callejera metida en un punto oculto. Pero lista para enfrentarse al más hábil de todos y coincidir en cada pequeña cosa.


Entonces, pasa lo que tanto he estado esperando, mi padre se desanuda la corbata y se desajusta los dos primeros botones de su camisa blanca e impecable.


Es momento de tomar la iniciativa. La voz dentro de mi cabeza me habla de remate.


—¡Papá!


Las lágrimas están sobreactuadas con los brazos ceñidos a su cuerpo y apenas le concedo una sonrisa de suficiencia al imbécil este que está mirándome.


—¿Qué pasó? —Se vuelve hacia mí con ojos llenos de preocupación.


—Rhys me acaba de decir cosas horribles. Tienes que echarlo ahora.


—¿Eso es verdad? —Papá ladea la mirada hacia él, pero no sé en qué momento se las ingenia.


—Sabes que jamás me atrevería hacer algo así.


—Lo sé —le cree—. Ha sido un proceso difícil para los dos, pero sé que pronto vais hacer buenos hermanos.


—¡¿Qué?!


Mis esperanzas se evaporan ante aquellas palabras dichas y mi rostro perece de satisfacción. Mi estómago se contrae y mi visión se nubla. La mala racha continúa por largos segundos y mi voz aplica un ligero temblor.


—No lo voy a echar solo porque tú me lo pides. Ahora si me permiten, estaré en mi despacho para lo que necesiten.


Papá no tiene pensado echarlo. Si algo fallé es que he ido demasiado rápido y ese chico de ahí me acaba de desplumar a picotazos. Luego ha dejado introducir mi cuerpo en el agua hasta que mi cerebro se nuble y bloquee cada información admitida.


En un acto de furia, Mitchell me lanza una sonrisa triunfal como si hubiera ganado los juegos olímpicos. Da su mejor puntería con un azul fulgurante en la mirada y mece su negruzco cabello hacia atrás.


—Esta me la vas a pagar.


Lo empujo a trompicones y ahí está la razón por la que le tiro mierda. Me encamino antes de dejarme guiar por ese petate. Sin embargo, estoy tan podrida por dentro y a duras penas visto unos pantalones licra y paso a la corredora para fortalecer las piernas. La música en alto y el deporte es lo único que me mantiene con vida.


Y por si fuera poco, ingiero nutrientes a mi cuerpo. No obstante, nana entra sin previo aviso y sabe lo brutalmente mal que me siento con la llegada de ese engendro.


—¿Qué averiguaste? —Abro los ojos de par en par.


—Es de signo Leo, veintiún años de edad, vivió gran parte de su vida en Dinkelsbühl, un pequeño pueblo de Alemania y su color favorito es el azul. Pero lo extraño es que... tiene la habitación llena de titulares de periódicos recortados como si jugara al detective.


—Ese es un buen punto —acoto mientras nana espera pacientemente—. Parece que alguien esconde algo.


—Espero que hagas las cosas bien.


—¡Ese aborto de Teletubbie no arruinará mis planes!


La ira me consume y no cabe duda que estoy al borde de una sesión dramática. Debo acabar con él y decirles lo horrible persona que es frente a todos. Para ello es necesario usar mis mejores armas. Ha llegado el momento de recurrir a mi árbol genealógico y arrebatarle la máscara de encima.


Al salir, el teléfono suena como una decena de veces y por lo pronto deseo no atender a nadie. Empiezo a correr como una maníaca desenfrenada, arrebatada y enfadada. Pero no entiendo porque no he dejado de pensar desde nuestra última conversación, eso es algo que nunca sabré.


Al cruzar empujo mis manos hacia atrás con la respiración espesa. Mis senos rebotan en mi apretado escote y, de sopetón, saco de mí la frustración acumulada haciendo que un grito escape de mi interior.


Siento un inmenso calor en mis poros después de proyectar el sol ardiente en mi piel y mis labios se juntan con frenesí. Casi puedo verme a mí misma en una maratón de varios kilómetros y el anchuroso espacio lleno de bombardeos. Uno tras otro con respiraciones aceleradas, el cuerpo movedizo y sudoroso. Admito que fue una gran lección de vida y significa rotundamente estar lejos de uno mismo.


¡Rhys, pedazo de estiércol!


Me desvío en el camino pensando en las iniciales de su nombre más ese estúpido añadido, mientras trato de abrirme espacio con un rugido en el estómago. En estos tiempos no se puede confiar en nadie, mucho menos en ese intruso que ha venido a ocupar un lugar más en la familia y eso es algo que no pienso perdonárselo.


Puedo verlo en mi cabeza con esa sonrisa taimada y ese trueno que retumba entre nosotros. Había conexión y complexión, pero sobretodo, locura efímera del odio que ha empezado a incrementarse en solo veinticuatro horas.


¡Qué ganas de estrellar mi puño contra su rostro!


Pensar incluso en él es indecente y se esmera en mostrarme el lugar más retorcido. Es incómodo haber caído en su juego. Intentó negociar y lo logró con solo tronar los dedos. Su simetría es un magnetismo envolvente en un traje oscuro haciéndole tributo a su cabello azabache y pestañas espesas.


Poco después, una segunda sombra se planta a mi lado con ese tenue brillo en los ojos y flexiona el brazo para concederme agua dosificada. Recibo con gentileza después de combatir contra el demonio. Todavía no puedo hablar, el aire gélido acaba de bloquear paso en mi garganta.


—Si sigues corriendo así, el corazón se te detendrá —Claire me habla con ese extraño color de labios, siguiendo la tendencia gótica.


—Estoy tomando el valor necesario para salir de esto.


La caída de mi bendito plan me tiene furiosa.


—¿Y... cómo va la relación con tu hermano?


—Medio hermano —increpo con vigor.


—Vale, como tú digas —eleva las manos sutilmente—. ¿Sabes? Lo busqué en las redes sociales y qué crees.


—¡¿Qué?!


—No hay ningún perfil con ese nombre.


—Los chicos que causan algún impacto social son los que más guardan secretos —objeto.


—¿Tú crees?


—Es un hecho —La miro con astucia.


Desde luego, tomamos el camino directo a casa y lo irónico es que todo se realiza de forma discreta. Por alguna extraña razón, se me oscurece la mirada cuando las puertas están cargadas de adornos pintorescos y varios pasos truenan en el piso. Sin siquiera asearme o arreglarme un poco el cabello, la vergüenza se filtra en mis mejillas y padre aún no terminó de explicarme. Es evidente que esto lo hace solo por él, por el hijo que siempre quiso tener y pareciera ya no existir más en esta casa.


Nos movemos hacia dentro y los minutos siguientes pasan costosamente cuando los allegados de mi padre lo saludan con un gesto afable y, por lo pronto, nos dirigimos hacia nana que está al otro lado de la sala principal.


—¿Qué hay? —pregunto y ella voltea a verme.


—Oh, querida. No te vi llegar —Se disimula—. Todo fue de último momento —responde, sosteniendo un recipiente lleno de exquisitos bocadillos.


—¿Y por eso papá tuvo que olvidarse de mí?


—E-estaba por llamarte.


—No es cierto.


Empiezo a pensar que ya no le importo.


—Blake —Claire dice a mi lado.


Desde que he llegado no han dejado de hablar de Rhys, de lo bien que se le ve y de lo sobresaliente que es en sus estudios.


Hace meses que no me sentía así.


Ahí está él de pie sosteniendo una copa de vino y no parece estar solo. Hay una mujer muy guapa y mucho mayor que él que le toca el brazo, riendo y coqueteando como una quinceañera. Se ven asquerosamente horribles y varias no le quitan la mirada de encima.


—¡Es un maldito gigoló! —bufo, triturando las botanas con mis manos.


—Y todas esas mujeres parecen adorarlo —dice llevándose un bocadillo a la boca.


—¡Ya se me quitó el hambre! —refunfuño sacando las garras—. Iré a decirle todas sus verdades.


—¿Quieres que te acompañe?


—No hace falta.


Avanzo decidida y molesta con la vida.


Al cabo de unos segundos, me pongo en medio de los dos y pienso en lo infeliz que he sido. Estupendo. Haría cualquier cosa para molestarlo, hacer que se canse de mí y vuelva por donde vino. Y cómo no, descubro que me mira como mira a esas mujeres de vestidos escotados y piernas exuberantes salidas de algún pub.


—Deja de escupir por el colmillo como todo un Donjuán que esas mujeres ya están felizmente casadas —protesto con mala leche.


—Divorciada.


A mi lado, esa mujer rubita resopla y una corta sonrisa se expande por su rostro. Otra vez me siento una completa tonta.


—¿Escuchaste eso? —Rhys me guiña un ojo.


Después de un rato, me fijo en los cordones desanudados de mis tenis y, él al notarlo, deja la copa en la mesita. Cede como una mascota obediente a mis pies, eleva la mirada hacia mí y se relame los labios con satisfacción siendo el centro de cada canción. Hace un nudo y sus dedos suben a mis tobillos provocando espasmos a mi cuerpo. Lo está consiguiendo y comprendo que para él puede ser algo tan sencillo como meterse una empanadilla en la boca. Me acaricia un poco hasta arriba de mis rodillas y barre asiduamente llevándose el mejor agasajo. Respiro de forma pausada, no porque Rhys sea el de los dedos, sino que me cuesta reprimir el cosquilleo. Por no mencionar, para el intruso algo así se convierte en una gran hazaña, y por lo visto no sabe que eso lo que acaba de hacer está mal. ¡Válgame Dios! No lo he visto venir hasta hace unos segundos, abro los ojos con sutileza, reculo y le ofrezco una mirada desdeñosa.


—No te atrevas acercarte a mí.


Camino sin echar la mirada atrás y todo se arruina de manera silenciosa. Entonces, me detengo en los peldaños del medio, asgo el chicle de plátano que tengo en la boca y lo embarro en la barandilla importándome una nimiedad.


Una vez en mi habitación, me pongo una prenda corta con el estampado en el centro de Candace Flynn de la serie animada Phineas y Ferb, y enseguida me dejo caer en la cama. Me aferro a mi oso de peluche y miro las fotografías que están adheridas en mi colección. Todos mis recuerdos están ahí. Se proyectan capítulos, lágrimas y sonrisas.


Ocho años atrás.


Como olvidar aquel accidente automovilístico en la carretera del Este en Sidney. Instante en que vería a mamá por última vez y ese grito de desesperación me arrastra por el suelo. Y fue así hasta que llegué por la noche al hospital, mientras le escuchaba llorar a mi padre en silencio y es que en realidad no lo había visto así en tanto tiempo.


Cuando todos se marchan, sin más, una lágrima resbala en mi mejilla y el teléfono tintinea de repente. Es la primera vez en mucho tiempo que atiendo la llamada de un número desconocido.


—Sí, ¿diga? —me froto los ojos con la voz ligeramente rota.


Esa extraña voz con ese tenor grave y misterioso me dejan amorrada por unos instantes.


¿Cómo cojones ha conseguido mi número? Es un maldito bandido. ¡La madre que lo parió! Casi dejo caer el teléfono al suelo.


—¿Por qué tienes mi número?


Reúno el valor necesario.


—Tengo mis mañas —Eso no lo discuto. Sin embargo, su tono es desagradable y me chiflan los oídos.


—¿Qué haces llamando a esta hora? —mascullo como una jodida niña con problemas mentales.


—Has lo que te pedí.


—Ugh... ¿qué quieres que haga? —resoplo con la quijada apretada.


—Prepárame un sándwich de pollo, jamón y queso, un refresco y lo subes a mi habitación.


Oigo su risa con un matiz suave. Será una batalla interminable con toques traumáticos e indeseables hasta sentirse un puto suicida o estar unos segundos muerto. Claro, si a eso es a lo que me refiero. Duele por una vez en la vida como un enorme grano en la nariz partiendo de una causa perdida.


Aquí estoy, en medio de la cocina, preparando un mega sándwich de pollo, jamón y queso. Coloco la rebanada de pan en la tostadora para darle color y, una vez listo, añado el pollo desmenuzado, las patatas fritas, el jamón, las rodajas de tomate y la rebanada de queso. Enseguida, corto dados de sandía, lo lleno en el vaso y trato de batirlo con un segundo recipiente hasta que las semillas se depositen en el fondo.


Aun con lo alterada que estoy sonrío porque acabo de agregar diez cucharadas de azúcar y sin pensarlo lo llevo a su habitación.


—Aquí tienes.


Mi caos no deseado está justo al frente, se pone en pie y se saca los auriculares que cuelgan en su cuello para mirarme. Me redirijo a mis pensamientos y, tal como nana me habló, ahí están los titulares recortados y todos ellos son de desapariciones. ¡Dios! Esto es aterrador.


Me llevo un mechón tras la oreja y dejo la bandeja en la mesita con un nudo en el estómago. Para cuando giro, él está ahí detrás de mí estudiándome minuciosamente y elige el momento oportuno para comprobar lo que le he traído.


—Pésimo servicio, Campbell. Este sándwich no tiene lechuga y el refresco está muy dulce.


—Ugh... —me topo con su despreciable mirada y automáticamente mis manos ya están formadas en dos puños listas para marcarle el rostro; aunque admito que lo hice adrede. No obstante, me contengo y procedo las gradillas con una sonrisa dentuda.


Debo dejarme de tonterías.


¡Brr!


Todo lo que quiero es golpearlo y desaparecerlo por un buen tiempo. Eso me vendría bien. Resulta que me haría un gran favor apartarlo de mi camino y de ahí paso a sentirme una diosa empoderada. No voy a permitir que siga viéndome la cara de tonta, que siga ofendiéndome como si no fuera nadie en esta casa y que siga avergonzándome frente a todos. En este instante haré que de un sopetón se ahogue y así aprenda a no meterse conmigo. Antes de llegar a la cocina tenía pensado hacer tantas cosas, pero una nunca sabe que está a punto de suceder.


Me enderezo de forma fatalista y arrastro los pies con un gruñido recurrente. Dios sabe a lo que me estoy enfrentando y no creo que esté pasando por un buen momento. Y qué mejor que estallar mi furia sobre él y tener la certeza de que alguien termine viéndolo.


Subo escaleras arriba e inmediatamente estoy justo a unos metros de él con esa sonrisa de suficiencia.


«Espera un poco, solo un poco, Blake».


«Prometo que nada te detendrá, pero aprende primero como se hace».


«Él está hecho de acero».


«Te va a costar, tanto que pondrá en juego tu salud mental».


«No te alarmes, ¡llénate de energía!»


Cómo hacerlo, si a veces no estás de mi lado.


«Solo has un pequeño esfuerzo».


¿Pequeño esfuerzo? ¡Por favor, no insistas!


«No te dejaré sola ni por un minuto».


Me lo has dicho varias veces y mira lo que sucede. De todas formas, estoy sola.


«La soledad no se te da nada mal».


¿Qué insinúas?


«¡Deja de ladrar!».


¡Tú empezaste!


«¡Deja de hablar en segunda persona!»


Odio tu sinceridad.


«Pero es mejor eso que guardarte cosas».


Odio decir esto; sin embargo, tienes toda la maldita razón.


«La tengo».


¡Sal de mi mente! ¡Créeme que lo necesito!


«Como gustes, Blake N°1».


Gracias por el añadido, Blake N°2.


Y cuando creo que está a punto de suceder, se detiene antes de que se lo tome y lo examina con esmero. No sé ni cómo es posible que sea demasiado inteligente y me haya puesto en evidencia de manera pretenciosa. Me muestra su prolijo, coqueto y perfecto rostro. Intenta dar su mejor golpe con un ápice divertido y me entierra los ojos con la mirada.


—No, ya no lo quiero.


La ira se extiende en todas partes de mi cuerpo y mis ojos se abren como dos esferas brillantes con el fuego ardiendo en llamas. Nadie antes se ha atrevido a tanto y en este instante mi semblante parece no aguantarlo. Se extiende el pico y la sangre me hierve mientras asimilo aquel remoquete de palabras épicas expuestas ante mí. No sé muy bien cómo ha podido llegar hasta aquí.


Trae complicaciones a mi vida con una carga inamovible, textualmente me empotra contra algo duro. Es peor que cualquier otro monstruo o villano que haya visto en la televisión. Tiene la oscura y perversa sonrisa de Pennywise y la malicia de Michael Myers.


—¿Haces todo esto para molestarme?


—Sí, tal vez —me mira con un gesto burlón.


—¡Te aborrezco! —susurro al girar, pero entonces, me detengo en la puerta. Lo pienso por una fracción de segundo y me vuelvo hacia él. Le dedico una sonrisa abominable y le embarro la camiseta de refresco. Su expresión se oscurece y me toma por los hombros.