"Violeta Ahogado"
El coro de la iglesia acompañado de un arpa melodiosa y celestial eran sólo una parte del gran evento que se estaba llevando a cabo aquella noche en la que el marqués Izana Kurokawa se unía en sagrado matrimonio con la hija de uno de los empresarios más grandes del reino. Vistiendo un enorme y elegante vestido de seda incrustado con piedras preciosas, la primogénita de la compañía “’Miura” se acercaba a paso lento pero seguro hacia su próximo esposo, quien no podía apartar la vista de ella.
Todos los invitados también la miraban, aquella mujer de ojos ámbar y melena castaña se veía radiante, su figura resaltaba los detalles en el vestido y su sonrisa adornada con dientes perfectos la hacía ver aún más hermosa de lo que ya era. Un sueño para cualquier hombre con un buen juicio.
En el medio de la euforia de la pareja recién casada, un par de ojos violetas miraban con resentimiento a la novia, quien hasta hace unos segundos había escrito su firma en el acta de matrimonio y había dado el “sí” frente al sacerdote y cientos de personas elegantes. Las hebras café de la recién casada se mezclaron con el blanco de la cabellera de Izana cuando el “ahora puede besar a la novia” fue pronunciado.
—¿Por qué estás tan sería? —cuestionó el vizconde Mochizuke—. Duquesa.
—No dormí bien —se justificó Rika, apartando la vista de los novios y dirigiéndola hacia el vizconde, quien la miraba expectante de su próximo movimiento—. Además, sabes que no me gusta venir a la iglesia.
Mochizuke no era estúpido, sabía que la pequeña y caprichosa duquesa estaba molesta por la boda de Izana—. Tu hermano se está casando para mantener el linaje y que la familia real no pierda su estatus —intentó hacer entrar en razón a la Kurokawa menor—. Estamos en el medio de un conflicto muy peligroso, Rika. Ahora es cuando necesitamos más dinero.
—Tiene razón... lamento mi comportamiento -relajó su expresión y movió ligeramente los hombros para enderezar su postura—. Es solo que me preocupa mi hermano.
—Siempre has cuidado mucho de él, ahora podrás descansar —interrumpió el marqués Yasuhiro—. Hoy te ves muy bien, ese vestido resalta tu pelo.
Rika sonrió falsamente, no le gustaba la idea de no tener cerca a su hermano, pues siempre habían sido ellos dos. Tampoco le agradaba la idea de no poder cuidar del hombre que estuvi para ella prácticamente desde que nació, sabía que Izana era una persona que en situaciones de mucho estrés tomaba decisiones apresuradas y sin pensar, cosa que en el pasado le había terminado por costar bastante. Rika se sentía inquieta, jugaba con la tela de sus guantes y mordía su labio inferior de forma discreta.
El frío de la iglesia acompañado del coro interpretando la melodía más lenta y aburrida que Rika jamás había escuchado, la hacía sentir como si estuviera en un funeral.
—¡Felicidades! —vociferaron todos los presentes cuando la pareja comenzó a descender del presbiterio; los aplausos y gritos de emoción no se hicieron esperar en todo el lugar, sobre todo por parte de los Sano, quienes parecían los más felices por aquella unión.
A la duquesa no le agradaban los Sano, los consideraba vulgares pues esa familia no era de sangre azul como los Kurokawa, repudiando especialmente a Emma Sano, una mujer con quién cruzaba miradas de vez en cuando.
—Mira —Muto sacó a Rika de sus pensamientos—. Tu hermano te está hablando.
Los hermanos cruzaron miradas por primera vez en todo el día, los dos pares de ojos se conectaron y ambos supieron lo que el otro estaba pensando; Izana sabía que su hermana estaba molesta y ella sabía que Izana iría a su cuarto a pedirle perdón. Pero aquella atención fue robada por la nueva esposa del duque Kurokawa, Junko.
—Amor, voltea —pidió con una sonrisa mientras señalaba al fotógrafo quien también había intentado llamar la atención del marqués.
—Espero que le den un título a la señorita Junko —una mujer noble murmuró entre toda la multitud.
—Sería increíble, imagínate, “marquesa Miura” —otra mujer continuó la plática.
—La señorita Junko no puede ser marquesa, mi hermano es un duque —Rika interrumpió la conversación usando un tono altivo, las mujeres se tensaron al ver a la última fémina de los Kurokawa—. Y tampoco puede obtener un título, los únicos que lo tendrán serán sus hijos.
—Duquesa, no la habíamos visto, es un gusto conocerla —respondió una de las mujeres extendiendo su mano para estrecharla con la de Rika, el par de mujeres se veian avergonzadas por ser descubiertas mientras cuchicheaban.
Pero Rika no tenía ningún interés por entablar una conversación con ellas—. Si me disculpan tengo que ir afuera, los novios ya salieron de la iglesia —se excusó la Kurokawa y le dio la espalda a ambas mujeres para ir detrás de la multitud que seguía a los recién casados.
Tomó al marqués Yasuhiro del brazo y tiró de él para que saliera junto a ella de la iglesia—. Rika, no deberías ser tan grosera con las personas —regañó sutilmente el hombre—. Además, tomarme de esa manera puede hacer que se malinterpreten las cosas —carraspeó mientras pronunciaba esas palabras, ciertamente, no le desagradaba que Rika lo sostuviera así del brazo, pero tampoco quería que su honor se mancillara por un malentendido.
—No me interesa, esas mujeres no son de la nobleza, pude notarlo por sus joyas, eran del mismo color que las rejillas para las jaulas de los cerdos —recalcó ella, soltando todo el veneno por el enojo que llevaba cargando desde hace meses.
—Rika. —volvió a regañarla, pero esta vez siendo más severo—. Si mantienes esa actitud nada podrá sacarlos del hoyo en el que están.
El par de nobles comenzaron a tener una plática a murmullos, haciendo que inevitablemente acercaran sus cuerpos para que nadie los escuchara, Yasuhiro intentaba hacer entrar en razón a la necia duquesa, pese a que era un hombre forjado por el acero de la espada, sentía una paciencia y ternura infinitas por la noble de pelo blanco.
—Eres muy elocuente —siseó el marqués cuando Rika se cruzó de brazos y le dio la espalda—. ¿Que diría el rey si viera como se comporta su educada hija? —sus palabras estaban cargadas de diversión.
Rika lo miró por el rabillo del ojo y suspiró—. No deberías hablarle así a la duquesa —replica con falsa severidad, lo cierto era que, entre todo el enojo, disfrutaba un poco de jugar con el marqués.
Mientras la duquesa y marqués plsticaban animadamente Izana comenzó a buscar con la mirada a su hermana, desde que había salido de la iglesia sólo había cruzado miradas una vez con ella y no tenerla en su rango visual comenzaba a ponerlo ansioso. Sus ojos lilas buscaban casi desesperadamente la cabellera lacia y blanca fr de su hermana.
—¿A quién buscas, cielo? —inquirió Junko al notar que su esposo estaba distraído.
—No veo a mi hermana —respondió sin dirigirle la mirada. Junko también comenzó a buscar a la duquesa—, está por allá, con el marqués Yasuhiro —señaló sutilmente el lugar donde se encontraba el par de nobles.
Izana vio a Rika recargada sobre el brazo de Muto y con una sonrisa genuina en su rostro mientras el hombre le decía algo que por desgracia, él no alcanzó a escuchar. Su primer instinto fue acercarse a ellos para preguntar que era lo que les causaba tanta gracia, pero al sentir la mano de su nueva esposa, decidió no decir nada y simplemente continuar con las fotos y felicitaciones. Un sentimiento amargo se instaló en el pecho del recien casado.
La fiesta después de la ceremonia se asemejó más a un festival, el palacio estaba repleto de personas ebrias que bailaban a paso torpe al ritmo de una orquesta que tocaba los vals más famosos de la época, aunque muchas otras más se paseaban por los jardines de los Kurokawa, encontrando escondites para subir faldas y bajar cremalleras. Junko e Izana se mantenían sentados en la mesa principal, coqueteando como dos adolescentes que recién acaban de conocerse, tocándose las manos y besándose tiernamente cada vez que tenían oportunidad.
Rika se encontraba bailando en el medio de la pista junto con el marqués que no se había despegado de ella desde que salieron juntos de la iglesia. Yasuhiro había intentado de todo para mantenerla distraída, dándole comida y vino en cantidades que la hicieron vomitar dos veces en lo que iba de la noche.
—Rika, mantén la calma —pronunció el marqués sosteniendo con fuerza la cintura de la joven—. Hay muchas personas aquí, no quieres dar un espectáculo en la boda de tu hermano —le quitó sutilmente la copa de vino, la mujer tenía las mejillas rojas y sus pasos eran torpes.
—¿Un espectáculo? —Rika musitó de regreso—. El único espectáculo aquí son los novios que no han dejado de besarse desde que llegaron —gruñó molesta—, parecen un par de adolescentes, es molesto escuchar el chasquido de los labios.
Muto sonrió tiernamente al escuchar las palabras de la marquesa—, no sé porqué no me sorprende que hasta eso te resulte molesto —musitó sin ser escuchado, pues Rika ya se había alejado de él.
Rika e Izana no habían compartido miradas durante toda la celebración pues la duquesa se había encargado de fingir demencia cada vez que su hermano quería compartir un poco de contacto visual con ella. Ebria, molesta y sin poder hacer nada al respecto, la Kurokawa se alejó de la pista de baile a paso acelerado, evitando que Yasuhiro la siguiera, pues se había dirigido hacia la zona del castillo a la que solamente los dueños podían entrar.
—¿Se va a dormir tan temprano? —preguntó uno de los guardias, Rika asintió.
—La gente se irá en un par de horas, estoy muy cansada —murmuró al guardia—. Pide tu relevo, has estado toda la noche aquí, Kakucho. Ya vete a dormir o a festejar la boda.
El guardia personal de los Kurokawa no comprendía las acciones de Rika, pues desde que tenía memoria, la duquesa era la última en subir a su cuarto cuando se trataba de fiestas, teniendo como un claro ejemplo su cumpleaños, siendo este una celebración que duró cuatro días y tres noches.
—Majestad... disculpe mi impertinencia pero, ¿está bien? —Kakucho alcanzó a Rika antes de que entrara a su cuarto—. Desde que inició el día la veo muy decaída.
—Tengo un dolor en el pecho, Kakucho —respondió—. El frío hace que me duela.
—¿Gusta que le lleve más cobertores a su recámara?, también puedo pedir que le prendan su chimenea.
—No, solamente necesito taparme y descansar un rato -volvió a hablar, pero esta vez usando un tono menos dulce—. Anda ve a divertirte, aún quedan muchos postres.
Kakucho se resignó a seguir intentando persuadir a la duquesa y se dispuso a obedecerla. Tomó un relevo y después de cambiarse la ropa fue hasta la sala principal donde aún seguían festejando. Con timidez aceptó una copa de vino y comenzó a pasearse por todo el lugar hasta llegar a una esquina de la sala y encontrarse con la pareja recién casada hablando con los Sano.
—Es increíble que se hayan casado, Junko ayudó a la firma de varios contratos con la empresa Sano —halagaba Shinichiro, el mayor de los Sano y jefe de la empresa—. Gracias a los fondos que Miura nos prestó, hemos creado el suficiente dinero para vivir bien el resto de nuestras vidas.
—Te has conseguido una excelente esposa Izana, estoy segura de que Junko le dará ese impulso a las minas —continuó Emma—. Eres increíblemente hermosa e inteligente -se dirigió a Junko, quien sonrió y agradeció con una pequeña reverencia.
—De verdad que eres adorable —el más viejo de los Sano le entregó a la pareja un anillo de esmeralda—, no puedo esperar a ver cómo serán sus hijos.
Ante esas palabras, Izana se atragantó con el vino que apenas comenzaba a hacer acto de presencia en su boca. Intentó disimular su tos y girando su cuerpo ligeramente, encontrándose con la mirada de Kakucho.
—¡Kakucho, que gusto que estés aquí! —saludó a su guardia—. Me alegra que hayas venido, ¿estás disfrutando la fiesta?
—Duque, tengo algo que notificarle —respondió el peli negro—. Creo que su hermana se encuentra enferma, hace unos momentos subió a su recámara diciéndome que le dolía el pecho.
Izana se exaltó ante las declaraciones de su guardia y sin pensarlo dos veces se dirigió hacia el lugar donde su hermana descansaba, no sin antes avisar que se ausentaría durante un tiempo por “asuntos urgentes”.
La habitación de Rika era enorme y estaba llena de cosas, sobre todo su cama que siempre estaba repleta de cojines y varias cobijas. Ella se encontraba en el medio de estas, abrazándose a la almohada más grande que tenía.
—Rika, ¿te sientes bien? —habló Izana de manera tierna al entrar al cuarto de su hermana-—, ¿quieres que te traiga un té?
—No, vete —berreó la duquesa—. Vete con tu nueva esposa y déjame sola.
Izana sonrió ante el berrinche de su hermana. Se acercó hacia la cama y se sentó en el filo de esta—. No estés enojada, sabes porqué me casé con ella —murmuró a su oído y después dejó un beso en su mejilla.
Rika se removió en la cama y tomó a Izana de las mejillas—. ¿Vas a venir más noche?
—No, te dije que esos días habían acabado —replicó Izana, quitando el agarre de Rika y tapándola con un par de cobijas—. No vamos a hacer eso, ya no más.
—Pero tú...
—Ya habíamos hablado de esto, no podemos seguir así, van a descubrirnos—. llevó su mano hasta el abdomen de Rika—. No podemos permitir que vuelva a suceder. Descansa.
El duqje dejó a su hermana y tomó camino de regreso a la fiesta, donde su esposa y todos los demás lo estaban esperando, pero antes de llegar con ellos, se encontró con el duque Muto, quien se encontraba platicando con los barones Ran y Rindou Haitani.
—Duque Kurokawa —lo llamó el marqués—. Permítame darme mis felicitaciones, no había tenido la oportunidad porque...
—Estabas con mi hermana —gruñó—. Los vi bastante unidos esta noche.
—Si me lo permites, me gustaría que me dieras tu permiso de poder cortejarla, ahora que estás casadoestoy seguro de que Junko y tú...
Izana volvió a interrumpirlo—, no saques conclusiones, mi hermana no estará mejor en otro lugar más que con su familia —su semblante había cambiado, sus ojos violetas se oscurecieron y su ceño estaba fruncido—, Rika no va a casarse, no lo necesita.
—Está claro que lo único que heredaste de la sangre Kurokawa fue ese pelo y los ojos—Muto comenzaba a perder la paciencia ante la actitud tan altanera de Izana—, Rika merece un hombre que la cuide y procure.
Izana estuvo a punto de responder, cuando se escuchó el grito ahogado de una de las mujeres nobles que habían estado paseando por el jardín.
—Huesos —dijo Kakucho al ver la razón por la cual había comenzado el escándalo—, son huesos de conejo, seguramente algún carnívoro vino a cenar al jardín.
ñEn uno de los rincones más olvidados de aquel gran jardín se encontraba una pequeña fosa hecha por algún zorro, pequeños huesos e incluso restos de pelo y carne estaban esparcidos por todos los alrededores. Junko se acercó un poco más al pequeño nido, ahí, no solo descubrió al responsable del asesinato del conejo, sino también una extraña escena; el zorro estaba hecho bolita, por su cuerpo peludo se arrastraban gusanos, escarabajos y moscas. Solo bastó un poco de más de cercanía para que se percibiera el olor a muerte.