Prólogo
Stephano Seymour se sienta en el suelo cruzado de brazos. No quiere el estúpido avión a control remoto que sus padres pretenden comprarle por su cumpleaños número diez. Es el más caro de la tienda, pero ya tiene otros cuatro modelos parecidos en su habitación.
Por suerte, tan solo los agentes de seguridad y Olive, su nana, contemplan la vergonzosa escena. Todos ellos ya están acostumbrados a este tipo de espectáculos protagonizados por el príncipe.
La tienda de juguetes está cerrada para cualquiera, a excepción de la familia real. Precisamente porque planearon venir de compras a este lugar. Los reyes se han tomado la molestia de traer a su único y amado hijo al centro comercial. No saben qué más regalarle. Están desesperados.
—¿Te apetece ir a otro lugar, cariño? —Su madre le pregunta—. ¿Juegos de video?
El diablillo de su hijo levanta la cabeza y asiente con frenesí.
—Clarice, no es seguro. —El rey se precipita con preocupación.
Stephano, que ya se estaba poniendo de pie, se detiene para fulminar con la mirada a su padre.
—Su nana puede llevarlo, y los guardaespaldas estarán también. —La mujer se acerca a su esposo y le habla en voz baja—. Cariño, llevamos más de cuatro horas en este lugar. No saldremos de aquí, a menos que Steph obtenga un regalo de cumpleaños que le guste.
—Bien —accede el rey con cansancio. Le duele todo el cuerpo, desde la punta de los pies hasta el último cabello del cráneo. No puede esperar por más.
Stephano, sin ninguna anticipación, sale corriendo de la tienda, siendo perseguido por cuatro guardaespaldas y su nana.
Olive y los hombres vestidos de negro, no solo tienen que correr a través de los pasillos repletos de gente, sino que también lidian con las quejas de Stephano sobre las gigantescas escaleras, el ventilador averiado del ascensor, y el jugo derramado en el suelo que casi lo hace caer.
Después de una hora y media, el pequeño monstruo por fin se decide por el FIFA más actual. Y como era de esperarse, también tienen que comprarle una consola nueva porque es de edición limitada.
Todos están aliviados cuando Steph por fin camina, contemplando la contraportada de su nuevo juego de video.
Los hombres bien vestidos lo siguen de cerca, siempre atentos a cualquier movimiento. Por otro lado, Olive vuelve a respirar con normalidad, hasta que el niño la detiene al jalar de su abrigo de lana.
—¿Qué sucede, príncipe? ¿Hay algo más que desee por su cumpleaños? —pregunta la nana, preocupada por lo que sea que pudo haberlo detenido.
—Ella —dice, señalando a una niña sentada fuera de la heladería—. La quiero a ella.