PrĂłlogo
Jungkook
Me habĂan prometido poco antes de concebirme.
Mi futuro estĂĄ escrito, sellado y acordado antes de que mi madre tuviera su primera cita para la ecografĂa. Antes de tener un corazĂłn, un pulso, unos pulmones y una columna vertebral. Ideas, deseos y preferencias. Cuando no era mĂĄs que una idea abstracta.
Un plan de futuro.
Una casilla que hay que marcar. Su nombre era Lee Rossanne.
Rosse, realmente, para los que la conocĂan.
Aunque no serĂa consciente del acuerdo hasta que cumpliera los catorce años. Contado justo antes de la tradicional excursiĂłn de caza prenavideña que los Jeon hacĂan con los Lee.
No habĂa nada malo en Lee Rossanne. Nada que pudiera encontrar, al menos. Era encantadora, bien educada, de excelente pedigrĂ. No hay nada malo en ella, excepto una cosa: no fue mi elecciĂłn.
Supongo que asĂ fue como empezĂł todo. CĂłmo me convertĂ en quien soy hoy.
Un hedonista(*) amante de la diversiĂłn, bebedor de whisky, aficionado a la esgrima y al esquĂ, que no respondĂa ante nadie y se metĂa en la cama con todo el mundo.
Todos los nĂșmeros y variables estaban ahĂ para crear la ecuaciĂłn perfecta.
Grandes expectativas.
Multiplicado por las exigencias de aplastamiento.
Moralmente dividido por mĂĄs dinero del que podrĂa quemar.
HabĂa sido bendecido con el fĂsico adecuado, la cuenta bancaria adecuada, la sonrisa adecuada y la cantidad adecuada de encanto. Solo faltaba una cosa invisible: el alma.
Lo que pasa es que al no tener alma ni siquiera era consciente de ello.
Hizo falta alguien especial para mostrarme lo que me habĂa estado perdiendo.
Alguien como Park Jimin. Me abriĂł y el alquitrĂĄn se derramĂł. Pegajoso, oscuro e interminable.
Este es el verdadero secreto de los libertinos reales.
Mi sangre nunca fue azul.
Era como mi corazĂłn, negro puro.
Catorce años.
Montamos al atardecer.
Los sabuesos lideraban el camino. Mi padre y su camarada, Lee Jake padre, les seguĂan de cerca. Sus caballos galopaban a un ritmo perfecto. Jake Jr., Jay y yo Ăbamos detrĂĄs.
Les dieron a los jĂłvenes las yeguas. Eran rebeldes y mĂĄs difĂciles de domar. Domar a las hembras jĂłvenes y enĂ©rgicas era un ejercicio que los hombres de mi clase habĂan recibido desde una edad temprana. DespuĂ©s de todo, habĂamos nacido en una vida que requerĂa una esposa o esposo bien entrenado, bebĂ©s regordetes, croquet y amantes seductoras.
Con la barbilla y los talones bajos, la espalda recta, era la imagen de un ecuestre real. No es que eso me ayudara a evitar que me arrojaran al sweat box, acurrucĂĄndome sobre mĂ mismo como un caracol.
A papĂĄ le encantaba arrojarme allĂ para verme retorcerme, sin importar lo duro, lo diligente, lo desesperado que tratara de complacerlo.
El sweat box, tambiĂ©n conocido como cubo de aislamiento, era un montacargas del siglo XVII. TenĂa forma de ataĂșd y ofrecĂa la misma experiencia. Como era muy claustrofĂłbico, mi padre me castigaba alli siempre que me portaba mal.
Sin embargo, portarse mal no era algo que hiciera a menudo, o incluso en absoluto. Esa era la parte triste. Deseaba con todas mis fuerzas que me aceptaran. Era un alumno de sobresaliente y un esgrimista dotado. Incluso habĂa llegado al Campeonato Juvenil de Inglaterra en sable, pero aun asĂ me arrojaron al montacargas cuando perdĂ contra George Stanfield.
Tal vez mi padre siempre supo lo que yo trataba de ocultar a la vista.
Por fuera, era perfecto.
Sin embargo, por dentro estaba podrido hasta los huesos.
A los catorce años, ya me habĂa acostado con dos de las hijas de los criados, habĂa conseguido montar el caballo favorito de mi padre hasta su prematura muerte y habĂa coqueteado con la cocaĂna y el Special K2 (no el cereal).
Ahora, Ăbamos a la caza del zorro.
Odiaba bastante la caza del zorro. Y por bastante, quiero decir mucho. Lo detestaba como deporte, como concepto y como aficiĂłn. No obtenĂa ningĂșn placer matando animales indefensos.
Mi padre decĂa que el deporte de la sangre era una gran tradiciĂłn inglesa, al igual que rodar el queso y la danza Morris. Personalmente, pensaba que algunas tradiciones no envejecĂan tan bien como otras. La quema de herejes(*) en la hoguera era un ejemplo, la caza del zorro otro.
Cabe distinguir que la caza del zorro era -o deberĂa decir que es- ilegal en el Reino Unido. Pero los hombres de poder, como lleguĂ© a saber, tenĂan una intrincada y a menudo tempestuosa relaciĂłn con la ley. La aplicaban y la determinaban, pero la ignoraban casi por completo. Mi padre y Jake padre disfrutaban aĂșn mĂĄs de la caza del zorro porque estaba prohibida para las clases bajas. Le daba al deporte un brillo adicional. Un eterno recordatorio de que habĂan nacido diferentes. Mejores.
Nos adentrĂĄbamos en el bosque, pasando por el camino empedrado de la gran puerta de hierro forjado del castillo de Ashes Golden Jeon, la finca de mi familia en Kent. Se me revolviĂł el estĂłmago al pensar en lo que estaba a punto de hacer. Matar animales inocentes para apaciguar a mi padre.
El suave repiqueteo de las Mary Janes sonĂł detrĂĄs de nosotros, golpeando los guijarros.
âÂĄKookie, espera!
La voz era sin aliento, necesitada.
Me apoyé en Duquesa, empujando mis pies hacia delante, tirando de las riendas. La yegua volvió a galopar. Rossanne apareció a mi lado, agarrando algo envuelto al azar. Llevaba su pijama rosa. Sus dientes estaban cubiertos de coloridos y horrendos aparatos.
âTe tengo algo âSe quitĂł de un manotazo los trozos de cabello castaño que se le pegaban a la frente. Rosse era dos años menor que yo. Yo estaba en la desafortunada etapa de la adolescencia en la que cualquier cosa, incluidos los objetos afilados y ciertas frutas, me resultaban sexualmente atractivas. Pero Rosse seguĂa siendo una niña. Con las articulaciones sueltas y el tamaño de un bolsillo. Sus ojos eran grandes e inquisitivos, bebiendo el mundo a tragos. No era precisamente una chica guapa, con sus rasgos medios y su complexiĂłn infantil. Y su aparato de ortodoncia le provocaba un impedimento en el habla del que era consciente.
âRosse âdije, frunciendo una cejaâ. A tu madre le va a dar un ataque si descubre que te has escapado.
âNo me importa âSe puso de puntillas y me entregĂł algo envuelto en uno de sus sensatos jersĂ©is de punto. TirĂ© el jersey, encantado de encontrar dentro la petaca grabada de mi padre, cargada de bourbon.
âSĂ© que no te gusta la caza del zorro, asĂ que te he traĂdo algo para... ÂżcĂłmo lo dice papĂĄ? Para quitarte el miedo.
Los demĂĄs siguieron adelante, adentrĂĄndose en el espeso y musgoso bosque que rodea el castillo de Ashes Golden Jeon, sin saber o sin interesarse por mi ausencia.
âPequeña loca âTomĂ© un trago de la petaca, sintiendo el fuerte ardor del lĂquido rodando por mi gargantaâ. ÂżCĂłmo conseguiste esto?
Rosse sonriĂł con orgullo, ahuecando su boca para cubrir todo el metal.
âMe he colado en el estudio de tu padre. Nadie se fija en mĂ, asĂ que puedo salirme con la mĂa âEl abatimiento en su voz me hizo sentirme triste por ella. Rosse soñaba con ir a Australia y convertirse en salvadora de la fauna, rodeada de canguros y koalas. Esperaba por su bien que lo hiciera. Los animales salvajes, por muy agresivos que fueran, seguĂan siendo superiores a los humanos.
âMe fijo en ti.
âÂżDe verdad? âSus ojos se hicieron mĂĄs grandes, mĂĄs marrones.
âLo juro âRasquĂ© detrĂĄs de la oreja de Duquesa. Las hembras, me habĂa dado cuenta, eran ridĂculamente fĂĄciles de complacerâ. Nunca te librarĂĄs de mĂ.
âÂĄNo quiero librarme de ti! âdijo acaloradamenteâ. HarĂ© cualquier cosa por ti.
âOh, ÂżCĂłmo ahora? âMe reĂ. Rosse y yo tenĂamos la relaciĂłn de un hermano mayor y una hermana menor. Ella hacĂa cosas para intentar ganarse mi afecto, y yo, a cambio, le aseguraba que era buena y cariñosa.
Ella asintiĂł con entusiasmo.
âSiempre te cubrirĂ© la espalda.
âBien entonces âEstaba listo para seguir adelante.
âÂżCrees que alguna vez les dirĂĄs a tus padres que eres vegetariano? âsoltĂł. ÂżCĂłmo lo sabĂa ella?
âMe he dado cuenta de que rehĂșyes la carne e incluso el pescado cuando cenamos âEnterrĂł una de sus Mary Janes en los guijarros, clavando los dedos de los pies, mirando hacia abajo avergonzada.
âNo âSacudĂ la cabeza, con un tono frĂoâ. Hay algunas cosas que mis padres no necesitan saber.
Y entonces, como no tenĂamos nada mĂĄs que decir, y tal vez porque temĂa que papĂĄ me arrojara al montacargas si me veĂa merodeando detrĂĄs, dije:
âBueno, gracias por la bebida.
Levanté la petaca en señal de saludo, apreté el vientre de Duquesa con mis botas de montar y me unà a los demås.
âOh, mira, si es Posh Spice âJay, el hermano mediano de Rosse, se llevĂł un dedo para aflojar la correa de su cascoâ. ÂżQuĂ© fue lo que te retuvo?
âRosse nos dio un amuleto de buena suerte, Baby Spice â InclinĂ© la petaca en su direcciĂłn. A diferencia de Rossanne, que era un poco ansiosa, pero en general agradable, sus hermanos -a falta de una mejor descripciĂłn- eran unos completos y absolutos imbĂ©ciles. Matones de gran tamaño a los que les gustaba pellizcar a las sirvientas en el culo y hacer un desorden innecesario solo para ver cĂłmo los demĂĄs ordenaban despuĂ©s de ellos.
âMaldita sea âresoplĂł Jakeâ. Es patĂ©tica.
âQuerrĂĄs decir considerada. Pasar tiempo con mi padre requiere cierto nivel de intoxicaciĂłn âdije con sarcasmo.
âNo se trata de eso. EstĂĄ obsesionada con tu lamentable culo âdijo Jay.
âNo seas ridĂculo âgruñĂ.
âNo seas ciego âme gruño Jake.
âEh. Lo superarĂĄ. Todas lo hacen âTomĂ© otro trago, agradeciendo que mi padre y Jake padre estuvieran tan absortos en la discusiĂłn de asuntos relacionados con el parlamento, que no consideraran oportuno girar la cabeza para ver cĂłmo estĂĄbamos.
âEspero que no lo haga âse burlĂł Jayâ. Si estĂĄ destinada a casarse con tu mierda de cerebro, al menos deberĂa disfrutarlo.
âÂżDijiste casarse? âBajĂ© la petaca. TambiĂ©n podrĂa haber dicho enterrarâ. Sin ofender a tu hermana, pero si estĂĄ esperando una propuesta, mejor que se ponga cĂłmoda porque no va a llegar una.
Jake y Jay intercambiaron miradas, sonriendo conspiradoramente. TenĂan el mismo color que Rossanne.
Hermosos como la nieve reciĂ©n caĂda. Solo que parecĂan haber sido dibujados con la mano izquierda.
âNo me digas que no lo sabes âJake ladeĂł la cabeza, una sonrisa cruel se extendiĂł por su cara. Nunca me ha gustado. Pero especialmente no le tenĂa cariño en ese momento.
âÂżSaber quĂ©? âgritĂ©, aborreciendo que tuviera que seguirles la corriente para saber de quĂ© estaban hablando.
âTĂș y Rosse van a casarse. EstĂĄ todo arreglado. Incluso hay un anillo.
Me reĂ a lo loco, dando una patada en el costado derecho de Duquesa para que chocara con la yegua de Jay, haciĂ©ndole perder el equilibrio. QuĂ© montĂłn de estupideces. Mientras seguĂa riendo, me di cuenta de que sus sonrisas habĂan desaparecido. Ya no me miraban con picardĂa.
âMe estĂĄs jodiendo âMi sonrisa cayĂł. SentĂ la garganta llena de arena.
âNo âdijo Jake, rotundamente.
âPregĂșntale a tu padre âdesafiĂł Jayâ. EstĂĄ decidido en nuestra familia desde hace años. Eres el hijo mayor del marquĂ©s de Fitzgrovia. Rossanne es la hija del Duque de Salisbury. Una Lady. AlgĂșn dĂa te convertirĂĄs en marquĂ©s, y nuestros padres quieren que la sangre real permanezca en la familia. Mantener las propiedades intactas. Casarse con una plebeya debilitarĂa la cadena.
Los Jeon eran una de las Ășltimas familias de la nobleza a las que la gente seguĂa prestando atenciĂłn. Mi bisabuela, Janisse Nara Jeon, era la hija de un rey.
âNo quiero casarme con nadie âdije con los dientes apretados. Duquesa comenzĂł a acelerar, entrando en el bosque.
âBueno, ob-via-mente âJay puso una cara dâuh poco favorecedoraâ. Tienes catorce años. Todo lo que quieres es jugar a los videojuegos y acariciar tu carne con pĂłsters de Christie Brinkley. Sin embargo, te vas a casar con nuestra hermana. Demasiados asuntos entre nuestros padres para dejar que esta oportunidad se desperdicie.
âY no te olvides de las propiedades que ambos conservarĂĄn âañadiĂł Jake con ĂĄnimo de ayudar, dĂĄndole a su yegua una patada viciosa para hacerla ir mĂĄs rĂĄpidoâ. Yo dirĂa que buena suerte al darle hijos. Parece el Alien de Ridley Scott.
âÂżHijos...? âLo Ășnico que me impidiĂł vomitar las tripas fue el hecho de que no querĂa desperdiciar el coñac perfectamente bueno que estaba chapoteando en mi estĂłmago.
âRosse dice que quiere tener cinco cuando sea mayor âdijo Jake, disfrutandoâ. Creo que te va a mantener ocupado en la cama, amigo.
âSin mencionar exhausto âdijo Jay con desprecio.
âSobre mi cadĂĄver.
Se me hizo un nudo en la garganta y se me pusieron las manos tiesas. Me sentĂa como si fuera el blanco de una terrible broma. Por supuesto, no podĂa hablar de ello con mi padre. No podĂa enfrentarme a Ă©l. No cuando sabĂa que siempre estaba a una palabra equivocada del montacargas.
Todo lo que podĂa hacer era disparar a animales indefensos y ser exactamente quien Ă©l querĂa que fuera.
Su pequeña mĂĄquina bien engrasada. Lista para matar, follar o casarse segĂșn se le ordene.
Esa misma noche, Jake, Jay y yo nos sentamos frente a uno de los zorros muertos del granero. El olor pavloviano de la muerte envolvĂa la habitaciĂłn. Mi padre y Jake padre habĂan llevado todos sus preciados zorros muertos al taxidermista y nos habĂan dejado uno para que nos deshiciĂ©ramos de Ă©l.
âQuĂ©menlo, jueguen con Ă©l, dĂ©jenlo para que se lo coman las ratas por lo que a mĂ respecta âHabĂa escupido mi padre antes de dar la espalda al cadĂĄver.
Era una hembra. Pequeña, desnutrida y de pelaje opaco.
TenĂa cachorros. Me di cuenta por las tetas que se asomaban a travĂ©s del pelaje de su vientre. PensĂ© en ellos. CĂłmo estaban solos, hambrientos y abandonados en el oscuro y vasto bosque. PensĂ© en cĂłmo le disparĂ© cuando papĂĄ me lo ordenĂł. CĂłmo le clavĂ© una bala entre los ojos. CĂłmo me mirĂł con una mezcla de asombro y terror.
Y cĂłmo mirĂ© hacia otro lado porque habĂa sido papĂĄ el que querĂa disparar.
Jay, Jake y yo nos pasamos una botella de champån de un lado a otro, discutiendo los acontecimientos de la noche, con Frankenfox miråndome acusadoramente desde el otro lado del granero. Jay también consiguió cigarrillos enrollados de uno de los sirvientes. Los fumamos con ganas.
âVamos, amigo, casarse con nuestra hermana no es el fin del mundo âJake soltĂł una carcajada de villano de Bond mientras se colocaba sobre la zorra, con una de sus botas apoyada en su espalda.
âEs una niña âescupĂ. Tumbado en un taburete de madera, sentĂ que mis huesos tenĂan un siglo de antigĂŒedad.
âNo va a ser una niña para siempre âJay clavĂł el filo de su bota en la tripa del zorro.
âPara mĂ, lo serĂĄ.
âTe harĂĄ aĂșn mĂĄs rico âañadiĂł Jake.
âNingĂșn dinero puede comprar mi libertad.
âÂĄNinguno de nosotros naciĂł libre! âJay tronĂł, pisando fuerteâ. ÂżCuĂĄl es el incentivo para seguir vivo, si no es para ganar mĂĄs poder?
âNo sĂ© cuĂĄl es el sentido de la vida, pero te aseguro que no voy a aceptar indicaciones de un niño rico y regordete que necesita pagar a las criadas para que le den un toque
âgruñĂ, enseñando los dientesâ. ElegirĂ© a mi propia pareja, y no serĂĄ tu hermana.
Francamente, no querĂa casarme en absoluto. Por un lado, estaba seguro de que serĂa un marido terrible. Perezoso, infiel, y con toda probabilidad obtuso. Pero querĂa mantener mis opciones abiertas. ÂżY si me encontraba con Christie Brinkley? Me casarĂa con ella si eso significara meterme en sus bragas.
Jake y Jay intercambiaron miradas de desconcierto. SabĂa que no eran leales a su hermana menor. Ella era, despuĂ©s de todo, una chica. Y las chicas no eran tan distinguidas, ni tan importantes como los chicos en la sociedad de la nobleza. No podĂan continuar con el nombre de la familia y, por lo tanto, no eran tratadas mĂĄs que como un adorno que habĂa que recordar para incluir en las fotos de las tarjetas de Navidad.
Lo mismo ocurriĂł con mi hermana menor, Lisa. Mi padre ignoraba en gran medida su existencia. Yo siempre la mimaba despuĂ©s de que la enviara a su habitaciĂłn o la arropase por ser demasiado redonda o demasiado âaburridaâ para desfilar por la alta sociedad. Le llevaba galletas a escondidas, le contaba cuentos para dormir y la llevaba al bosque, donde jugĂĄbamos.
âBĂĄjate de tu maldito caballo, Jeon. No eres demasiado bueno para nuestra hermana âgimiĂł Jake.
âPuede ser, pero no me voy a acostar con ella.
âÂżPor quĂ©? âJake exigiĂłâ. ÂżQuĂ© le pasa?
âNada. Todo âHice un agujero en el heno con la punta de mi bota. Ya estaba bastante borracho.
âÂżPrefieres besar la boca de este zorro o la de Rosse? â presionĂł Jay, sus ojos vagando por el granero, detrĂĄs de mi hombro, y mĂĄs allĂĄ.
Le dirigĂ una mirada irĂłnica.
âPrefiero no besar a ninguno de los dos, feto de clase A.
âBueno, debes elegir uno.
âÂżDebo hacerlo? âTenĂa hipo, recogĂ una herradura perdida y se la lancĂ©. FallĂ© por una millaâ. ÂżPor quĂ© demonios es eso?
âPorque âdijo Jake lentamenteâ, si besas al zorro, le dirĂ© a mi padre que eres gay. Eso arreglarĂa todo. Te librarĂas del problema.
âGay, ârepetĂ insensiblemente. PodrĂa ser gayâ
Técnicamente, no. Amaba demasiado a las mujeres. En todas las formas, colores y peinados.
Jake se rio.
âSeguro que eres bastante guapo.
âEso es un estereotipo âdije e inmediatamente me arrepentĂ. No estaba en condiciones de explicar la palabra estereotipo a estos dos imbĂ©ciles.
âLiberal de corazĂłn sangriento ârio Jake, dando un codazo a su hermano.
âQuizĂĄ sea gay âreflexionĂł Jay.
âNo âJake negĂł con la cabezaâ. Ya se ha tirado a un par de pĂĄjaros que conozco.
âÂżY bien? ÂżVas a hacerlo o no? âexigiĂł Jay.
ConsiderĂ© la propuesta. Jay y Jake eran conocidos por este tipo de estratagemas. HacĂan girar las mentiras alrededor de la gente, y otros simplemente se lo creĂan. Lo sabĂa porque fui a la misma escuela con ellos. ÂżQuĂ© era un tonto beso en la boca de un zorro muerto en el gran esquema de las cosas?
Esta era mi Ășnica esperanza. Si me enfrentaba a mi padre, uno de los dos morirĂa. Tal como estaba ahora, ese alguien iba a ser yo.
âBien âMe levantĂ© del taburete, zigzagueando hacia Frankenfox.
Me agachĂ© y acerquĂ© mis labios a la boca del zorro. Estaba gomosa y frĂa y olĂa a hilo dental usado. La bilis me cubriĂł la garganta.
âAmigo, oh Dios. Realmente estĂĄ haciendo esto âJay resoplo a mis espaldas.
âÂżPor quĂ© no tengo una cĂĄmara? âJake gimiĂł. Ahora estaba en el suelo, agarrĂĄndose el estĂłmago de lo mucho que se reĂa.
Me retirĂ©. Me pitaban los oĂdos. Mi visiĂłn se volviĂł borrosa. VeĂa todo a travĂ©s de una niebla amarilla. Alguien detrĂĄs de mĂ gritĂł. GirĂ© rĂĄpidamente hacia atrĂĄs, cayendo de rodillas. Rosse estaba allĂ. En las puertas dobles abiertas del granero, todavĂa con su pijama rosa. Su mano presionada contra su boca mientras temblaba como una hoja.
âÂĄTĂș... tĂș... tĂș... pervertido! âmaullĂł.
âRosse âgruñĂâ. Lo siento.
Y lo sentĂa, pero no por no querer casarme con ella. Solo por cĂłmo se enterĂł de ello.
Jay y Jake se revolcaban en el heno, dåndose puñetazos, y riendo.
Me habĂan tendido una trampa. SabĂan que estaba allĂ, junto a la puerta, observando todo el tiempo. Nunca iba a salir de este acuerdo.
Rosse se dio la vuelta y salió corriendo. Sus lågrimas, como pequeños diamantes, volaron detrås de sus hombros.
El grito que saliĂł de su boca fue salvaje. Como el que lanzĂł Frankenfox antes de que la matara.
Me desplomé y vomité, desplomåndome sobre los restos de mi cena.
La oscuridad giraba a mĂ alrededor.
Y yo, en cambio, sucumbĂ a ella.
Mi padre me entregĂł un whisky a la mañana siguiente. EstĂĄbamos en su gran estudio de roble, con un carrito de bar dorado y cortinas de color burdeos. Uno de los criados me habĂa llevado a su despacho minutos antes. No hacĂa falta ninguna explicaciĂłn. Simplemente me arrastrĂł por las alfombras y me arrojĂł a los pies de papĂĄ.
âToma. Para tu resaca.
PapĂĄ me indicĂł el sillĂłn reclinable de cuero marrĂłn que habĂa frente a su escritorio. Me sentĂ© y aceptĂ© la bebida.
âÂżMe estĂĄs dando whisky? âLo olfateĂ©, mis labios se curvaron con desagrado.
âPelo de perro(*) âSe desperezĂł en su sillĂłn de ejecutivo, alisĂĄndose el bigote con los dedosâ. Tomar el pelo del perro que te mordiĂł alivia la abstinencia.
TomĂ© un trago del veneno, haciendo una mueca de dolor mientras se abrĂa paso hasta mis entrañas. HabĂa pasado una noche sin dormir en el heno del granero. Me despertaba con un sudor frĂo, soñando con pequeños bebĂ©s como Rossanne corriendo detrĂĄs de mĂ. El sabor del beso del zorro muerto tampoco suavizĂł el golpe.
El aroma del tĂ© negro y de los bollos frescos recorrĂa los pasillos del castillo de Ashes Golden Jeon. El desayuno aĂșn no habĂa terminado. El estĂłmago se me revolviĂł, recordĂĄndome que el apetito era un lujo para los hombres que no estaban reciĂ©n comprometidos.
Me bebĂ el whisky.
âÂżQuerias verme?
âNo quiero verte nunca. Desgraciadamente, es una necesidad que viene con el hecho de engendrarte âPapĂĄ no se anduvo con rodeosâ. Esta mañana me han informado de algo bastante inquietante. Lady Rossanne les contĂł a sus padres lo que sucediĂł ayer, y su padre me transmitiĂł la situaciĂłn âMi padre -alto, delgado y llamativo, con el cabello rubio arenoso y un traje pulcramente planchado- hablĂł con acusaciĂłn en su voz, invitĂĄndome a explicarme.
Ambos sabĂamos que yo le desagradaba a nivel personal. Que engendrarĂa nuevos sucesores, si no fuera porque yo seguĂa siendo el mayor y, por tanto, el heredero de su tĂtulo. Era demasiado agraciado, demasiado ratĂłn de biblioteca, demasiado parecido a mi madre. HabĂa permitido que otros chicos me dominaran, que me hicieran un animal.
âNo quiero casarme con ella.
Esperaba una bofetada o una paliza. Ninguna de las dos cosas me sorprenderĂa. Pero lo que obtuve fue una ligera risa y un movimiento de cabeza.
âLo entiendo âdijo.
âÂżNo tengo que hacerlo? âMe animĂ©.
âOh, te casarĂĄs con el chico. Tus deseos no tienen importancia. Tampoco tus pensamientos, para el caso. Los matrimonios por amor son para las personas comunes y corrientes. Gente nacida para seguir las ingratas reglas de la sociedad. No debes desear a tu esposa, Jungkook. Su propĂłsito es servirte, engendrar hijos y lucir hermosa. Un consejo: mantĂ©n tu deseo para aquellos de los que puedas disponer. Es mĂĄs inteligente y mĂĄs limpio. Las reglas plebeyas no se aplican a la clase alta.
La necesidad de aplastar violentamente la cabeza contra la pared era tan urgente que mis dedos se curvaron en mi regazo. Cuando permanecĂ en silencio durante varios minutos, puso los ojos en blanco, mirando hacia el cielo, como si fuera yo el que estaba siendo poco razonable.
âÂżCrees que querĂa casarme con tu madre?
âÂżQuĂ© le pasa a mamĂĄ? âEra bonita y razonablemente agradable.
âÂżQuĂ© no? âSacĂł un cigarro de una caja y lo encendiĂłâ. Si corriera tanto como su boca, estarĂa en buena forma. Sin embargo, ella era un paquete. Ella tenĂa el dinero. Yo tenĂa el tĂtulo. Lo hicimos funcionar.
Me quedĂ© mirando el fondo de mi vaso de whisky vacĂo. Aquello parecĂa el eslogan de la comedia romĂĄntica mĂĄs deprimente del mundo.
âNo necesitamos mĂĄs dinero, y ya tendrĂ© un tĂtulo.
âNo es solo el dinero, imbĂ©cil âGolpeĂł la palma de la mano contra su escritorio entre nosotros, rugiendoâ: ÂĄTodo lo que se interpone entre nosotros y los plebeyos que nos sirven es el pedigrĂ y el poder!
âEl poder corrompe âdije secamente.
âEl mundo estĂĄ corrupto âSu labio se curvĂł con disgusto. SabĂa muy bien que estaba a punto de ser arrojado al montacargasâ. Estoy tratando de explicarle en un inglĂ©s sencillo que el asunto de tus nupcias con la señorita Lee no estĂĄ en discusiĂłn. En todo caso, difĂcilmente va a ocurrir mañana.
âNo. Ni mañana ni nunca âMe oĂ decirâ. No me casarĂ© con ella. MamĂĄ no lo tolerarĂĄ.
âTu madre no tiene nada que decir.
Sus ojos azules se oscurecieron en un espejo jaspeado. Pude verme en su reflejo. Me veĂa pequeño y hundido. No era yo mismo. No el muchacho que montaba a caballo con el viento bailando en su cara. El que metĂa la mano bajo el vestido de una sirvienta y la hacĂa reĂr sin aliento. El chico con la velocidad explosiva y el deslumbrante juego de pies que hizo llorar a algunos de los mejores esgrimistas de Europa. Ese chico podĂa atravesar el negro corazĂłn de su padre con una espada puntiaguda y comerse su corazĂłn mientras aĂșn latĂa. Este chico no podĂa.
âTe casarĂĄs con ella y me darĂĄs un nieto varĂłn, preferiblemente uno superior a ti âMi padre terminĂł su cigarro y lo apagĂł en un cenicero cercanoâ. Este asunto estĂĄ resuelto. Ahora ve a disculparte con Rossanne. Te casarĂĄs con ella cuando termines la Universidad de Oxford, y ni un momento despuĂ©s, o perderĂĄs toda tu herencia, tu apellido y los parientes que, por una razĂłn que desconozco, aĂșn te toleran. Porque no te equivoques, Jungkook: cuando le diga a tu madre que debe repudiarte, no se lo pensarĂĄ dos veces antes de dar la espalda a su hijo. ÂżMe entiendes?
Mi astucia me superĂł en ese momento, como tenĂa la tendencia a hacer, lavando mi piel como un ĂĄcido. Haciendo que me volviera del revĂ©s y me convirtiera en otra persona. No tenĂa sentido luchar contra Ă©l. No tenĂa ninguna ventaja. PodĂa ser golpeado, encerrado, burlado y torturado... o podĂa jugar bien mis cartas.
Hacer lo que él y el Sr. Lee hicieron tan a menudo. Jugar con el sistema.
âSĂ, señor.
Mi padre entrecerrĂł los ojos con desconfianza.
âTe digo que te cases con Rossanne.
âSĂ, señor.
âY discĂșlpate con ella ahora.
âDesde luego, señor âInclinĂ© mĂĄs la cabeza, un fantasma de sonrisa rondando mis labios.
âY bĂ©sala. DemuĂ©strale que te gusta. Sin lengua ni cosas raras. Solo lo suficiente para demostrar que eres fiel a tu palabra.
La bilis subiĂł por mi garganta.
âLa besarĂ©.
Sorprendentemente, parecĂa aĂșn menos complacido, la punta de su labio superior se torciĂł mientras gruñĂa.
âÂżQuĂ© te ha hecho cambiar de opiniĂłn?
Mi padre era a la vez malo e idiota, una combinaciĂłn horrible. TenĂa mĂĄs temperamento que cerebro, lo que lo llevaba a cometer muchos errores en los negocios. En casa, reinaba con un puño de hierro que, la mayorĂa de las veces, caĂa en mi cara. Los errores en los negocios eran mĂĄs fĂĄciles de tratar: mi madre se habĂa hecho cargo de los libros sin que Ă©l lo supiera, y casi siempre estaba demasiado borracho para darse cuenta. En cuanto a mis abusos... ella sabĂa muy bien que, si intentaba protegerme, Ă©l tambiĂ©n le pondrĂa el cinturĂłn.
âSupongo que tienes razĂłn âMe recostĂ© en mi asiento, cruzando las piernas despreocupadamenteâ. ÂżQuĂ© mĂĄs da con quiĂ©n me case, mientras pueda entrar dormido en los libros de historia?
Se rio, la oscuridad de sus ojos se derritiĂł. Esto era mĂĄs bien lo suyo. Tener un hijo pagano y pecador con un dĂ©ficit de escrĂșpulos y aĂșn menos rasgos positivos.
âÂżYa te acostaste con alguien?
âSĂ, señor. A los trece años.
Se pasĂł el pulgar por la barbilla.
âMe acostĂ© por primera vez con una mujer a los doce años.
âBrillante âdije. Aunque la idea de que mi padre follara a una mujer por detrĂĄs a los doce años me hizo querer acurrucarme en el sofĂĄ de un terapeuta y no salir de allĂ en una dĂ©cada.
âBien entonces âSe dio una palmada en el musloâ. Adelante y arriba, jovencito. La aristocracia inglesa no es barata. Hay que conservarla para mantenerla.
âEntonces harĂ© mi parte, papĂĄ âMe puse de pie, lanzĂĄndole una sonrisa socarrona.
Ese fue el dĂa en que realmente me convertĂ en un libertino(*).
El dĂa en que me convertĂ en el hombre astuto y desalmado que ahora veĂa cuando me miraba en el espejo.
El dĂa en que efectivamente me disculpĂ© con Rossanne, incluso la besĂ© en la mejilla, y le dije que no se preocupara. Que habĂa estado borracho, que habĂa sido un error. Que definitivamente nos casarĂamos y que serĂa un evento hermoso. Con floristas y arzobispos y una tarta mĂĄs alta que un rascacielos.
Jugué bien mis cartas durante la siguiente década.
Le enviaba regalos de cumpleaños, la colmaba de tarjetas y me reunĂa con ella a menudo durante las vacaciones de verano. Le puse flores en el cabello y le dije que todas las demĂĄs chicas con las que me habĂa acostado no tenĂan sentido. La dejĂ© esperar, suspirar y tejer un futuro para los dos en su cabeza.
Incluso convencĂ a mis padres para que me financiaran la carrera de Derecho en Harvard al otro lado del charco y pospusieran el matrimonio un par de años, explicĂĄndoles que volverĂa en cuanto me graduara para tomar a Rossanne como esposa.
Pero la verdad es que el dĂa que terminĂ© la educaciĂłn secundaria y me enviaron a Boston fue la Ășltima vez que pisĂ© suelo britĂĄnico.
La Ășltima vez que mi padre me vio. Fue la traiciĂłn perfecta, realmente.
Utilicé su riqueza y sus conexiones hasta que ya no las necesité.
Una licenciatura en Derecho por una escuela de la Ivy League fue suficiente capital para conseguir un puesto de socio de 400.000 euros al año en uno de los mayores bufetes de Boston. En mi tercer año, tripliqué esa cantidad, incluidas las primas.
ÂżY ahora? Ahora era un millonario hecho a sĂ mismo.
Mi vida era mĂa. Para liderar para gobernar, y para fastidiar.
Y el Ășnico montacargas en el que estaba atrapado era el de mi cabeza.
Las voces de mi pasado seguĂan resonando en su interior, recordĂĄndome que el amor no era mĂĄs que una aflicciĂłn de la clase media.
(*) Hedonista: Que procura el placer.
(*) Obtuso: Que comprende las cosas con lentitud o dificultad.
(*) Hereje: Persona que niega alguno de los dogmas establecidos en una religiĂłn.
(*) Pelo de perro: La expresiĂłn âpelo de perroâ suele emplearse en aquellas personas que toman mucho alcohol. SegĂșn una vieja creencia, para curar la resaca se puede emplear un remedio casero que tiene un ingrediente muy especial: pelo de perro
(*) Libertino: Que habla o actĂșa con libertad excesiva y abusiva. Que se entrega sin freno a los placeres sexuales.









no grooming entre el jikook vdd?):
â€ïž
hola !!! primera ves en leerte đ