TENÍAS QUE SER TÚ

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Summary

Una desilusión amorosa lleva a Maia Danvers a jurarse a sí misma no volver a involucrarse con ningún chico. Sin embargo, sus planes cambian cuando su mejor amiga le pide que finja ser novia de Steve Donson para hacerle entender que ningún chico tiene derecho de ir por la vida jugando con el corazón de las chicas.

Status
Ongoing
Chapters
32
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4.7 6 reviews
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16+

1. TODO COMIENZA CON UN CORAZÓN ROTO.

-Steve es un idiota – Hannah se sentó a mi lado – Solo quería acostarse conmigo. Salimos y el muy cínico me dijo que solo había sido una aventura y que no me quería volver a ver.


-Te juro que ahora sí lo mato – rechiné los dientes.


-¿No crees que es hora de que pague por todo? Las bromas pesadas que te hace, los golpes "accidentales" – hizo comillas con los dedos – y lo que me hizo.


-Podemos hacerle una gran broma – sugerí.


-No creo que eso baste – se relamió los labios – Creo que deberíamos darle en donde más le duele: su ego. Es el talón de Aquiles de todos los hombres – hizo una pausa, como esperando a que me negara. Cuando vio que eso no sucedía, prosiguió –: Podemos hacer que una chica lo seduzca y lo enamore – sonrió ladinamente – Después le pediríamos que diga frente a todos en el instituto; que todo había sido una broma para dejarle en claro que las mujeres no somos el sexo débil y que Steve Donson no es más que un hijo de puta.


-Tu plan es muy cruel – hice una mueca – Además, es el primo de nuestra amiga del que estamos hablando.


-Pero es la única manera de vengarnos.


-De cualquier forma, hay una falla en tu grandioso plan: dudo que encontremos una chica que esté dispuesta a destruir a Steve Donson y que no se haya acostado con él. Sabes que Steve no repite.


-Oh, no te preocupes por eso. Tengo a la chica perfecta – su sonrisa se amplió –: tú.


-De ninguna manera – me rehusé, poniéndome de pie.


-Nunca sospecharía de ti, Maia – exclamó – Piensa que no eres lo suficientemente inteligente y cruel como para hacer algo así. Por eso debes ser tú.


-Tendrás que encontrar a otra chica, Hannah – volví a sentarme – Eres mi mejor amiga y haría cualquier cosa por ti, pero esto me sobrepasa. Además – agregué, para convencerla por completo –, sabes perfectamente que se me dificultaría fingir y mentir.


-Bien – repuso, resignada – Encontraremos a alguien más.


April apareció y se sentó frente a nosotras.


-Hola, chicas – nos saludó.


-¿Qué tal tus clases? – le preguntó Hannah.


-Aburridas – April soltó un suspiro – Aún no tropiezo contra un chico que me ayudará a recoger mis libros y que cuando me mire a los ojos se enamore de mí.


-Dudo que eso pase – rodé los ojos.


-Bueno, planeo enamorarme antes de que terminemos el último curso.


-Dudo que eso se planee – objeté – Créeme, no querrás tener algo con cualquier chico. Lo único que les interesa es tener sexo.


-Desde que te conozco vives la vida dudando, Maia – apoyó los antebrazos en la mesa – Es una de las razones por las que no tienes novio.


-¿Y cuáles son las otras razones? – enarqué una ceja.


-Tu apariencia – señaló – Deberías vestirte y maquillarte diferente. La ropa que usas es de la década de los 80's.


Medité por unos segundos. April era pelinegra y de ojos verdes, y hacía poco se había cortado el cabello. Siempre vestía faldas, shorts y vestidos, sin importar el clima. Sus cualidades eran el optimismo, hiperactividad y carisma, por lo que atraía todas las miradas. Por otro lado, Hannah era rubia y su cabello caía en ondas por su espalda. Era más alta que April y yo, incluso sin usar zapatos altos. Y luego estaba yo: pelinegra, aunque solía teñirme el cabello de castaño o casi rubio. Actualmente lo tenía de este color, pero pensaba regresar a mi color natural y quizá teñirme las puntas de verde o azul.


Las tres éramos completamente diferentes; tanto física como personalmente, pero teníamos algo en común: un corazón roto. La primera en sufrir una desilusión amorosa fue Hannah. Desconocía el nombre del chico pero mi amiga quedó devastada. Por más que intenté que me revelara la identidad para golpearlo, se negó y me pidió no volver a tocar el tema. Después siguió April. El nombre del chico era Brian y Steve se había encargado de él. Recuerdo que los padres de April habían tenido que pagar la fianza y los gastos del hospital de aquel chico. Y por último fui yo. Gracias a ese chico me empeñé en modificar mi apariencia y personalidad, pues me había jurado a mí misma no volver a involucrarme con el sexo opuesto.


-La persona que en verdad quiera estar conmigo, me aceptará tal y como soy – dije al fin – Además, los chicos con los que he salido solo quieren acostarse conmigo.


-Es porque con esa apariencia tuya solo se te acercan chicos malos – aclaró – Sin mencionar que siempre estás con los audífonos puestos.


Intercambié una mirada con Hannah, la cual se encogió de hombros y dijo:


-Tiene razón.


-Tu vida es opuesta a todas las novelas que leo – exclamó April, llamando mi atención – Aquí tú eres la chica mala que le desagrada la idea de enamorarse. Solo debes esperar a que llegue el chico bueno y te enamore.


-Creo que deberías dejar de leer romance – espeté– Y no voy a esperar nada. No quiero enamorarme y punto.


-El amor no se elige, Maia – rio.


-Quizá. Pero el amor es una condición de la mente, una luz que se desvanece con el tiempo – hice una pausa – Las relaciones son totalmente narcisistas. Básicamente estas buscando a alguien que te ame tanto como te amas a ti mismo. Y eso está bien porque no debes conformarte con menos. Pero las relaciones también son complicadas y eventualmente los sentimientos de las personas resultan heridos.


-Tu pesimismo es alarmante – comentó Hannah.


Mis amigas se enfrascaron en una conversación sobre el amor y no sé cuánta cursilería más. No podía creer que después de su desilusión amorosa aún tuvieran ganas de volver a enamorarse.


Guardé mis cosas en la mochila y me fui sin avisar. Debía apresurarme si no quería llegar tarde a mi siguiente clase.


Había varios chicos jugando con un balón de fútbol americano — mi mellizo era uno de ellos —, así que me puse mis audífonos mientras atravesaba el jardín frontal. Odiaba el bullicio.


-¡Cuidado! – escuché que alguien gritaba.


Me giré, encontrándome con un balón yendo directo a mi rostro. Sin darme tiempo de reaccionar, el balón me golpeó y caí. Inmediatamente un dolor me escoció el rostro. Me llevé la mano hasta la zona afectada, sintiendo un líquido bajar por mis labios. No tardé en sentir el sabor a sangre en mi boca. En eso, un chico se acercó y me ayudó a levantarme. Estaba a punto de darle las gracias cuando bajé mi mano y me encontré con la mirada de Steve Donson, mi peor pesadilla. A diferencia de su prima, Steve era castaño y de ojos azul claro. Como receptor del equipo de futbol, tenía excelente condición física, ventaja que usaba para acostarse con el mayor número de chicas que le fuera posible. Eso sí, tenía una regla: jamás repetía.


-Tenías que ser tú – resoplé, quitándome los audífonos.


-Vamos, te llevaré a la enfermería. Tu nariz no se ve nada bien.


-Por tu propio bien, espero que mi nariz no esté rota – le advertí – En el último mes me la has roto tres veces.


-¿Por mi propio bien? – se burló.


-Siempre que voy caminando tranquilamente, apareces y me arrojas algo a la cara.


-No es mi culpa que cuando arroje un objeto aparezcas tú y lo detengas con tu estúpida cara – se cruzó de brazos.


-El único estúpido aquí, eres tú – espeté – Me golpeas a propósito.


-Mejor deja de quejarte y vayamos a la enfermería – intentó agarrarme del brazo, pero me hice a un lado.


-No necesito de tu hipocresía, Steve – lo fulminé con la mirada.


-Yo no soy hipócritica.


-Ambos sabemos que no te agrado – refuté – ¿Y ahora vienes y te ofreces a llevarme a la enfermería?


-Se le llama amabilidad, Danvers – rodó los ojos.


-Tú no eres amable conmigo. Desde que somos vecinos te has empeñado en molestarme y hacerme bromas.


-Es divertido molestarte – curvó las comisuras de sus labios hacia abajo y se encogió de hombros.


Saqué un pañuelo de la mochila y lo sostuve contra mi nariz.


-¿Qué está sucediendo aquí? – mi mellizo hizo su aparición. Quizá nos parecíamos físicamente, pero éramos de personalidades diferentes. Mason era popular, y no solo por ser el quarterback del equipo sino porque era atractivo, carismático y extrovertido. Cuando nos mudamos a San Francisco ni siquiera tuvo que esforzarse para adaptarse. Poseía una gran facilidad de la palabra, por lo que hacía amigos rápidamente.


-El idiota de tu mejor amigo volvió a golpearme – respondí, molesta.


-Fue un accidente, Maia – Mason tocó mi hombro.


-Hermano, date cuenta – me aparté su mano de un manotazo – Tu amigo me golpea intencionalmente.


-Deja el drama y ve a la enfermería – espetó Steve.


-Eres insoportable – pasé junto a él y me dirigí a la enfermería, al mismo tiempo que sonaba la campana, anunciando el cambio de clase.



**********


-¿Pero qué te ha pasado? – Gina, la enfermera, se acercó a mí y me ayudó a sentarme en una camilla. Después de varias visitas a la enfermería por culpa de Steve, habíamos creado una buena amistad.


-Steve Donson – me limité a decir.


Sacudió la cabeza, pero no dijo nada. Simplemente se dedicó a limpiarme el rostro y detener la hemorragia. Terminó colocándome algo parecido a unos tampones en mis fosas nasales.


-Creo que eso bastará – sonrió.


-¿No está rota?


-Aunque no lo creas, el golpe no fue tan fuerte como para desviarte el tabique.


-Menos mal – murmuré.


-Toma – me entregó una tarjeta – Es un pase para que tu profesor te deje ingresar al aula.


-Gracias, Gina.


Salí de la enfermería y tras recorrer un largo pasillo, corrí escaleras arriba para llegar al aula de Química. Golpeé un par de veces antes de que el profesor Sabatia abriera.


-Llegas tarde – dijo.


-Estaba en la enfermería – le di el pase.


Con un suspiro, se hizo a un lado y me dejó pasar. Recorrí el aula con la mirada. Todos estaban sentados en parejas y el único lugar disponible era al lado de mi vecino. Mascullé para mis adentros y tomé asiento.


-Tienes un aspecto horrible – susurró Steve.


-No me hables.


-Eso será imposible. Seremos compañeros en esta asignatura, y para hacer los trabajos debemos tener una excelente comunicación.


Levanté la mano.


-¿Sí? – Sabatia me miró.


-¿Puedo cambiarme de lugar? – pedí.


-Todos eligieron a sus compañeros y dado el caso de que Donson no tenía pareja y tú llegaste tarde, no tendrás de otra mas que hacer pareja con él.


Me hundí en mi lugar.


-Tranquila – Steve volvió a susurrar – Mientras estemos en clase de Química, no arrojaré cosas para que tu rostro no resulte herido.



**********


Llegamos a casa, encontrándonos con mi padre y un chico que reconocería a metros de distancia.


Abrí la boca para hablar, pero mi hermano se me adelantó:


-¿Noah?


Noah era nuestro hermano mayor y hacía dos años se había ido a estudiar a Boston. Desde entonces no había venido de visita, pero nos manteníamos en contacto. Él era una mezcla entre Mason y yo. Noah era serio, pero amable. Como a mí, también se le dificultaba abrirse con las personas, pero al final, cuando confiaba en los demás, cedía y hablaba abiertamente, incluso sobre sus sentimientos y aspiraciones. A diferencia de él, yo prefería no confiar en nadie. Ni siquiera en mis amigas. Quizá cedía un poco con Hannah, pero aún así decidía reservarme algunas cosas.


-¿Qué haces aquí? – inquirí.


-¿No estás feliz de verme? – parecía afectado por mi reacción. Y no lo culpaba.


-Por supuesto que me alegra verte – me acerqué a él y lo abracé –, simplemente me sorprende que estés aquí – rompí la muestra de afecto para mirarlo a los ojos – Pensé que no vendrías hasta navidad.


-¿Crees que me perdería el cumpleaños de mis hermanos? – elevó ambas cejas.


-Aún falta mucho – comentó Mason.


-Estoy de vacaciones.


-Pero las vacaciones comienzan en un par de meses – observé.


-Las mías comenzaron antes por buen promedio.


-Mi hijo será un excelente abogado – papá palmeó su espalda, orgulloso.


-Pensé que estabas estudiando medicina – fruncí el ceño. Eso era lo que nos decía a Mason y a mí cada vez que mensajeábamos o hablábamos por teléfono.


-Su hermano sabe perfectamente que toda la familia Danvers ha sido partidaria del derecho – papá se apresuró a decir – Noah sabe que la carga de la firma de abogados recae sobre sus hombros. Es por eso que se decidió por estudiar derecho. Eso de estudiar medicina solo era un capricho.


Escruté a Noah con la mirada. No era el mismo chico que estaba feliz por estudiar medicina. Ahora parecía un hombre sombrío y miserable.


-Y espero que ustedes sigan el ejemplo de su hermano mayor – agregó papá – Su deber es graduarse con honores de Connecticut.


-¿Y qué hay de los sueños? – lo miré.


-No importan.


-¿Cómo que no importan? – levanté la voz.


-Si este es un intento para convencerme de que te deje estudiar música, olvídalo. Tanto Mason como tú estudiarán derecho.


-No puedes decirnos qué hacer – exclamé, molesta.


-No pienso tener esta discusión de nuevo – torció el gesto.


-No permitiré que arruines mi vida como lo estás haciendo con Noah – salí de la sala y corrí escaleras arriba.


Entré a mi habitación dando un portazo tras de mí. Después salí a la terraza para tomar aire y secar las lágrimas que amenazaban con salir. Ahí arrojé mi mochila al suelo.


Steve también había salido a su terraza, aunque sus razones eran diferentes.


-¿En tu casa o en la mía? – exhaló el humo del cigarro.


-¿Disculpa?


-Tenemos tarea de Química – me recordó.


-¿April está en casa?


-Fue al cine con sus padres – se llevó el cigarro a los labios y le dio una calada.


-Espérame en la puerta trasera de tu casa – tomé mi mochila y la arrojé hacia abajo.


-¿Qué diablos estás haciendo? – exclamó, al ver que pasaba un pie al otro lado de la terraza; luego otro.


-¿Salir? – respondí con obviedad.


-¿Por qué no sales por la puerta principal?


-¿Por qué no te callas y haces lo que te dije?


Sin decir nada, desapareció de mi vista.


Me colgué del barandal y salté. Había hecho esto cientos de veces así que tenía práctica. Tras tomar mi mochila, caminé a la parte trasera de la casa de los Donson. Ahí me esperaba Steve, cigarro en la mano.


-Odio el humo del cigarro – se lo quité y lo tiré al suelo para pisarlo. Después lo tomé y lo deposité en la palma de su mano – A este paso te morirás de cáncer de pulmón.


-Solo fumo cuando tengo ansiedad – entró a la casa.


-Por si no lo sabes – lo seguí –, el cigarro incrementa tus niveles de ansiedad.


-Por si no lo sabes, me importa una mierda tu opinión.


Llegamos a la sala — en dónde estaba la mochila de Steve — y tomamos asiento.


-Debemos hacer un ensayo sobre las reacciones químicas – sacó su computadora de la mochila y la colocó sobre su regazo.


-Sé lo que debemos hacer – bufé.


-Eso no parecía hace un momento cuando te dije que teníamos tarea .


-Estaba pensando en otra cosa.


-Será mejor que eso no influya en nuestro ensayo porque no quiero obtener un insuficiente.



**********



Justo cuando terminamos, mi celular comenzó a sonar. Lo ignoré, pero la persona al otro que lado de la línea era demasiado insistente.


-Si no contestas lo haré yo – me advirtió Donson.


Al ver que no tenía opción, contesté sin mirar la pantalla.


-¿Diga?


-¿En dónde te has metido? – era mi padre – Entré a tu habitación y no estabas.


-Salté por la terraza. Aterricé mal y me torcí el tobillo – hice mi mayor esfuerzo para reprimir el hipo. Cada vez que mentía, hipaba. Eso era una completa desgracia porque por más que lo reprimiera, terminaba por hipar. Afortunadamente esta vez me salió bien – Estoy en el hospital.


Steve me lanzó una mirada de soslayo pero no dijo nada.


-¿Y por qué no me llamaste? – exclamó papá.


-Estaba ocupada – me puse de pie y miré por la ventana – Ya sabes: un tobillo torcido es cosa seria y la enfermera tardó en vendármelo.


-Voy para allá – colgó. En ese momento salió de la casa y se subió a su coche.


Regresé a mi lugar con una sonrisa.


-Sí que eres mala con tu padre – Steve negó con la cabeza.


Me encogí de hombros. No me importaba ser mala con mi padre por una vez en la vida. Él lo era todo el tiempo con sus hijos.


-Ya envié el trabajo al correo del profesor Sabatia – se levantó y se estiró – Iré a la cocina, ¿quieres algo?


-¿Desde cuando eres amable conmigo?


-¿Vas a querer algo o no?


-¿Cualquier cosa? – enarqué la ceja.


-Levanta tu trasero y sígueme – giró sobre sus talones y comenzó a caminar.


Steve Donson no era mi persona favorita, por lo tanto, no me agradaba pasar tiempo con él. Sin embargo, regresar a casa no era una buena opción. Además, estaba hambrienta. Esas eran razones suficientes para seguirlo hasta la cocina.


Al no decidirnos por qué hacer para comer, optamos por preparar lo que ambos queríamos: espagueti con albóndigas, sándwiches y malteadas.


Antes de que comenzáramos a comer, mi celular volvió a sonar. Al ver que era mi padre, esperé y contesté al tercer timbrazo.


-Cruzaste la línea, Maia Danvers.


-Ni siquiera sé cómo te lo pudiste creer. Solo piensa: si en verdad me hubiera caído, hubieras escuchado algo. Además, ¿quién pudo haberme ayudado?


-Pudiste haber llamado una ambulancia.


-Si mi memoria no me falla, las ambulancias no aparecen de la nada y sin hacer ruido.


-¡Estarás castigada durante un mes, ¿me oyes?!


-Ya no tengo ocho años, papá – repuse – Si me castigas, ¿quién se va a asegurar que no salga de casa mas que para ir al instituto? Dudo que dejes tu trabajo para cuidarme.


-¿Qué ganas con mentirme y preocuparme de esa manera?


-Hacerte saber que no tienes poder sobre mi vida – colgué.


-¿Ahora por qué razón te enojaste con Arthur? – preguntó Steve.


-Por tomar decisiones por mí – bebí un sorbo de mi malteada – Ya que conoces mucho de bromas pesadas, ¿te importaría decirme algunas?


-¿Y arriesgarme a que me las hagas a mí? ¡Ni hablar!


-En realidad son para mi padre – expliqué.


-Lo pensaré – se limitó a decir.


Permanecí en silencio por unos segundos.


-¿Ya?


-Ya qué – frunció el ceño.


-Han pasado cinco segundos. Creo que ha sido tiempo suficiente para pensarlo.


-Sí que eres insistente – masculló.


-Lo que pasa es que sé lo que significa la frase "lo pensaré". Las personas la dicen cuando no piensan hacer lo que les pides.


-Por ejemplo: cuando le pides salir a un chico. Creo que eso te pasa con frecuencia.


-No estoy interesada en los chicos – le di una mordida a mi sándwich.


-¿Eres homosexual? – abrió los ojos de par en par.


Mastiqué y tragué.


-No seas idiota. Simplemente me cansé de ellos. Son unos imbéciles.


-Esa es tu culpa. Con tu apariencia solo atraes a chicos que quieren acostarse contigo.


-Ya tuve esta conversación con April. Te diré lo mismo que le dije a ella: no voy a cambiar mi apariencia solo para gustarle a alguien. Odio los estereotipos que esta sociedad de mierda ha creado tanto para hombres como para mujeres. Por no mencionar los prejuicios.


-Suenas cansada de la sociedad – elevó ambas cejas.


-Estoy cansada del amor – lo corregí – Eso no va conmigo.


-¿Y qué va contigo? – preguntó con curiosidad.


-La música.


-Lo supuse. No te quitas tus audífonos para nada – señaló mi cuello, en donde colgaban mis amados y preciados audífonos.


-Uso la música para todo – terminé con mi sándwich y seguí con mi espagueti – Es increíble cómo una canción puede cambiar tu estado de ánimo. Tal vez pienses que estoy loca, pero la música me inspira para hacer las cosas.


-Sé que estás loca, pero no precisamente por eso – sonrió, burlón.


Rodé los ojos.


-Estoy de acuerdo contigo – agregó – Al igual que a ti, la música me inspira. Dime, ¿tocas algún instrumento?


-Violín, piano, guitarra y batería – enumeré con mis dedos – Aunque, para serte sincera, aún debo practicar con la guitarra.


-Déjame adivinar – su sonrisa se amplió – Tu género favorito es la música clásica.


Fruncí los labios, pensativa. Me gustaba la música clásica, pero no era mi género favorito.


-Prefiero el rock alternativo o indie rock – dije.


-Creo que es lo único que tenemos en común. Mi banda favorita es The 1975.


-Otra cosa en común – sonreí.


-Ya nos desviamos del tema – parpadeó – Si quieres que te enseñe algunas bromas tendrás que venir dos veces por semana. De preferencia cuando no haya nadie en casa. Incluso puedo ir a la tuya.


-Vendré cuando April y Mason no estén – asentí –, ¿pero por qué solo dos veces por semana?


-El hecho de que tú no tengas vida social no quiere decir que yo tampoco la tenga.


-Disculpa por no conformarme con cualquiera. En eso no nos parecemos en nada. Tú te acuestas con cualquier chica y yo prefiero mil veces estar encerrada en mi habitación, escuchando música.


-Tampoco soy tan mujeriego como parezco, Danvers – rio.


-Si tú lo dices.


-¿No crees que deberías quitarte eso de la nariz? – señaló mi rostro – Se ve asqueroso.


-Tú tienes la culpa; por arrojarme ese balón – me levanté y me dirigí al baño de la planta baja.


Steve me siguió.


-Entonces no te molestará que te ayude.


Entramos al baño y nos paramos frente al espejo. Después de lavamos las manos, nos dispusimos a quitar los algodones de mis fosas nasales.


-Esta mierda no quiere salir – dijo Donson entre dientes.


-Vuelve a intentarlo.


Sonrió con malicia y de un tirón sacó el algodón de mi nariz.


-Idiota – lo golpeé con mi puño. Me lavé la cara y regresamos a la cocina – ¿Sabes a qué hora llegará April?


Se encogió de hombros.


-¿Qué dices si subimos a mi habitación...?


-No tendré sexo contigo – aclaré.


-¿...para enseñarte mi nueva guitarra?


Me golpeé mentalmente por malinterpretar su propuesta.


-De acuerdo – fue mi turno de encogerme de hombros.


Cuando subimos, Steve cerró la puerta tras de sí. La habitación era amplia y ordenada. Estaba adornada con varias guitarras y pósters de The 1975. Donson atravesó la habitación a grandes zancadas, tomó una guitarra de su estuche y regresó a mí.


-Vamos, toca una canción – pidió, entregándome el instrumento.


-Nunca he tocado frente a nadie – me senté en la cama.


-Cierra los ojos e imagina que estás sola en tu habitación – se dejó caer en el sillón de enfrente.


Asentí, dubitativa. Sin embargo, afiné la guitarra y cerré los ojos. Tuve que respirar hondo para armarme de valor y comenzar a tocar y cantar.


-No estuvo mal – comentó Steve, en cuanto sonaron las últimas notas – Te falta afinar algunos detalles, pero no es algo que no puedas lograr – hizo una pausa realmente larga. Pensé que no diría nada más hasta que agregó –: No sabía que también cantabas.


-Es algo que reservo solo para mí – dejé la guitarra sobre la cama para acercarme a la ventana y mirar mi habitación. Sin exagerar, se veía completamente el interior – Espero que no me espíes mientras me visto – volteé a ver a Steve, el cual estaba de pie en medio de la habitación.


-Acosar a una chica no está en mis planes – se acercó a mí – Sí, eres mi vecina, pero no estoy interesado en ti. Además, no paso mucho tiempo en casa. Y cuando no tengo planes, me limito a componer canciones.


-¿Puedo ver tus partituras? – metí las manos en los bolsillos de mi sudadera.


-No lo creo – entrecerró los ojos.


-¿Maia? – escuché que Noah me llamaba.


Steve y yo giramos la cabeza. Noah estaba en la terraza de mi habitación.


-¿Se puede saber qué haces en mi habitación? – inquirí, ceñuda.


-¿Y se puede saber qué haces en la habitación de un chico? – se cruzó de brazos.


-Sabes perfectamente que odio que invadan mi privacidad – exclamé – Así que sal. ¡Ahora! – giré sobre mis talones y salí de la habitación.


Steve me alcanzó en la sala.


-¿Ese era tu hermano mayor?


-En carne y hueso – guardé mis cosas en mi mochila y me la colgué en el hombro – Gracias por ayudarme a quitarme esas cosas de la nariz y dejarme tocar tu guitarra – caminé hasta la puerta.


-¿Sigue en pie lo de venir a mi casa dos veces por semana?


-Por supuesto – salí de la casa y me apresuré a llegar a la mía.


-¿Estás saliendo con Steve Donson? – Noah apareció en el vestíbulo.


-Por supuesto que no – reí, y subí las escaleras.


-Maia, espera – me tomó del brazo, obligándome a mirarlo.


-Estaba en su casa porque debíamos hacer tarea – me zafé de su agarre y terminé de subir, con mi hermano pisándome los talones.


-Eso no explica el hecho de que estabas en su habitación.


-Me dejó tocar su guitarra.


Mason salió de su habitacion y se acercó a nosotros.


-¿Ustedes dos de qué tanto hablan?


-Nuestro hermano no entiende que si estaba en casa de Steve era para hacer tarea – respondí.


-Steve me menciono algo al respecto – dijo Mason – Tranquilo, hermano – palmeó la espalda a Noah – Entre Maia y Steve no hay nada. Y dudo que lo haya. Ambos se odian.


-Del odio al amor solo hay un paso – objetó Noah – Lo sé más que nadie.


-La relación entre ellos es diferente – explicó mi mellizo – Y sobre el amor... – soltó un suspiro – Eso no va con Maia y mucho menos con Steve, el cual, por si lo olvidaste, es mi mejor amigo.


-Y tu mejor amiga es April, ¿no? – bromeó Noah.


-Mi mejor amiga sigue siendo Hannah.


-Oh – Noah agachó la cabeza.


¿Acaso me perdí de algo?


-Se alegrará cuando le diga que has regresado – agregué.


-Los dejo – intervino Mason – Quedé con Steve. Nos vemos más tarde – y desapareció por el pasillo.


-¿Tuviste problemas con Hannah? – decidí preguntar.


-¿Por qué lo dices? – ni siquiera me miró. Lucía nervioso.


-Reaccionaste extraño cuando la mencioné.


-Solo estoy cansado – lo conocía tan bien que sabía que mentía – Fue un vuelo largo. Lo mejor es que vaya a dormir.


-¿No comerás nada?


-No tengo hambre – se alejó por el pasillo y entró a su antigua habitación.


Algo le pasaba a mi hermano e iba a averiguarlo.




* * * * * * * * * *


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