Inicio
Sueños que traen recuerdos.
Alguien estaba llamando en la puerta.
Los golpes al principio habían sido pausados, los tres típicos toques que se dan para llamar la atención de los dueños de la casa. Pero pasaron unos segundos, y aquella persona pareció impacientarse, por lo que la fuerza con la que golpeaba había ido aumentando, hasta el punto en que parecía querer romper la madera.
—¡Un momento, ya voy! —gritó con algo de molestia la mujer, quitándose el delantal, mientras caminaba en dirección a la entrada.
Sus cejas se estrecharon con irritación, preguntándose quién era la maleducada persona que llegaba con tan mala actitud a su casa. Sus hijas dormían, y sería malo si por aquello se despiertan y luego tenían dolores de cabeza.
La persona en cuanto la escuchó dejó de tocar, esperando a que ella se acercara, escuchándose de forma débil el sonido de una risita nasal.
No había pensado mucho para abrir, no tenía porqué. Pero quedó confundida al ver delante de ella y no ver a nadie parado detrás de la puerta. Sus ojo recorrieron alrededor, buscando a quien quiso jugar tan ridícula broma, pero no había donde alguien pudiera esconderse, ni siquiera una marca de pisadas en la arena o en el pasto.
Pero a unos centímetros de sus pies, sobre uno de los escalones de la entrada, había una rosa roja recién cortada. Tan pronto la vio, se dobló para recogerla.
No lo pensó dos veces antes de tirarla al bote de basura a un lado de la entrada.
A ella no le gustaban las rosas.
Con disgusto entró a la casa, cerrando la puerta con fuerza. No entendía la necesidad de hacerla pasar ese mal rato, pero no dejaría que eso arruinara su ánimo, se repitió a sí misma, ya que no podía arruinarle el día a sus niñas. Quiso caminar en dirección a la cocina, y continuar el platillo que había dejado a medias, pero nada más había avanzado un poco antes de sentir que su piel se herizaba y sudor frío recorría su espalda.
—¿Por qué tiraste la flor que te traje? —susurró una voz grave junto a su oído, soplando un aliento caliente que rozaba su piel—. ¿A caso no es de tu agrado?
Sin tener que girar el rostro supo quien era la persona que le hablaba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con la voz más calmada que pudo forzar a salir de su garganta, pero tal vez había fallado, ya que pudo escuchar que le temblaba un poco.
Sintió como un pesado cuerpo se apoyaba en sus hombros, haciendo que toda ella se pusiera rígida, mientras que una mano comenzaba a jugar con los mechones de su cabello corto, como si lo que estuviera haciendo no fuera para presionarla, sino más un acto coqueto e involuntario.
—Te he estado buscando. ¿Me extrañaste?
Quiso vomitar.
—Ojalá hubieras muerto.
Una horrible carcajada se escuchó de parte de aquel hombre, como si sus visciosas palabras no fueran más que un chiste para él. Aunque tal vez lo fuera, ¿qué amenaza podría ser ella? Ya que estaba atrapada, no podría hacer nada.
Su cuerpo fue empujado hacia atrás antes de que pudiera reaccionar, siendo tirada de espaldas al suelo, pegando su cabeza con demasiada fuerza que la dejó mareada y aturdida. Antes de que pueda reaccionar e intentar correr, un par de manos rodean su delgado y pálido cuello, apretando ligeramente.
—¿Cómo puedo morirme sin antes llevarte conmigo? —susurró acercando sus rostros, dejandolos separados por unos cuantos centímetros—. Eres mía, tu vida me pertenece, no puedes escapar.
Aquellos dedos se fueron apretando hasta que sintió que nada de aire entraba a sus pulmones, mareandola hasta hacerle ver destellos. Trató de separarse de aquellas manos, pero era como si aquel cuerpo fuera de piedra. Sus piernas golpeaban desesperadas el suelo, sus uñas clavándose en la piel del hombre, hizo lo que pudo por apartarse, pero su conciencia se iba debilitando.
Sintiendo unos labios rozar su rostro, escuchó antes de desmayarse a aquel hombre susurrarle con voz alegre.
—Ahora ya seremos una familia completa, ¿estás feliz?
𓇗
—¡No! —gritó sobresaltada, dando un salto en la cama.
Tal vez por el movimiento tan repentino nada más despertar, Jennifer sintió un fuerte dolor de cabeza que la aturdio por unos segundos, sin permitirle distinguir entre la realidad y el sueño. Todo a su alrededor pareciendo confuso.
Gruesas lágrimas recorrían sus mejillas, cayendo sobre la colcha que cubría sus piernas, y haciendo que su vista fuera algo borrosa. Con una mano limpió sus ojos, mirando alrededor del lugar donde se encontraba, reconociéndolo como su cuarto.
Soltando un suspiro de alivio, recogió sus piernas mientras sus brazos las abrazaba, apoyando su cabeza sobre sus rodillas, escondiendo sus rostro mientras trataba de calmar su llanto.
Sólo había sido una pesadilla.
Él no había estado cerca.
—Que tonta —se dijo con gracia, aún temblorosa por el miedo—. Es imposible que vuelva a encontrarme. Ya seguro ni se acuerda de mi.
Sí, ya no tenía que preocuparse, porque eso era cosa de su pasado olvidado.
𓇗








