No eres mi tipo

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Summary

Arian y Darien no se soportan, pero deberán aprender a trabajar juntos por el bien de la casa productora, ¿podrá su amor por la música acercarlos? *** Arian cursa el primer año de la carrera de comunicación. Es aplicada, tiene al novio perfecto, no se mete en líos y es todo lo que su madre espera de ella... O bueno, casi todo. Darien, por otro lado, está a punto de terminar la carrera de producción musical, y es todo lo que cualquiera llamaría el típico "bad boy". Tiene su propia casa productora, junto a sus amigos, y no es precisamente una persona fácil de lidiar. Arian lo descubre cuando termina trabajando para él y se da cuenta de que no la dejará cumplir sus sueños tan fácilmente. No se soportan, no están de acuerdo en casi nada, pero tienen una cosa en común: su amor por la música. ¿Será suficiente para que Arian se gane al "temible" Darien o terminarán odiándose aún más? WARNING: Esta historia trata algunos temas como violencia física, psicológica y problemas de ansiedad.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
3.0 1 review
Age Rating
16+

1. Pictures of you

Me asfixio entre capas y capas de tela rosa pálido, el vestido que mi mamá eligió para mí. Se supone que debería gustarme, pero sigo sintiéndome ridícula por usar este tipo de cosas a mi edad. Como sea, no es como que pueda negarme. Manchas azules y amarillas en mi muñeca arruinan mi perfecta imagen en el espejo. Todavía no desaparecen, así que las cubro con una pulsera ancha. Sonrío, pero parece más un gesto de dolor. ¿No se supone que debo ser feliz? ¿En qué momento cambió todo? La foto de una pareja descansa sobre la mesita de noche. Ella está frente a la cámara, con una sonrisa que no le cabe en el rostro, mientras él la besa en la mejilla y la mira como si fuera más impresionante que el parque de diversiones que tienen detrás. Un nudo se atora en mi garganta. Siento que me falta el aire.

Ojalá, porque no creo que pueda hacer esto.

-Tranquila. Todo va a estar bien. Puedes enfrentarlo -me digo a mi misma intentando confiar en mis palabras.

Mi disco favorito de The Cure ha vuelto a empezar desde hace un rato. Las primeras notas dePictures of you se reproducen y no puedo sentirme más miserable. No importa cuánto intente ocultarlo, no me saco este dolor del pecho por lo que sucedió, por lo que ha estado pasando desde hace meses. Atrapo mi labio inferior entre mis dientes tratando de contener los sollozos que quieren escapar.

Si mi madre me ve...

Un escalofrío me recorre la espalda.

Arian, tienes que calmarte ya.

Encojo y extiendo mis dedos varias veces. Las manos me sudan, y el corazón galopa a mil por hora. Todo tiene remedio. Siempre lo tiene, ¿no es eso lo que siempre dice mi madre?... ¿pero y si no es así esta vez?

Unos golpes suaves a la puerta me traen de vuelta a la realidad. Sé que es papá incluso antes de que pregunte si puede pasar. Mis músculos se relajan. Luce muy guapo con su pantalón negro y su camisa color vino preferida.

-Te ves como toda una princesita - me dice al tiempo que me atrapa en sus brazos y deposita un beso en mi sien.

Me aferro a él con fuerza y aspiro su dulce aroma. Es todo lo que necesito. Su cercanía me reconforta, me hace olvidar. Pero el chirrido de la puerta nos interrumpe y, al pie del marco, aparece la figura de mi madre enfundada en un vestido negro y los brazos cruzados en el pecho. Como casi siempre, su rostro no deja ver lo que pasa por su mente. Pero solo una cosa es segura: nunca es algo bueno.

-Dorotea, estás bellísima -dice mi padre con el rostro iluminado como cada vez que la ve. Y pienso en lo afortunada que es mi madre, y en lo desafortunado que es él.

-Me encantaría decirte lo mismo -responde ella con disgusto para después posar sus ojos llameantes en mí. No tiene que decir nada más. Camino hacia el tocadiscos y apago la música. Sé que la detesta.

Escucho a mi madre cuestionarle a papá por qué no lleva la camisa que le compró especialmente para esa ocasión, sin dejar de cepillarme el cabello frente al tocador. De medios a puntas, como a ella le gusta que lo haga, porque si no: «Parece estropajo, Arian. Así no le vas a gustar a Rodrigo».

-Es muy elegante para estar en casa ¿no crees, cielito?

-No puedes usar lo mismo en cada reunión, ¿qué dirán todos? El señor no tiene ni para comprarse una camisa -suelta indignada-. Sobre mi cadáver, Héctor.

Decido hacerme una coleta baja con un moño azul y pienso que combina con el moretón de mi muñeca. Aplaco unos algunos cuantos pelitos rebeldes y, cuando estoy por usar el cepillo una vez más, este se me escapa de las manos golpeando con tanta fuerza el suelo como si quisiera atraer toda la atención a mí. Y por desgracia lo logra.

-No te queda bien el vestido.

El ardor en mis manos me obliga a mirarlas, y es entonces que me doy cuenta de que tengo las uñas marcadas en mis palmas.

-Dorotea, déjala en paz, por favor -interviene mi padre, pero me da la sensación de que suena lejano. Al alzar la cabeza me encuentro a mi madre con una expresión a la que ya me he acostumbrado: desagrado.

-Seguro otra vez estás comiendo de más.

-Se ve preciosa. Déjala ya -advierte mi padre con voz temblorosa.

-Tú no entiendes de esto, así que no te metas -le responde ella con una frialdad que me hiela los huesos.

El sonido del timbre se interpone y nos salva de una masacre sin piedad. Suelto el aire de golpe. Es la primera vez que me alegro de que los “amigos” de mi madre estén aquí.

-Volveremos a la dieta, Arian -dice con firmeza, y sé que no se admiten objeciones-. Recibiré a los invitados. Los espero abajo en 5 minutos. No más.

Cada rincón de la casa está adornado con canastas de tulipanes lilas y guirnaldas de flores en tonos blancos y azules. Muchas caras conocidas me reciben en el jardín, pero no recuerdo sus nombres a pesar de haberlas visto miles de veces antes. Como siempre, todos visten elegantes en exceso y platican animosos mientras beben de uno de los más finos juegos de copas de mamá. La música de elevador tortura mis oídos. Lo único que deseo es refugiarme en mi cuarto una vez más, entre mis discos y la tranquilizadora voz de Dave Gahan diciéndome que disfrute el silencio. Pero estoy atrapada aquí hasta que todo acabe.

Una mesa rectangular nos espera en el centro de la fiesta, con platos y cubiertos relucientes y bandejas rebosantes de toda clase de comida desconocida para mí. Me da la sensación de que nada me es familiar, hasta que identifico la risa de mi madre a lo lejos, y el pánico se apodera de mí. Conozco muy bien sus formas de reír: la que utiliza cuando está con sus compañeros de trabajo, que es fuerte pero no al grado de ser irritante como lo es la segunda, cuando está con Rod o mis amigos. La tercera, que contadas veces he escuchado, es la genuina. Pero estoy segura de que ahora ha hecho la segunda y, dado que ni Andrea ni David están aquí, solo puede significar una cosa. De inmediato trato de perderme entre la gente, pero mi plan fracasa cuando una temida mano aprisiona mi brazo. Mis pies me traicionan plantándose en el suelo. Me he convertido en piedra.

-Te ves hermosa -dice Rod, golpeándome el rostro con su tibio aliento y dejando un beso en mis labios. No me atrevo a rechazarlo. No con tanta gente aquí, no con mi madre asechándome desde el otro lado del jardín. Sonrío, pero no lo miro. Él me toma de la cintura y se acerca a mi oído:

-No me has contestado los mensajes desde ayer en la tarde, mi amor.

Sí, justo después de que pasara aquello. Intento actuar como si el miedo no me estuviera comiendo viva y respondo:

-Perdona -trato de disimular mi inestabilidad al hablar para sonar convincente-. Estuve muy ocupada ayudando a mi mamá con la fiesta.

Rod se queda inmóvil, con una expresión extraña en el rostro que después se transforma en una sonrisa forzada.

-Claro que sí, preciosa -me agarra una mano con firmeza, casi como si quisiera evitar que en cualquier momento salga corriendo-. Ya habrá momento para hablar -finaliza, y comprendo que solo me queda intentar actuar con normalidad lo que resta de la reunión.

Hablo con los invitados y agradezco sus cumplidos, aunque en realidad van más dirigidos a mi madre que hacia mí: «Arian es igualita a Dorotea. Está preciosa», «La hija de Dorotea es tan encantadora como ella». Rod, que no se ha despegado de mí ni un segundo, les sigue la corriente haciendo comentarios como que soy la mejor novia del mundo o que soy «una belleza», como si la tensión entre nosotros no existiera. Se me revuelve el estómago. A lo lejos reconozco a mi padre. Lleva la nueva camisa puesta que, además, es de un color que detesta. Mi madre se recarga en su hombro mientras ríe y manotea de esa forma entre altiva y coqueta. Él hace su mejor esfuerzo por seguirle el juego, pero su rostro solo grita: “sáquenme de aquí“. Otra vez las náuseas.

-Ven -susurra Rod en mi oído y mi pánico crece cuando me lleva hasta un lugar apartado de los demás. Pero es entonces que una canción conocida llega hasta mis oídos, y sé que ha sido él, porque ni mi padre ni yo tenemos permitido acercanos al equipo de sonido.

“Tengo una foto colgada en la pared, una imagen de ti y de mí riéndonos”, suena por los altavoces.

-¿Te acuerdas de esta canción? -me extiende una mano para que la tome y, muy a mi pesar, lo hago. Siento el calor de su cuerpo contra el mío, pero ya no siento seguridad al estar entre sus brazos.

“Mira nuestra vida ahora, hecha pedazos y desgarrada. Nos alborotamos y peleamos y lloramos hasta el amanecer”, continúan los Tompson Twins como si estuvieran describiendo los últimos meses de nuestra relación.

-Sí, claro que la recuerdo -consigo decir en voz baja. Jamás podría olvidarla aunque ahora lo deseara.

-Arian, sé que no me quieres cerca de ti -lo escucho soltar aire con pesar-, pero tenemos que hablar de lo que pasó.

Los nervios se atoran en mi garganta impidiéndome formular alguna palabra, así que me quedo en silencio. Noto sus músculos marcándose debajo de su impoluta camisa blanca y las venas de su cuello resaltadas; un escalofrío me recorre.

-Di algo, maldita sea -dice entre dientes-. ¡No me contestas los putos mensajes, y en persona no me diriges la palabra! -. Miro de reojo hacia el montón de gente, pero nadie parece darse cuenta de lo que sucede. Y no sé si eso me alivia o me atemoriza aún más.

-Ya te perdí perdón mil veces -dice perdiendo la paciencia-. ¿Qué más quieres?

Intento alejarme, pero él me aprisiona con fuerza por la cintura, dejándome a escasos centímetros de esos ojos avellana que tanto me gustaban y que ahora solo me causan pavor.

-No es el momento -logro decir con apenas un hilo de voz-. Por favor.

Mis lágrimas luchan por salir, los latidos de mi corazón se aceleran y un pitido agudo me taladra los tímpanos. Sé que estoy a punto de tener un ataque de pánico. Respira, respira, respira. No se atrevería a hacerme algo delante de todos... ¿verdad?

Una media sonrisa se le escapa mientras comienza a guiar mis pasos a su ritmo, y no al de la música.

-Pero relájate, por favor -suelta una risa relajada-. No voy a lastimarte -hace una pausa y luego se corrige con voz dulce-. No otra vez. Lo juro.

Siento cómo afloja su agarre y, cuando creo que está a punto de dejarme ir, desliza una de sus manos dentro de la bolsa de su pantalón y saca una pequeña bolsa de tela azul.

-Y para que veas que mi arrepentimiento es sincero, te traje esto -frente a mí aparece el brillo de una pulsera dorada con algo grabado al reverso-. Son nuestras iniciales y la fecha de nuestro aniversario -aclara-, para que siempre me tengas presentes.

Recorre con sus dedos el brazo donde dejó su marca. Mi respiración se vuelve cada vez más profunda cuando se acerca ahí. Cierro los ojos y una sacudida me envuelve cuando coloca aquel regalo indeseado en mi muñeca. Él se retira al instante y me mira con el semblante herido.

-Me temes -. Suena afectado. Quisiera creerle, quisiera, pero no puedo.

El último coro de la canción está a punto de terminar. Busco a mi madre entre el mar de gente. No la encuentro.

-No hablemos de esto ahora, por favor -me escucho suplicar desesperada.

Entonces Rod suelta una carcajada que me deja helada.

-Al menos es un alivio no ser el único al que temes.

No entiendo a qué se refiere, pero tampoco me detengo a pensarlo, porque en ese momento mi padre se acerca a nosotros.

-¿Todo bien? -dice al aire aunque sé que la pregunta es para mí, lo percibo en su mirada preocupada.

Antes de poder contestar algo, Rod se acerca a él, dándole unas pequeñas pero pesadas palmas en el hombro:

-Todo va perfecto, suegro -responde por mí y dibuja una sonrisa que ahora parece peligrosa.

Mi padre lo mira a él, luego a mí. No está convencido pero no indaga más, cosa que agradezco. No quiero causar problemas. Mi madre se acerca y nos ordena a que vayamos a tomarnos la foto. Esa que no puede faltar en cada reunión, esa que subirá a todas sus redes sociales para que el mundo envidie la bonita familia "feliz" de la exitosa Dorotea Sáenz.

Rod aprovecha el instante de cercanía para llevar mi mano derecha a la altura de sus labios. Su expresión es sombría.

-Como dije, no volverá a suceder -susurra contra mi piel, y deposita un beso que quema-. Nunca más.

Todos nos esperan frente a la cámara con sus mejores sonrisas. Hago lo mismo mientras limpio mis manos sudorosas contra el vestido.

Nunca había tenido tantas ganas de gritar como ahora.