Capítulo 1: el cuarteto navegante de las arenas
¿Cuántos misterios y secretos guardarán, las arenas del tiempo que decidimos navegar?
Un pequeño grupo de nómadas se encontraba de cacería en medio de la nada, sin saber que esa podría ser la última. La vida en el desierto es una lucha constante contra la horrible naturaleza que habita estos parajes; en la cual hasta los más diestros pueden cometer errores fatales. Una ligera variación en su ruta habitual, y un mal día de caza fueron más que suficientes para exponerles a un peligro mortal.
La tormenta de arena que estaban atravesando se volvía cada vez más fuerte, hasta el punto de llegar a lastimarles la piel. La expedición tomó una posición defensiva, en la cual los más jóvenes quedaban en el centro de la formación. La muerte suele ser muy creativa en sus métodos y formas, y ellos lo sabían muy bien. Aquella tormenta había surgido sin aviso alguno; y eso significaba el inicio de una batalla desigual a la cual talvez no sobrevivirían.
Con hachas y lanzas en mano, intentaron mantener la calma en medio de la tormenta. De repente, varios de ellos detectaron el inminente ataque del enemigo; gracias a las vibraciones que sentían en la arena con sus pies descalzos. Se trataba de una misteriosa y terrible bestia: un gusano de un tamaño colosal, de hábitos y apetito abominables. Un ser que dejaba entrever cierta inteligencia a través de su sadismo; ya que la única razón por la que las tribus del desierto conocían a esta especie, era por su costumbre de dejar algunas de sus víctimas con vida a pesar de haber sido capaz de devorarlas con total seguridad.
De repente, algo enorme se abalanzó sobre ellos a una velocidad increíble para su tamaño; la cual a muchos ni siquiera les dio tiempo de reaccionar. Después de abrir los ojos, tras un reflejo inevitable propio de una presa que ha sido capturada; se enteraron de que seguían con vida, y que algo invisible, pero muy fuerte, se interpuso entre ellos y las horribles fauces de su depredador. Este rebotó con fuerza al chocar contra la defensa, a la vez que el sonido de un lejano, pero potente disparo hacía salpicar la sangre de la bestia sobre aquella barrera inmaterial. Tal visión no duró mucho tiempo, ya que la arena de la tormenta terminó sepultando la misteriosa cúpula que se había formado sobre sus cabezas, dejándoles en completa oscuridad. Muchos de ellos se preguntaron si morirían enterrados y sofocados en medio de la nada.
Muy lejos de ahí, un vehículo militar yacía estacionado sobre una gran duna, mientras tres figuras observaban los acontecimientos con unos binoculares. Era un Tuor, un popular modelo de todoterreno fabricado por una nación llamada Taured.
—Fallé por poco. No creí que esa cosa rebotaría tan fuerte contra la defensa.
—¿Podemos ayudarla con algo más?
—No debemos estorbarle, si volviera a disparar y llamáramos la atención de esa cosa, todos estaríamos en peligro. Ahora que el plan A falló, debemos confiar en ella.
El enorme gusano cayó al suelo, aturdido; mientras una silueta se acercaba lentamente desde las alturas hacia este. Pero lo más llamativo de todo aquello, era la inmensa roca que levitaba y giraba en torno a ella.
—No hay muchas piedras grandes cerca, y esta pesa muchísimo —pensó aquella persona extraordinaria—. Lamento la siguiente petición egoísta, bestia —le dijo—. ¿Pero, podrías morir ahora mismo?
Aquel gusano, que apenas se estaba recuperando del ataque inicial, recibió el impacto de aquella inmensa roca. Tras un majestuoso estruendo, esta se fragmentó en pequeños pedazos que salieron despedidos por todas partes.
—Una roca grande, pero frágil… justo como mi paciencia —pensó aquella chica de largo cabello plateado, vestida con un turbante, botas de cuero y algunas partes de una vieja armadura.
Seguía intentando observar a su enemigo desde arriba, en medio del montón de polvo y escombros que había levantado su ataque.
De repente, un chorro de arena lanzado a una velocidad apabullante impactó contra su cuerpo, abollando la armadura de sus piernas, mientras aquel enorme monstruo se dirigía directo hacia ella. Para su fortuna, esta vez pudo esquivarlo, pero la bestia volvió a esconderse bajo tierra, aprovechando su falta de visión.
—¡Basta! —gritó la chica, furiosa; a la vez que expandía sus brazos, y toda la arena suspendida en el aire caía al suelo con una fuerza y velocidad propias del granizo.
El silencio reinó durante unos instantes, tan solo interrumpido por la legítima brisa del desierto.
—¿Me ha lanzado arena para poder esconderse tras su verdadero ataque? —pensó, mientras intentaba divisar a su enemigo—. Si ha sido así, tendré que sacarle de su elemento por la fuerza.
La joven volvió a levantar sus brazos, esta vez con un esfuerzo monumental: su postura de ataque estaba lista. Casi al instante, la criatura hizo acto de presencia; delatando su posición con una gran estela de arena que dejaba tras de sí.
De repente, inmensas porciones de terreno salieron despedidas por el aire a una gran velocidad. Pero la enorme criatura era demasiado rápida dentro de su hábitat, por lo que pudo esquivar todos los intentos de hacerle volar por los aires y tratar de dominarla. Su habilidad casi sobrenatural para detectar pequeñas vibraciones en el terreno, producto de millones de años de evolución, le permitió esquivar todos aquellos ataques uno tras otro, al mismo tiempo que se acercaba a su presa. Volvió a abalanzarse contra la joven, la cual bloqueó su ataque con otra de sus barreras defensivas. Estar frente a las fauces de aquella sucia criatura le sacó de sus casillas, lo que le hizo forcejear contra esta con todas sus fuerzas hasta tener impulso a su favor; el cual aprovechó para empujar la barrera contra la cabeza de la bestia y propinarle una certera patada.
—¿Por qué… no se rinde? —pensaba la chica, mientras intentaba recuperar el aliento.
Para ese entonces, la bestia había vuelto a esconderse, sin mostrar daños aparentes, más allá de unos cuantos segundos de aturdimiento. Su cuerpo era demasiado duro y resistente, pero tales características no coincidían con su agilidad y velocidad.
—Ella de verdad es increíble —comentó una de las figuras que observaban la batalla desde lejos— pero verla luchar así me hace sentir mal.
—¿Crees que tiene la situación bajo control?
—No se preocupen antes de tiempo. Si algo sucediera, iríamos enseguida, y ella se convertiría en nuestra prioridad.
Lejos de ahí, aquella danza primigenia seguía su curso. La bestia había aumentado la apuesta. No paraba de atacar y volver a esconderse desde cualquier ángulo, lo cual la hacía en extremo impredecible. Una vez dentro de la arena, su cuerpo dividido en segmentos y lleno de leves protuberancias delataba su secreto: era capaz de fluir y girar sin parar como un tornillo gigante; lo cual también le permitía formar aquellas fuertes y dañinas tormentas. Su velocidad parecía no decrecer, y el caos generado por la arena opacaba cada vez más los reflejos y la respiración de aquella joven de cabello plateado.
Solo era cuestión de tiempo para que ella cometiera un error que le costara la vida. De repente, la afilada cola de aquel enorme gusano apareció de la nada, atravesándole por completo y dejándole a su merced. Al final, bastó con una pequeña, pero precisa artimaña de aquella bestia para cambiar el rumbo de la batalla de una manera decisiva. Los segmentos de su cuerpo no solo podían girar sobre sí mismos; sino que, al hacerlo, también le permitían alargar o reducir un poco la longitud total de su cuerpo en cuestión de segundos. Instantes y metros suficientes para poder atacar por sorpresa y asegurar su total supremacía en la cadena alimenticia. Cerró sus enormes fauces con una fuerza increíble, devorando incluso su propia cola. Bien podría ser un misterio por siempre, si aquel ser podía regenerar esa parte de su cuerpo, o si actuó de esa manera por mera desesperación ante una amenaza que le había hecho llegar al límite.
Aquellos que observaban desde lejos y prometieron ayudarle, quedaron aturdidos por un instante. Sin embargo, no tardaron en tomar sus armas y correr a encender el motor de su vehículo; listos para dirigirse hacia una batalla de la cual no podrían ni siquiera escapar con vida. Sin duda alguna, las batallas contra depredadores pueden ser impredecibles. Pero si hay algo en este mundo que las supere, son los enfrentamientos mortales entre dos de ellos. Es en esos momentos donde aflora aquel instinto oscuro que empuja a los seres vivos hacia lo imposible con tal de seguir existiendo; entre más fuerte sea su conexión con el caos primigenio y la chispa a la cual llamamos vida.
«Odio, cuando me empujan a estos extremos». Ese fue el último pensamiento congruente de aquella joven que sonreía de manera inquietante e inhumana; mientras su cuerpo herido y magullado comenzaba a ser atacado por la saliva corrosiva de aquel cruel monstruo. De repente, aquella inmensa y orgullosa bestia comenzó a retorcerse entre funestos rugidos. Cada uno de sus segmentos parecía ser deformado uno por uno de una manera horrible, siendo empalado desde dentro por distintas formas geométricas, algunas de las cuales le desgarraban y dejaban al descubierto sus vísceras color púrpura. Se arrastró unos cuantos metros intentando volver a la arena, solo para terminar boca arriba, mirando al sol que le vio nacer y del que había renegado durante toda su oscura existencia. Una de las tantas pesadillas vivientes que azotan el desierto de Ameniz había sido derrotada.
***
El grupo de nómadas seguía dentro de la cúpula invisible, atentos de los estruendos del exterior, y llenando el ambiente de oraciones y cánticos de auxilio a sus dioses. De repente, aquella prisión invisible comenzó a desaparecer, haciendo que gran cantidad de arena les cayera encima y los enterrara casi hasta la cintura. Tras aquel pequeño susto, empezaron a intentar abrirse paso y rescatar a los demás.
—Ayúdense a salir de la arena, ¡empiecen por los niños! —exclamó un hombre mayor, de tez morena y larga barba gris, quien parecía ser la figura de autoridad de aquel grupo.
Empezaron a salir de la arena y sacar a los niños, quienes yacían hundidos casi hasta el cuello, y no habían parado de llorar desde que la barrera les protegió y quedaron a oscuras. Cuando todos lograron salir y ponerse a salvo, no pudieron evitar observar el cadáver de la bestia a la distancia; y por un momento se preguntaron qué clase de monstruo podría haberse enfrentado contra esta y derrotarla. No mucho después, las fauces del gusano comenzaron a moverse y levantarse. Los aterrados nómadas volvieron a sacar sus armas y ponerse en posición de combate, e incluso algunos echaron a correr; previendo lo peor. Todo ello en vano, ya que de ahí dentro salió tan solo una pálida joven de cabello plateado y débiles ojos color cielo; no muy diferente de los albinos que sus antepasados solían cazar, por considerarlos portadores de mala fortuna. Su armadura estaba aboyada, y parte de sus prendas hechas añicos. Los miraba con una cálida sonrisa y sus ojos llenos de lágrimas.
—Cuanto me alegro… de haber llegado a tiempo esta vez.
Aquellas sorprendidas personas no entendían lo que decía, pero podían intuirlo todo. Cuando ella pudo recuperar el aliento y darse cuenta de ello, lanzó un fuerte silbido en dirección a la duna donde se encontraban sus compañeros. Estos no tardaron en dirigirse hacia ellos, corriendo y deslizándose a lo largo de la duna; no sin antes lanzar una bengala de humo blanco en señal de amistad y esperar una respuesta favorable.
Se trataba de un joven delgado que ocultaba su rostro tras una máscara, portador de un largo rifle de gran calibre. Le acompañaban otro par de jóvenes de ojos verdes; uno alto, bronceado y corpulento, vestido con ropas de milicia, tirantes y botas de cuero, y una chica de cabello largo, pañuelo al cuello y pantalones cortos llenos de navajas, algunos cilindros y demás objetos extraños. Los tres jóvenes se pusieron en fila y saludaron a la tribu de manera solemne, mientras su tímida compañera era animada e intentaba comunicarse con algunos nómadas que se quedaron a socorrerla. El líder de la tribu pasó al frente junto a dos niños, respondiendo al saludo, al igual que el resto.
—No tengo palabras suficientes para agradecerles —les dijo, con voz entrecortada, mientras juntaba sus manos en señal de saludo—. Espero que el habernos ayudado no vaya a causarles problemas.
El joven de la máscara procedió a hablar: él era quien conocía mejor su lengua, y podría ayudar de traductor.
—En lo absoluto —le respondió, con una sonrisa— nosotros decidimos nuestro destino ahora, y este era justo el resultado que esperábamos.
—Me alegra y honra saber eso —les respondió el viejo líder—. En ese caso, ¿Qué les parece si pasan la noche en nuestra caravana? Ahora tenemos aún más razones para celebrar y agradecer a los dioses en este ciclo que se acerca. Hija de la luna parece estar muy a gusto con sus nuevos amigos.
—¿Hija de la luna? —preguntó el enmascarado.
—Solemos utilizar nombres de animales y cosas con las personas que respetamos y son importantes para nosotros. El mío es Oasis eterno, y estos son mis dos hijos, pequeño ciervo del alba y Ágata solar.
—Son muy vistosos, me gustan. Ella es Zoe, este grandullón es Jano, mi nombre es Lawrence, y a nuestra mejor guerrera también se le conoce como Celina. Es un placer poder conocerlos, y aceptamos su invitación, señor Oasis. ¿Les gustaría viajar en nuestro vehículo?
—¡Pues claro! —exclamó aquel viejo, con júbilo en sus ojos—. ¡La vida es muy corta como para detenerse mucho tiempo a pensar las cosas! Estaremos listos pronto, solo necesitamos llevar a cabo algunos preparativos.
—Me alegra escuchar eso, —le dijo Lawrence, a la vez que retiraba su máscara en señal de educación, dejando ver sus apagados ojos color miel y su corto cabello rubio.
Aquel vehículo resultó ser lo bastante espacioso como para poder transportarlos a todos: un total de doce personas. Celina y Zoe viajaban en el techo del vehículo, junto con los dos niños y su encargada. Lawrence lo pilotaba acompañado de Oasis, mientras Jano viajaba agarrado a una de las barandillas, vigilando los alrededores con sus binoculares. De repente, pudieron observar un par de enormes mariposas errantes. Esta es una hermosa y casi inofensiva especie conocida por sus vistosos colores metálicos, su relativa rareza y sus entrañas algo tóxicas. Los niños las miraban con suma emoción, casi hipnotizados. De repente, estos comenzaron a flotar, dejando atrás la escotilla del techo del Tuor.
—¡¿Qué sucede?! —exclamaron los niños con asombro, algo asustados.
—¿Qué harás? —le preguntó Zoe a Celina.
Ella, —quien se encontraba acostada en el vehículo— sonrió, a la vez que les hacía un universal gesto de silencio.
—No preocuparse, diversión. Secreto es, por favor —le comentó Zoe con su limitado lenguaje a la encargada de los pequeños, para tranquilizarla.
Ambos niños salieron despedidos por el aire, directo hacia las mariposas. El miedo y las risillas nerviosas no tardaron en convertirse en risas de júbilo y fascinación; una experiencia que jamás olvidarían. Después ambos le contarían a Celina, que estas criaturas no eran tan bellas al verlas de cerca, pero que sus colores seguían siendo increíbles. El sol estaba empezando a ocultarse en aquel onírico paraje de arenas doradas, con sus luces y sombras dibujándose en el horizonte.
—¿Para qué usarán los trozos de ese monstruo? —le preguntó Lawrence a Oasis.
—Son creencias de mi pueblo. Debido a nuestra mera existencia, la vida de esa criatura ha sido cegada. Una manera de honrar su recuerdo y sacrificio es aprovechando su carne o sus partes y conservándolas con nosotros.
—Ya veo —le respondió él, con una sonrisa—. Su pueblo vive con eso todo el tiempo, así que permítanos por esta vez llevar esa carga por ustedes; así sea de manera simbólica.
Oasis dejó salir una alegre y festiva carcajada.
—Es muy propia de nuestro pueblo la virtud de compartir; así que, en nombre de todos nosotros, acepto tu amable propuesta.
El sol estaba próximo a ocultarse, envolviendo con lentitud a aquellos tripulantes de las arenas con su fría oscuridad. A lo lejos se podía divisar un enorme entramado rocoso, dentro del cual había un altísimo arco de piedra arenisca.
—Ya estamos cerca del lugar. Haré unas señales de luz, y esperaremos su respuesta para evitar sorprenderlos.
—De acuerdo —le respondió Lawrence a Oasis, mientras frenaba el vehículo.
El hombre sacó un curioso artilugio de uno de sus bolsillos. Era un objeto hechizo similar a una antigua linterna de aceite. Pero esta utilizaba un mecanismo de piedras que al ser accionado creaba una chispa, cuya leve luz era ampliada por un cristal de alguna extraña especie de cuarzo. De esta manera, lograba generar un breve, pero potente destello; ideal para comunicarse a distancia durante las noches despejadas.
Oasis notó que al conductor le llamó la atención la piedra de aquel artefacto.
—Estos cristales los extraemos de unas ruinas muy antiguas que se encuentran a nueve días de distancia, justo al norte de este arco de roca. Son bastante útiles para ciertos usos.
—Parece un lugar muy interesante de visitar y explorar un poco —le respondió Lawrence, con una honesta sonrisa.
Unos segundos después, recibieron la confirmación para continuar. Siguieron su camino, hasta que pudieron divisar la caravana en la lejanía. Esta consistía en una enorme especie de carpa iluminada hecha de cuero y madera, la cual descansaba sobre lo que parecía ser una gran plataforma de corteza petrificada. Cerca de esta, dormitaban dos enormes criaturas lampiñas, de cuellos y colas muy largos. Tanto, que uno de ellos casi lograba envolver el área de la caravana entre su cabeza y la punta de esta.
Tan pronto como el vehículo frenó, ambos niños salieron de este para reencontrarse con la persona que les respondió el destello. Era su madre, quien había estado toda la tarde y noche esperando su regreso.
—Bienvenidos a nuestro hogar —les comentó Oasis—. Esta ahora es su casa, y nosotros su familia.
Los niños se habían adelantado hacia ella, quien les recibía con los brazos abiertos.
—Muchas gracias por traerlos a salvo. Se los agradezco con toda mi alma.
Las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos mientras decía esas palabras.
—Ella es Cristal, mi esposa —les comentó Oasis, a la vez que le ayudaba a ponerse de pie.
—La noche va a estar fría, —les dijo la mujer, con una sonrisa de alivio— pasen adelante y pónganse cómodos.
Al entrar en aquella enorme carpa, fue como si un universo entero se expandiera ante sus ojos. Dentro de esta se encontraban multitud de personas de todas las edades; conversando, riendo y bailando al son de exóticas melodías. A su izquierda, gran cantidad de peculiares mesas y sillas; a su derecha, varias habitaciones con paredes de bellas y coloridas telas bordadas a mano. Al fondo del lugar se encontraba una cocina llena de trabajadores, con sus paredes cubiertas de multitud de especias y porciones de carne seca. La cantidad de increíbles aromas que salían de aquellas grandes ollas eran incontables.
—¡Escuchen todos! —exclamó Oasis, mientras intentaba tomar por los hombros y abarcar a los cuatro chicos, aunque fuera con las puntas de sus dedos—. Estos jóvenes nos han salvado la vida el día de hoy. Les pido, por favor, darles una cordial bienvenida propia de los héroes que son.
Como si lo que antes parecía imposible dejara de serlo de un pronto a otro, el ambiente del lugar se volvió aún más animado. Celina fue invitada a bailar por unos niños que andaban jugueteando por ahí. Los cocineros apresuraron el paso, en medio de cálidas pero pegajosas melodías interpretadas con curiosos instrumentos de cuerda y percusión. Jano y Zoe fueron invitados a una mesa, donde les recibieron con gran cantidad de frutas y carnes de variados tipos, cada una más distinta y única que la anterior. Sin duda, ellos sabían comer muy bien, en medio de las adversidades propias de movilizarse todo el tiempo. También recibieron una especie de dulce bebida de un fuerte sabor floral; la cual alivianó un poco sus consciencias.
Mientras tanto, Lawrence se encontraba en una habitación aparte junto con Oasis. Este último, buscaba a sus espaldas entre gran cantidad de botellas que poseía sobre un amplio mueble de madera.
—Veo que tus amigos saben divertirse, —le comentó, con una sonrisa— deberías unirte a ellos. ¿Te apetece alguna bebida para entrar en calor?
—Dame algo no tan fuerte, por favor.
—Noto que sueles mantenerte al margen —le respondió, mientras mezclaba algunos licores de variados colores y olor a madera—. Yo solía ser muy parecido. Sin embargo, con el pasar de los años comprendí que aquello que mi gente más admiraba de mí no era la imagen que proyectaba a los demás, sino mi buen actuar en tiempos de crisis. Desde entonces, me propuse el ser más un amigo que una figura de autoridad. No digo esto por creer que no lo seas para ellos; sino porque, cuando tu gente y todos los demás te observan sin disfraces propios de un cabecilla, es más sencillo llevarte bien con la mayoría. Ya eres un gran líder con ellos, y confío en que este consejo te convertirá en uno aún mejor.
Lawrence se limitó a asentir con su cabeza, sonriente.
—Ahora dime, joven, buscas respuestas, ¿cierto? A las grandes preguntas que aquejan a todos los nuestros desde la noche de los tiempos. Ese brillo en tus ojos es propio de un sabio, aunque tus métodos sean algo más “contundentes”.
—Me alegra saber que somos de los mismos, eso hace las cosas mucho más sencillas —le respondió Lawrence, mientras aceptaba la bebida y su anfitrión tomaba asiento—. Háblame, por favor, sobre tu concepto de libertad.
—Libertad… ese dulce y esquivo néctar por el que tantos harían lo que fuera. Un sabio de nuestro pueblo dijo una vez hace mucho tiempo: “que tu cercanía con el ciclo de la creación hable por ti sobre tu libertad”. Desde ese momento, la mayoría de mi pueblo aceptó su condición como eternos errantes alejados de la modernidad. Aquellas palabras abrieron nuestra mente ante una realidad que habíamos estado ignorando por generaciones.
Oasis le dio un largo y pronunciado sorbo a su bebida.
—Pensábamos que nuestra actual condición era una penitencia a causa del pasado, pero terminó siendo una oportunidad para poder encontrar paz y sentido en medio del caos de este mundo. Al final aprendimos una valiosa lección por las malas, mientras que el pueblo protegido por el sabio de las dunas se encerró a sí mismo, ahogándose en su propio odio hacia nosotros.
Aquel hombre mayor comenzó a jugar con su bebida, balanceándola de un lado a otro del vaso.
—No es fácil acostumbrarse a la muerte, a pesar de ser perseguidos por sus gentes y azotados por la naturaleza. Pero es la manera en la que hemos decidido vivir, y estamos preparados para enfrentar consecuencias que talvez no merecemos, pero si podemos comprender…
Oasis intentaba mostrarse sereno y feliz, pero por dentro era un mar de emociones.
—… sin embargo, hasta que nos llegue el día de volver al ciclo del todo, pelearemos con uñas y dientes nuestro lugar en este mundo. ¿Qué clase de seres de la creación seríamos si no lo hiciéramos? Lo único que espero es que tu gente de allá arriba llegue a comprenderlo también, y podamos reír todos juntos algún día.
—Eres un buen hombre, Oasis. Mereces ver ese futuro con tus propios ojos. Siento que nuestra libertad aún no posee rumbo, es por eso que nos encontramos en una búsqueda constante de visiones.
—Y me alegra el poder aportar mi grano de arena a cuáles sean que terminen siendo sus convicciones.
Oasis volvió a llenar su vaso de bebida hasta el tope, y empezó a exclamar con alegría.
—Brindo por tu búsqueda y éxito. Que este mundo y época puedan otorgarles la plenitud que anhelan.
—Gracias por eso, —le respondió Lawrence, algo apenado ante tales deseos— y yo por las esperanzas y el buen porvenir de tu gente.
Continuaron conversando un rato más, hasta que decidieron volver con el resto. Al llegar a la sala principal, vieron que uno de los enormes animales de carga que custodiaban la caravana había asomado su gran cabeza por una ventana que daba con la mesa donde comían Jano y Zoe.
—¡Ballat, eso es muy maleducado de tu parte! —le dijo Oasis al animal—. No puede resistirse a los vegetales frescos —le comentó a Lawrence, algo apenado.
Toda la atención de Celina, quien hasta hace poco había estado bailando, se volcó hacia aquel animal.
—Ven aquí, bella criatu… —intentó decirle, mientras se le acercaba a paso lento para evitar asustarla.
La bestia le volvió a ver tras un grave bufido, y casi al instante le lanzó un potente escupitajo que la dejó tirada en el suelo.
—¡Me ha… escupido…! —exclamó, desmotivada.
—Qué extraño, —comentó Oasis, sorprendido— nunca la había visto comportarse así con otros invitados. Suele hacer eso con pequeños depredadores o cuando otro animal grande entra a su territorio y amenaza su comida.
Jano y Zoe se miraron en silencio por un instante. Sus caras decían a los cuatro vientos “tenía razones de sobra para atacarla”.
—¿Estás bien, Celina? —le preguntó Lawrence, algo preocupado.
—Si lo estoy —le respondió ella, apenada.
—Lamento que no tengas mucha suerte con los animales… les preguntaré si poseen algún lugar donde puedas limpiarte.
—Nuestra pequeña Ballat fue rescatada por el padre de mi bisabuelo, según los relatos que escribió en vida —les comentó Oasis—. Cuenta que cuando la encontró, era casi del mismo tamaño del que tiene ahora. Él y un grupo de expedicionarios la salvaron del ataque de un enjambre de lepteros, una especie de avispa parásita. Un tiempo después conoció a su compañero Tenjo, y ambos han acompañado a nuestra gente desde entonces.
—¿Cómo es posible que crezcan tanto? —le preguntó Lawrence, sorprendido.
—Parece que su especie es muy longeva —le respondió Oasis—. Los que se alimentan bien y logran sobrevivir a las fuerzas de la naturaleza y a la caza se vuelven enormes. Además… ¡Tampoco es como que nuestras vidas sean muy largas aquí en el desierto!
—¿Eso fue… un intento de chiste? —pensó Lawrence, sorprendido, preguntándose si la bebida que tomó aquel hombre había sido demasiado potente para él.
Al notar el sobresalto del joven debido a sus palabras, Oasis lanzó una fuerte carcajada.
—Dile a tu amiga que detrás de la cocina hay un lugar donde puede bañarse, pero adviertele que es algo caliente.
El resto de la noche transcurrió entre comidas, música, brindis y diversión. Celina dio con un gran barril, el cual aprovechaba parte del calor generado por la cocina, para crear una genial experiencia de baño caliente bajo aquel precioso cielo estrellado. Todos terminaron rendidos, dormidos en el cuarto de invitados.
Al día siguiente, llegó el momento de partir. La mayoría se encontraban ocupados con los quehaceres propios de las mañanas, pero aun así pudieron pasar a despedirse de ellos.
—Nos hubiera encantado que se quedaran más tiempo, —les dijo Oasis, con una amplia sonrisa— pero entiendo sus razones. Si algún día sus cuerpos o mentes no pudieran más, recuerden que siempre tendrán un sitio al cual volver y descansar. Y por favor, les imploro tener buen juicio para mantener alejada la fatalidad.
—Puedes apostarlo —le dijo Lawrence, a la vez que le daba un fuerte apretón de manos—. Volveremos con grandes anécdotas que contar, así que manténganse seguros hasta entonces.
—Cuídense mucho, intenten no arriesgarse tanto al salir a cazar —les dijo Zoe, con una sonrisa.
—Gracias a todos por acogernos. Esperamos poder verlos de nuevo pronto —les dijeron Jano y Celina.
Los hijos de Oasis, se le acercaron y le susurraron algo al oído.
—Estos pequeños traviesos estuvieron practicando toda la noche con parte de las cosas que recogimos. Creo que hicieron un trabajo impecable con un material tan duro como el caparazón de ese gusano.
Lawrence se sonrojó tanto que volvió a colocarse la máscara. Sin importar si fue iniciativa de Oasis o de sus hijos que escucharon su conversación en el vehículo; se habían tomado lo de llevar la carga de la muerte de aquel monstruo de manera literal.
Los dos niños forjaron un bello anillo para Lawrence, un par de brillantes aretes para Celina, un cuchillo con un pulido cuarzo incrustado para Zoe, y una afilada bayoneta para el rifle de Jano. Al verlos, Celina estalló de ternura con una enorme sonrisa, mientras tomaba los presentes.
—¡Son preciosos! Los llevaremos siempre con nosotros; serán nuestros amuletos de la buena suerte.
Los niños sonrieron encantados con sus palabras, y más aún, porque en esta ocasión sí pudieron entender lo que intentó decirles.
Oasis les encomendó una tarea a los niños, por lo que estos terminaron de despedirse del grupo, para luego salir corriendo y jugando hacia dentro de la caravana.
—Tengo una cosa más que decirles, jóvenes —les dijo Oasis—. Algo muy importante está sucediendo al oeste. He escuchado rumores, y también puedo sentirlo en el aire. Mientras hablamos hay personas increíbles arriesgando sus vidas, enfrentándose a lo imposible en los límites del mundo conocido. Talvez esas no sean las palabras indicadas, pero creo que nuestra lengua no posee unas mejores para describirlo. “Aquello que estorba y corroe los límites entre el ciclo y el mundo” podría ser una descripción mas acorde.
Los cuatro jóvenes estaban perplejos.
—Nosotros viajamos hacia ahí —le dijo Lawrence—. Sentimos que hay algo crucial que debemos hacer en alguna parte, y que lo hallaremos si continuamos en esa dirección.
Zoe y Jano se encontraban buscando su diario dentro del vehículo. Habían decidido documentar toda información útil que escucharan durante sus travesías.
—¿Qué más sabes sobre eso, Oasis? —le preguntó Lawrence, emocionado.
Jano al fin pudo hallarlo, y se lo dio a Zoe para que esta empezara a escribir cualquier dato de utilidad difícil de recordar.
—¿Sabes qué fecha es hoy, Lawrence?—le preguntó ella, con lápiz en mano.
—Déjame ver… Hoy es cuatro de enero del 85, si no me equivoco.
El joven rubio volvió a ver a Oasis, pero este se encontraba pálido y completamente inmóvil, como si fuera una estatua de mármol. El cielo y todos los alrededores se habían vuelto de un color gris apagado. Mientras tanto, el paisaje y la caravana empezaban a desdibujarse de manera irremediable en medio de una oscura y omnisciente tormenta de negros relámpagos, junto con la silueta de aquel amable hombre y los acompañantes que se encontraban a su lado.
Cuando volvieron a tener consciencia de sí mismos, los cuatro jóvenes cayeron al suelo, desorientados, retorciéndose de dolor. Sus cuerpos se encontraban fríos por completo, en medio del infernal calor matutino del desierto. Al levantar la vista, desearon mejor haberse tapado los ojos, subido a su vehículo, y acelerado sin mirar atrás. Porque ante ellos se alzaban unas primitivas lápidas, gran cantidad de huesos de inequívoco tamaño, y enormes trozos de madera petrificada incrustados en la arena por todas partes.
—¿Por qué… siempre llegamos tarde? —gritó Celina al cielo, furiosa y desesperada.
Los demás seguían tirados en el suelo, delante de aquella escena funesta. Cerca de ahí, yacía una inmensa formación circular de arena vitrificada, la cual parecía haber sido un enorme y antiguo cráter. Subieron al vehículo sin decir una palabra más; con sus ahora cansados rostros empapados en lágrimas. Lawrence pisó el acelerador a fondo, furioso, sin cuidado alguno; lo único que quería era olvidarlo todo. Con sus brazos aún fríos y temblorosos, Zoe guardó su regalo en un pequeño cajón, y empezó a escribir en su diario.
Cuatro de enero de 885: Guía de supervivencia #24:
Si encuentras poblaciones en zonas remotas del desierto de Ameniz, no preguntes ni menciones, horas ni fechas. De lo contrario, pueden suceder efectos impredecibles y nocivos sobre los viajeros. Consecuencias conocidas: secuelas emocionales considerables, riesgo de hipotermia y sensación pasajera de desconexión con la realidad. Potencialmente mortal.
El día en que aquellos cuatro jóvenes escaparon de su país para salvarse a sí mismos y buscar un propósito… jamás hubiera pasado por sus mentes, ni en sus pesadillas más audaces, que, aunque ellos recién florecían, el mundo y el tiempo ya estaban marchitos.