Chapter 1
TK se miró en el espejo. El resto del equipo ya había abandonado el parque de bomberos y se había ido a casa después del turno, pero TK había decidido tomarse un poco más de tiempo en la ducha porque se había pasado la mayor parte del día sudando. Se había tomado la temperatura, pero no tenía fiebre.
Tampoco habían hecho gran cosa durante el turno, así que no sabía de dónde venía tanto calor. Apenas le dejaba concentrarse en otra cosa que no fuera la imagen de Carlos de todas las formas posibles, todas ellas especialmente excitantes, y su cerebro seguía diciéndole que se fuera ya a casa, que buscara a Carlos y... llevara a cabo todas aquellas escenas.
Volvió a lavarse la cara con agua fría a pesar de que acababa de salir de la ducha, pero sus mejillas seguían calientes.
Terminó de vestirse y bajó las escaleras para marcharse.
Se cruzó con Judd, aunque antes de verlo percibió el fuerte olor de su colega que nunca antes había notado. Se quedó mirándolo un momento mientras Judd terminaba de limpiar el camión de bomberos.
“¿Todo bien, TK?” preguntó su amigo y TK jadeó.
“Sí... sí... es que...“. El olor de Judd se hizo aún más intenso y tuvo que dar un paso atrás.
No podía decir que se sintiera atraído por él; Judd no era su tipo, y tenía a Carlos, y había mil cosas más que hacían absurdo pensar que de alguna manera pudiera sentirse atraído por él.
Pero la sensación era extraña.
“Tengo que irme”.
TK salió corriendo, aunque seguía oyendo a Judd llamándole para preguntarle si necesitaba algo. Pero lo que TK necesitaba era alejarse... aunque no tenía claro en qué dirección exactamente.
Siguió corriendo y pronto empezó a sudar y su corazón se aceleró. Se cruzaba con la gente y cada uno de los hombres que pasaban a su lado le hacía sentir de una manera diferente: algunos, incluso aquellos a los que ni siquiera podía ver la cara, le resultaban atractivos; a otros los rechazaba, como si los conociera y en cierto modo los odiara, y luego estaban los que le miraban.
Podía reconocer cierta mirada de deseo desesperado en algunos, la que un alfa sentía por un omega; pero como beta nunca se había visto en esa situación. El beta estaba allí para estar literalmente en medio, para complacer a los alfas, para trabajar para ellos, para hacerles compañía hasta que el alfa en cuestión encontrara al omega con el que se unirían para siempre y formarían una familia.
TK siempre había sido un beta. Le gustaba todo el mundo y había satisfecho las necesidades de algunos alfas cuando se lo habían pedido, pero cuando Carlos apareció en su vida, sólo tenía ojos para un alfa.
Su padre le había dicho que tuviera cuidado con enamorarse del policía. “Es su naturaleza alfa, encontrará una omega y tú... pasarás a un segundo plano y dejará de sentirse atraído por ti”.
“Carlos no es así, papá. Lo noto, me quiere y lo hemos intentado...“.
“No te fíes de las promesas de un alfa, eso te lo puede decir tu madre de mí. Los alfas sin omegas no son de fiar y tarde o temprano te dejarán tirado.”
“¿A cuántos omegas has dejado tirados?“.
“Eso es cosa de tu padre”.
Llegó a la puerta de casa convertido en un baño de sudor, acalorado, excitado, tembloroso y con la sensación de que iba a explotar si no se encontraba pronto en brazos de Carlos, desnudos los dos, en la cama o en el sofá, en la ducha, en cualquier sitio, pero... pero... pero....
Gruñó y apoyó la cabeza en la puerta porque no tenía muy claro lo que le estaba pasando. Había oído hablar del celo, pero sabía que sólo era cosa de los omegas, cuando estaban listos para aparearse e iniciar el ciclo reproductivo.
Como beta era algo que nunca había sentido y por lo tanto no podía ser eso. No podía estar en pleno celo, por mucho que su cuerpo estuviera desesperado por tener sexo con Carlos y ser poseído por él de todas las formas imaginables durante horas.
Finalmente llegó al loft, donde, por suerte, estaba Carlos para hacerle sentir bien. Carlos siempre sabía cómo reconfortarle fuera cual fuera el problema, así que ahora sólo tenía que abrazarle, acomodarse con él en el sofá y dejar que todo volviera a la normalidad.
Al abrir la puerta, oyó el sonido de la música. Cuando sonó la música caribeña supo que Carlos estaría bailando. La siguió y pronto encontró a su novio preparando la colada en el cesto, bailando con ese movimiento de caderas que normalmente le volvía loco pero que ahora también le ponía cachondo en cuestión de dos segundos. Lo que era aún peor, Carlos llevaba puesta una de sus sudaderas.
Le quedaba un poco ajustada, ya que Carlos tenía un cuerpo más musculoso que él y la sudadera dejaba ver cada uno de esos músculos, mientras que los vaqueros... TK jadeó al ver lo ajustados que le quedaban aquellos vaqueros y lo mucho que necesitaba quitárselos.
Carlos se dio la vuelta mientras separaba las dos camisetas y se le quedó mirando, como si lo viera por primera vez en su vida.
“Oye tigre... Hay algo diferente en ti hoy ¿no?“.
“Carlos, yo no... No puedo...”
En ese momento TK ya no era capaz de pensar y mucho menos de encontrar las palabras para hablar con normalidad. Dejó caer su bolso al suelo y se abalanzó sobre Carlos como un enorme felino a la caza.
Le hizo soltar las camisas que llevaba en la mano y le empujó contra la encimera de la cocina. Empezó a besarle desesperadamente y, antes de que Carlos pudiera hacer o decir nada, le quitó la sudadera y empezó a besarle el pecho.
“Ty... ¿Qué te pasa? Pareces...”
Un aroma que nunca antes había sentido provenir de TK entró por cada poro de su piel, embriagándolo de una manera imposible.
Le agarró de los hombros y TK pudo ver como los ojos de Carlos se volvían más oscuros de lo que nunca habían estado. Entonces le oyó gruñir y tensar el cuerpo.
“¿Estás en... celo?“.
“Sabes que eso no es posible”. Gimió TK mientras Carlos empezaba a besarle el cuello porque su novio ya no pensaba con lógica. “Soy beta, no puedo entrar en celo”.
“Sea lo que sea, tigre... me has excitado”.
Carlos siguió besándole el cuello y deslizó ambas manos bajo su ropa, luego le hizo separar las piernas y metió la rodilla entre ellas. Si TK tenía alguna intención de escapar, Carlos se deshizo de ella. Ambos gimieron un rato más y los sonidos de ambos se hicieron rítmicos mientras las manos de Carlos se perdían en su anatomía y sus labios marcaban poco a poco su piel.
“TK... Joder... No sé qué ha cambiado hoy... pero sólo puedo pensar en follarte por toda la casa y de todas las formas posibles”.
Le lamió el cuello y tiró de su sudadera hasta casi arrancársela, luego hizo que TK se sentara en la encimera para poder colocarse entre sus piernas y seguir besándole por toda la piel del pecho.
TK enterró los dedos en el pelo de Carlos.
El sexo entre ellos siempre había sido genial, el mejor que TK había tenido con un alfa. Desde la primera vez que habían dormido juntos, parecía que Carlos podía leerle la mente sobre lo que necesitaba y lo que quería. Las palabras sobraban cuando tenían sexo.
Pero esa sensación era algo que ninguno de los dos había experimentado antes. Carlos estaba fuera de sí; como alfa había tenido momentos de excitación y deseo sexual, pero lo que ahora mismo recorría su cuerpo era una descarga eléctrica de desesperación.
Levantó a TK y lo llevó literalmente a la cama. Lo dejó caer y se echó encima de él, apretándole las piernas, cogiéndole las manos por encima de la cabeza y enterrando la boca en el hombro de TK.
Volvió a gemir cuando oyó a TK gemir mientras le mordía el cuello, marcándolo. Nunca había sentido la necesidad de hacerlo, pero ahora sus dientes se clavaban en la piel de su amante con una desesperación que era incapaz de controlar.
TK gimió, arqueando la espalda al sentir una nueva descarga eléctrica recorriendo cada centímetro de su cuerpo. Rodeó con ambas manos el cuerpo de Carlos y tiró para apretar sus cuerpos con todas sus fuerzas.
“¿Quieres jugar a Alfa/Omega, Tigre?“. Carlos le susurró al oído, con las manos acariciándole los costados con los pulgares.
“Siempre, babe... Daría lo que fuera por ser tu omega y ser tuyo para siempre”.
“Tú ya eres mío, Tee. Te marcaré tantas veces como haga falta para asegurarme de que todos lo sepan y se mantengan alejados de ti”.
Sólo tardaron cinco segundos en desnudarse mutuamente y entrelazar sus piernas. Se revolcaron en la cama, desordenando las sábanas mientras se entregaban a un juego que podría ser peligroso con cualquier otra persona; un juego de arañazos, caricias, algún que otro mordisquito, besos y sexo desenfrenado durante horas.
Cayó la noche y llegó el día, destrozaron la cama, aunque el sofá no estaba mejor, ni la cocina, ni ningún otro lugar de la casa donde fuera posible tener sexo.
Al final, después de tantas horas que habían perdido la cuenta decidieron darse una ducha porque estaban empapados de sudor y semen de los dos. TK bromeó sobre la sensación pegajosa que tenía entre las piernas.
“¿Cuántas veces te has corrido dentro de mí, babe?“.
Carlos apretó el cuerpo de TK contra él cuando entraron en la ducha, extendiendo la mano y tocándole entre las piernas. Se llevó los dedos a la nariz y cerró los ojos.
“No sabes cuánto me excitan nuestros olores juntos”.
“Si fuera omega estoy seguro de que esta noche me habría quedado embarazado”.
Carlos lo abrazó por detrás y el agua pronto los cubrió a los dos por completo y apoyó la barbilla en el hombro de su amante. “No sabes cuánto me gustaría tener un hijo contigo”.
“Supongo que podríamos adoptar o...“.
“A veces sueño con un par de pequeños tú y yo”.
TK se sonrojó al pensar en formar una familia con Carlos, en tener hijos con él. Siempre le había dado miedo ser omega, la vida parecía más fácil siendo beta, pero ahora que su relación con Carlos se había vuelto seria y se dirigían a la boda, habría dado cualquier cosa por cambiar su naturaleza y poder darle un hijo a Carlos.
La desesperada necesidad de tener sexo con Carlos terminó dos días después y TK agradeció que hubieran sido sus días libres porque él y Carlos habían pasado el tiempo teniendo sexo hasta que TK ya no pudo aguantar más.
Volver al trabajo al día siguiente y separarse de Carlos no fue fácil para TK, pero al menos ahora se sentía mejor. Fuera lo que fuera lo que había cogido, se le había pasado. Ahora nadie le miraba por la calle y los fuertes olores que antes eran tan perceptibles ya no estaban allí. Sin duda había cogido una buena gripe pero Carlos le había cuidado.
El día pasó rápido mientras las emergencias se amontonaban unas sobre otras, desde un niño en lo alto de un árbol, un cumpleaños con intoxicación masiva, hasta un cine donde había explotado la tubería de gas y había que evacuar a todo el público.
Al final del día, se puso al día con Carlos por la llamada de una madre que había perdido a su hijo en un mercadillo del centro de la ciudad. Entre el equipo 126 y los policías de la zona, pronto encontraron al pequeño, que estaba comiendo fruta tranquilamente en uno de los puestos del mercadillo.
La mujer corrió hacia él y lo abrazó, lo besó y lo cogió en brazos. No debía de tener más de cinco años y sus ojos lloraban de miedo por estar perdido y separado de su madre. La mujer también lloró y, por un momento, Carlos y TK se miraron, pensando que en el futuro podrían ser ellos los padres preocupados por su hijo.
Intercambiaron una sonrisa aunque estaban separados el uno del otro y ambos entendían lo que pasaba por la cabeza del otro.
“Me da igual que no sea posible”, dijo Judd mientras el resto del equipo miraba a Carlos y a TK y empezaban a hacer apuestas sobre cuánto tardarían en ampliar la familia después de la boda. “Pero te juro que si pudieran quedarse embarazados apostaría bien a que se quedan preñados para finales de año. ¿Has visto cómo miran a ese niño?“.
Judd se acercó a TK y se inclinó hacia su amigo. Cuando el paramédico se dio la vuelta encontró a Judd casi encima de él, y le estaba olisqueando.
“Pareces diferente, ¿qué ha cambiado?“.
“¿De qué estás hablando?” Judd estaba tan cerca de él mirándole, que le estaba poniendo nervioso.
Judd le señaló el cuello donde podía ver la marca que Carlos le había dejado, luego sonrió y chasqueó la lengua.
“Así que Carlos y tú os habéis divertido estos días”.