Al Arrastre de las Olas

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Summary

Viviendo en una ciudad donde sólo hay oportunidades para unos pocos, Golondrina sueña con la libertad. En su mundo ideal, ella y sus chicas viven con el viento marino en el rostro, saqueando barcos enemigos y bebiendo bajo el sol. Es por eso que, apenas se presenta la oportunidad de hacerse con un barco, Golondrina no lo piensa dos veces antes de arriesgar todo para cumplir su sueño. Y lo logra. El problema es que nunca ha sido demasiado buena para pensar en las consecuencias de sus actos, y pronto descubre que la vida en altamar es más peligrosa de lo que había creído alguna vez.

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21
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n/a
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16+

#1 (Golondrina)

Metí la llave en la cerradura de nuestro hogar con cuidado de no hacer ruido; Mirlo siempre estaba dormido a esa hora de la tarde, pues solía llegar de amanecida y luego Tenca lo entretenía hasta que llegaba su hora de salir a trabajar, y era sólo entonces cuando el miembro más joven de nuestro grupo lograba recuperar algo de sueño. Para mi sorpresa, cuando entré al sótano que habitábamos entre las cuatro, lo encontré levantado pasándole un paño a la Gran Carol con un cuidado que era característico de él. La Gran Carol era la concha de la que había sido una enorme caracola, y luego de que Codorniz la hubiese encantado, Mirlo la usaba para robar música de los espectáculos públicos y reproducirla luego en nuestro pequeño sótano. Aquel chico amaba la música más que nada en el mundo, y por eso era quien estaba encargado de cuidar el aparato; no podíamos dejar que nadie lo encontrara, o Codorniz se metería en muchos problemas y Mirlo no dudaría en dar su vida para defender esa baratija. Era el plan ideal.

—Mirlo —lo llamé, pero estando concentrado como estaba, no me oyó la primera vez— ¡Mirlo!

—Jefecita —me saludó, riendo de su propia gracia. Sabía de sobra que odiaba que me llamara de esa manera.

—Golondrina para ti —le recordé, revolviéndole el cabello—. Y para todo el mundo.

Me tiré sobre el sofá roto a descansar. Mirlo me siguió, no sin antes terminar de repasar a la Gran Carol, y se sentó en el respaldo del sofá, que crujió bajo su peso.

—Esta porquería morirá un día de estos —me advirtió—. Solo hará falta que Tenca se siente y terminará de caer.

—Tenca jamás se dejaría caer sobre este pobre moribundo como tú lo haces —le acusé, divertida—. Se te olvida que no todas tenemos el peso de un verdadero pajarito.

—Muy graciosa —se defendió, pateándome la cadera. No fue para nada suave, pero Mirlo nunca lo era, así que no me inmuté.

—¿Qué haces despierto? —le pregunté mientras me sobaba donde su pie me había golpeado—. ¿No deberías estar en el quinto sueño?

Se encogió de hombros, sin saber qué decir. A veces era así, casi no dormía, y ni siquiera daba muestras de ello.

—Bueno, si estás descansado… —comencé, y él asintió—. Necesito que vayas por Tenca y Codorniz. No pongas esa cara —apuré al ver que hacía una mueca—, es importante.

—¿Más importante que trabajar para que podamos comer?

—Ciertamente —le aseguré, y le lancé una mirada que no daba lugar a más preguntas.

—Bien.

Saltó de su lugar en el respaldo y se quitó la camiseta, rebuscando entre sus cosas. De la porción de su cajón sacó un listón de tela que ya estaba demasiado viejo y gastado de tanto lavarse, y comenzó a enrollárselo sobre los pechos. Lo habíamos convencido de sólo hacerlo cuando tenía que salir, ya que apretarse de tal forma la caja torácica todo el día no podía ser bueno para nadie, aunque fuera tan pequeño como Mirlo.

Chasqueé la lengua para indicarle que se diera prisa, pero simplemente me hizo un gesto desdeñoso con la mano; era una prioridad que las vendas le quedaran bien puestas, y ni siquiera mi autoridad podía ir en contra de aquello. Cuando hubo terminado, se calzó las botas y me lanzó una sonrisa antes de cerrar la puerta con un portazo. Sabía que Codorniz y Tenca no estarían felices de tener que volver a casa antes de comenzar la noche, pero no teníamos otra alternativa, y también estaba segura de que, incluso teniendo sus dudas, obedecerían mis órdenes.

Tan pronto me quedé sola, me levanté del sofá y caminé hasta la zona del lavado. No teníamos una ducha propiamente tal, pero si un lavadero que hacía también de espacio para lavar los platos. Allí, entre los cepillos de dientes y las tazas había una botella de suero. Estaba impecable, como todo en nuestro hogar gracias a Mirlo, y procuré lavarme bien las manos antes de abrirlo. De mi bolsillo saqué una caja de vidrio, era pesada para su tamaño, aunque no estaba segura si era debido a la carga emocional que tenía aquel objeto o algo meramente físico. Me miré en el espejo con detención; allí estaban mis labios finos, mi nariz recta, mi piel morena y la cicatriz blanquecina que me recorría el ojo izquierdo desde la frente hasta el comienzo del labio. Aunque notoria, el parche que usaba sobre mi cuenca vacía ayudaba a camuflarla. En unas cuantas horas sería completamente visible, y la luciría con orgullo, así como se lucen todas las cicatrices que se han ganado en una buena pelea.

Levanté el trozo de tela negra y me encontré con la desagradable visión de mis parpados hinchados. Los habían descocido aquella mañana. Una mujer bondadosa y anciana cuyo hijo era un pez de los grandes, y quien parecía ser la única persona en la ciudad que se atrevía a dar una mano a la gente como nosotros. Había dolido, y bastante, pues llevaban remendados unos buenos años y ya prácticamente se habían convertido en uno solo, pero la curandera había prometido que la hinchazón bajaría pronto, y que lo mejor era poner el globo en su lugar más pronto que tarde.

Con cuidado, tomé mi nuevo ojo entre el dedo índice y el pulgar, dejando que me observara unos segundos antes de abrir mis parpados e insertarlo en el espacio muerto que mi antiguo ojo -el real- había dejado atrás. Me habían advertido que me caerían lágrimas, pero aquello era ridículo. El raudal, sin embargo, se debía a una reacción propia del ojo más que al dolor, aunque admito que tuve que tomar varias bocanadas de aire para que el ritmo de mi corazón volviera a la normalidad. Cuando el lagrimeo se hubo detenido, volví a verme en el espejo, esta vez, junto a mi ojo derecho, de color marrón y apariencia cansada, me devolvía la mirada también una chispa de color azul, vidriosa y despierta; el símbolo máximo de respeto y poder adquisitivo. Justo lo que necesitaba para el nuevo capítulo de nuestra vida.

Tomé unas pastillas para el dolor del botellón de Codorniz y volví a ponerme el parche negro sobre el ojo. Me sería útil por una última vez antes de desvelarle a mis chicas los planes para los siguientes meses. Por el momento, no quería que se emocionaran, no hasta que todo estuviera listo y no quedara ya nada que perder. Sabiendo que Mirlo y las demás estarían de vuelta en cualquier momento, comencé a meter mis pocas pertenencias en una valija que había pertenecido a Tenca antes de que abandonara su hogar. No tenía mucho, al menos no que fuera a servirme, así que además de mi ropa y un segundo par de zapatos, la valija estaba llena con los regalos que había comprado para mis chicas: vendas nuevas para Mirlo, un afilador para el machete de Tenca, que ya estaba viejo y desafilado, y por último, un par de aretes de oro para Codorniz. Esos últimos los había robado, pero eso la traería sin cuidado, especialmente cuando viera lo mucho que brillaban bajo el sol (y de eso habría en grandes cantidades).

Para bajar la tensión de la espera, mojé una toalla y comencé a darme un baño, pues no sabía cuándo podría darme otro. Al cabo de un rato oí la llave en la puerta y me puse de pie de inmediato, presa de la anticipación. Codorniz entró en la habitación hecha un rayo, sus ojos pasando de la valija sobre la cama hacia mí y de vuelta a la valija. Tenca siguió su mirada, mientras Mirlo me veía como si no pudiera creer que yo también lo había traicionado de aquella manera.

—¿Qué significa eso, Golondrina? —preguntó Codorniz lanzándole una mirada desconfiada a la valija—. ¿Vas a alguna parte?

Vamos —la corregí, y sus rostros se iluminaron—. Si es que no tienen más planes, claro.

—Estaba con un cliente —reclamó mi mejor amiga—. Espero que esto valga la pena.

—¿Alguna vez he dejado que te aburras?

—¿Qué estás tramando? —preguntó Tenca, que era la más precavida de las tres.

—Tan sólo nuestra mejor aventura hasta ahora —dije con orgullo—, pero tendrán que confiar en mí. Necesito que empaquen sus cosas rápido, y que lleven todo a Puerto Esquela, directamente al muelle donde el Barón tiene su barco. Allí, encontrarán cajas llenas de mercancía. Necesito que las carguen, y que tengan sus armas a mano. Todo debe estar listo antes del amanecer, y estén atentas; nadie debe acercarse al navío del Barón.

—¿Estás en problemas? —me preguntó Tenca, porque ella casi nunca lo estaba.

—En absoluto, corazón —le aseguré—. Pero aún así, todo debe salir a la perfección. Hay una botella de Vodka si necesitan ayuda para mantenerse despiertas, especialmente tú Mirlo, que no has dormido nada. Eso sí, que no se les pase, no quiero que estén aturdidas por la mañana.

—¿Y qué harás tú? —inquirió Codorniz, que a menudo se preocupaba demasiado por mí.

—Yo tengo cosas que hacer —indiqué, dejando en claro que no diría nada más—. Y dense un baño, me lo agradecerán luego.

***

Las suelas gastadas de mis botas repiqueteaban sobre los adoquines de Carnaval. El nombre original de la ciudad ya se había olvidado hacía siglos, y en nuestras mentes esta sólo existía como la capital de la fiesta y la diversión a destajo. En general, eso significaba que había mucho lugar para gente como nosotras, que buscaban pan y entretenimiento por partes iguales. Como regla general, les había prohibido a las chicas y a mí misma el hacer uso de la mayoría de las diversiones En lo único en lo que nos dábamos un gusto -y solo cuando hacíamos muy buenas monedas-, era en ir al bar a beber cerveza. Las servían heladas y prácticamente sin espuma, además de que a las chicas les gustaba ver a las danzantes exóticas bailar. Esa noche, sin embargo, me dirigía a los casinos. A uno en particular, el Juglar, donde sabía que el Barón estaría aquella noche. Desde hacía unos meses que la historia de su desgracia había empezado a rondar, pero no había sido hasta el comienzo de aquella semana cuando comenzó a correrse la voz de que estaba tan arruinado que tendría que deshacerse de todo. Y como ya habrán adivinado, el Barón tenía algo que yo quería, algo que quería mucho.

Me abrí paso entre la muchedumbre que se aglomeraba junto a la puerta del Juglar y me las arreglé como pude para llegar hasta la puerta. Era viernes en la noche, y parecía que no era la única a quien le interesaban los tesoros que el Barón tenía para regalar. Aún así, caminé con firmeza hacia la entrada principal, donde un guardia casi tan grande como Tenca flanqueaba al portero. Abrí mi camisa hasta el ombligo y dejé que lo que tuviera que verse, se viera, y me aseguré de que se viera bien. Ajusté mi sujetador hasta que mis pechos se vieron tan turgentes que mis chicas se habrían quedado embobadas, y reapliqué el labial marrón que estaba ya casi vacío. Sabía que mi apariencia no era indeseable, que incluso podía llegar a ser un lujo, pero que aquello no sería suficiente. El guardia me miró con interés, pero el portero, acostumbrado a estas tretas, me indicó la fila con un movimiento de cabeza. Preparada, me quité el parche del ojo y dejé que viera la esfera con el iris azul. No me miró más tiempo del necesario, pero supe que había sido efectivo cuando el hombre le hizo un gesto al guardia para que me dejase pasar. Como siempre, las apariencias lo eran todo en la maravillosa ciudad de Carnaval.

Dentro, aquellos que habían logrado entrar disfrutaban de sus cocktails mientras la música en vivo era ignorada en desmedro de las bromas y las risas forzadas. Un camarero me ofreció una copa de champaña, cortesía de la casa, y aunque la acepté, lo único que hice fue mojar mis labios con ella, pues necesitaba estar sobria al cien por ciento para la noche que se avecinaba. Era gracioso, también, la cantidad de cosas gratis de las que disfrutaban los ricos. ¿Acaso no podían pagarse su propia champaña? En ningún bar donde aceptaran a mis chicas iban a regalarte nada, si hasta te cobraban el vaso de agua.

Intentando tragarme mi amargura, me acerqué al mostrador para comprar mis fichas. A pesar de que había gastado la mayoría en mi ojo y en los regalos, todavía me quedaban una buena cantidad de coronas, aunque eso era todo. Si el plan de hoy no salía a la perfección, lo habría perdido todo, y no estaba segura de cómo le comunicaría eso a mi familia. Sacudiéndome esos pensamientos, entregué todo mi dinero al croupier como si no se tratase de gran cosa, y el hombre se quedó mirando mi ojo por unos segundos antes de entregarme lo que había ido a buscar. Si supiera de dónde salió el ojo, pensé, no le gustaría tanto. Le regalé mi mejor sonrisa mientras el hombre metía las fichas en una bolsita de terciopelo decorada con el logotipo del Juglar, y al irme, dejé que me diera una buena ojeada, pretendiendo coquetear a la lejanía. A fin de cuentas, necesitaba causar una buena impresión, y nada hacía mejor ese trabajo que hacerle creer a un hombre que estabas interesado en él.

Me acerqué a la primera mesa de la noche, donde me había propuesto ganar una modesta suma que no llamase la atención. Por supuesto, a medida que la noche fuera avanzando, me permitiría hacerlo cada vez mejor, a modo de llegar a la mesa donde el Barón estaba jugando. No era yo la única que le estaba echando una buena ojeada, por lo que no tenía razón para disimularlo. Aunque completamente arruinado, el hombre lucía sus mejores ropas y traía aún anillos de diamante en sus largos dedos, con la barba bien cuidada y las cejas pobladas pero definidas. Cuando sonrió, su diente de oro brilló bajo las luces del casino, y no pude evitar pensar que, después de esa noche, alguien más estaría luciendo aquella pieza en su propia sonrisa. Era interesante, por decir lo menos, lo poco que le importaba a esta gente que el Barón fuera un criminal. No era que ellos no estuvieran metidos en asuntos turbios, pero aquel hombre tenía las agallas de anunciarlo públicamente, y eso no hacía más que ganarle la admiración y el morbo de la alta alcurnia de la ciudad. Era un lamebotas, por supuesto, de los más grandes y penosos, pero no era nuestro respeto el que buscaba, sino el de ellos, y vaya lo bien que le había ido con eso.

Seguí escaneando la multitud mientras pretendía revisar mis cartas. Reconocí a algunas personas, que arregladas como yo, buscaban algo que pudieran sacarle a los peces gordos. Lo cierto es que aquello no era para nada inusual, más bien al contrario, era nuestra pequeña familia la única que se mantenía al margen de aquellos juegos, porque, a pesar de todo, las chicas eran muy disciplinadas. Algunos de ellos se me quedaron viendo unos segundos más de lo necesario, especialmente cuando notaban mi nuevo ojo, que todavía no se había acostumbrado lo suficiente a la cuenca que era su nuevo hogar. Por mi parte, apartaba la mirada en cuanto me era posible y seguía jugando a las cartas. Así me pasé la primera noche, ganando de a poco y lento, y luego acelerando el asunto lo suficiente como para llegar a la mesa del Barón a eso de las dos de la madrugada. Tal y como me lo había propuesto.

Para cuando hube tomado asiento frente a él, mi bolsa de terciopelo estaba llena a rebosar y la gente se había congregado a nuestro alrededor. La novedad de la noche era obvia: un delincuente de alta alcurnia arruinado versus una misteriosa joven con un costoso ojo azul que había arrasado con la noche. Las personas ya ni se molestaban en disimular, sino que cotilleaban a nuestro alrededor abiertamente y tan cerca como seguridad se los permitía. Éramos cuatro en la mesa, suponía que todos eran palos blancos del Barón, pero yo estaba preparada. Esa noche me iría con el botín, y le daría a mi familia un nuevo lugar al que llamar ‘casa’.

El croupier repartió las cartas y tuve que contener mi sonrisa al ver la suerte que me habían barajado. Era un buen augurio y justo lo que necesitaba para dejar bien en claro con quién estaban tratando. Mi expresión era la más pura cara de póker, como era habitual en mí, y aunque no querían, podía ver en ellos la confianza o la desesperación que acompaña una buena o mala mano de cartas. Como era de esperarse, luego de un par de movidas, el Barón reposó su baraja sobre la mesa de cerezo, sonriendo orgulloso de su desempeño. A continuación, sus hombres hicieron lo propio, cada uno con una mano más o menos decente. Al final fui yo, y realmente tuve que morderme la lengua para no reír ante sus expresiones de desconcierto al ver las cartas que tuve el placer de revelar.

—Parece que esto es mío —dije, con apenas media sonrisa en el rostro mientras tomaba sus fichas y las depositaba junto a mí —Otra partida, ¿caballeros?

Los murmullos de la multitud se intensificaron, y al Barón no le quedó otra opción que aceptar. Aunque, si soy honesta, no creo que todavía supiera lo que se le venía encima.

La segunda mitad de la noche pasó con vertiginosidad, las cartas en mi mano me hacían sentir cierta electricidad que hacía mucho no experimentaba y a pesar de que había rehusado cada uno de los ofrecimientos, mi corazón palpitaba como si hubiese bebido cada una de las copas de champaña que habían puesto a mi alcance. Con toda honestidad, yo era la razón por la cual mis chicas no se acercaban jamás a un casino. Sólo Codorniz sabía de mi debilidad por el juego y como este me había llevado a la ruina, por esta razón, me había ayudado a mantenerme firme incluso en mis peores momentos, y del mismo modo, me ayudaba a que ninguna de las pequeñas se acercara nunca a un lugar como aquel. Si podía salvarlas de algo, sería de aquello.

Para hacer las noches de ansiedad más amenas, Codorniz organizaba juegos de cartas en el sótano. Decía que era la única forma de mantenerme fuera de las pistas; no apostábamos dinero, pero si algunas baratijas, que eran siempre las mismas y que simplemente iban cambiando de mano con el paso de los días. En aquellas noches, los ojos de la segunda al mando siempre estaban sobre mí, cuidando que no me emocionara demasiado, que no me dejara llevar por la codicia, y yo obedecía aquellas órdenes silenciosas. Dejaba ganar a las demás, me distraía con la música de la Gran Carol o simplemente me iba a la cama temprano si sentía que el asunto se estaba apoderando de mí.

Pero aquella noche sería diferente. Aquella noche sería la Golondrina que no conocía la palabra discreción.

Con un último movimiento dejé caer mi escala real sobre la mesa, y antes de que el Barón pudiera pronunciar una sola palabra, el croupier posicionó las fichas junto a los demás montones que había logrado amasar. La bolsa de terciopelo yacía olvidada sobre la mesa, pues era ya incapaz de contener la gran cantidad de dinero que estaba destinado a terminar en mis bolsillos. Los hombres del Barón lo miraron con premura, y también lo hicieron algunas personas que nos miraban desde el perímetro.

—Parece que ya no te queda nada —dije, haciendo un falso ademán de levantarme.

Bastó ese simple movimiento para que los otros hombres se pusieran de pie en una postura amenazante, pero el guardia de seguridad que antes había estado en la entrada los apartó con un simple gesto. No era necesario que me protegieran de ese modo, pues me sobraba habilidad para hacerlo por mi cuenta, pero aquella noche estaba interpretando un papel, y no me convenía bajarme la máscara.

—¿Qué quieres? —preguntó el Barón, quien ya se había dado cuenta que estaba allí con un único propósito en mente.

—Tu barco —respondí sin rodeos. No era tiempo de ser modesta, ya no.

—¿Eso es todo?

—Tu barco —repetí—. La mitad de este dinero, y tus anillos de diamante. Puedes quedarte con tu diente y con las fichas que sobren. Los cielos saben que las necesitas más que yo.

El hombre hizo una mueca incómoda, era un ratón atrapado en la ratonera, con la cola agarrada por una mano que no lo mataría, pero que no lo dejaría ir sin apretar.

—Me parece que te he visto antes —aquello era una amenaza, pero no le serviría. No le temía.

—Me parece que no.

—Mi barco está maltrecho —me advirtió—. No es lo que solía ser.

—Tampoco usted —arremetí—. Pero aquí estamos.

Allí estaba de nuevo esa sonrisa extraña. Por un segundo creí que el hombre estaba a punto de levantarse e irse, pero se lo pensó mejor y se quedó en su lugar, dándole a mi pecho un nuevo respiro. El Barón le hizo un gesto a los otros para que se retiraran, y pronto quedamos sólo él, yo, y un crupier que tenía cara de preferir afrontar cualquier situación mientras no fuera aquella.

Un grupo de mujeres se acercaron a mí y me revisaron de pies a cabeza con censores de magia. Sabiendo que aquello iba a ocurrir tarde o temprano, me había quitado todos los amuletos protectores de Codorniz y los había dejado en mi valija junto con todo lo demás. Al Barón ni siquiera lo tocaron, pero aquello no me extrañaba; a pesar de que estaba arruinado, le temían, y hacían bien, pues era un hombre despiadado y sin escrúpulos. Además, era listo, pero yo lo era más.

El croupier repartió las cartas y el Barón y yo cruzamos miradas por un momento antes de comenzar a jugar. La partida se alargó por varios minutos, con las cartas entrando y saliendo de nuestras manos a una velocidad abrumadora. Una gota de sudor caía por su sien, mientras yo misma sentía como el corazón amenazaba con salírseme del escote que traía demasiado abierto. Justo cuando comenzaba a hartarme, salió. La carta que necesitaba. Sin molestarme en esconder mi felicidad, sonreí ampliamente mientras dejaba mi escala sobre la mesa, viendo como la expresión del Barón se descomponía de la seriedad a la desesperación.

Empujé hacia él la mitad de las fichas como había prometido, y luego estiré la mano para que me entregarse los anillos y el documento de su navío. Con reticencia, el hombre lo hizo. No tenía ninguna opción, pues el público y la seguridad del Juglar lo miraban expectantes, pero pude sentir su odio cuando posó el título en mi mano, y mientras se quitaba los anillos de su mano sudorosa. Con una mueca de asco guardé todo en mi bolsillo, recordándome lavarlos antes de entregárselos a Codorniz.

—Estarás contenta —me espetó—. Me dejaste en la ruina.

—No es nada personal —le aseguré—. Además, eso lo hizo usted mismo.

Antes de irme, tomé las fichas que quedaban y las lancé hacia el público, que comenzó a recogerlas desesperadamente. Solté una risa que no pude contener; los ricos realmente eran patéticos.

—Que no se les olvide lo que ha pasado aquí —dije, volviendo a poner el parche sobre mi ojo—. Para la próxima serán ustedes.

Aquello no les gustó, pero yo estaba eufórica. Me fui como estaba acostumbrada a hacerlo: sintiéndome como una triunfadora en medio de un mar de miradas fulminantes.