Uno
Marzo, 2019. Cambridge, Inglaterra.
Nayla
Pongo un pie en la acera y abro mi paraguas. La lluvia a cesado un poco y decido que es el momento de avanzar. Las calles están desiertas como cada mañana, excepto por las intrépidas ancianas que madrugan para hacer las compras, o el señor del bigote gracioso que regresa de sus típicas guardias nocturnas.
Miro mi reloj de pulsera, es las 7:35am y, como mi rutina exige, tomo una ligera curva y me adentro a la cafetería de Flor. Limpio mis pies con la acolchonada alfombra que se encuentra en la entrada y sacudo mi paraguas para luego colocarlo en una esquina de la puerta.
Saludo al Sr. Bob, quien como yo, suele desayunar aquí su habitual capuchino y panqueques con miel. Me devuelve el saludo y vuelve la vista a su periódico.
Saco mis manos de los bolsillos de mi chaqueta y me dedico a quitarme los guantes. Froto mis manos y luego retiro el gorro de mi cabeza, recojo mi cabello con una liga y camino hacia la mesa de la esquina, mi favorita.
—Buen día Nay.
—Buen día Alex ¿qué tal?
—Ya sabes, comenzando el día, ¿lo de siempre?
—Lo de siempre.
—Vale, ahora regreso.
—Ok, gracias.
Saco los audífonos, los conecto a mi teléfono y reproduzco "Let it Go", de James Bay. Tarareo por unos minutos y veo a Alex acercarse con mi desayuno.
—Aquí tienes. —Coloca la taza de chocolate sobre la mesa y el platillo con los panecillos.
—Gracias. —Hago una pausa—. ¿Cómo está Flor?
—Está bien... bueno. —Suspira profundamente y toma asiento frente a mí—. Los doctores dicen que poco a poco se irá recuperando, solo es cuestión de responsabilidad con su medicación.
—Entiendo, espero que mejore.
—Lo hará Nay, gracias, le diré que has preguntado por ella. —Finaliza, se pone de pie y se dirige a atender a la pareja que recién atraviesa la puerta.
Tomo la taza de chocolate con ambas manos, bajo mi mascarilla y junto un poco mis labios para refrescar su contenido, no sin antes aspirar el delicioso aroma de cacao que destila con dulzura.
Mis ojos se desvían a la ventana y me dedico a apreciar la calle que se extiende bajo la tenue lluvia veraniega. Cambridge, amo este lugar, pese a su insesante frío y precipitaciones casi diarias, no deja de ser mi más amada ciudad, mi nueva vida.
Doy un sorvo a mi chocolate y pruebo uno de los panecillos; cierro los ojos ante tal sabor y mi paladar disfruta de semejante postre. Entonces lo pienso, como cada vez que mis ojos se sumergen en la oscuridad; solo así, cerrados, puedo ilusionarme con un rostro ajeno, un rostro que me muestra tantas cosas y a su vez me deja en desconcierto.
Sonrío, abro mis ojos y verificando la hora vuelvo a sonreír; ya falta poco, unos quince minutos más y podré verlo.
Dejo la cuenta pagada junto con algo de propina, rocojo mi mochila, vuelvo a soltar mi cabello, me coloco el gorro y salgo de la cafetería con el paraguas abierto bajo las gotas de lluvia.
A pasos cortos pero rápidos me adentro al túnel poco luminoso que se encuentra bajo la larga carretera principal. Las descendientes escaleras me llevan a la terminal de trenes y me dirijo a comprar mi boleto.
—Buen día —saludo a la joven morena que se encuentra tras el mostrador con su uniforme azul y blanco perfectamente planchado.
—Buen día —corresponde con una sonrisa.
Hago mi pedido y luego de unos minutos me entrega mi pasaje a Girton amablemente.
—Gracias.
—A usted, tenga buen viaje.
Agradezco sus palabras y apresuro mis pasos; nerviosa, ansiosa y más que nada, muriendo por una mirada, no pido nada más, solo eso y sería suficiente.
El pequeño salón, como siempre, está repleto de personas, o bueno, no tanto así, pues estar sentados a un metro de distancia no ayuda mucho que digamos y por esa razón siempre termino sentándome a fuera.
Llego a la puerta, estoy a un paso de salir y me detengo. Mi corazón se remueve, y aunque suene tonto siempre me pasa, desde la primera vez que le vi...
Suspiro unas tres veces; me convenzo de avanzar y lo consigo. Con la mirada gacha camino hacia la banca de siempre, esa que me permite tenerle de frente. Tomo asiento, me remuevo un poco y me atrevo a mirar. No está. El reloj indica que aun faltan unos cinco minutos para su habitual llegada y me relajo.
Saco mis audífonos y reproduzco las típicas melodías que suelo escuchar.
A mi derecha está una señora mayor, nunca la había visto por aquí, al menos no los martes, que es cuando suelo viajar. Y a mi izquierda una joven dedica nanas a su pequeña bebé.
Observo a las demás personas que me rodean, haciéndome preguntas sobre sus vidas. Muchas veces por su forma de vestir, la expresión de sus ojos y su lejano comportamiento, intento deducir su modo de vida, puedo equivocarme, sí, pero me distraigo bastante, me siento como una adivina. Que tonta suelo ser.
Ladeo mi cabeza y me sobresalto sobre mi sitio. Está ahí «¿en qué momento ha llegado?».
Se encuentra sentado con ambos codos apoyados sobre sus muslos mientras sostiene un libro entre sus manos. Como siempre, una gorra al revés cubre su cabello y uno que otro mechón dorado escapa de la apertura situada casi en su frente. Su ropa en conjunto: deportivo y chaqueta gris, un par de guantes y unos tenis oscuros. Pero no es su atuendo lo que me mantiene atenta y siempre tan a él atraída; sino su rostro ajeno, esos ojos oscuros que esconden una vida incierta.
«Él para mi es un motivo, pero yo para él no soy nada». Quisiera estar equivocada.
Suspiro profundamente en mi agonía, un poco agobiada, pero no rendida, eso nunca. Sé que un día lo hará, mirará hacia el frente y yo estaré aquí, como cada martes, pero esta vez mis labios esbozaran una sonrisa, una de esas auténticas que solo se tienen en momentos especiales; y aunque no pueda verla, al menos notará que existo, ignorando el hecho de que siempre he estado aquí, esperando una simple mirada...
Rebusco en mi mochila y saco mi cuaderno, un crayón negro y una goma de borrar. Me recuesto al espaldar de la banca y con suma delicadeza busco su retrato aún carente de detalles que pienso retocar en este momento.
Observo las lineas que contornan su figura en el fino papel y siento que casi está listo, si estuviese más cerca de él... solo unos metros más, quedaría perfecto.
Entrecerrando mis ojos intento descifrar el título de su libro, pero desgraciadamente no lo logro. Recurro a la creatividad y aplico un poco de sombra sobre la portada a penas visible de este. Retoco cada detalle faltante con rapidez y precisión; deseo terminarlo hoy. Paso mi dedo índice sobre ciertos lugares de su ropa y le otorgo esa opacidad que lo caracteriza; coloco mi firma en una esquina y entre un suspiro acompañado de una sonrisa, me siento orgullosa de mi trabajo.
Cierro mis ojos un instante, satisfecha, alegre, motivada... los abro y unos ojos tan oscuros como la misma noche y brillantes como el más hermoso astro, se encuentran con los míos.
¡Sí era posible... me ha visto!