Capítulo 1
La levedad cuando no queda nadie
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Corría a través del bosque completamente presa del pánico. En su mente solo quedaba espacio para dos cosas: decidir por dónde esquivar el próximo árbol y desear estar tomando el camino correcto hacia la cabaña. Sus jadeos sonaban ahogados porque llevaba un tiempo sin tener que correr, aunque en lo que respecta a huir se había convertido en todo un experto.
Tan solo unos meses atrás, las dos figuras aparentemente humanas que había visto moverse por el cortafuego a media altura de la montaña le habrían resultado indiferentes. Pero ya no, no después de que todo cambiara. Ahora, habían desencadenado tanto aquella carrera como un miedo irracional que no quería tener que comprobar si estaba justificado. Se había acostumbrado a vivir en un oasis de tranquilidad y sentía como si alguien le hubiese abofeteado y le estuviese gritando: «No era un oasis, ¡era un espejismo, idiota!». Por suerte, no creía que se hubiesen percatado de su presencia y cada árbol que dejaba atrás le resultaba una pequeña victoria.
Tras un rato corriendo, cuando empezaba a considerar seriamente que podía haberse perdido, llegó a un camino que pudo reconocer. Para su alivio, descubrió que estaba más cerca de la cabaña de lo que había calculado, lo que le permitió relajarse lo suficiente como para que su cabeza se despejase un poco. A ella volvió la imagen de aquellas dos figuras en la lejanía. En un principio le habían parecido un tanto irreales, casi antinaturales, como la silueta de un delfín en la piscina de una urbanización. Su recuerdo, en mitad de aquella carrera, se lo parecía aún más.
Tuvo que abandonar el bosque para recorrer el último tramo de camino hacia la cabaña. «Te están viendo. Seguro que te descubren recorriendo este tramo despejado», se dijo a sí mismo. Aceleró el ritmo todo lo que sus cansadas piernas le permitieron, hasta que, a tan solo veinte metros de la arboleda que rodeaba la cabaña, tropezó con una piedra que le llevó a perder el equilibrio y caer de bruces contra el suelo. Allí, tumbado boca abajo, aturdido y con los ojos cerrados, imaginó aterrado que algo le atravesaba la espalda y que todo terminaba para él en ese mismo momento. Pero aquello no sucedió y, tras recomponerse, se levantó para continuar la carrera hacia la que consideraba ya su casa.
Cuando por fin alcanzó la cabaña, no pudo evitar cerrar dando un portazo que parecía gritar «¡Estás a salvo!». Con el corazón martilleándole aún el pecho, se dirigió al fondo del refugio y del primer cajón de la mesita situada junto al sofá sacó unos prismáticos. No tenía claro si deseaba estar en lo cierto y que se tratase realmente de dos personas o si prefería que su mala vista le hubiese jugado una mala pasada y aquellas dos manchas en la lejanía fuesen en realidad un par de lobos o una extraña ilusión fruto de la soledad, creada desde algún lugar de su mente inconsciente.
Al llegar a la ventana de la cocina no pudo evitar coger aire con fuerza antes de colocar los prismáticos a la altura de sus ojos. Efectivamente, se trataba de dos hombres aparentemente de mediana edad. El primero de ellos, más alto y corpulento, ayudaba a caminar al segundo, que cojeaba de una pierna y pasaba su brazo izquierdo alrededor del cuello del otro. Aparte de la cojera no parecían tener mayor problema, iban bien abrigados, llevaban calzado adecuado para la montaña y cada uno cargaba con una mochila. Aun así, el que cojeaba había mirado hacia atrás ya dos veces, en un gesto poco natural que le intranquilizaba un poco.
En la seguridad que le ofrecía la cabaña, un poco más tranquilo, pudo abstraerse lo suficiente de su propio miedo como para plantearse que quizá aquellos hombres fueran en realidad inofensivos. Puede que incluso necesitasen su ayuda, pero no podía correr riesgos tal y como era ahora el mundo. Si es que aún se le podía seguir llamando así.