The Rake 👑 || Kookmin Adapt. by Jiniedan at Inkitt
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The Rake 👑 || Kookmin adapt.

Summary

El doncel fatal mås infame de Boston encuentra su pareja en un inglés peligrosamente gentil que ha jurado no casarse nunca. Park Jimin ha ido por la vida sin necesitar a un hombre, un plan que ha funcionado sorprendentemente bien hasta hace unos cinco minutos, cuando decidió que debía tener un bebé. Jeon Jungkook mide 1,90 metros con ADN de primera calidad, seguridad financiera y títulos de la realeza britånica. Lo mejor de todo es que él teme lo que Jimin mås teme: casarse. Jimin cree que es una obviedad cuando Jungkook le ofrece sus servicios, su esperma y su participación en la vida de su futuro hijo. Lo que comienza como un inocente y moderno acuerdo familiar, råpidamente se erosiona en una red de mentiras, pasados oscuros y secretos desvelados. Dentro de este caos, Jimin y Jungkook se ven obligados a enfrentarse a la terrible verdad: son capaces de amar. Y lo que es peor, podrían sentirlo entre ellos.

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41
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n/a
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18+

PrĂłlogo


Jungkook

Me habĂ­an prometido poco antes de concebirme.

Mi futuro estĂĄ escrito, sellado y acordado antes de que mi madre tuviera su primera cita para la ecografĂ­a. Antes de tener un corazĂłn, un pulso, unos pulmones y una columna vertebral. Ideas, deseos y preferencias. Cuando no era mĂĄs que una idea abstracta.

Un plan de futuro.

Una casilla que hay que marcar. Su nombre era Lee Rossanne.

Rosse, realmente, para los que la conocĂ­an.

Aunque no sería consciente del acuerdo hasta que cumpliera los catorce años. Contado justo antes de la tradicional excursión de caza prenavideña que los Jeon hacían con los Lee.

No habĂ­a nada malo en Lee Rossanne. Nada que pudiera encontrar, al menos. Era encantadora, bien educada, de excelente pedigrĂ­. No hay nada malo en ella, excepto una cosa: no fue mi elecciĂłn.

Supongo que asĂ­ fue como empezĂł todo. CĂłmo me convertĂ­ en quien soy hoy.

Un hedonista(*) amante de la diversiĂłn, bebedor de whisky, aficionado a la esgrima y al esquĂ­, que no respondĂ­a ante nadie y se metĂ­a en la cama con todo el mundo.

Todos los nĂșmeros y variables estaban ahĂ­ para crear la ecuaciĂłn perfecta.

Grandes expectativas.

Multiplicado por las exigencias de aplastamiento.

Moralmente dividido por mĂĄs dinero del que podrĂ­a quemar.

HabĂ­a sido bendecido con el fĂ­sico adecuado, la cuenta bancaria adecuada, la sonrisa adecuada y la cantidad adecuada de encanto. Solo faltaba una cosa invisible: el alma.

Lo que pasa es que al no tener alma ni siquiera era consciente de ello.

Hizo falta alguien especial para mostrarme lo que me habĂ­a estado perdiendo.

Alguien como Park Jimin. Me abriĂł y el alquitrĂĄn se derramĂł. Pegajoso, oscuro e interminable.

Este es el verdadero secreto de los libertinos reales.

Mi sangre nunca fue azul.

Era como mi corazĂłn, negro puro.



Catorce años.

Montamos al atardecer.

Los sabuesos lideraban el camino. Mi padre y su camarada, Lee Jake padre, les seguĂ­an de cerca. Sus caballos galopaban a un ritmo perfecto. Jake Jr., Jay y yo Ă­bamos detrĂĄs.

Les dieron a los jóvenes las yeguas. Eran rebeldes y mås difíciles de domar. Domar a las hembras jóvenes y enérgicas era un ejercicio que los hombres de mi clase habían recibido desde una edad temprana. Después de todo, habíamos nacido en una vida que requería una esposa o esposo bien entrenado, bebés regordetes, croquet y amantes seductoras.

Con la barbilla y los talones bajos, la espalda recta, era la imagen de un ecuestre real. No es que eso me ayudara a evitar que me arrojaran al sweat box, acurrucĂĄndome sobre mĂ­ mismo como un caracol.

A papĂĄ le encantaba arrojarme allĂ­ para verme retorcerme, sin importar lo duro, lo diligente, lo desesperado que tratara de complacerlo.

El sweat box, tambiĂ©n conocido como cubo de aislamiento, era un montacargas del siglo XVII. TenĂ­a forma de ataĂșd y ofrecĂ­a la misma experiencia. Como era muy claustrofĂłbico, mi padre me castigaba alli siempre que me portaba mal.

Sin embargo, portarse mal no era algo que hiciera a menudo, o incluso en absoluto. Esa era la parte triste. Deseaba con todas mis fuerzas que me aceptaran. Era un alumno de sobresaliente y un esgrimista dotado. Incluso habĂ­a llegado al Campeonato Juvenil de Inglaterra en sable, pero aun asĂ­ me arrojaron al montacargas cuando perdĂ­ contra George Stanfield.

Tal vez mi padre siempre supo lo que yo trataba de ocultar a la vista.

Por fuera, era perfecto.

Sin embargo, por dentro estaba podrido hasta los huesos.

A los catorce años, ya me había acostado con dos de las hijas de los criados, había conseguido montar el caballo favorito de mi padre hasta su prematura muerte y había coqueteado con la cocaína y el Special K2 (no el cereal).

Ahora, Ă­bamos a la caza del zorro.

Odiaba bastante la caza del zorro. Y por bastante, quiero decir mucho. Lo detestaba como deporte, como concepto y como aficiĂłn. No obtenĂ­a ningĂșn placer matando animales indefensos.

Mi padre decĂ­a que el deporte de la sangre era una gran tradiciĂłn inglesa, al igual que rodar el queso y la danza Morris. Personalmente, pensaba que algunas tradiciones no envejecĂ­an tan bien como otras. La quema de herejes(*) en la hoguera era un ejemplo, la caza del zorro otro.

Cabe distinguir que la caza del zorro era -o deberĂ­a decir que es- ilegal en el Reino Unido. Pero los hombres de poder, como lleguĂ© a saber, tenĂ­an una intrincada y a menudo tempestuosa relaciĂłn con la ley. La aplicaban y la determinaban, pero la ignoraban casi por completo. Mi padre y Jake padre disfrutaban aĂșn mĂĄs de la caza del zorro porque estaba prohibida para las clases bajas. Le daba al deporte un brillo adicional. Un eterno recordatorio de que habĂ­an nacido diferentes. Mejores.

Nos adentrĂĄbamos en el bosque, pasando por el camino empedrado de la gran puerta de hierro forjado del castillo de Ashes Golden Jeon, la finca de mi familia en Kent. Se me revolviĂł el estĂłmago al pensar en lo que estaba a punto de hacer. Matar animales inocentes para apaciguar a mi padre.

El suave repiqueteo de las Mary Janes sonĂł detrĂĄs de nosotros, golpeando los guijarros.

—¡Kookie, espera!

La voz era sin aliento, necesitada.

Me apoyé en Duquesa, empujando mis pies hacia delante, tirando de las riendas. La yegua volvió a galopar. Rossanne apareció a mi lado, agarrando algo envuelto al azar. Llevaba su pijama rosa. Sus dientes estaban cubiertos de coloridos y horrendos aparatos.

—Te tengo algo —Se quitĂł de un manotazo los trozos de cabello castaño que se le pegaban a la frente. Rosse era dos años menor que yo. Yo estaba en la desafortunada etapa de la adolescencia en la que cualquier cosa, incluidos los objetos afilados y ciertas frutas, me resultaban sexualmente atractivas. Pero Rosse seguĂ­a siendo una niña. Con las articulaciones sueltas y el tamaño de un bolsillo. Sus ojos eran grandes e inquisitivos, bebiendo el mundo a tragos. No era precisamente una chica guapa, con sus rasgos medios y su complexiĂłn infantil. Y su aparato de ortodoncia le provocaba un impedimento en el habla del que era consciente.

—Rosse —dije, frunciendo una ceja—. A tu madre le va a dar un ataque si descubre que te has escapado.

—No me importa —Se puso de puntillas y me entregĂł algo envuelto en uno de sus sensatos jersĂ©is de punto. TirĂ© el jersey, encantado de encontrar dentro la petaca grabada de mi padre, cargada de bourbon.

—SĂ© que no te gusta la caza del zorro, asĂ­ que te he traĂ­do algo para... ÂżcĂłmo lo dice papĂĄ? Para quitarte el miedo.

Los demĂĄs siguieron adelante, adentrĂĄndose en el espeso y musgoso bosque que rodea el castillo de Ashes Golden Jeon, sin saber o sin interesarse por mi ausencia.

—Pequeña loca —TomĂ© un trago de la petaca, sintiendo el fuerte ardor del lĂ­quido rodando por mi garganta—. ÂżCĂłmo conseguiste esto?

Rosse sonriĂł con orgullo, ahuecando su boca para cubrir todo el metal.

—Me he colado en el estudio de tu padre. Nadie se fija en mĂ­, asĂ­ que puedo salirme con la mĂ­a —El abatimiento en su voz me hizo sentirme triste por ella. Rosse soñaba con ir a Australia y convertirse en salvadora de la fauna, rodeada de canguros y koalas. Esperaba por su bien que lo hiciera. Los animales salvajes, por muy agresivos que fueran, seguĂ­an siendo superiores a los humanos.

—Me fijo en ti.

—¿De verdad? —Sus ojos se hicieron más grandes, más marrones.

—Lo juro —RasquĂ© detrĂĄs de la oreja de Duquesa. Las hembras, me habĂ­a dado cuenta, eran ridĂ­culamente fĂĄciles de complacer—. Nunca te librarĂĄs de mĂ­.

—¡No quiero librarme de ti! —dijo acaloradamente—. HarĂ© cualquier cosa por ti.

—Oh, ÂżCĂłmo ahora? —Me reĂ­. Rosse y yo tenĂ­amos la relaciĂłn de un hermano mayor y una hermana menor. Ella hacĂ­a cosas para intentar ganarse mi afecto, y yo, a cambio, le aseguraba que era buena y cariñosa.

Ella asintiĂł con entusiasmo.

—Siempre te cubrirĂ© la espalda.

—Bien entonces —Estaba listo para seguir adelante.

—¿Crees que alguna vez les dirás a tus padres que eres vegetariano? —soltó. ¿Cómo lo sabía ella?

—Me he dado cuenta de que rehĂșyes la carne e incluso el pescado cuando cenamos —EnterrĂł una de sus Mary Janes en los guijarros, clavando los dedos de los pies, mirando hacia abajo avergonzada.

—No —Sacudí la cabeza, con un tono frío—. Hay algunas cosas que mis padres no necesitan saber.

Y entonces, como no tenĂ­amos nada mĂĄs que decir, y tal vez porque temĂ­a que papĂĄ me arrojara al montacargas si me veĂ­a merodeando detrĂĄs, dije:

—Bueno, gracias por la bebida.

Levanté la petaca en señal de saludo, apreté el vientre de Duquesa con mis botas de montar y me uní a los demås.

—Oh, mira, si es Posh Spice —Jay, el hermano mediano de Rosse, se llevĂł un dedo para aflojar la correa de su casco—. ÂżQuĂ© fue lo que te retuvo?

—Rosse nos dio un amuleto de buena suerte, Baby Spice — InclinĂ© la petaca en su direcciĂłn. A diferencia de Rossanne, que era un poco ansiosa, pero en general agradable, sus hermanos -a falta de una mejor descripciĂłn- eran unos completos y absolutos imbĂ©ciles. Matones de gran tamaño a los que les gustaba pellizcar a las sirvientas en el culo y hacer un desorden innecesario solo para ver cĂłmo los demĂĄs ordenaban despuĂ©s de ellos.

—Maldita sea —resoplĂł Jake—. Es patĂ©tica.

—Querrás decir considerada. Pasar tiempo con mi padre requiere cierto nivel de intoxicación —dije con sarcasmo.

—No se trata de eso. Está obsesionada con tu lamentable culo —dijo Jay.

—No seas ridĂ­culo —gruñí.

—No seas ciego —me gruño Jake.

—Eh. Lo superarĂĄ. Todas lo hacen —TomĂ© otro trago, agradeciendo que mi padre y Jake padre estuvieran tan absortos en la discusiĂłn de asuntos relacionados con el parlamento, que no consideraran oportuno girar la cabeza para ver cĂłmo estĂĄbamos.

—Espero que no lo haga —se burló Jay—. Si está destinada a casarse con tu mierda de cerebro, al menos debería disfrutarlo.

—¿Dijiste casarse? —BajĂ© la petaca. TambiĂ©n podrĂ­a haber dicho enterrar—. Sin ofender a tu hermana, pero si estĂĄ esperando una propuesta, mejor que se ponga cĂłmoda porque no va a llegar una.

Jake y Jay intercambiaron miradas, sonriendo conspiradoramente. TenĂ­an el mismo color que Rossanne.

Hermosos como la nieve recién caída. Solo que parecían haber sido dibujados con la mano izquierda.

—No me digas que no lo sabes —Jake ladeĂł la cabeza, una sonrisa cruel se extendiĂł por su cara. Nunca me ha gustado. Pero especialmente no le tenĂ­a cariño en ese momento.

—¿Saber quĂ©? —gritĂ©, aborreciendo que tuviera que seguirles la corriente para saber de quĂ© estaban hablando.

—TĂș y Rosse van a casarse. EstĂĄ todo arreglado. Incluso hay un anillo.

Me reí a lo loco, dando una patada en el costado derecho de Duquesa para que chocara con la yegua de Jay, haciéndole perder el equilibrio. Qué montón de estupideces. Mientras seguía riendo, me di cuenta de que sus sonrisas habían desaparecido. Ya no me miraban con picardía.

—Me estás jodiendo —Mi sonrisa cayó. Sentí la garganta llena de arena.

—No —dijo Jake, rotundamente.

—PregĂșntale a tu padre —desafiĂł Jay—. EstĂĄ decidido en nuestra familia desde hace años. Eres el hijo mayor del marquĂ©s de Fitzgrovia. Rossanne es la hija del Duque de Salisbury. Una Lady. AlgĂșn dĂ­a te convertirĂĄs en marquĂ©s, y nuestros padres quieren que la sangre real permanezca en la familia. Mantener las propiedades intactas. Casarse con una plebeya debilitarĂ­a la cadena.

Los Jeon eran una de las Ășltimas familias de la nobleza a las que la gente seguĂ­a prestando atenciĂłn. Mi bisabuela, Janisse Nara Jeon, era la hija de un rey.

—No quiero casarme con nadie —dije con los dientes apretados. Duquesa comenzó a acelerar, entrando en el bosque.

—Bueno, ob-via-mente —Jay puso una cara d’uh poco favorecedora—. Tienes catorce años. Todo lo que quieres es jugar a los videojuegos y acariciar tu carne con pĂłsters de Christie Brinkley. Sin embargo, te vas a casar con nuestra hermana. Demasiados asuntos entre nuestros padres para dejar que esta oportunidad se desperdicie.

—Y no te olvides de las propiedades que ambos conservarĂĄn —añadiĂł Jake con ĂĄnimo de ayudar, dĂĄndole a su yegua una patada viciosa para hacerla ir mĂĄs rĂĄpido—. Yo dirĂ­a que buena suerte al darle hijos. Parece el Alien de Ridley Scott.

—¿Hijos...? —Lo Ășnico que me impidiĂł vomitar las tripas fue el hecho de que no querĂ­a desperdiciar el coñac perfectamente bueno que estaba chapoteando en mi estĂłmago.

—Rosse dice que quiere tener cinco cuando sea mayor —dijo Jake, disfrutando—. Creo que te va a mantener ocupado en la cama, amigo.

—Sin mencionar exhausto —dijo Jay con desprecio.

—Sobre mi cadáver.

Se me hizo un nudo en la garganta y se me pusieron las manos tiesas. Me sentía como si fuera el blanco de una terrible broma. Por supuesto, no podía hablar de ello con mi padre. No podía enfrentarme a él. No cuando sabía que siempre estaba a una palabra equivocada del montacargas.

Todo lo que podía hacer era disparar a animales indefensos y ser exactamente quien él quería que fuera.

Su pequeña mĂĄquina bien engrasada. Lista para matar, follar o casarse segĂșn se le ordene.




Esa misma noche, Jake, Jay y yo nos sentamos frente a uno de los zorros muertos del granero. El olor pavloviano de la muerte envolvía la habitación. Mi padre y Jake padre habían llevado todos sus preciados zorros muertos al taxidermista y nos habían dejado uno para que nos deshiciéramos de él.

—QuĂ©menlo, jueguen con Ă©l, dĂ©jenlo para que se lo coman las ratas por lo que a mĂ­ respecta —HabĂ­a escupido mi padre antes de dar la espalda al cadĂĄver.

Era una hembra. Pequeña, desnutrida y de pelaje opaco.

Tenía cachorros. Me di cuenta por las tetas que se asomaban a través del pelaje de su vientre. Pensé en ellos. Cómo estaban solos, hambrientos y abandonados en el oscuro y vasto bosque. Pensé en cómo le disparé cuando papå me lo ordenó. Cómo le clavé una bala entre los ojos. Cómo me miró con una mezcla de asombro y terror.

Y cómo miré hacia otro lado porque había sido papå el que quería disparar.

Jay, Jake y yo nos pasamos una botella de champån de un lado a otro, discutiendo los acontecimientos de la noche, con Frankenfox miråndome acusadoramente desde el otro lado del granero. Jay también consiguió cigarrillos enrollados de uno de los sirvientes. Los fumamos con ganas.

—Vamos, amigo, casarse con nuestra hermana no es el fin del mundo —Jake soltó una carcajada de villano de Bond mientras se colocaba sobre la zorra, con una de sus botas apoyada en su espalda.

—Es una niña —escupĂ­. Tumbado en un taburete de madera, sentĂ­ que mis huesos tenĂ­an un siglo de antigĂŒedad.

—No va a ser una niña para siempre —Jay clavĂł el filo de su bota en la tripa del zorro.

—Para mí, lo será.

—Te harĂĄ aĂșn mĂĄs rico —añadiĂł Jake.

—NingĂșn dinero puede comprar mi libertad.

—¡Ninguno de nosotros nació libre! —Jay tronó, pisando fuerte—. ¿Cuál es el incentivo para seguir vivo, si no es para ganar más poder?

—No sĂ© cuĂĄl es el sentido de la vida, pero te aseguro que no voy a aceptar indicaciones de un niño rico y regordete que necesita pagar a las criadas para que le den un toque

—gruñí, enseñando los dientes—. ElegirĂ© a mi propia pareja, y no serĂĄ tu hermana.

Francamente, no querĂ­a casarme en absoluto. Por un lado, estaba seguro de que serĂ­a un marido terrible. Perezoso, infiel, y con toda probabilidad obtuso. Pero querĂ­a mantener mis opciones abiertas. ÂżY si me encontraba con Christie Brinkley? Me casarĂ­a con ella si eso significara meterme en sus bragas.

Jake y Jay intercambiaron miradas de desconcierto. Sabía que no eran leales a su hermana menor. Ella era, después de todo, una chica. Y las chicas no eran tan distinguidas, ni tan importantes como los chicos en la sociedad de la nobleza. No podían continuar con el nombre de la familia y, por lo tanto, no eran tratadas mås que como un adorno que había que recordar para incluir en las fotos de las tarjetas de Navidad.

Lo mismo ocurriĂł con mi hermana menor, Lisa. Mi padre ignoraba en gran medida su existencia. Yo siempre la mimaba despuĂ©s de que la enviara a su habitaciĂłn o la arropase por ser demasiado redonda o demasiado “aburrida” para desfilar por la alta sociedad. Le llevaba galletas a escondidas, le contaba cuentos para dormir y la llevaba al bosque, donde jugĂĄbamos.

—Bájate de tu maldito caballo, Jeon. No eres demasiado bueno para nuestra hermana —gimió Jake.

—Puede ser, pero no me voy a acostar con ella.

—¿Por quĂ©? —Jake exigió—. ÂżQuĂ© le pasa?

—Nada. Todo —Hice un agujero en el heno con la punta de mi bota. Ya estaba bastante borracho.

—¿Prefieres besar la boca de este zorro o la de Rosse? — presionó Jay, sus ojos vagando por el granero, detrás de mi hombro, y más allá.

Le dirigĂ­ una mirada irĂłnica.

—Prefiero no besar a ninguno de los dos, feto de clase A.

—Bueno, debes elegir uno.

—¿Debo hacerlo? —TenĂ­a hipo, recogĂ­ una herradura perdida y se la lancĂ©. FallĂ© por una milla—. ÂżPor quĂ© demonios es eso?

—Porque —dijo Jake lentamente—, si besas al zorro, le dirĂ© a mi padre que eres gay. Eso arreglarĂ­a todo. Te librarĂ­as del problema.

—Gay, —repetí insensiblemente. Podría ser gay—

Técnicamente, no. Amaba demasiado a las mujeres. En todas las formas, colores y peinados.

Jake se rio.

—Seguro que eres bastante guapo.

—Eso es un estereotipo —dije e inmediatamente me arrepentĂ­. No estaba en condiciones de explicar la palabra estereotipo a estos dos imbĂ©ciles.

—Liberal de corazón sangriento —rio Jake, dando un codazo a su hermano.

—Quizá sea gay —reflexionó Jay.

—No —Jake negó con la cabeza—. Ya se ha tirado a un par de pájaros que conozco.

—¿Y bien? ¿Vas a hacerlo o no? —exigió Jay.

Consideré la propuesta. Jay y Jake eran conocidos por este tipo de estratagemas. Hacían girar las mentiras alrededor de la gente, y otros simplemente se lo creían. Lo sabía porque fui a la misma escuela con ellos. ¿Qué era un tonto beso en la boca de un zorro muerto en el gran esquema de las cosas?

Esta era mi Ășnica esperanza. Si me enfrentaba a mi padre, uno de los dos morirĂ­a. Tal como estaba ahora, ese alguien iba a ser yo.

—Bien —Me levantĂ© del taburete, zigzagueando hacia Frankenfox.

Me agaché y acerqué mis labios a la boca del zorro. Estaba gomosa y fría y olía a hilo dental usado. La bilis me cubrió la garganta.

—Amigo, oh Dios. Realmente está haciendo esto —Jay resoplo a mis espaldas.

—¿Por quĂ© no tengo una cĂĄmara? —Jake gimiĂł. Ahora estaba en el suelo, agarrĂĄndose el estĂłmago de lo mucho que se reĂ­a.

Me retiré. Me pitaban los oídos. Mi visión se volvió borrosa. Veía todo a través de una niebla amarilla. Alguien detrås de mí gritó. Giré råpidamente hacia atrås, cayendo de rodillas. Rosse estaba allí. En las puertas dobles abiertas del granero, todavía con su pijama rosa. Su mano presionada contra su boca mientras temblaba como una hoja.

—¡TĂș... tĂș... tĂș... pervertido! —maullĂł.

—Rosse —gruñí—. Lo siento.

Y lo sentĂ­a, pero no por no querer casarme con ella. Solo por cĂłmo se enterĂł de ello.

Jay y Jake se revolcaban en el heno, dåndose puñetazos, y riendo.

Me habĂ­an tendido una trampa. SabĂ­an que estaba allĂ­, junto a la puerta, observando todo el tiempo. Nunca iba a salir de este acuerdo.

Rosse se dio la vuelta y salió corriendo. Sus lågrimas, como pequeños diamantes, volaron detrås de sus hombros.

El grito que saliĂł de su boca fue salvaje. Como el que lanzĂł Frankenfox antes de que la matara.

Me desplomé y vomité, desplomåndome sobre los restos de mi cena.

La oscuridad giraba a mĂ­ alrededor.

Y yo, en cambio, sucumbĂ­ a ella.




Mi padre me entregó un whisky a la mañana siguiente. Eståbamos en su gran estudio de roble, con un carrito de bar dorado y cortinas de color burdeos. Uno de los criados me había llevado a su despacho minutos antes. No hacía falta ninguna explicación. Simplemente me arrastró por las alfombras y me arrojó a los pies de papå.

—Toma. Para tu resaca.

Papå me indicó el sillón reclinable de cuero marrón que había frente a su escritorio. Me senté y acepté la bebida.

—¿Me estĂĄs dando whisky? —Lo olfateĂ©, mis labios se curvaron con desagrado.

—Pelo de perro(*) —Se desperezó en su sillón de ejecutivo, alisándose el bigote con los dedos—. Tomar el pelo del perro que te mordió alivia la abstinencia.

Tomé un trago del veneno, haciendo una mueca de dolor mientras se abría paso hasta mis entrañas. Había pasado una noche sin dormir en el heno del granero. Me despertaba con un sudor frío, soñando con pequeños bebés como Rossanne corriendo detrås de mí. El sabor del beso del zorro muerto tampoco suavizó el golpe.

El aroma del tĂ© negro y de los bollos frescos recorrĂ­a los pasillos del castillo de Ashes Golden Jeon. El desayuno aĂșn no habĂ­a terminado. El estĂłmago se me revolviĂł, recordĂĄndome que el apetito era un lujo para los hombres que no estaban reciĂ©n comprometidos.

Me bebĂ­ el whisky.

—¿Querias verme?

—No quiero verte nunca. Desgraciadamente, es una necesidad que viene con el hecho de engendrarte —PapĂĄ no se anduvo con rodeos—. Esta mañana me han informado de algo bastante inquietante. Lady Rossanne les contĂł a sus padres lo que sucediĂł ayer, y su padre me transmitiĂł la situaciĂłn —Mi padre -alto, delgado y llamativo, con el cabello rubio arenoso y un traje pulcramente planchado- hablĂł con acusaciĂłn en su voz, invitĂĄndome a explicarme.

Ambos sabĂ­amos que yo le desagradaba a nivel personal. Que engendrarĂ­a nuevos sucesores, si no fuera porque yo seguĂ­a siendo el mayor y, por tanto, el heredero de su tĂ­tulo. Era demasiado agraciado, demasiado ratĂłn de biblioteca, demasiado parecido a mi madre. HabĂ­a permitido que otros chicos me dominaran, que me hicieran un animal.

—No quiero casarme con ella.

Esperaba una bofetada o una paliza. Ninguna de las dos cosas me sorprenderĂ­a. Pero lo que obtuve fue una ligera risa y un movimiento de cabeza.

—Lo entiendo —dijo.

—¿No tengo que hacerlo? —Me animĂ©.

—Oh, te casarĂĄs con el chico. Tus deseos no tienen importancia. Tampoco tus pensamientos, para el caso. Los matrimonios por amor son para las personas comunes y corrientes. Gente nacida para seguir las ingratas reglas de la sociedad. No debes desear a tu esposa, Jungkook. Su propĂłsito es servirte, engendrar hijos y lucir hermosa. Un consejo: mantĂ©n tu deseo para aquellos de los que puedas disponer. Es mĂĄs inteligente y mĂĄs limpio. Las reglas plebeyas no se aplican a la clase alta.

La necesidad de aplastar violentamente la cabeza contra la pared era tan urgente que mis dedos se curvaron en mi regazo. Cuando permanecĂ­ en silencio durante varios minutos, puso los ojos en blanco, mirando hacia el cielo, como si fuera yo el que estaba siendo poco razonable.

—¿Crees que quería casarme con tu madre?

—¿QuĂ© le pasa a mamĂĄ? —Era bonita y razonablemente agradable.

—¿QuĂ© no? —SacĂł un cigarro de una caja y lo encendió—. Si corriera tanto como su boca, estarĂ­a en buena forma. Sin embargo, ella era un paquete. Ella tenĂ­a el dinero. Yo tenĂ­a el tĂ­tulo. Lo hicimos funcionar.

Me quedé mirando el fondo de mi vaso de whisky vacío. Aquello parecía el eslogan de la comedia romåntica mås deprimente del mundo.

—No necesitamos mĂĄs dinero, y ya tendrĂ© un tĂ­tulo.

—No es solo el dinero, imbĂ©cil —GolpeĂł la palma de la mano contra su escritorio entre nosotros, rugiendo—: ÂĄTodo lo que se interpone entre nosotros y los plebeyos que nos sirven es el pedigrĂ­ y el poder!

—El poder corrompe —dije secamente.

—El mundo estĂĄ corrupto —Su labio se curvĂł con disgusto. SabĂ­a muy bien que estaba a punto de ser arrojado al montacargas—. Estoy tratando de explicarle en un inglĂ©s sencillo que el asunto de tus nupcias con la señorita Lee no estĂĄ en discusiĂłn. En todo caso, difĂ­cilmente va a ocurrir mañana.

—No. Ni mañana ni nunca —Me oĂ­ decir—. No me casarĂ© con ella. MamĂĄ no lo tolerarĂĄ.

—Tu madre no tiene nada que decir.

Sus ojos azules se oscurecieron en un espejo jaspeado. Pude verme en su reflejo. Me veĂ­a pequeño y hundido. No era yo mismo. No el muchacho que montaba a caballo con el viento bailando en su cara. El que metĂ­a la mano bajo el vestido de una sirvienta y la hacĂ­a reĂ­r sin aliento. El chico con la velocidad explosiva y el deslumbrante juego de pies que hizo llorar a algunos de los mejores esgrimistas de Europa. Ese chico podĂ­a atravesar el negro corazĂłn de su padre con una espada puntiaguda y comerse su corazĂłn mientras aĂșn latĂ­a. Este chico no podĂ­a.

—Te casarĂĄs con ella y me darĂĄs un nieto varĂłn, preferiblemente uno superior a ti —Mi padre terminĂł su cigarro y lo apagĂł en un cenicero cercano—. Este asunto estĂĄ resuelto. Ahora ve a disculparte con Rossanne. Te casarĂĄs con ella cuando termines la Universidad de Oxford, y ni un momento despuĂ©s, o perderĂĄs toda tu herencia, tu apellido y los parientes que, por una razĂłn que desconozco, aĂșn te toleran. Porque no te equivoques, Jungkook: cuando le diga a tu madre que debe repudiarte, no se lo pensarĂĄ dos veces antes de dar la espalda a su hijo. ÂżMe entiendes?

Mi astucia me superó en ese momento, como tenía la tendencia a hacer, lavando mi piel como un åcido. Haciendo que me volviera del revés y me convirtiera en otra persona. No tenía sentido luchar contra él. No tenía ninguna ventaja. Podía ser golpeado, encerrado, burlado y torturado... o podía jugar bien mis cartas.

Hacer lo que él y el Sr. Lee hicieron tan a menudo. Jugar con el sistema.

—SĂ­, señor.

Mi padre entrecerrĂł los ojos con desconfianza.

—Te digo que te cases con Rossanne.

—SĂ­, señor.

—Y discĂșlpate con ella ahora.

—Desde luego, señor —InclinĂ© mĂĄs la cabeza, un fantasma de sonrisa rondando mis labios.

—Y bĂ©sala. DemuĂ©strale que te gusta. Sin lengua ni cosas raras. Solo lo suficiente para demostrar que eres fiel a tu palabra.

La bilis subiĂł por mi garganta.

—La besarĂ©.

Sorprendentemente, parecĂ­a aĂșn menos complacido, la punta de su labio superior se torciĂł mientras gruñía.

—¿QuĂ© te ha hecho cambiar de opiniĂłn?

Mi padre era a la vez malo e idiota, una combinación horrible. Tenía mås temperamento que cerebro, lo que lo llevaba a cometer muchos errores en los negocios. En casa, reinaba con un puño de hierro que, la mayoría de las veces, caía en mi cara. Los errores en los negocios eran mås fåciles de tratar: mi madre se había hecho cargo de los libros sin que él lo supiera, y casi siempre estaba demasiado borracho para darse cuenta. En cuanto a mis abusos... ella sabía muy bien que, si intentaba protegerme, él también le pondría el cinturón.

—Supongo que tienes razĂłn —Me recostĂ© en mi asiento, cruzando las piernas despreocupadamente—. ÂżQuĂ© mĂĄs da con quiĂ©n me case, mientras pueda entrar dormido en los libros de historia?

Se rio, la oscuridad de sus ojos se derritiĂł. Esto era mĂĄs bien lo suyo. Tener un hijo pagano y pecador con un dĂ©ficit de escrĂșpulos y aĂșn menos rasgos positivos.

—¿Ya te acostaste con alguien?

—SĂ­, señor. A los trece años.

Se pasĂł el pulgar por la barbilla.

—Me acostĂ© por primera vez con una mujer a los doce años.

—Brillante —dije. Aunque la idea de que mi padre follara a una mujer por detrĂĄs a los doce años me hizo querer acurrucarme en el sofĂĄ de un terapeuta y no salir de allĂ­ en una dĂ©cada.

—Bien entonces —Se dio una palmada en el muslo—. Adelante y arriba, jovencito. La aristocracia inglesa no es barata. Hay que conservarla para mantenerla.

—Entonces harĂ© mi parte, papĂĄ —Me puse de pie, lanzĂĄndole una sonrisa socarrona.

Ese fue el dĂ­a en que realmente me convertĂ­ en un libertino(*).

El dĂ­a en que me convertĂ­ en el hombre astuto y desalmado que ahora veĂ­a cuando me miraba en el espejo.

El día en que efectivamente me disculpé con Rossanne, incluso la besé en la mejilla, y le dije que no se preocupara. Que había estado borracho, que había sido un error. Que definitivamente nos casaríamos y que sería un evento hermoso. Con floristas y arzobispos y una tarta mås alta que un rascacielos.

Jugué bien mis cartas durante la siguiente década.

Le enviaba regalos de cumpleaños, la colmaba de tarjetas y me reunía con ella a menudo durante las vacaciones de verano. Le puse flores en el cabello y le dije que todas las demås chicas con las que me había acostado no tenían sentido. La dejé esperar, suspirar y tejer un futuro para los dos en su cabeza.

Incluso convencí a mis padres para que me financiaran la carrera de Derecho en Harvard al otro lado del charco y pospusieran el matrimonio un par de años, explicåndoles que volvería en cuanto me graduara para tomar a Rossanne como esposa.

Pero la verdad es que el dĂ­a que terminĂ© la educaciĂłn secundaria y me enviaron a Boston fue la Ășltima vez que pisĂ© suelo britĂĄnico.

La Ășltima vez que mi padre me vio. Fue la traiciĂłn perfecta, realmente.

Utilicé su riqueza y sus conexiones hasta que ya no las necesité.

Una licenciatura en Derecho por una escuela de la Ivy League fue suficiente capital para conseguir un puesto de socio de 400.000 euros al año en uno de los mayores bufetes de Boston. En mi tercer año, tripliqué esa cantidad, incluidas las primas.

ÂżY ahora? Ahora era un millonario hecho a sĂ­ mismo.

Mi vida era mĂ­a. Para liderar para gobernar, y para fastidiar.

Y el Ășnico montacargas en el que estaba atrapado era el de mi cabeza.

Las voces de mi pasado seguĂ­an resonando en su interior, recordĂĄndome que el amor no era mĂĄs que una aflicciĂłn de la clase media.




(*) Hedonista: Que procura el placer.

(*) Obtuso: Que comprende las cosas con lentitud o dificultad.

(*) Hereje: Persona que niega alguno de los dogmas establecidos en una religiĂłn.

(*) Pelo de perro: La expresiĂłn “pelo de perro” suele emplearse en aquellas personas que toman mucho alcohol. SegĂșn una vieja creencia, para curar la resaca se puede emplear un remedio casero que tiene un ingrediente muy especial: pelo de perro

(*) Libertino: Que habla o actĂșa con libertad excesiva y abusiva. Que se entrega sin freno a los placeres sexuales.

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no grooming entre el jikook vdd?):

3 years
1
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❀

3 years
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hola !!! primera ves en leerte 😚

3 years
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