La Enramada

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Summary

¿La realidad es aquello que se nos muestra? o es un constructo creado por nuestra mente colectiva para protegernos de lo que existe fuera de nuestra percepción. Esta obra es una colección de cuentos sobre aquellos desafortunados quienes tuvieron contacto con el otro lado de la realidad conocida como La Enramada

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Hacia la Nada

Después de luchar por mucho tiempo en la universidad, los trabajos, exámenes y proyectos que me quitaban horas de sueño, al fin logré titularme de la carrera de ingeniería civil de la Universidad Mayor de San Andrés. No negaré que el camino estuvo lleno de dificultades. Casi mando al diablo la carrera en múltiples ocasiones y por diversos motivos. Sin embargo, algo que siempre me caracterizó, fue el dar todo de mí para conseguir mis metas.

Una vez obtenido el título, pude conseguir un puesto en el teleférico de la estación amarilla en la ciudad de La Paz, gracias a la ayuda de mi primo Alfonso que ya trabajaba allí.

Desde que se empezaron los trabajos de construcción de la primera línea, la línea roja, siempre me había llamado la atención el funcionamiento de ese colosal medio de transporte. Me parecía la manera más cómoda de realizar un viaje sorteando los terribles embotellamientos que atormentan a nuestra ciudad día tras día. A pesar que en un principio me daba algo de aprehensión debido a la altura a la cual se mantenía suspendido, en lo personal era el transporte ideal. Nada se comparaba a la compleja maquinaria que poseía para su funcionamiento. Era una obra de arte de la física, desde mi punto de vista.

Mi rutina se limitaba a colocarme el equipo apropiado para revisar que toda la maquinaria funcionara bien. En algunos casos, también bajaba a la sala de monitoreo para revisar que todos los dispositivos estuvieran funcionando correctamente. Aunque no lo pareciera, trabajar allí era agotador, sobre todo los turnos extras en la estación de monitoreo. En más de una oportunidad tuvimos que trabajar hasta altas horas de la noche o hasta el amanecer.

Sin embargo, era una labor gratificante. La hermosa vista que te brindaban las cabinas era majestuosa e inenarrable, sobre todo cuando la oscuridad del ocaso devoraba la ciudad lentamente. Conforme las luces se encendían, parecía que Dios prendía, una a una, un centenar de velas. Era la mejor parte de mi trabajo.

Lamentablemente, en todo trabajo existe algo malo. Este no sería la excepción. Esa parte negativa estaba encarnada en una persona que se llamaba Jorge, un ricachón de la zona sur de la ciudad. Él se creía el mejor del mundo por el simple hecho de ser el hijo mimado de un ministro. Cada vez que llegaba a mi estación me ponía de mal humor. La manera de mirar a los demás, como si fuésemos insectos, hacía que mi sangre hirviera. Su sola presencia hacía que se me revolvieran las tripas.

Incluso, en una oportunidad, tuvimos que detener una de las líneas porqué el infeliz se había balanceado malintencionadamente dentro de su cabina, haciendo que se activase el sistema de seguridad. Lo acompañaban dos mujeres y un anciano. Por el transmisor de la cabina, una de las mujeres estaba pidiendo ayuda, ya que la impresión había hecho que la persona de la tercera edad se sintiera muy mal.

Cuando llegaron a una de las estaciones el equipo médico ya los estaba esperando. Tardaron mucho en llegar, ya que el sistema hizo que las cabinas se movieran lentamente para evitar algún fallo peligroso para sus ocupantes. Al revisar al anciano, descubrieron que tenía una taquicardia muy fuerte, por lo que lo trasladaron rápidamente hacia el hospital más cercano.

En esa oportunidad estuve por ponerlo en su lugar ya que él solamente se reía a carcajadas. Todos reclamaron por dejar entrar a esa clase de personas al transporte. Debo reconocer que en ese momento intentaron calmar las cosas, tanto los directivos como los guardias. Esto no le pareció muy agradable. Incluso yo estaba haciendo pedidos para que no regresara nunca más.

Lastimosamente, solo logramos implementar un sistema de cámaras de vigilancia en las cabinas. Las personas que infringieran nuestras reglas serían sancionadas. Una sanción económica amedrentaría a algunos, pero no a Jorge, tal como lo demostró en múltiples oportunidades. Balanceó una cabina nuevamente, por fortuna no había nadie en esa oportunidad, pintó sobre las ventanas e incluso, en una ocasión, se las arregló para romper el seguro de la puerta automática y abrir la puerta de par en par. Cabe destacar que esto último no salió barato para la empresa.

Algunos empleados del teleférico intentaron frenar sus actos tomando acciones legales. Muy pronto me enteré de que esas personas fueron despedidas bajo cargos falsos. Por ejemplo, a Rosario, una amiga mía, la despidieron después de encontrar pruebas de que bebía y se drogaba durante el trabajo. Por supuesto las acusaciones eran falsas. Yo la conocía hacía mucho y ella no hacía nada de lo que aseguraban. Ahora, por el capricho de una persona, ella estaba bajo investigación policiaca. Deseé que no pasara a mayores.

Luego fue Pablo quien intentó detener el ingreso de Jorge a la línea del teleférico y, más aún, le propinó un fuerte golpe en la cara a ese miserable. Al día siguiente supe que Pablo estaba en el hospital en estado crítico. Un grupo de maleantes lo había asaltado en las puertas de su casa y lo habían golpeado hasta casi matarlo. Tenía una esposa y dos hijos. El pronóstico fue que, si lograba recuperarse, no podría volver a caminar.

Los letreros de las cámaras de seguridad se extendían por casi toda la estación. Pero después de lo de Pablo dudaba mucho que alguien quisiera hacer algo en contra de Jorge. Al menos los agresores de poca monta se intimidaron al saber sobre las cámaras en las cabinas. Para sorpresa mía, durante un tiempo el tipo no apareció. Eso me alegró mucho y relajó el ambiente en general.

Lastimosamente, la alegría fue breve. Un par de semanas después, regresó con su conducta habitual. Esta vez, las cámaras empezaron a ser su objeto de diversión. Empezó a dañarlas, junto con los asientos y se sacaba selfies con los pedazos que arrancaba de las cabinas.

No recuerdo exactamente cuando mi aversión hacia esa persona se había transformado en odio. Mis nervios ya no aguantaban. Cada vez que lo veía mi rencor hacia él aumentaba cuando se salía con la suya. Así fue que pedí que me trasladaran hasta la línea roja. Ya me había acostumbrado a la rutina en la anterior línea del teleférico, pero al menos estaba lejos de la zona sur. Lo que significaba que no tendría que tratar con él.

Pero a pesar de todo, mi mente siempre se dirigía hacia ese infeliz. Me preguntaba qué es lo que estaba haciendo, si seguiría lastimando a las personas o simplemente dañando todo lo que encontraba a su paso.

Tras eso, tuve un par de meses de tranquilidad. Hacía mi trabajo eficientemente y sentía renacer en mí esa sensación que había desaparecido completamente desde que ese sujeto se había cruzado en mi camino. Recibí buenas noticias. Pablo había salido del hospital y había un buen pronóstico sobre su salud. Esto hizo que me esforzara aún más por seguir adelante. Hasta aquella noche.

Era día de fiesta en la ciudad. Muchas personas se habían vestido para celebrar el carnaval. Podía ver los fuegos artificiales desde mi estación. Sin embargo, el ambiente lleno de vida de las calles de la ciudad de La Paz contrastaba con el paisaje que el cementerio brindaba al otro lado de la estación. Era una noche fría, a pesar de todo.

Pasada la media noche lo vi. Ese imbécil había regresado para atormentarme una vez más. Bajó de una de las cabinas junto con una muchacha muy joven, parecía ser una colegiala, de lentes y cabello negro ondulado. Parecía estar un poco alcoholizado. Al salir de la cabina se acercaron hasta la estación de monitoreo, donde estaba trabajando en ese momento, y él intentó besarla a la fuerza. La joven se resistió, primeramente, con suavidad, pero al ver su insistencia, gritó y usó todas sus fuerzas para separarse de él. Éste no lo toleró y la abofeteó con tanta fuerza que sus lentes se partieron producto del impacto. El plástico roto le había cortado el párpado a la joven. Pronto un guardia se acercó para detenerlo, pero, al reconocerlo, se desvió hacia una de las cabinas.

La pobre muchacha no paraba de llorar. Se cubría el rostro y sus lágrimas se mezclaban con la sangre que se deslizaba por uno de sus ojos. La intentó levantar, pero ella lo apartó dando manotazos. Inmediatamente, él cerró su puño e intentó propinarle un golpe.

Ver eso detonó una reacción en mí. Lo poco que recuerdo fue salir corriendo de la estación de monitoreo, saltarle por la espalda como un lince y golpearlo con todas mis fuerzas. Todas las personas allí se habían quedado impactadas por mi reacción, pero yo no me detenía. Arremetía contra él con todas las fuerzas que mis músculos me lo permitían. Ahora, aquí sentado, puedo decir que no salí en plan de héroe en brillante armadura para salvar una damisela. Nada más lejano de la realidad. Salí para reventarle su estúpida cara.

Cada golpe que impactaba en su rostro me transmitía una sensación de satisfacción que jamás podría describir. Me era tan placentero empezar a sentir como se rompían sus huesos de la cara, ¿o habrán sido los míos? Al menos sabía con toda seguridad como los huesos de sus pómulos cedían ante la fuerza de mis nudillos, al igual que sentí como sus músculos se aplastaban y reventaban bajo la fuerza de mi ira. Una ira justa, creo yo. Deseaba abrir su cabeza como una cáscara de huevo, disfrutar como su vida se apagaba mientras sus sesos se desparramaban en el suelo. No me detendría hasta hacerlo.

A partir de ese instante no recuerdo mucho más. Tengo un vago recuerdo de que me sujetaron los brazos y me arrastraron lejos del infeliz, mientras le gritaba improperios. Se sostenía la deformada cara y parecía que me insultaba, pero sus palabras eran apenas audibles y mi mente no lograba captarlas. Solo había ira.

Desperté en mi cama con un fuerte dolor en las manos, lucían muy hinchadas. No sabía cómo había llegado a mi casa. Poco a poco las cosas se aclararon, en especial esa ira psicopática que me invadió. Tenía un mal presentimiento, consecuencia de mis actos.

Esa sensación fue confirmada en cuanto llegué al trabajo. Sobre mi casillero había una nota pegada, un memorándum de despido. Ese sería el último día en el que trabajaría en aquel lugar. Me senté en la primera silla que encontré y una sensación de abatimiento me invadió. Dentro de mi mente zumbaban una y otra vez toda clase de insultos dedicados a él.

Para mi fortuna, nadie quería hablar conmigo, no los culpo. Yo tampoco quería sentir su compasión. Presentía que el despido sería lo menos que me esperaría en los próximos días. Después de realizar mi trabajo por alrededor de una hora, me entregaron un citatorio. Me acusaban de agresión injustificada. Solo por golpear a alguien que se lo merecía ahora perdería todo. ¿Así funcionan las sociedades en el mundo?

Ya cuando el sol se estaba ocultando, el sonido de una ventana siendo golpeada suavemente me sacó de mi estado de fuga. Me había quedado mirando como los números de control subían y bajaban sin pensar realmente.

Al mirar por la ventana pude ver a Jorge. Estaba parado allí, mirándome con media sonrisa burlona. Tenía un vendaje que cubría parte de su rostro. Vestía una chaqueta y pantalones de mezclilla que se combinaban con una polera blanca. Usaba una gorra con el símbolo anarquista dibujado. Pegó un chicle en la ventana con todas sus fuerzas y se subió a la cabina que lo llevaría hasta el centro de la ciudad. Sólo una mujer se subió con él. Me llamó la atención. Vestía un traje completamente negro, parecía de luto. Usaba un sombrero pequeño con un velo que le cubría su rostro en su totalidad, pero se acercaba de tanto en tanto un pañuelo, como si se secara las lágrimas. Pobre mujer, no sabía con quién compartiría la cabina.

Ya estaba por irme, pero el teléfono de la estación sonó. Era Manuel, otro de los empleados del teleférico, su llamada me sorprendió. Me suplicó que lo cubriera en el turno nocturno en la siguiente estación. Acepté de mala gana. Después de todo este sería mi último día de trabajo y debía aprovecharlo lo más posible.

Mi reemplazo llegó y, sin intercambiar palabras o algún gesto, hicimos el cambio de turno. Inmediatamente, tomé la cabina para bajar a la estación hacia donde, momentos antes, el imbécil ricachón se había dirigido. Pude ver el cementerio oscuro ser lentamente opacado por el brillo de la calle conforme llegaba a la estación central.

Al llegar allí, Manuel me recibió dándome las gracias. No paraba de decir que le salvaba la vida ya que se le presentaron asuntos urgentes que debía atender. Seguramente su novia le dijo que estaba sola en casa, como si no lo conociera.

Movido por algo, que en aquel momento no comprendí, se me ocurrió preguntarle si ese tal Jorge no le había ocasionado problemas. Su respuesta me dejó completamente confundido. “No lo he visto en todo el día, tuve suerte”, me respondió. Le pregunté si se había movido de la estación en algún momento y él negó con la cabeza. Me miró con preocupación por mi reacción a su respuesta. Le dije que todo andaba bien y que no se preocupara, una mentira total. De no ser por las prisas que llevaba probablemente lo hubiera interrogado hasta saber de él, estaba seguro que debía bajarse en esa estación y debió verlo.

Mientras la noche avanzaba, me preocupó el hecho de que ese tipo hubiera podido esconderse en la estación en un descuido. En cualquier momento podría arruinar el mecanismo completo. No pude controlar mi ansiedad y se lo informé al guardia quien me miró con recelo. Su sentido común pudo más que él, y revisó cada palmo de la estación junto con los demás guardias, pero no encontraron nada. Mi mente se estaba llenando de paranoia, revisaba cada una de las cabinas que se detenían para verificar que no se ocultaba en ninguna parte. También les informé a las demás estaciones sobre la situación, si me creyeron o no me traía sin cuidado. No hubo nada.

Al terminar la jornada laboral me dirigí a revisar las cámaras de seguridad intentando saber qué fue lo que le ocurrió. La búsqueda fue infructuosa. Revisé cada registro del día sin encontrar nada. Pude ver cuando se acercó a mi estación y luego subió a una cabina junto con la mujer de negro, pero no pude encontrar la grabación de esa cabina. Seguí buscando para intentar descifrar sus planes, nada. Volví a revisar los registros para ver si me había saltado algo sin resultado.

Cuando ya me daba por vencido finalmente lo vi. Un archivo de video que tenía mi nombre escrito. Lo abrí sin que nadie me viera, era extraño. ¿Sería algún mensaje de Manuel o incluso de Jorge? Nada en este mundo me hubiera preparado para afrontar lo que me esperaba en aquel video.

El video mostraba una cabina sin número, tampoco aparecía el número de la cabina en el registro del video. Tras percatarme de esos detalles vi a ese tipo entrar y, tras él, la mujer de negro. Solo en ese momento caí en cuenta de su vestimenta, no era ropa moderna, sino una ropa muy antigua. Parecía pertenecer a las personas de clase alta de la ciudad hace muchos años atrás. Tenía todo su cuerpo cubierto, usaba guantes con volados, además del sombrero y el velo que la cubría. El pañuelo que llevaba a su rostro de tanto en tanto para limpiarse las lágrimas se movía de una manera extraña. Ese tipo no paraba de verla, se burlaba de su ropa y la llamó vieja numerosas veces. Pero ella no parecía prestarle la más mínima atención.

Durante mucho tiempo no intercambiaron más palabras, tal vez... demasiado tiempo. Pude fijarme en las ventanas de la cabina y vi que estaba envuelta en una niebla muy densa. Normalmente el transcurso entre estaciones es de veinte minutos, pero ya llevaban cerca de cuarenta minutos en esa cabina y no parecía que llegarían a alguna estación pronto.

El imbécil empezó a impacientarse, colocó sus manos alrededor de sus ojos y los apoyó en el cristal de la cabina. Al parecer intentaba ver donde se encontraban. Me percaté que tampoco la cabina se sacudía cuando deberían haber pasado por las torres donde se sostenían los cables.

Tardó en darse cuenta de lo que ocurría. Parecía que la cabina flotaba en un mar de una densa niebla salida de la nada. Empezó a golpear las ventanas, incluso quiso utilizar el mismo truco que había usado antes para abrir la puerta, lo único que consiguió fue que su navaja se rompiera. Comenzó a presionar el botón del transmisor de la cabina sin respuesta. Luego se dirigió hacia la cámara intentando pedir ayuda. Todo eso fue, para mí, un espectáculo sublime. “Ahora tienes tu merecido, grandísimo desgraciado”, fue el pensamiento que surcó mi mente.

Preso de la desesperación, intentó abrir las puertas de la cabina con sus propias manos sin éxito alguno, lastimándose los dedos. Se agarró con fuerza la mano y parecía que en cualquier momento se pondría a llorar. Se podía sentir su miedo, casi hasta saborearlo. Fruto de tal desesperación empezó a sacudir a la dama de negro y, al verla tan indiferente, levantó su mano contra ella. Pude escuchar el sonido de huesos quebrándose. El muy desgraciado le había roto la mandíbula... o eso creí.

Noté la sangre salir de la boca de la dama de negro, pero era demasiado para el daño que le pudo haber ocasionado. Inmediatamente, dirigí mi mirada hacia él y entonces me di cuenta de que se sostenía la mano gritando hacia la cámara. Su mano había desaparecido, arrancada de cuajo. Se encontraba a los pies de la muchacha, convulsionando con las últimas señales de su sistema nervioso. Entonces, la joven se quitó el velo mostrando un rostro completamente plagado de dientes filosos, restos de carne y piel colgaban de algunos de ellos. Sus dientes parecían una moledora que tragaba todo lo que se acercara a su cabeza.

Él estaba completamente pálido. Al igual que yo probablemente. Gritó con fuerza mientras ese ser se acercaba hacia él. La imagen se cortó, pero de alguna manera podía escuchar sus gritos mientras era devorado por esa cosa. Una sonrisa se esbozó en mi rostro. Mi corazón estaba lleno de alegría al ver cuánto sufría, cuanto estaba pagando ese desgraciado. Estaba emocionado.

De repente, y por sí solas, las cabinas empezaron a funcionar en la estación. A lo lejos, pude ver como una sola cabina se acercaba lentamente hacia la estación. Era la cabina sin número.

Fue entonces cuando finalmente pude recordarlo todo. Después de que, literalmente, me arrojaron fuera de la estación, golpee con mis puños el muro de concreto mientras el dolor me recorría el cuerpo. Nuevamente él se saldría con la suya y más personas pagarían. Deseaba verlo muerto y ver su podrido cadáver para que no pueda realizar más daño a quienes lo rodeaban.

Mi cabeza seguía apoyada en la pared, cuando escuché la voz dulce de una mujer. “¿Ese es tu deseo de corazón?“. “Sí“, respondí sin mirarla. “Tal acto requiere un precio, un precio tan grande como el acto”. “No importa, lo pagaré con gusto mientras él reciba lo que merece”. “De acuerdo”.

Cuando me di cuenta de todo, me giré y no había nadie a mí alrededor, sólo el sonido del viento que arrastraba algo de basura y hojas.

Cuando llegó la cabina pude sentir el fuerte olor a sangre manando desde su interior, cuando las puertas se abrieron pude apreciar un escenario dantesco, todo estaba lleno de vísceras, carne y algunos órganos que no pude identificar. En el piso yacían un velo negro y una gorra con el símbolo anarquista. Ambas estaban empapadas de sangre. Silenciosos testigos de lo que había ocurrido allí.

“Ahora te toca pagar”. Escuché la voz dulce, cuasi angelical, de la dama de negro. Me empujó suavemente al interior de la cabina y no me resistí. Ahora la cabina está en marcha y estoy narrando esta historia. Me encuentro solo en el interior de la cabina con ambas cosas en mis pies. Siento como si la dama de negro estuviera sentada frente a mi escuchando todo mi relato. Puedo ver por última vez el paisaje de la ciudad que me había cautivado desde un principio. Veo también, a lo lejos, el denso banco de niebla que me consumirá junto con la cabina, en donde sentiré el frio y metálico abrazo de la dama de negro. Mi vida cae como una pluma arrastrada en el viento, mientras la cabina me lleva hacia la nada.