Bill
A Bill la Navidad le resultaba exasperante. Nunca había sido una persona consumista; de pequeño porque su familia siempre iba justa de dinero, y tanto él como sus hermanos estaban acostumbrados a unas festividades modestas en cuanto a regalos, no así en lo que ha comida se refería, pero eso era otra historia. Y de adulto, tampoco se había rodeado nunca de lujos, aunque su situación económica era considerablemente superior a la de sus padres; trabajar en banca es lo que tiene, que los galeones entran a expuertas, y sin un montón de hijos de bocas hambrientas, un sueldo cunde mucho más. Aún así, él siempre había practicado el desapego; colaboraba con un montón de organizaciones benéficas, muchísimas, prácticamente la mitad de su salario se iba en donaciones. Los regalos que hacía a sus seres queridos solían ser parcos en cuanto a lo económico, pero siempre cargados de valor sentimental, para Bill, eso era mucho más importante.
Por desgracia, el pensamiento de su pareja era diametralmente opuesto al suyo.
Acababa de llegar del trabajo, aceptar el traslado a Londres había supuesto una mejora en el horario, y un detrimento en aventuras, aún así, no se quejaba, un puesto de oficinista le permitía pasar más tiempo en casa, tiempo que solía ocupar en visitar Hogwarts cada dos por tres. Cuando uno sale con un profesor de internado, no queda otra que robarle minutos al día si quiere poder verlo más allá de fines de semana y vacaciones.
Era viernes, las clases habían terminado, así que suponía que Remus estaría en casa esperándole, pero ni en la peor de sus pesadillas se había imaginado la imagen con la que se encontraría nada más cruzar el umbral de su hogar.
Su sala de estar, habitualmente limpia y ordenada, parecía el taller de Santa Klaus, elfos incluidos.
Había papel de regalo por todas partes, lazos de colores, guirnaldas de espumillón, etiquetas decorativas, rollos de cinta adhesiva... Y cajas, había muchísimas cajas, de todas las formas y tamaños.
Remus estaba en el centro de toda esa vorágine, empaquetando artículos de lo más variopintos, con un elfo doméstico a cada lado, que se encargaban de ayudarle a envolver y decorar cada paquete antes de levitarlos hasta el otro extremo del salón donde ya había una pila de regalos, de tamaño considerable, debidamente preparados.
—Hola, cielo. ¿Que tal el trabajo? —Saludó el profesor sin levantar la vista del enorme lazo que trataba de convertir en un moño decorativo para ponerlo sobre la tapa de una enorme caja.
—¿Has comprado regalos para todos los niños de Londres? —Preguntó en lugar de responder, estupefacto ante tanto despilfarro. Había más de cincuenta paquetes ahí, sin contar con los que aún estaban sin envolver. Ni siquiera estaba seguro de conocer a tantas personas.
—¡Claro que no! —Respondió Remus con una sonrisa.— Solo para todos mis alumnos de Hogwarts.
—¿Todos, todos? ¿Desde primero a séptimo? —Iba a echarse a temblar. Entre los dos ganaban dinero de sobra para vivir de forma desahogada, pero no eran ricos, ni de lejos, y aquel despilfarro iba a descabalarles todo el mes, puede que hasta el año.
—Ajá —Respondió Remus tranquilamente.
—Ya... ¿Y no se te ha ocurrido pensar que eso es...? No sé, ¿Una locura, tal vez?
Remus levantó la cabeza por fin, dedicándole una mirada confusa.
—¿Por qué iba a ser una locura?
—No sé —Respondió sarcástico— Tal vez porque son cientos de críos, y porque tú eres su profesor pero no su padre, vamos, digo yo, así como idea loca.
—Me gusta hacer regalos, lo sabes.
—Sí, lo sé, pero una cosa es hacer regalos a las personas que conocemos y que apreciamos y otra hacérselos a todo el maldito Hogwarts. ¿Cuanto nos ha costado esto? ¿Vamos a poder si quiera comer durante el resto del mes?
—¿Es por eso? ¿Por el dinero? No te preocupes, Dumbledore nos ha dado una buena paga extra por navidad, y todos los artículos son de la tienda de los gemelos, me han hecho un gran descuento por ser un pedido tan grande.
Así que sus hermanos sabían esto y no lo habían detenido... Iba a tener que hablar seriamente con ellos, mínimo deberían haberle avisado de que todo el dinero de su cuenta bancaria iba a ser transferido a la de ellos.
—¿Cuánto te has gastado exactamente?
—No lo bastante para que no me quede compensado con las caras de ilusión de un montón de niños en Navidad.
Bill soltó un suspiro de resignación y, no sin antes apartar un montón de recortes de papel de envolver, se dejó caer sobre uno de los sillones de la sala.
—¿Necesitas ayuda para envolver todo esto?
Remus sonreía a todo lo que daba su boca, y Bill no pudo evitar contagiarse de dicha sonrisa. Tanto él como Remus habían sido considerablemente pobres durante gran parte de sus vidas, pero donde Bill había aprendido que lo material no era importante, Remus había adquirido otra enseñanza, una que le decía que todo lo que tenía debía ser compartido.
No sabía si ese pensamiento era mejor o peor que el suyo, pero si sabía que Remus era feliz regalando cosas así, a diestro y siniestro, y no quería ser él quien le arruinase su felicidad.
—Toma. —Remus le tendió un enorme rollo de papel rojo satinado con dibujos de renos dorados y le señaló una enorme montaña de cajas que aún no habían sido preparadas— Esos de ahí ya están empaquetados, pero puedes ir envolviéndolos.
Bill soltó un resoplido que podía ser interpretado como una risa, y con una mueca burlona que luchaba por salir de las comisuras de sus labios y una negación incrédula en la cabeza, se dispuso a hacer lo que Remus le pedía; porque Bill no era consumista, no era derrochador y no era amante del lujo, pero lo que sí era, era alguien que amaba ver felices a los suyos.
FIN.