EL SONIDO DE TU RISA [LIBRO 5]

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Summary

Eric siempre ha tenido una debilidad: Bita. Ella es quien mueve los hilos de su vida. Fueron la pareja perfecta, los niños dorados que a pesar de que terminaron su relación, son mejores amigos. Eric la quería porque Bita era capaz de hacer latir su corazón, pero eso fue en un tiempo pasado imperfecto porque todavía no había llegado Roxanne. Esa morena de lengua viperina que siempre tiene una lima de uñas en la mano lista para atacar y, nadie sabe por qué, es el blanco de todas las bromas de Eric. Bita fue la que resucitó su corazón, pero Roxanne.... ¿Qué es Roxanne para Eric? Vamos a descubrirlo.

Status
Complete
Chapters
54
Rating
5.0 7 reviews
Age Rating
18+

1. Alguien (Eric, 10 años de edad)

Por norma general, cuando uno llega a su casa se siente reconfortado por el olor familiar del hogar. No es mi caso. Odio como huele mi casa, odio mi casa por resumirlo de algún modo.

Las paredes están amarillentas por el tabaco, y lo que no es tabaco, porque mis padres fuman en casa. Eso también hace que no solo las paredes se vean afectadas, si no que todo huele, apesta, a tabaco. Huele como a rancio.

Lo que es peor es el fin de semana. La casa no solo huele a tabaco, sino que también huele a algún tipo de licor y a cerveza, saturando el aire todavía más. Por eso me paso los fines de semana encerrado en mi cuarto. He llegado a detestar tanto el olor que muchas veces pongo una toalla debajo de la puerta para que no entre.

No es que mi cuarto sea interesante, solo hay una cama, una mesita de noche y un armario destartalado que no sé ni cómo se aguanta de pie. Pero es mío, estas cuatro paredes son mi territorio. Yo soy el sheriff aquí y por eso evito salir.

Normalmente los fines de semana este pequeño piso mugriento está lleno de gente, amigos de mis padres que son iguales o peores que ellos. Cuando eso pasa, o bien salgo de casa escopeteado o bien me encierro en mi cuarto y pongo la mesilla delante de la puerta.

Soy un niño, tengo diez años, pero eso no quiere decir que sea gilipollas. Soy observador, presto atención a mi entorno y hay muchas cosas de las que me doy cuenta. En mi casa, la nevera se llena la primera semana de cada mes y cuando se acaba, se acaba. La mesa de la cocina no se ha utilizado nunca para comer, de hecho, siempre hay un montón de paquetes de cerveza encima. Si hay más de cuatro paquetes todo está bien, el problema es cuando hay menos de dos. Entonces todo se acentúa, mis padres empiezan a ponerse de mal humor y me encierro en mi cuarto por precaución.

No son muy violentos, no tienen tendencia a pegarme, pero tampoco les gusta que les molesten y yo… intento no hacerlo. Por eso mi rutina es muy marcada, voy a clase, me quedo en la biblioteca, aunque no abro ningún libro, y estoy allí hasta que cierran. No me gusta leer, ni estudiar. Las palabras no tienen formas, no son…. bonitas. En cambio, la gente, los rostros de las personas expresan todo lo que les pasa, aunque no se den cuenta.

Ahora mismo estoy sentado en la mesa del fondo de la biblioteca con una libreta y un lápiz en la mano. El guardia de seguridad, quien normalmente no me quita el ojo de encima, hoy no me hace ni caso.

¿Qué le pasa?

Sus facciones hoy están más apagadas y parece que una sombra se haya puesto encima de su cabeza. Parece preocupado o triste…

Repiqueteo el lápiz encima de la mesa dos veces, sé que eso suele irritarle, pero ni siquiera se percata.

Empiezo a trazar su cara en el papel, sus gruesas cejas están más inclinadas hacia abajo de lo que normalmente están y hoy tiene una línea muy marcada entre ellas. Intento dibujar todos los detalles que alcanzo a ver, porque hoy está muy quieto y eso me lo permite.

No paro hasta que se apagan las luces de la sala de al lado. Esa es mi señal para irme. Son las nueve y la biblioteca cierra a esta hora. Meto todo en mi mochila y tengo mucho cuidado al cerrar la libreta. No me gustan las hojas dobladas ni arrugadas, los dibujos pierden detalles cuando se dobla el papel. Cierro la cremallera de mi mochila y ando en dirección al guardia, ya que está al lado de la puerta.

Cuando paso por su lado suelta un suspiro que me hace frenar el ritmo. No sé qué le pasa a este hombre hoy, pero debe ser algo muy grave. Por un momento, tengo ganas de parar, girarme y preguntárselo, pero decido seguir con mi rutina porque sé que, si llegó a casa después de las nueve y media, probablemente ya haya alguien más que mis padres y no quiero cruzármelos. Sea quien sea.

Ando las seis calles que me separan de mi casa y cojo la última bocanada de aire fresco antes de entrar al portal. La puerta del portal lleva rota desde que puedo recordar y emite una especie de chirrido que me pone de los nervios, así que la abro lo mínimo imprescindible para poder pasar y la cierro. Me quedo mirando las escaleras estrechas y empiezo a subirlas hasta el cuarto piso. Cuando paso el rellano del tercero empieza a llegarme el hedor y evito inhalar. Llamo al timbre y por el ruido de las pisadas sé que es mi padre quien me abrirá la puerta.

—Hola. —balbucea.

Mierda, hoy han empezado pronto.

—Hola.

Paso por su lado con toda la rapidez de la que soy capaz. El comedor está inundado de una apestosa neblina blanca que me escuece en los ojos.

Esto no es únicamente tabaco.

—Hola. —tose mi madre desde el sofá.

Evito mirarla y voy corriendo hacia mi cuarto. No es hasta que estoy dentro y cierro la puerta que puedo volver a respirar. Me quito la ropa rápidamente, la dejo dentro del armario y pongo la oreja en la puerta antes de decidir si me ducho ahora o, en caso de que haya mucha gente en casa, me ducharé mañana por la mañana.

No oigo nada más que el murmullo del televisor, el mechero de mi padre y las esnifadas de mi madre. Todo normal. Cojo mi pijama, abro la puerta y me meto en el baño intentando colocar el pestillo que está medio roto. A los amigos de mis padres no les importa lo más mínimo si hay alguien en el baño o no, cuando quieren abren la puerta y pasan. Por eso mismo siempre me ducho rápido. Abro el agua de la ducha y espero hasta que el agua se caliente, pero… no se calienta.

Sorpresa.

No, no es sorpresa, no es la primera vez que pasa y seguro que no será la última, pero sí que hacía tiempo que no pasaba.

Cojo aire hasta el fondo de mis pulmones y me mentalizo para ducharme con agua fría al mes de noviembre. Cuando el agua fría toca mi piel tengo unas ganas terribles de chillar. Tengo la sensación de que se me clavan millones de agujas, así que me ducho con la rapidez de Rayo McQueen, me visto y me voy a mi cuarto.

No sé cuánto rato ha pasado desde que me he duchado, pero sigo tiritando. Me meto en la cama, me tapo con las mantas y en algún punto dejo de tener frío porque acabo rindiéndome al sueño.

Unos gritos me despiertan, pero me doy la vuelta y los ignoro. No es hasta que oigo el timbre de casa que me despierto de nuevo. Miro por la pequeña ventana de mi cuarto y veo que todavía es de noche, así que el timbre son malas noticias. O bien es el dueño del piso y viene a quejarse de que todavía no se le ha pagado, o bien es la policía. Y ninguna de las dos opciones es buena porque ambas ponen de mal humor a mis padres.

—Mierda… —gruño en la cama.

Unos golpes en mi puerta me hacen sobresaltarme.

—Eric, sal. —dice mi padre.

Mierda, no. No.

Golpea la puerta otra vez.

—Sal de una puta vez o entraré a buscarte.

Trago saliva y me levanto de la cama con las piernas temblorosas. Nada más abrir la puerta percibo el olor y me aguanto una arcada. La luz del pasillo crea un halo de luz alrededor de la cabeza de mi padre y no puedo verle bien para poder predecir su estado, pero los movimientos de sus manos, como si tuviera espasmos, son una pista.

Una muy clara.

—Abre la puerta, sal ahí y di que los gritos eran de la tele, que nos hemos quedado dormidos mirando la tele o algo.

¿Qué?

¿No se da cuenta del olor que sale de esta casa?

—¡Hazlo! —me sacude.

Como no quiero problemas, ando hacia la puerta con mi pijama. Miro por la mirilla y mierda, es la policía.

Abro la puerta con cuidado y ahí están dos agentes uniformados.

—Hola, chico. —me sonríe uno de ellos— ¿Están tus padres?

Sí, por desgracia sí.

—H-h-hola. Están dormidos.

—¿Puedes despertarles? —pregunta.

Mierda, mi padre me matará.

—E-es que se han quedado dormidos mirando la tele. Lo siento por el ruido.

El otro agente inclina la cabeza y se mueve para mirar dentro del piso. En cuanto lo hace sé que esto no tiene salida, que me van a hacer ir a “despertarlos”. El olor a lo que sea que hayan fumado esta noche es muy fuerte.

—¿Cómo te llamas, chico?

—E-e-eric.

—Bien, Eric, entra y diles a tus padres que salgan.

No…

—Mañana trabajan.

Mentira, solo mi madre trabaja en un super por las tardes y no todas las tardes.

—Eric, despiértales, ¿vale?

Asiento y cuando voy a cerrar la puerta el policía pone el pie para impedirlo y me sonríe.

—No cierres.

Mierda, mierda, mierda….

—Papá, despierta. —digo en voz alta.

Mi padre me mira entrecerrando los ojos desde la otra punta del salón. Ahora estará cabreado porque no he seguido su plan, pero es que hasta yo que soy un niño sabía que este plan no funcionaría. Él no puede verlo porque va colocado.

—Voy… —gruñe.

Corro hacia mi cuarto y cierro la puerta. El corazón me late tan fuerte que incluso pegando la oreja a la puerta no logro oír cómo va la cosa ahí fuera. No es hasta que oigo sus pasos por el pasillo que intuyo que ya se ha ido la policía.

—Ya está, vuelve a dormir. —dice mi padre golpeando la puerta.

Dejo salir todo el aire que estaba conteniendo en mis pulmones e intento respirar tranquilo. Al menos no me ha echado la bronca. Yo he hecho lo que él me ha dicho, aunque fuera una estupidez.

Los minutos pasan, aunque no puedo volver a conciliar el sueño. Me levanto y me visto para ir a clase. No me gusta ir a clase, me aburro, no me gusta ninguna asignatura y me paso las horas llenando libretas de dibujos, pero al menos son horas que no estoy en casa. Los profesores pasan de mí, no soy problemático en clase, bueno, solo lo soy si me molestan, aunque si me dejan tranquilo me quedo en mi esquina dibujando sin meterme con nadie.

Salgo de mi habitación y contengo la respiración, el suelo está pegajoso y las suelas de mis Nike se pegan al suelo a cada pisada. Para ir a la puerta principal tengo que pasar por el pequeño salón y daría lo que fuera por hacerme invisible o por tener la varita de Harry Potter y poder crear una puerta por la que no tenga que pasar ahí.

Como no puedo hacerme invisible, y tampoco soy mago, paso por el salón. La escena me da ganas de tirar un bidón de gasolina al suelo y prenderle fuego. Mi madre está dormida en una esquina del sofá, mi padre en la otra y en medio de ellos dos hay un tipo que he visto otras veces con ellos. A la mesita del café habría que cambiarle el nombre. Esa mesa no ha visto en su vida un café, pero ha visto demasiadas veces ceniceros, botellines de cerveza, vasos con alcohol y rayas blancas de cocaína.

¿Qué pasaría si me fuera?

¿Qué pasaría si un día decidiera no volver?

Me pregunto todo esto mientras bajo las escaleras del viejo edificio. Me ruge el estómago y cuando llego abajo del todo siento que todo me da vueltas. Estoy tentado de parar y apoyarme en la pared del portal, pero me da tanto asco que decido salir a la calle. Es allí cuando me apoyo en una parada de autobús, en mi mente está más limpia que mi edificio.

Dejo que el aire entre en mis pulmones y cojo unas cuantas respiraciones profundas.

Aire fresco, aire limpio. Por fin.

La pregunta que me he hecho antes cruza mi mente de nuevo.

¿Qué pasaría si un día decidiera no volver?

Nada, ni lo notarían.

Si ya tengo un humor serio característico, la respuesta que acabo de darme termina deprimiéndome aún más. Llego a la escuela veinte minutos antes de tiempo, siempre lo hago. Me siento en uno de los bancos del paseo que hay antes de llegar al edificio de la escuela y me fijo en toda la gente. Hay señores con trajes, atareados y hablan por teléfono, señoras mayores que llevan el carrito de la compra y madres y padres que llevan a los niños hacia el cole. Alguno de mis compañeros de clase pasa por delante de mí y me saluda con la cabeza, les devuelvo el saludo.

—¿Lo llevas todo, cariño? —pregunta una madre a su hijo.

—Sí, mamá.

—¿Has cogido el desayuno? ¿Y el zumo? —insiste la señora.

—Síííí.

Cada vez que escucho una de estas conversaciones, se me corta la respiración. Ese niño seguramente piensa que su madre es una pesada, pero yo daría todo lo que tengo, o sea nada, por tener una madre así. La mía apenas repara en mi presencia. No sabe cuándo me voy y tampoco sabe cuándo vuelvo. Seguramente no sabe ni en qué año está.

Y que me jodan si eso no me revienta por dentro.

Que me jodan si la escena que tengo delante de mí no me carcome las entrañas de celos.

Porque sí, lo hace.

Me muerdo los nudillos y me quedo mirando como todos los niños son acompañados por sus padres quien no los pierden de vista hasta que entran en el edificio.

¿Y a mí? ¿Quién me cuida a mí?

Nadie, yo mismo.

Entro en clase con la cabeza baja, las ganas de llorar que tengo son increíbles, pero no lo haré porque no me serviría de nada. Ya he intentado llorar delante de mis padres, que me hagan caso, pero nada sirve. Lo único que sirve es cuando se quedan sin cerveza y me mandan al chino que hay dos calles atrás de mi casa para que compre cervezas de emergencia.

Entonces sí que están pendientes de cuando vuelvo a casa.

Las horas me pasan lentas, parece que las agujas del reloj que cuelga encima de la pizarra se hayan quedado congeladas y hayan decidido no avanzar. Mi estómago no para de rugir y yo creo que de un momento a otro voy a desmayarme.

Cuando suena el timbre que indica que es hora de ir al comedor quiero llorar de alegría. Me da igual lo que haya para comer, necesito ingerir algo.

Entro al comedor corriendo y me pongo a la fila con la bandeja de la comida.

¡Macarrones! ¡Macarrones!

¡Sí!

El segundo plato es algo de color blanco, creo que pescado. No me apasiona, pero estoy muerto de hambre, literalmente. Me siento en una mesa y compañeros de clase empiezan a ocupar los asientos vacantes.

—Oye, te cambio tus macarrones por un plato de pescado.

—No. —gruño.

—Joder, no me gusta el pescado. —sigue quejándose Nico.

No me cae mal, de verdad que no, pero es un jodido malcriado.

—Pues no te lo comas, pero déjame en paz.

—Venga, Eric…

—No.

Se come sus macarrones y yo devoro los míos. Sé que tendría que controlarme porque si no lo vomitaré todo, me ha pasado más de una vez, pero no puedo ir más despacio porque desde ayer al mediodía que no comía nada y estoy famélico. Cuando termino de comer intento quedarme muy quieto en mi asiento, saco mi libreta y me pongo a dibujar.

He intentado muchas veces dibujar cosas que no son personas, objetos e incluso escenarios de fantasía, pero no es lo mío. Quiero decir, si dibujo algo que no sea cuerpos o rostros no es que sea feo el resultado, es simplemente que como no lo he tenido delante de mí, no puedo apreciarlo con toda la integridad y no tiene ese brillo que me sale con los rostros y los cuerpos.

Cuando suena el timbre para volver a clase, empiezo a sentirme muy cansado. La fatiga se apodera de mi cuerpo y, ahora mismo, si mi casa fuera una casa normal, llamaría para que viniera alguien a buscarme y pudiera tirarme en la cama. Pero no es mi caso y lo último que me apetece es ir allí, de modo que me quedo el resto de tarde en clase.

Suena el timbre que indica el fin de las clases y al levantarme mis piernas me hormiguean. No es nada alarmante, pero sí que es raro. El camino a la biblioteca me cuesta el doble de lo normal porque me siento entumecido y tengo mucho frío. Abro las puertas de la biblioteca y la calefacción me calienta la cara en pocos segundos.

Como soy tan pálido, estoy seguro que ahora mismo debo parecer un gnomo con la nariz y la cara roja. Ando hacia el rincón en el que suelo sentarme todos los días y me dejo caer en la silla. El guardia de siempre no está, hay otro chico algo más joven que me mira fijamente. ¿Dónde está el otro? ¿Se encontraba mal ayer?

Ya… No voy a robar nada, solo quiero sentarme aquí calentito.

Saco mi libreta y no sé por qué, empiezo a dibujar unas manos. Las manos dicen mucho de una persona. La chica que se acaba de sentar a mi lado, por ejemplo, debe tener una buena vida, es más, puedo decir que es una pija. Tiene las uñas así como de plástico, sus manos no tienen ni un solo corte y no se muerde las uñas. Lleva una pulsera con un montón de cositas que cuelgan y me juego mi lápiz a que es cara.

Sí, pija.

Las manos que dibujo no se parecen en nada a las de esa chica. Están arrugadas, llenas de cortes, con las uñas roídas y algún que otro nudillo abierto. Manos que han tocado y palpado el sufrimiento. Esa chica lleva una pulsera bonita y cara, pero no puedo ponerles una pulsera a estas manos. No iría acorde, así que… Empiezo a dibujar unas esposas.

Sí, esto pega mucho más.

Suelto el lápiz al notar un pequeño pinchazo en el oído. Es un dolor momentáneo, de modo que cuando se me pasa, sigo dibujando las esposas. Acabo el dibujo y me quedo mirando las manos esclavas que acabo de dibujar, las miro y las contemplo hasta que noto que se me cierran los ojos.

Mierda, debo estar cogiendo la gripe o lo que sea.

—Eh, venga, a dormir a tu casa.

Me despierta el guardia de seguridad nuevo.

La gente que me habla así la odio, le estamparía la cabeza en la mesa y le diría que me hablara bien, que soy una persona, un alguien. Un alguien sin casa, pero un alguien.

Con un suspiro de resignación empiezo a poner todo dentro de mi mochila, la cierro con cuidado y me voy. Total, ya es casi hora de cerrar.

Cuando salgo a la calle la brisa fría me hace temblar y estoy tentando de volver a entrar, pero después será peor porque hará más frío todavía. Emprendo el camino hasta mi casa temblando como una hoja. Cuando llego al portal tengo arcadas, estoy mareado y me veo forzado a subir las escaleras medio apoyado en la barandilla.

Joder, con el asco que me da.

Entro corriendo en casa aguantándome la respiración y tropiezo con algo en el suelo que casi me hace caer. No es un algo, es mi madre, que está tumbada en el suelo con un charco de su propio vómito.

—Déjala ahí, luego la limpiaré. —balbucea mi padre desde el sofá.

Sus balbuceos y su mirada errática me dicen que está colocado. Solo estamos a martes, si van colocados eso quiere decir que la cosa va a peor. Aguantándome las arcadas corro hacia el baño y lo echo todo en la taza del váter. Cuando acabo, como he visto que no había nadie más que mis padres en casa, me ducho y me arrepiento al momento porque sigue sin haber agua caliente.

Sí, Eric, esas manos eran las tuyas, me digo tumbándome en la cama mientras tirito.