Prólogo

—¿Estás dispuesta a todo por esas piernas? —la voz de la bruja del mar erizó sus sentidos, pero no era el momento de desistir.
La oscuridad de la cueva las envolvía, ni siquiera tenía una vista certera de la que le habían descrito como el monstruo más temido del océano. Mantuvo sus manos abrazados a su cuerpo en un instinto genuino de protegerse. El agua era más fría en esa área de las profundidades.
—Vamos Ariel, lo has pensado bien, este no es el momento de dudar. Tampoco tienes más opciones, el mar ya no es seguro —se dijo a si misma —Tú quieres ir a la superficie y esta es la única de obtenerlo. —quizás también la única manera de empezar de nuevo.
—Si, lo estoy —respondió acercándose un poco a ella.
Los tentáculos de la bruja del mar se movían de manera aleatoria a su alrededor. Solo uno de ellos era casi del mismo grosor que su pequeño cuerpo de sirena.
—De luna a luna tendrás tu tiempo —empezó a explicar el temible ser. Uno de los tentáculos le alcanzó un frasco con una sustancia negra dentro, que dejó caer para que lo atrapase con ambas manos —Tomarás esto esta noche, durante la luna llena ; y regresarás al mar en la próxima.
¿Regresar?
—¿Entonces el efecto no es para siempre? —preguntó dudosa.
Se oyó una sonrisa sarcástica salir de la profundidad de la cueva.
—Nada es para siempre, y todo lleva un sacrificio. —la bruja empezó a tararear una melodia macabra — Si en la tierra te quieres quedar al mar un precio le debes pagar. —entonó la rima del hechizo mítico —Cada luna llena le entregarás una vida humana para tu deuda saldar, y un par de piernas usar.
Las dudas pasaron por la cabeza de la pequeña sirena que no se esperaba aquella condición. ¿Estaba dispuesta a sacrificar seres humanos? ¿Eso la convertía en una asesina o solo en una víctima de su situación?
—No lo sé —susurró llena de dudas.
—Tienes unas horas para decidirte. Ahora lárgate, que me está entrando hambre y te ves muy apetitosa.
Sus palabras provocaron un escalofrío en cada una de sus escamas, sabía que no se atrevería a comérsela, pero tampoco pensó tentar su suerte.
