Apuesto por lo nuestro

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Summary

«Solo tenemos dos opciones: vivimos de ilusiones o morimos de realidades». Al volver a Seattle, Anne debe enfrentarse a realidad: su padre no es el hombre a quien siempre idealizĂł. Roy huye de la presiĂłn de sus padres. Oculta algo que le arrebatĂł lo que mĂĄs ama. Él le demostrarĂĄ que las apuestas no tiene por quĂ© ser tĂłxicas y serĂĄ su ancla en todo momento. Ella, a pesar de sus inseguridades, le darĂĄ motivos para sentirse especial.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

CapĂ­tulo 1

Anne


Agarro con fuerza la maleta intentando reprimir los nervios que se acumulan cada segundo.

El aeropuerto de Seattle estå repleto de personas. Recorro con la mirada todo el lugar intentando encontrar a mi madre, sin éxito.

Tomo el mĂłvil y llamo una vez mĂĄs.

Uno... Dos... Tres timbres...

—Lo sentimos, no responde.

—Agh, mamá —protesto para mí misma—. No cambias.

Ocupo una de las bancas y me dispongo a observar el gentĂ­o.

Un niño me mira desde el otro extremo mientras lame su paleta de caramelo. Tiene la cara redonda y unos rizos dorados que le caen a cada lado.

La que estĂĄ a su lado parece ser la madre, quien da un respingo cada que estĂĄ por quedarse dormida.

El pequeño me enseña la lengua y lo miro mal.

A unos pocos metros diviso a mamĂĄ caminando en mi direcciĂłn.

Salvado por mi madre, renacuajo.

—Creí que echaría raíces aquí —suelto a modo de queja recibiendo como respuesta un abrazo, que por supuesto correspondo.

—Mi niña... —Siento mi hombro humedecerse—. Te hemos extrañado tanto.

—Yo tambiĂ©n las he extrañado. —SonrĂ­o inhalando su perfume.

Esta sensaciĂłn de calidez no podrĂ­a sentirla con nadie mĂĄs.

—Bueno, basta de estar llorando que ahora estás aquí —alega separándose mientras limpia la humedad que dejaron las lágrimas en su rostro—. Vamos, mamá muere por verte y no quiero encontrar la casa incendiada.

No dudo que sea capaz de hacerlo. Mi abuela Coral es la definiciĂłn de locura, aunque no por ello deja de ser responsable y tomar las riendas cuando la situaciĂłn lo requiere.

—Mírate, eres toda una mujer. —Me repasa con la vista de pies a cabeza, orgullosa.

—¿Por quĂ© te has tardado tanto? —inquiero a sabiendas de que es algo comĂșn en ella.

—EmpecĂ© a alistarme un poco tarde —responde mientras caminamos hacia su auto.

—No sĂ© por quĂ© no me sorprende —admito colocando mi equipaje en el maletero.

Nos mantenemos charlando todo el camino. Me habla de su empleo y cĂłmo la abuela echĂł a su antigua enfermera porque no quiso pagar por un stripper.

Mi abuela y sus cosas.

Me permito admirar los enormes rascacielos caracterĂ­sticos de la ciudad, distintos locales e incluso logro reconocer a alguna que otra persona.

El mismo recorrido de cada año.

[...]

Estacionamos en la orilla de la acera y la casa donde paso cada verano me da la bienvenida. Ahora las paredes son color salmĂłn, como me mostrĂł mamĂĄ en la videollamada que hicimos tres meses atrĂĄs. Subo las escaleras del porche, ese que cuenta tantas cosas que preferirĂ­a no recordar.

—¡Abuela, hemos llegado! —grito adentrándome a la sala seguida por mi madre.

—¡¡Anne!! —chilla levantándose del sofá de golpe. Casi corre para llenarme la cara de besos y pellizcarme las mejillas.

A veces actĂșa como una niña. Otras es mĂĄs similar a una adolescente, sobre todo si ve novelas con actores guapos.

Las arrugas en su rostro son mĂĄs notorias que la Ășltima vez que la vĂ­, sin embargo el brillo en esos orbes verdosos, que heredamos mamĂĄ y yo, sigue intacto.

—Mi zoza perezosa.

Oh no...

ÂĄCreĂ­ que lo habĂ­a olvidado!

—No me llames así abue, no me gusta —objeto inconforme siendo ignorada por completo pues ella se concentra en hacerme mimos.

Unos toques en la puerta captan la atenciĂłn de las tres.

—¿Esperan a alguien? —pregunto a ambas.

—No. De seguro es Mia, la enfermera que cuida de mamĂĄ —informa mi madre—, aunque le dije que se tomara el dĂ­a libre. IrĂ© a ver.

La abuela no deja de darme pellizcos, riendo. A mĂ­, en cambio, no me hace mucha gracia.

Aun asĂ­ no la detengo. Es la compensaciĂłn por pasar tanto tiempo sin visitarla.

En casa debo ocuparme de ayudar a papĂĄ. Si a eso le sumo la universidad, a penas puedo respirar.

—Anne —llama mamá desde la entrada—, tienes visita.

Se me estruja el corazĂłn al verla. No lo pienso dos veces para envolverla en un abrazo que casi la deja sin aire.

Ella no me separa. Me abraza también con mucha mås fuerza.

—Lunita.

—Sol...

Nos alejamos un poco para contemplarnos la una a la otra.

—Te extrañé tanto. —SonrĂ­o con nostalgia.

—Y yo a ti —hace una pausa, como si analizara lo que dirá, entonces habla—: has... cambiado.

Y no es menos cierto. Desde la ruptura de mi Ășltima relaciĂłn decidĂ­ dedicarme a mĂ­.

Me di cuenta de que me había empeñado tanto en cuidar de él y que se sintiera a gusto que olvidé por completo preocuparme por mi bienestar, puesto que por su parte solo recibía indiferencia.

Unirme a un club de lectura fue algo gratificante. EmpleĂ© mis noches en estudiar, escuchar mĂșsica o ver maratones de Friends con papĂĄ.

Él, luego de mucha insistencia, me convenció de optar por nuevos estilos. Ahora el cabello me llega hasta los hombros aunque preferí dejarlo con ese rojo natural.

Convertirme en mi prioridad reconstruyĂł todo lo que creĂ­ acabado.

—Nena, Âżpor quĂ© no van a tu cuarto? —propone mamĂĄ sacĂĄndome de mis pensamientos—. Estoy segura de que tienen mucho por contarse, en un rato les llevarĂ© algo para merendar.

—Claro, vamos Luna. —Tomo del brazo a mi amiga mientras con la mano derecha arrastro la maleta escaleras arriba.

—¿Cuándo te irás? —Me tenso al escucharla.

Sabemos que en algĂșn momento tendrĂ© que volver, pero siempre duele la despedida.

—A finales del próximo mes. —Mi voz sale en un susurro dándole a entender que no me agrada hablar del tema, cosa que respeta.

Nos adentramos a mi habitaciĂłn. Miro cada rincĂłn y decoraciĂłn, los peluches acomodados sobre la cama, el cubrecamas con dibujos de paletas de caramelo, chocolates y bombones.

A cada lado las dos mesitas de noche, una con la lamparita que papå me obsequió en Navidad y la otra con un retrato donde aparecemos mamå, la abuela, y una yo de siete años sonriendo sin los dientes delanteros. El escritorio de madera con mi viejo ordenador estå situado a la derecha, sobre él las fotos con mi mejor amiga adheridas a la pared color lila. Todo es seguido por el closet con las puertas repletas de calcomanías de Boys Before Flower.

A la izquierda el pequeño estante atestado de libros y algunas figuras de acción. Al lado los pósters de One Piece, Sword Art Online, Death Note y algunas bandas de rock, entre ellas My Darkest Days, mi favorita.

MamĂĄ se encargĂł de mantenerlo todo tal y como lo dejaba cada que me marchaba.

Sophie me ayuda a guardar toda la ropa en el closet mientras me cuenta algunas novedades puesto que la universidad no le deja mucho tiempo y pasamos hasta meses sin saber de la otra.

—Sam es un desalmado. ¡Aventó a Pelusa por la ventana!

—Ya, claro —bufo—, ÂżquĂ© hizo ese demonio de patas cortas? Estoy segura de que no la lanzĂł por amor al arte.

—Puede que haya arañado su sillĂłn. —Juguetea con los dedos en su regazo aunque de inmediato vuelve a ponerse a la defensiva—, pero eso no es motivo para hacerle algo asĂ­. Ya verĂĄs, me las va a pagar, y tĂș vas a ayudarme.

—¿Yo? —Quedo atónita al ver como me incluye en su plan de venganza sin siquiera consultarme—. No tengo razón para hacerlo, nunca le he agradado a esa gata y el sentimiento es mutuo.

—Por favor —implora juntando las manos al frente.

—No me vas a convencer Soph, además es el esposo de la mejor amiga de mamá, me metería en un grave problema.

Intento hacerla entrar en razĂłn, pero cuando se le mete algo entre ceja y ceja...

—Y tambiĂ©n el hombre avienta gatos mĂĄs cruel del mundo. —Veo en sus ojos un atisbo de maldad, como si hubiese encontrado algo que cambiarĂ­a el mundo—. ÂżAcaso olvidaste cĂłmo lanzĂł tus patines pĂșrpura al pozo de su jardĂ­n?

—Amaba esos patines...

Fueron un regalo de cumpleaños que me dolió perder.

ÂĄReacciona Anne!

—No me vas a convencer Sophie y será mejor que olvides esa locura. Acabarás en un buen lío.

—Ya lo veremos. —Lanza una mirada macabra, segura de sus palabras.

Dos dĂ­as despuĂ©s, estĂĄbamos fuera de la casa de la mujer que considero una tĂ­a, a punto de jugarle una broma —no muy inocente— a su esposo, y que probablemente significarĂ­a mi pena de muerte.


[...]


Roy


—Vamos primo, no seas aguafiestas. Nunca te pido nada —repite como un papagallo.

—No molestes más, Oscar. —Me giro para seguir viendo el partido.

—Oye, siempre te ayudo con todo. No es justo Roy —se queja recostándose en el umbral de la puerta—. Solo por esta vez.

—¿Si acepto dejarás de joderme la existencia?

—Trato.

—Vale, ahora dĂ©jame en paz. Quiero ver mi partido —espeto—. Ah, espera un segundo. Cuando eso explote a mĂ­ no me metas —aclaro.

—Dalo por hecho.


♡