Capítulo 1
El viento soplaba fuerte e hizo cerrar al señor Jones las ventanas. Se acomodó con cierto regocijo y empezó a conversar con su hijo.
—¿Martin, todo bien ahí atrás?
—Sí, los asientos son muy cómodos.
—Le dije a tu madre que este estaría bien, lo sabía. Dijo, dando un salto en su asiento.
El señor Jones bajó la velocidad mientras se acercaba a una casa blanca de un solo piso, pero muy extensa en cuanto a tierra. Más allá se podían divisar unas casas muy parecidas, cubiertas de nieve desde el techo hasta la entrada, lo mismo en su casa y claro, también a esa pequeña iglesia en los límites de la carretera.
Su papá lo dejó en la entrada de su casa, sonrió, le hizo un gesto y pisando el acelerador se alejó. Martin entró a casa apenas vio al carro doblar en la esquina.
—¡Llegaste! Te estaba esperando. Ve a cambiarte rápido. Oh, no, no me mires así, vamos, vamos.
Una vez listo, Martin se encontró luego con su mamá en el salón. Ella estaba sentada en el sofá nuevo, tomando café mientras revisaba, como le era costumbre, sus redes sociales. Fue por exactamente eso que ignoró que el café estaba rebosando. Al verla de esa manera, ralentizó sus pasos mientras se ponía un abrigo verde. Su mamá y él cruzaron miradas el uno con el otro y como si de telepatía se tratara, ella se puso de pie mientras resoplaba y se dirigió a la puerta, con Martin tras de ella.
Mientras caminaban por la acera, Martin estaba mirando hacia la acera paralela. Revisando las casas de sus vecinos. Su madre, muy diferente en cuanto a carácter, parecía estar más ocupada evitando hundirse en la nieve. Hasta que finalmente dijo:
—A ver, Martin, ¿Sabes a dónde vamos?—Le mencionó sin mirarlo a los ojos.
Martin se limitó a asentir con la cabeza, pero seguía mirando hacia la otra acera, como si estuviera buscando algo. La señora Jones también asintió en busca de una respuesta, sin embargo esta nunca le fue presentada.
—Este lugar está oscuro, Dios mío.— La mujer le dio una mirada introspectiva.
—¿Viniste ayer, cierto?
—Pero qué preguntas haces a veces. Claro que vine, pero ayer no se veía tan oscuro, probablemente se veía más iluminado ayer porque vine con la señora Brown—Después de una pausa para pensar un poco más sus palabras, por lo visto, encontró otra razón.—O podría ser porque ayer fue domingo. Pero me parece extraño que no haya nadie.
Martin respondió con cierta indiferencia:
—Nadie viene a la iglesia los lunes. ¿O lo hacen? — Él alzó la mirada hacia su madre.
—Bueno—dijo, echando un último vistazo.—La señora Brown parece no estar aquí, creo que iré a visitarla. ¿Te quedarás aquí, te irás a casa… o vendrás conmigo?
Dijo esto último de forma tan desenfadada que Martin le respondió de inmediato.
—Está bien, solo ten cuidado y vuelve a casa antes de la cena; Hoy comeremos estofado!
Ella salió por la gran puerta.
—Claro—Susurró.
Unos ruidos hicieron que él se sentara, los ruidos hicieron que no pudiera conciliar el sueño, y finalmente, los ruidos hicieron que se pusiera de pie y preguntara vociferando:
—¿Quién está ahí?
Un sonido de maderas chocando entre sí y un ataque inútil de palabras llenaban la pequeña iglesia. Él caminaba cada vez más lento pero aún con cierta fuerza, poco a poco se acostumbraba a las sombras y miraba más allá de la corona de la estatua. Un pequeño muñeco de felpa sucio y con frío se dejaba ver, sentado en uno de los escalones; Él dirigió su mirada hacia la derecha, y con escalofrío preguntó:
— ¿Quién eres? No vives aquí. Responde.
Ella soltó al rey, dejándolo caer al suelo. Sus ojos se agrandaron y su piel no obstruía la vista de la iglesia. Ella saltó hacia él y empezó a dar vueltas alrededor de Martin, mientras este se quedaba quieto.
— Mmm, no pareces un buen jugador, es una pena.
Él empezó a correr hasta que la voz aguda de la niña lo llamó
— Pero aún así, me gustaría hablar con alguien, no te preocupes por tus habilidades en el ajedrez, yo te puedo enseñar— Señaló su cabeza e intentando no atravesarse la cabeza con la mano le dijo— Soy muy inteligente. Vamos, quédate.
Él se volvió hacia ella y le preguntó, aún con miedo pero sin perder la cortesía: algo muy propio de él.
— ¿Eres un fantasma, verdad?¿Como en las películas, verdad?
Ella frunció el ceño, y se tomó su tiempo en responder mientras ordenaba las piezas y sacaba al peluche de felpa de su lado.
— No sé de qué estás hablando, pero responderé con un no. Las películas son muy aburridas, es decir, no puedo creer que un hombre pueda volar.
Esta vez él frunció el ceño y le explicó que eran efectos especiales y que naturalmente, no era real.
— Ellas creen que pueden, pero no se ve real, incluso los trajes que utilizan se ven falsos.
Él estuvo en desacuerdo, los trajes eran reales. Se desentendieron y estando a punto de pelear le preguntó:
— Un momento— Revisó la “vestimenta” del fantasma, e ignorando el hecho que estaba hablando tan placenteramente con ella la interrogó, específicamente sobre el año.
— Estamos en 1959.
Él lo entendió, y con miedo de asustarla sobre el año o detalles históricos, solo asintió
— ¿Tú, has estado viendo cómo cambió allá afuera?
— No puedo salir de este lugar, sin importar cuánto intente, así que decidí jugar aquí— Se puso de pie y caminó hacia la parte trasera del lugar oscuro, invitando a Martin a seguirla. Él lo hizo, llegaron a un pequeño sótano bajando las escaleras.
— Tienes tu propio escondite aquí.— Alabó, y también pareciendo envidiar el lugar secreto de la niña. Sus ojos estaban brillando con curiosidad.
— No es para tanto.
El cuarto estaba lleno de peluches como el que Martin había visto antes. Había de muchos colores distintos, desde un peluche amarillo hasta uno más rosado. Sin embargo, lo que más le llamaba la atención era la puerta al fondo del sótano. La puerta era blanca como la nieve y era el único lugar donde el polvo no llegaba.
— ¿Cuál es tu nombre?— Fue casi por instinto. — No me lo has dicho.
Ella lo ignoró y deslizó un ajedrez entre ellos.
— Soy un fantasma. ¿Realmente importa algo como mi nombre? — Tomó las piezas y las acomodó en su lugar. Sostuvo su falda y se sentó en una de las sillas, aunque en realidad, estaba flotando. — Deja de dar vueltas por ahí, apresúrate.
Martin se detuvo y fue a sentarse. No sabía jugar ajedrez, menos en este modelo antiguo. El cual parecía estar tallado a mano. La única vez que jugó ajedrez fue a través de una pantalla.
El niño estaba enrojeciendo de vergüenza, la niña que debía tener 2 años menos que él seguía mirándolo fijamente. De repente, Martin sintió que los ojos de los muñecos soltaban un destello ominoso. Parecían tener vida propia. Tenía que cambiar de tema cuanto antes:
—¿Esa es la puerta de tu cuarto?
La niña se congeló. Al igual que a los muñecos, sus ojos empezaron a brillar, como si la luna la hubiera tomado de inspiración cada noche. Incluso su sonrisa pícara se apagó. Aunque la habitación tras la puerta, era una habitación común, para la niña parecía tener otro significado. Su cabello se encrespó antes de responder:
—No solo fue mi cuarto. —El chico humano no debía saber la verdad. — Hubo muchos conmigo aquí. Pero ahora están mejor… al menos juegan conmigo todo el tiempo.
El sótano pareció vibrar con las palabras de la niña.
—Ah, claro. Lamento haber preguntado. Eh, lo lamento por tus amigos. Me retiraré.
—¡No, por favor, no! Quédate conmigo un poco más.— Ella temblaba.— Juega conmigo un poco más.
Martin dudó. Ella lo convenció diciendo que le dejaría saber qué había detrás de la puerta si jugaba más. Martin aceptó.
Así, Martin siguió acudiendo a la iglesia para visitar a su única amiga en todo el pueblo. Pasaron años, e incluso la visitó cuando fue su cumpleaños. Quizá el único lunes donde faltó fue cuando enfermó. Sin embargo, Martin se estaba volviendo mayor. Tenía nuevas amistades, nuevos hobbies, e incluso algunos miembros de la familia nuevos. Lo que nunca evitó que pasara de visita por una partida de ajedrez.
La niña, en cambio, no cambió en esos años. El vestido blanco que le llegaba hasta debajo de las rodillas se mantuvo igual, el sótano se mantuvo sin descubrir, y ella aún no le mostraba qué había detrás de la puerta. Su pícara sonrisa le dio la bienvenida.
— ¿Hace cuánto nos conocemos, Martin?
—Hace ya mucho.
—Y sigues perdiendo en el ajedrez.
—Tonterías. ¡Tú eres la que sigue haciendo trampa!
Él suspiró y se mantuvo en silencio. Ella lo miró de reojo y flotó a su alrededor esperando su respuesta, pero nada.
—Martin, dímelo de una vez. —Él se volvió hacia ella para prestarle mayor atención. —Te vas, ¿no es así? Entonces, déjame pedirte un último favor.
Martin asintió.
—Yo...— Tomó un sorbo de aire, mientras veía a Martin volviéndose pálido y pudiendo ver como su mundo se oscurecía a través de sus ojos agonizantes— …quiero que te quedes a jugar.
Y él, arrastrándose hacia la puerta pudo ver como los muñecos lloraban, hasta que su mundo se apagó por completo, y sin darse cuenta, se volvió un muñeco blanco de felpa.
En sus últimos momentos, recordó la puerta blanca. Desde su forma de peluche, se intentó mover a ella. Pero lo detuvo una patada de la niña, que con sus manos pequeñas cargaba el cuerpo humano de Martin hacia la puerta marfil. Cuando ella la abrió, entendió todo, los cadáveres se amontonaban en la habitación. Habían desde adultos hasta niños más pequeños que ella. Algunos vestían ropas contemporáneas y otros más antiguos.
Entonces “Martin” se volvió hacia los muñecos de felpa, y entendió finalmente que la razón por la que sus ojos brillaban, era porque lloraban. Los muñecos siempre lloraban.