El Exilio

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Summary

Andrew tiene interrogantes y cuentas que ajustar en su pasado antes de poder tener la paz con sus enemigos, e "Israel Coss" le da la mano, con la única condición de que robe por él un objeto preciado de la familia Alarcón, llevando a Andrew a su límite en contra de sus valores y reglas. Con la ayuda de un grupo de ladrones, Andrew deberá resolver una pequeña guerra que escala a un punto inimaginable, confiando solo en sus habilidades con el arte y buenos dotes de actuación para sobrevivir. Andrew es un chico de arte, Israel y Adán son buenos ladrones y mentirosos, los Alarcón sus enemigos, y el gallinero el campo de batalla. Con esto en mente, sigue a Andrew y apóyalo en su aventura, necesitara mucha suerte para lograr salvarse a sí mismo y a los que ama.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

¿Cómo se habría sentido Da Vinci si supiera que le habían robado la Mona Lisa?

CAPITULO 1.

¿CÓMO SE HABRÍA SENTIDO DA VINCI SI SUPIERA QUE LE HABÍAN ROBADO LA MONA LISA?

ANDREW CASPIEL GRACE.

Estoy en el bosque.

El veneno se mezcla con la sangre entre mis manos, y bajo mis pies siento el agua, y en el fondo sé que al final del camino hemos sido solo nosotros, y me han tirado del barco, me han dado como sacrificio a su monstruo en medio de los mares.

Al final seremos lo mismo al mezclarnos en el agua.

Pero no voy a comenzar aquí para contar nuestra historia.

Debería llevarlos un año hacia atrás, febrero.

Cuando Adán vivía en un internado lejos de nuestro pueblo, muy lejos del caos que sucedía Vresa. Una tarde alguien le dejó un obsequió en la recepción del internado.

El periódico de su pueblo le pertenecía a su familia, y tenía por nombre “El oriente”, pero aquel periódico en el que había sido envuelta la caja llevaba otro seudónimo. Pertenecía al periódico escolar de la preparatoria Vreincems, y había sido publicado hace seis meses.

Nunca había recibido un paquete.

Sus manos tomaron el periódico y lo rompió cuidadosamente para poder descubrir la caja, la cual parecía ser en las que vendían zapatos comunes en cualquier sitio. Adán la abrió y dentro solo encontró un pequeño brazalete de oro, la luz del candelabro de la recepción golpeó el metal precioso, causando que el destelló hiciera a Adán apartar un poco los ojos.

Sacó el brazalete y la caja quedó vacía.

Comenzó a buscar algo más en la caja, tal vez una nota en el envoltorio que le diera una pista de quien le había dado aquel regalo, estaba seguro de que sería alguien de su familia, lo cual le parecía extraño porque nadie le regalaba nada, nadie lo visitaba, pero fuera de ese lugar, no tenía nadie más que supiera de su existencia, y nadie le daría tal obsequió solo por existir.

Adán despegó la envoltura y la revisó por detrás, y entonces lo notó.

Dicha nota tenía por título: “Fallece Adrián Alarcón, antiguo alcalde de Vresa”.

Adán despegó la vista, pasmado, sintió su cuerpo frío al leer aquello, pero con la misma, regresó la mirada al artículo arrugado entre sus manos y volvió a leer, esperando a que se hubiera equivocado.

Pero no era así, y lo sé porque yo fui quien escribió ese artículo.

Adán leyó mi nombre al pie de la nota.

Tal vez exageraba al decir que él era la desgracia, cuando le des fortuna ya estaba en mi vida incluso antes de que yo naciera, sin embargo, fue él quien trazó la recta de melancolía sobre las hojas de mi historia.

****

Septiembre. El primer día de septiembre.

El color favorito de mi madre era el verde.

Mi color favorito comenzó a ser el verde.

Pero el verde que ella amaba era más frio, un verde un poco azulado.

En todas las ocasiones, el verde fue confianza diluido en agua, y no servía, y a la hora de dejarlo sobre el lienzo, se transformó en traición.

Fue así como inició la tragedia.

Aquella noche, cuando desperté, me llevé una mano a la cabeza a la vez que intentaba ver a mi alrededor.

No podía ni mover mi cuello, en cuanto lo intenté, mi cuerpo protestó por el simple movimiento.

Cerré los ojos y descansé de nuevo sobre la tierra por unas horas más, cuando volví a abrirlos, me sobresalté, y eso me hizo caer de nuevo al suelo entre las rocas.

Me di la vuelta sobre mi cuerpo, y enseguida sentí mi cabeza dar un tirón hacia atrás. Ardía. Se me adormecía la cara, pero el dolor seguía presente.

Las dudas surgieron a pesar de mi aturdimiento.

¿Qué había sucedido?

Recordaba a duras penas un cuadro.

Una cabellera rubia.

Un chico.

Un reloj.

Un leñazo en la cabeza.

Me apoyé sobre mis manos y vi el agua por encima de las rocas. Estaba a la orilla de un lago, pero no lo reconocía. En ese momento, no entendía nada en lo absoluto.

Echo un vistazo a mi alrededor, y mi cuello ardió lo suficiente como para despertarme un poco, animando a levantarme de una vez por todas a pesar del mareo.

Entonces recuerdo.

Recuerdo que era de noche, que un chico me había pedido que llevara la pintura de almendro en flor de Van Gogh. Me había desvelado la noche anterior para terminarlo, era muy responsable cuando se trataba de pintar y vender.

Pasé mis manos por mi ropa, se sentía húmeda, me sacudí comenzando a resentir el coraje de lo que había sucedido, porque ya había recordado que el comprador de mi cuadro me había golpeado en la cabeza con un pedazo de madera después de que le dijera que no iba a robar un reloj por él.

Esa había sido su jugada.

Hacerme llegas hasta allí para después pedirme que le ayudase en su…no recuerdo que.

Me cuesta mantenerme de pie. Siento que mi cabeza da vueltas y las imágenes se ven dos veces, la segunda llega más lento que la primera, y ambas se unen cuando me quedo quieto.

—Mi jefe te detesta, Caspiel —me había dicho aquel chico rubio de mirada maliciosa horas antes.

—No sería el primero —contesté yo con total calma.

—¿Sabes cuánto dinero ofrecieron por atraparte después del último artículo que publicaste en tu estúpido periódico? —me preguntó.

Negué meneando la cabeza, curioso.

—¿Cuánto?

—Una miseria, la verdad —confesó este, paseándose por la orilla del lago—, veras, no voy a entregarte por unos cuantos billetes, mi trabajo vale más que eso.

Lo miro, y no creo que tenga más edad que yo.

—No tengo el tiempo para esto, tengo otras cosas que hacer —le digo—, ¿Pagaras por la pintura que encargaste o se la vendó a alguien que si la quiera comprar? —espeto, un poco impaciente de sus rodeos.

Me había hecho ir hasta allí, y nada de mi interés se había puesto sobre la mesa.

Me aburría, y él se dio cuenta. Entonces dijo.

—Me gusta como escribes —expresó—, sobre todo cuando hablas sobre cosas que no te incumben, como el lugar de apuestas en el vecindario Hilcías Jeremías.

—Así que todo esto es por ese lugar —deduje rápidamente—, ¿Se han ofendido por lo que dije sobre ustedes? ¿La palabra ladrones y estafadores quedó demasiado simple para tu banda de criminales?

Y entonces me dio el leñazo.

No es cierto.

Pero creí que lo haría.

—No es eso, aunque no me alaga —levantó un tronco del suelo y lo cargó con sus dos manos para después lanzarlo al agua sin razón aparente—, quería preguntarte personalmente como había muerto tu madre, ¿Es verdad que se enfermó en menos de una semana, y luego murió sola en su casa?

Cada una de estas palabras me traspasó con una disgustosa emoción.

La gracia insolente con la que lo preguntaba me insulta.

Me eche para atrás, medio enfadado, medio anonadado.

¿De dónde había sacado él aquella información? Me preguntaba una y otra vez. Si aquello había quedado en privado solo para la familia. Era vital para no desatar el pánico en el hospital donde ella trabajaba y se sospechaba había pescado el virus por el que había muerto años atrás.

—Te diré un secreto, Andreas —me dijo él, sacándome de mis pensamientos—, o no, pero te interesaría saberlo.

—¿Qué cosa? —espeto.

—Sobre tu madre —dice él—, ha puesto a que te joderá la vida el día que te enteres.

Me veía con los ojos brillantes y mi realidad en ese momento se sintió extraña, sofocante y helada, con la culpa y pena alrededor de mis hombros. Se sentía como si él supiera algo, algo que era verdad, algo que me señalaba como algo desfavorable.

—¿Qué cosa? —insisto, cada vez más ansioso.

—No creí que fuera tan fácil ponerte contra las cuerdas —se burló, veo en sus ojos cafés un brillo salvaje y loco—, eres bastante predecible, ¿Lo sabías?

—Estas jugando conmigo.

—No. Aún no.

—Entonces dime.

—Primero tendrás que hacerme un favor.

—No haré tratos con un ladrón.

—Serás un ladrón, como yo —me dijo—, roba el reloj del doctor Alarcón, el hombre que ocupa el puesto de trabajo que solía pertenecerle a tu madre antes de morir, y después, te guiaré e iluminare tu triste y desolado camino.

Embocé una sonrisa incrédula.

—¿Quieres que robe? ¿Hablas enserio? Si tanto me conoces, sabes que jamás haría algo así.

—Créeme, Caspiel, al final del día tu jamás eres el que hace las cosas que terminan condenando tu existencia —metió sus pies dentro del agua, y pateó hacía mí, levantando las gotas que me salpicaron—, es un reloj viejo y de cuero, nadie lo echaría de menos.

Mis gafas se cubrieron por el agua y se empañaron, obligándome a no ver casi nada.

—No me estas convenciendo —le dije, quitándomelas para secar el cristal con la manga de mi abrigo.

—Bueno, tu sabrás —murmuró el chico.

Chico cuyo nombre ni siquiera me había mencionado. Estaba por preguntárselo, ya que él sabía tanto de mí, era justo que al menos su nombre me llevara a casa esa noche, cuando el intenso impacto de algo duro me obligó a caer sobre mi espalda contra la orilla del lago.

Todo se volvió negro.

Dejo de recordar, y el amargo sabor de la sangre me inunda la boca, me había dado justo al costado de la cabeza, y al caer seguramente me había golpeado la boca con una de las rocas del rio.

¿Yo sabré?

¿Yo sabré que cosa?

¿Era que acaso aquel ladrón se creía que podía decirme sus indicaciones en clave?

Y si, lo llamaba ladrón, porque venía de un sitio donde yo los había catalogado como eso, ladrones, en mi antiguo artículo de hace meses en el periódico escolar.

Y lo había confirmado esa noche, cuando se llevó mi cuadro de almendro en flor sin pagar.

Y entonces, allí estaba.

Me habían robado, y aquel chico comenzó así sembrando su venganza sobre mí.

Esta era una guerra, y la bandera blanca era mi ausencia.