"Luna Negra: Encadenados por la Magia"

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Summary

En un mundo donde la magia y lo sobrenatural existen en todas sus formas, todo lo que puedas imaginar cobra vida: sirenas, vampiros, licántropos, hadas, brujas, ángeles, demonios y más. Sin embargo, la armonía entre estas razas está a punto de romperse. Un grupo de héroes inesperados se encuentra en el centro de una tormenta que podría cambiarlo todo. Una antigua leyenda, considerada un mito, se ha hecho realidad, una amenaza con un único propósito claro y devastador: la extinción del mundo mágico y todo lo que representa. No permitirá que nada ni nadie se interponga en su camino. Nuestros héroes deberán enfrentarse a sus propios miedos, redescubrir su verdadero potencial, quienes son realmente, y decidir hasta dónde están dispuestos a llegar para proteger su mundo. El tiempo se agota y la línea entre la supervivencia y la extinción se vuelve más delgada con cada paso. Cuando el mundo sobrenatural está al borde del abismo, ¿quiénes serán los que se atrevan a salvarlo? © 2023 MelLuna. Todos los derechos reservados. Esta obra es original y pertenece a su autora. Queda prohibida su reproducción, copia o adaptación total o parcial sin autorización expresa. Se conservan pruebas de autoría.

Genre
Fantasy
Author
MelLuna
Status
Complete
Chapters
41
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

"El inicio"


© 2023 MelLuna. Todos los derechos reservados. Esta obra es original y pertenece a su autora. Queda prohibida su reproducción, copia o adaptación total o parcial sin autorización expresa. Se conservan pruebas de autoría.

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La luna, rodeada de una aureola negra, iluminaba con un resplandor cegador. Su brillo, peculiar esa noche, tenía un significado mucho más grande de lo que cualquier mente podía comprender. La luz incidía sobre las antiguas paredes del templo, destacando un hombre envuelto en una capa que le cubría de pies a cabeza. Este se dirigía hacia un altar bajo la luz de la majestuosa luna.


En la pared del templo, una figura masculina estaba tallada en una pose de supremacía, con un pie delante del otro y los brazos extendidos, desde los cuales emanaba magia. Sus ojos, con iris adornados con tres círculos de colores indefinidos, observaban enigmáticamente. Todo alrededor de la figura estaba en ruinas, lleno de escombros y figuras pequeñas arrodilladas ante ella. El hombre de la capa se arrodilló y levantó sus manos en señal de reverencia.


— Finalmente has nacido, mi señor. El tiempo ha llegado. Desde hoy, el mundo cambiará para siempre; todo lo que conocemos se extinguirá. El mundo arderá ante ti y hará tu voluntad.


Izan, el único, el excepcional, el que ha venido a juzgar, el fuerte, el poderoso, un ser brillante sin igual.


¡Es tu deber limpiar y restaurar este mundo, es tu destino, es lo que eres!


¡El inicio del fin ha comenzado!




¡Diecisiete años después!




¡Feliz cumpleaños, Mel!


La fiesta estaba en pleno apogeo: globos en tonos rojizos y dorados flotaban en el aire, mientras que adornos festivos cubrían las paredes y mesas. Una gran torta con el número dieciséis en la cima reposaba en el centro de la mesa principal. Mel, con una sonrisa radiante, sopló la vela, y un estallido de aplausos y risas se alzó en el aire.


Entre los invitados, se destacaban tres amigas cercanas. Antonella, con su cabello negro azabache recogido en un elegante moño y sus ojos grises brillando con complicidad, se acercó a Mel.


— La fiesta está resultando perfecta, ¿verdad, Mel? — preguntó con una sonrisa.


Mel, con el cabello dorado claro recogido en un peinado elegante y un vestido rojo que llegaba justo por encima de las rodillas, asintió alegremente.


— Maravillosa, Anto.


Tania, otra amiga de Mel, tenía el cabello castaño oscuro lacio y unos ojos marrones claros que brillaban con entusiasmo. Ella se acercó al grupo, luciendo contenta con el trabajo realizado en la decoración.


— Justo como la habíamos planeado — agregó Tania, con una sonrisa satisfecha.


— Jennifer hizo un excelente trabajo diseñando tu vestido de dieciséis años; tiene un futuro prometedor en la moda — comentó Antonella, refiriéndose a la diseñadora, quien había creado el vestido con gran cuidado.


— Y fue un excelente regalo de cumpleaños, ¿verdad? — añadió Mel con entusiasmo.


— Jennifer también te peinó, ¿no? — preguntó Tania.


— Así es, ella se ofreció. Creo que, de cierta forma, probó sus habilidades en mí, y la verdad es que son excelentes.


Antonella y Tania se intercambiaron una mirada cómplice. Mel, intrigada, frunció el ceño.


— ¿Qué están planeando ustedes?


Antonella sacó una pequeña caja de su saco de vestir. La caja, envuelta en papel brillante, se la entregó a Mel.


— Aún no te he dado mi regalo, Mel. Me sorprende que no me hayas cuestionado.


Mel tomó la caja con curiosidad y la abrió para encontrar un anillo plateado con una M grabada en su centro y una piedra rosa. La joya era deslumbrante.


— ¡Guau, es precioso! Gracias, Anto… — comenzó a decir, pero fue interrumpida por Tania.


— Oye, no te olvides de mi regalo — dijo mientras le extendía una pequeña bolsa de regalo. Mel la abrió y encontró un collar con un dije en forma de llave, adornado con muchas llaves pequeñitas a lo largo de la cadena. Era un diseño encantador.


— ¡Es el collar que quería comprarme! Gracias, chicas — exclamó Mel con entusiasmo, abrazándolas con afecto. Las amigas la abrazaron de vuelta, compartiendo el momento de alegría.


Fueron interrumpidas por el timbre, y Mel, con un sobresalto, se separó rápidamente de la conversación. Su corazón latía más rápido de lo normal, ya que estaba esperando a una persona muy especial. No quería que nadie más abriera la puerta, pues ese invitado había tenido inconvenientes para llegar temprano, y finalmente estaba ahí.


Mel cruzó el pasillo a toda prisa, casi tropezando con una silla, y llegó a la puerta con una sonrisa contenida por la emoción. Al abrirla, sus ojos se encontraron con algo que no esperaba: una caja violeta, inmensa, casi tan alta y ancha como la puerta misma. Se quedó completamente estupefacta, con la boca abierta de par en par. Su sorpresa fue interrumpida cuando, de repente, una cara juguetona y sonriente se asomó por encima de la caja, revelando una mirada traviesa.


— Feliz cumpleaños, bonita — dijo Gersain, con una sonrisa que iluminaba su rostro.


Mel sintió una calidez en su pecho, y sus ojos comenzaron a humedecerse levemente, aunque intentó disimularlo con una sonrisa.


— ¿Qué es esto? — preguntó, divertida, aunque aún sin poder salir de su asombro.


— ¿Me ayudas? — respondió él, mientras intentaba, con evidente esfuerzo, meter la enorme caja por la puerta. Pero pronto quedó claro que tenía un problema. La caja era demasiado grande para pasar y, después de varios intentos, Gersain miró la puerta y luego a Mel de reojo, visiblemente nervioso. No había calculado bien las dimensiones.


Mel no pudo evitar reírse, su corazón se llenaba de cariño al ver a su mejor amigo luchando por meter el regalo. Intentó ayudar, pero entre los dos era inútil.


— Esto no lo había calculado — admitió, rascándose la nuca con una expresión de vergüenza en el rostro. Mel no pudo evitar soltar una risa entre burlona y tierna.


— Espera, voy a buscar ayuda — dijo ella, todavía riéndose mientras giraba sobre sus talones y salía corriendo por el pasillo, buscando a su primo Matías.


Al girar por una esquina, lo encontró en el jardín, besando a su novia Jennifer bajo las luces suaves que colgaban entre los árboles. La escena parecía sacada de una película romántica. Mel sonrió de medio lado. Vaya coincidencia, pensó para sí misma. ¿Quién iba a decir que una de sus mejores amigas terminaría saliendo con su primo?


Mel sonrió, un poco incómoda por interrumpir, pero no tenía otra opción.


— Lamento interrumpir — dijo en tono divertido, lo que provocó que ambos se giraran rápidamente hacia ella —, pero necesito a mi primo por unos minutos — añadió, tomando a Matías del brazo con suavidad pero con firmeza, arrastrándolo con ella sin darle oportunidad de decir nada más.


— Sí, claro... — Jennifer, con su hermoso cabello rubio, apenas pudo responder antes de que ambos se hubieran ido, negando con la cabeza y sonriendo ante la escena.


Mientras caminaban por el pasillo, Matías, con su cuerpo musculoso, miró a Mel con una ceja arqueada, claramente confundido.


— ¿Qué ocurre, Mel? — preguntó mientras intentaba seguirle el paso.


— Gersain… tiene un pequeño problemita — explicó Mel, bajando la voz hasta casi un susurro —, y pensé que podrías usar un poco de tu fuerza sobrenatural para ayudar.


Matías suspiró, deteniéndose un segundo para procesar lo que le acababa de pedir.


— Sabes que nadie puede saber que soy un... — empezó a decir, pero Mel lo interrumpió.


— Un ser sobrenatural, ya lo sé, pero nadie va a sospechar nada. Eres un atleta, eso lo explica todo, ¿verdad? — dijo con una sonrisa traviesa.


Al llegar de nuevo a la entrada, Matías miró a su alrededor, aún sin entender del todo cuál era el problema.


— ¿Cuál es el problemita exactamente?


Mel miró hacia la puerta y parpadeó al ver que la enorme caja ya estaba dentro de la casa, y Gersain la esperaba al otro lado con los brazos cruzados, su expresión llena de orgullo.


— ¿Eh? — soltó Mel, perpleja.


— ¿Qué crees? La hice pasar — respondió Gersain con un aire de triunfo, inflando el pecho.


— Pero, ¿cómo? — preguntó Mel, todavía incrédula.


— Supongo que soy muy fuerte — presumió él, sacando pecho de nuevo.


Mel, incapaz de evitarlo, le dio un ligero golpe en el brazo antes de rodearlo en un cálido abrazo.


— Pensé que no vendrías — admitió con voz suave, el nudo en su garganta regresando momentáneamente.


Gersain frunció el ceño y se apartó lo suficiente como para mirarla a los ojos.


— ¿De verdad? ¿Yo? ¿Tu mejor amigo en el mundo? ¿No venir? Me ofendes — dijo, en un tono dramático, llevándose una mano al pecho con fingida indignación.


— Lamento interrumpir, pero... ¿Macarena vino a la fiesta? — preguntó Matías de repente, rompiendo el momento.


— Sí — respondió Mel.


— ¿Y dónde está? — insistió Matías.


Mientras en la cocina, el ambiente era tranquilo, con el suave aroma de tartaletas recién horneadas impregnando el aire. Una chica de cabello negro como el carbón, cuya silueta se recortaba bajo la luz tenue de la lámpara, estaba preparando una bandeja. Su abuela había hecho esas tartaletas especialmente para la cumpleañera, y ella se disponía a llevarlas al jardín cuando, de repente, algo invisible la golpeó con brutalidad. Su cuerpo fue lanzado con una fuerza inesperada hacia la estantería de cristal, haciéndola añicos. El sonido del vidrio estrellándose contra el suelo resonó en la cocina como una explosión.


La chica gimió de dolor, su respiración agitada mientras se levantaba con dificultad. Miró hacia sus manos y brazos: pequeños cortes diminutos brillaban en su piel, y la sangre empezaba a brotar en finas líneas. A pesar del dolor, se incorporó rápidamente, sus ojos buscando a la amenaza. En el umbral de la cocina, una figura se destacaba: una chica, tal vez un par de años mayor que ella, con el cabello gris ceniza, observándola con una expresión fría y arrogante.


Una Lavenier.


El corazón de la pelinegra se aceleró. No necesitaba más pistas para saber de quién se trataba. Los Lavenier, ese maldito clan de hechiceros, siempre aparecían en los peores momentos.


— Qué bonito momento para atacar, estúpida — gritó, su voz cargada de furia.


Sin perder tiempo, se preparó para contraatacar, pero la peligris movió una mano con desdén, y de inmediato un armario se levantó del suelo y se estrelló contra la pelinegra, empujándola violentamente contra la pared, atrapándola momentáneamente. El impacto le cortó la respiración, pero no dejó que eso la detuviera. Con un gruñido de determinación, hizo volar el armario de un golpe con su poder, lanzándolo lejos, y sin dudarlo se abalanzó sobre la peligris.


Ambas cayeron sobre la mesita de té de la sala, el delicado mueble se hizo añicos bajo el peso de su lucha. El caos llenaba la estancia, los cristales volaban por los aires mientras las dos chicas forcejeaban con rabia. La del clan Lavenier intentó usar su telequinesis para arrojar a la pelinegra lejos, pero esta fue más rápida, haciendo lo propio y presionándola contra el suelo, inmovilizándola.


— ¿Crees que con esto será suficiente? — la peligris siseó con malicia, sus ojos brillando con una ira contenida.


En un movimiento ágil, conjuró una esfera de energía verde en su mano derecha y la lanzó directamente hacia la cara de la pelinegra. El brillo mortal iluminó sus rostros, pero la menor reaccionó con rapidez, desviando el ataque en el último segundo. La bola de energía salió disparada, impactando violentamente contra las escaleras de la casa, destrozando parte de los escalones y levantando una nube de polvo y escombros.


No hubo tiempo para pensar, ambas se lanzaron una contra la otra, comenzando una feroz pelea cuerpo a cuerpo. Sus golpes eran certeros y rápidos, cada una igualando el poder de la otra. Las manos se convertían en puños, los pies en armas. Los sonidos de la pelea llenaban la sala: jadeos, gruñidos, el crujir de los muebles y el retumbar de sus cuerpos contra el suelo.


De repente, se tomaron de los brazos, enfrentándose cara a cara, sus miradas llameantes y sus rostros salpicados de sangre y sudor. Ninguna estaba dispuesta a ceder.


— Vas a pagar por lo que hiciste — gruñó la pelinegra, apretando más fuerte.


Ambas canalizaron su energía mágica, y de repente, el poder verde acumulado en sus cuerpos explotó con violencia. La explosión de energía fue tan potente que las lanzó en direcciones opuestas. La del clan Lavenier voló por los aires hasta estrellarse contra una columna de concreto con tal fuerza que el impacto resonó como un trueno en toda la casa. Mientras tanto, la pelinegra fue lanzada hacia la mesa del comedor, rompiéndola en pedazos al caer con fuerza sobre ella.


Por un momento, todo quedó en silencio, con el polvo aún suspendido en el aire y los trozos de muebles esparcidos por toda la habitación. Pero entonces, ambas comenzaron a moverse de nuevo. Con un gruñido, la del clan Lavenier se levantó, tambaleándose ligeramente, mientras la pelinegra se arrastraba fuera de los escombros de la mesa rota. Sus miradas se cruzaron una vez más, llenas de determinación.


— ¡Eres una bruja tonta! — gritó la peligris, con el rostro desfigurado por la ira. — Tu abuela no debería ser la líder del Consejo de Hechicería. ¡Son basura!


La pelinegra, aún jadeante por la batalla, no estaba dispuesta a caer en su provocación. Los Lavenier siempre habían sido un clan maldito, crueles y manipuladores, ansiosos de poder, incapaces de soportar que no eran los más grandes ni los más fuertes en el mundo de la magia.


— Solo son envidiosos — dijo, con los ojos encendidos por la furia contenida. — Porque nunca serán tan brillantes ni respetados como el Clan Carson. Y jamás lo serán.


Esa última afirmación fue la chispa que encendió la furia desmedida de la peligris. Con un grito de rabia, lanzó una poción brillante, su esencia oscura volando en el aire como una bala. La pelinegra, rápida como el viento, creó un escudo translúcido de color verdoso que apareció frente a ella justo a tiempo. La poción chocó contra el escudo, deshaciéndolo en el acto, pero la defensa le había dado el tiempo suficiente. Con un movimiento veloz, conjuró un látigo de energía mágica verde que salió disparado de su mano como un rayo. El látigo envolvió a la peligris y, con un latigazo feroz, la lanzó contra la pared con tanta fuerza que todo el lugar tembló.


El impacto debería haberla frenado, pero la del Clan Lavenier no se rindió. Con los ojos llenos de venganza, empezó a recitar un hechizo oscuro y antiguo. Las llamas surgieron en la casa, envolviendo el techo y las paredes. El calor creció rápidamente, y el aire se volvió sofocante.


El fuego se expandía sin control, y Macarena supo en ese instante que las cosas se estaban saliendo de control. Tenía que acabar con esto, y rápido.


— ¿Macarena? — se escuchó la voz de Mel desde la entrada, asustada. La presencia de su amiga irrumpió en la concentración de la pelinegra.


Se giró rápidamente, su rostro endurecido por la situación.


— ¡Mel, sal de aquí! — ordenó Macarena, su voz firme pero cargada de urgencia.


Sin dudarlo un segundo más, Macarena se concentró profundamente, y el tiempo empezó a ralentizarse. El caos de la batalla, el crepitar de las llamas, todo comenzó a moverse a una velocidad casi imperceptible, hasta que casi todo quedó suspendido en el aire.


Sabía que la peligris no sería afectada por el hechizo, pero al menos detendría el avance del fuego y evitaría que alguien más se viera atrapado en la pelea. Respiró hondo y estiró sus manos hacia lados opuestos. De entre sus dedos brotó una energía verde, fina como un hilo, que conectó ambas manos, creando un campo de energía alrededor de la otra bruja.


La del Clan Lavenier comenzó a tambalearse. Al principio, no entendía lo que ocurría, pero luego sintió cómo su cuerpo comenzaba a pesar más y más. Era como si la gravedad la aplastara, doblándole las rodillas. El suelo bajo sus pies empezó a agrietarse con el peso creciente.


— No les tengo miedo — masculló la pelinegra, apretando los dientes. — Pueden enviar a quien quieran, pero jamás ganarán.


Con esas palabras como sentencia final, lanzó toda la energía que había acumulado. La onda de poder impactó en la peligris con una fuerza devastadora, el suelo bajo ella cedió, y fue enviada a lo profundo de la tierra. Un enorme agujero quedó donde estaba, y la bruja desapareció en la oscuridad, sin un solo sonido que indicara si seguía con vida.


El silencio reinó por un instante.


Macarena respiró hondo, liberando el hechizo del tiempo. Mel, ahora liberada de la suspensión temporal, miró alrededor. Sus ojos se abrieron con horror al observar el caos que se había apoderado de su casa. Todo estaba destrozado: el fuego había carbonizado partes del techo, los muebles eran montones de escombros, y en el centro de la sala, un enorme agujero negro se abría como una herida profunda en el suelo.


— ¿Qué carajos, Maki? — exclamó Mel, todavía atónita por la destrucción que acababa de ver.


Macarena bajó la cabeza, sintiéndose culpable por el caos que había causado.


— Lo siento, esa maldita bruja vino a atacar. No quería arruinar tu cumpleaños. No te preocupes, lo arreglaré ahora mismo.


Mel la detuvo antes de que Macarena pudiera hacer algún movimiento.


— Espera, estás herida. Primero Matías te va a curar, luego arreglas la casa. Lo iré a buscar.


Macarena asintió con resignación. No pasó mucho tiempo antes de que Mel regresara con él. Matías, al ver a su amiga herida, se apresuró hacia ella con una expresión de preocupación.


— ¿Qué mierda, Macarena? — preguntó con enojo mientras sus manos comenzaban a brillar con un resplandor dorado. Las heridas en el cuerpo de Macarena desaparecieron al instante bajo el toque sanador del ángel. — ¿Por qué me hechizaste a mí? ¿Eres tonta? ¿Y si te pasaba algo y yo no estaba para curarte?


— Perdón — respondió Macarena, aún enojada por la pelea. — No lo pensé, me estaban intentando matar.


— Para eso entrenamos, cielos — replicó Matías, irritado. Su preocupación era evidente; no solo temía perder a su amiga, sino que como ángel, permitir que alguien muriera bajo su cuidado era una afrenta a su naturaleza.


Macarena, sin querer prolongar la discusión, recitó otro hechizo y una luz verde cubrió toda la casa. En cuestión de segundos, cada rincón y objeto dañado quedó como nuevo, sin rastro de la batalla.


— Ah, la magia es genial — comentó Mel, asombrada, aunque había visto a Macarena usar magia antes, nunca dejaba de impresionarla.


Matías, sin embargo, aún estaba centrado en lo importante.


— ¿Quién te atacó?


— Una Lavenier — respondió Macarena con seriedad.


Matías frunció el ceño, mostrando su disgusto.


— Qué clan tan detestable. Pero bueno, es asunto de brujas, nada que me incumba — dijo, encogiéndose de hombros antes de retirarse.


Mel se acercó a su amiga, notando su cansancio.


— ¿Estás bien? —Macarena asintió, aunque claramente estaba agotada—. A pesar de todo, ser bruja tiene sus desventajas, ¿eh?


— Ser cualquier ser sobrenatural tiene sus desventajas, Mel. Hasta los demonios.


Mel arqueó una ceja, su curiosidad despertada.


— ¿Las sirenas también?


Macarena, mientras tomaba la bandeja con las tartaletas que había recuperado de la cocina, soltó una risa ligera.


— ¡Todos! — exclamó con una sonrisa.


Con la tensión de la pelea ya disipada, ambas se dirigieron al exterior y se unieron al grupo de amigos. Apenas se sentaron, Antonella miró a Macarena con curiosidad.


— ¿Dónde estabas? — preguntó, notando que había tardado más de lo esperado.


Macarena vaciló por un instante, buscando una excusa. Nadie aparte de Mel y Matías sabía sobre su naturaleza como bruja.


— Amm... las tartaletas — respondió con rapidez, evitando una explicación complicada.


Antes de que pudieran seguir cuestionándola, Tania cambió el tema.


— ¿Alguien sabe de Angelina? — preguntó, mirando alrededor.


— No, se supone que venía en camino, pero jamás llegó — avisó Jennifer, con cierta preocupación en su voz.


Mel sacó su teléfono y marcó el número de Angelina, pero después de varios intentos, solo obtenía la contestadora.


— No responde — murmuró, su rostro reflejando una ligera preocupación.


— Quizás algo se presentó. No te sientas mal, Mel — dijo Matías, intentando animarla con su usual tono calmado.


Gersain, quien siempre tenía un ojo atento para evitar que su mejor amiga cayera en el desaliento, se levantó con una sonrisa encantadora y extendió su mano hacia ella.


— ¿Quiere bailar, Madame?


Mel lo miró con una sonrisa agradecida y, sin dudarlo, aceptó gustosa.


— Claro que sí — respondió mientras tomaba su mano y ambos se dirigieron a la pista improvisada, dejando las preocupaciones de lado por un momento para disfrutar de la fiesta.



✓✓✓✓✓



—No vayas… —susurró una voz apenas audible.


—¿Qué?


El sonido de las olas rompiendo contra la orilla llenaba el aire, mezclado con el suave susurro del viento.


—No vayas… —se repitió la advertencia, pero esta vez más urgente, más clara.


—¿A dónde? —murmuró, pero no obtuvo respuesta.


De repente, esa voz desconocida rompió el silencio con fuerza:


—¡Mel, no vayas! —gritó, con una desesperación que heló su sangre.


El cabello dorado de Mel brillaba bajo la pálida luz lunar mientras sus pies descalzos hundían ligeramente la arena fría y húmeda. A pesar de la advertencia, algo dentro de ella la impulsaba a avanzar. El mar parecía llamarla, hipnótico y misterioso. Era de noche, y la Luna Negra, un fenómeno extraño y raro, bañaba las aguas en un resplandor sobrenatural. El mar, oscuro y tentador, la invitaba a entrar.


No pudo resistirse. Con la tabla de surf bajo el brazo, avanzó hacia el agua.


—Te dije que no fueras… —susurró la voz de nuevo, pero esta vez más cerca, como si le hablase desde dentro de su propia mente.


Mel se detuvo por un momento, su respiración temblorosa, pero ignoró la inquietante sensación. El agua fría le acarició los tobillos y luego las piernas, hasta que estuvo completamente inmersa, deslizándose sobre su tabla hacia las profundidades.


De repente, el océano la envolvió con violencia. Una corriente invisible la atrapó, hundiéndola con fuerza. El agua, que momentos antes parecía tranquila, se volvió voraz.


—¡Ayuda! —gritó, pero su voz se ahogó en el rugido del mar y el miedo que comenzaba a apoderarse de ella. Los brazos del agua la envolvieron como garfios, arrastrándola hacia las profundidades, hacia la oscuridad absoluta.


El frío la paralizó mientras su cuerpo se debatía inútilmente. Todo a su alrededor era silencio y oscuridad. Algo la sujetaba, algo indescriptible, imposible de ver en la negrura. Y lo peor de todo: nadie la ayudó.


Un grito sofocado atravesó la noche.


Macarena abrió los ojos de golpe, respirando con dificultad, su cuerpo empapado de sudor frío. El corazón le martilleaba en el pecho mientras miraba a su alrededor, confusa. La tenue luz de la luna se filtraba por las cortinas de su habitación.


—¿Fue… una pesadilla? —se preguntó en un susurro, llevándose las manos al rostro para enjugarse el sudor. El pánico aún estaba allí, latente, recorriéndole la piel.


Se llevó una mano al pecho, buscando consuelo en su propio tacto, pero el miedo seguía invadiendo sus sentidos. Había sido tan real… demasiado real. ¿Una pesadilla? ¿O algo más?


—¿Una premonición? —susurró, incapaz de apartar las imágenes de su mente.


Se frotó los ojos con fuerza, deseando borrar ese terrible sueño, deseando que solo hubiera sido eso: un sueño. Pero, fuera lo que fuera, había sido horrible… y no podía sacudirse la sensación de que algo oscuro, algo terrible, estaba por suceder.


Era temprano en la mañana, y la luz suave del amanecer se filtraba por las ventanas de la casa. Mel acababa de levantarse, estirándose perezosamente mientras caminaba descalza hacia la cocina. Allí, su madre, Holly, de cabello dorado como el suyo, estaba preparando el desayuno. Los ojos dorados de Holly, tan brillantes como el sol que empezaba a asomarse, la miraban con una calidez que siempre hacía que Mel se sintiera en casa. Mel, sin embargo, no había heredado esa particularidad; sus ojos eran de un marrón profundo, un recordatorio de alguien de quien prefería no hablar.


—Hola, Ma —saludó Mel, dejando escapar un largo bostezo mientras se sentaba a la mesa.


—Hola, amor. ¿La pasaste bien ayer? —preguntó Holly, sonriendo mientras batía la masa de los panqueques.


—Fue muy lindo todo —dijo, mientras su madre le acariciaba la mejilla con un gesto cariñoso, el tipo de toque que hacía sentir a Mel protegida.


Holly suspiró suavemente, mirándola con una mezcla de amor y nostalgia.


—No puedo creer que ya tengas dieciséis —dijo con voz suave, sirviendo un plato de panqueques esponjosos acompañados de un vaso de jugo de pera. Sin embargo, antes de que Mel pudiera empezar a comer, el sonido del timbre las interrumpió.


Mel se levantó con desgano y se dirigió a la puerta. Al abrirla, se encontró cara a cara con Angelina, su amiga. Angelina tenía ese cabello naranja rebelde que siempre llamaba la atención, pero hoy estaba despeinado y su expresión estaba llena de preocupación. Sus ojos, completamente negros, eran espejos de una inquietud que Mel nunca antes había visto en su amiga.


—Mel… lo siento mucho por no venir a tu fiesta ayer, pero me pasó algo… —dijo Angelina con la voz temblorosa.


—Tranquila, pasa —Mel se hizo a un lado, abriendo más la puerta para que Angelina entrara—. No te preocupes, no estoy molesta.


Angelina esbozó una pequeña sonrisa agradecida, aunque la angustia seguía reflejada en su rostro.


—Sé que no, pero aun así, mereces una explicación, eres mi amiga —replicó Angelina, su voz apenas un susurro cargado de culpa.


Ambas caminaron hacia la sala, donde el sol apenas empezaba a iluminar los sillones. Mel se sentó junto a su amiga, sintiendo la tensión en el ambiente. Apenas unos segundos después, Holly apareció en el umbral de la sala, siempre pendiente de los invitados.


—Angelina, ¿quieres desayunar? —preguntó Holly, con esa amabilidad característica que hacía que todos se sintieran bienvenidos.


—No, gracias, señora Baeva —respondió Angelina con educación, pero su mente parecía estar muy lejos. Holly, captando la tensión en el ambiente, decidió dejarlas solas, saliendo discretamente de la habitación.


El silencio se prolongó por un momento antes de que Angelina, visiblemente inquieta, decidiera romperlo.


—Iba saliendo de casa para venir a tu fiesta —comenzó, su voz vacilante—, pero justo cuando abrí la puerta pasó algo increíble o terrible… la verdad no lo sé.


Mel notó cómo los dedos de Angelina temblaban levemente mientras se enredaban con mechones sueltos de su cabello naranja. Angelina rara vez mostraba esta vulnerabilidad. Mel se inclinó un poco hacia adelante, mirándola con preocupación.


—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja, temiendo la respuesta.


Angelina tragó saliva, luchando por mantener la compostura.


—Había un hombre… —comenzó, con la voz rota—. Un hombre que dijo ser mi padre.


Mel abrió los ojos de par en par, la sorpresa llenándole el pecho.


—¿Tu padre? —repitió incrédula, incapaz de procesar lo que estaba escuchando.


—Sí… o sea, jamás lo conocí. ¿Y ahora, de repente, aparece? ¿Así de la nada? —Angelina se frotó los ojos con frustración—. Me dice "Hola, hija", como si nada. ¿Quién se cree que es?


—Espera… ¿estás segura de que era tu padre?


Angelina asintió lentamente, su mirada perdiéndose en el suelo.


—Mi mamá me lo confirmó… y trató de echarlo de casa, ¿sabes? Pero él no quería irse. Dijo que había vuelto para quedarse, que ya no iba a perder un segundo más de mi vida.


Mel sintió un torrente de emociones recorrer su cuerpo: ira, confusión y tristeza, todo a la vez. Las palabras de su amiga resonaban en su cabeza.


—Qué descarado —dijo Mel, su voz temblando con frustración—. Jamás estuvo ahí, y ahora viene a decir que no va a perder más tiempo… Pudo haber vuelto antes, pero ¿justo ahora? —Se detuvo al notar las lágrimas en los ojos de Angelina—. Perdóname, no quise ser tan dura…


Angelina negó con la cabeza, frotándose los ojos rápidamente.


—No, tienes toda la razón. Además, sé que entiendes lo que estoy sintiendo… tú también pasas por lo mismo que yo.


Mel asintió con tristeza, recordando su propia historia.


—Sí… yo tampoco conocí a mi papá. Y eso es exactamente lo que diría si apareciera de la nada, como el tuyo.


Angelina esbozó una sonrisa débil, limpiándose las lágrimas.


—Mantendré la guardia alta con él. No me fío de sus palabras. —Después de un momento de silencio, miró a Mel con una expresión más relajada—. Dime, ¿qué tal estuvo ayer?



✓✓✓✓✓



Antonella entró a la cocina de su casa con pasos suaves, el eco de sus zapatos resonando en el piso de mármol. El aroma del café recién hecho llenaba el aire, pero algo más captó su atención. Su padre, John, estaba de pie junto al fregadero, sosteniendo una bolsa de sangre a medio consumir. Su cabello rubio y sus ojos rojos contrastaban fuertemente con la imagen que ella tenía de un padre protector. A veces le costaba asimilarlo, pero era lógico: ella era adoptada, y esa diferencia siempre había estado presente.


—¿Papá? —su voz sonó curiosa, pero no sorprendida. Aunque esta escena no era nueva para ella, seguía siendo algo extraño de ver.


John dejó la bolsa vacía en el basurero y se giró con una sonrisa suave.


—Hija, ¿cómo la pasaste ayer? —preguntó, quitándole importancia al asunto, como si la normalidad lo envolviera todo.


Antonella se acercó a la cafetera, sirviéndose una taza de café, el vapor subiendo lentamente mientras lo observaba de reojo.


—Estuvo muy bien —respondió antes de darle un sorbo a su café, dejando que la bebida cálida la reconfortara—. Oye, Pa…


—¿Mmm? —respondió él, distraído, mientras ajustaba el anillo en su dedo.


—¿A dónde fuiste ayer?


—Atendía unos asuntos, amor —respondió John sin demasiada explicación, con la misma evasividad de los últimos días.


Antonella frunció el ceño, bebiendo otro sorbo de su café, el amargor acentuando la frustración que sentía.


—Andas muy ocupado últimamente, casi no te veo —dijo con un tono de reproche, aunque lo disimulaba lo mejor que podía.


John suspiró, un sonido cargado de cansancio y algo más que Antonella no lograba descifrar.


—Lo sé, linda, pero es algo que debo hacer —contestó, dándole una mirada que parecía pedirle que no siguiera preguntando.


Fue entonces cuando el brillo del anillo en su mano llamó la atención de Antonella. Sus ojos se entrecerraron, confusa.


—¿Qué es eso? —preguntó, aunque en el fondo sabía que no obtendría una respuesta clara.


John le dio un beso en la frente, ese gesto paternal que siempre la calmaba, pero hoy no fue suficiente para disipar la incertidumbre.


—Debo irme —anunció de manera repentina, apartándose de ella con rapidez.


Antonella se quedó de pie, viendo cómo se marchaba una vez más. Frustración, incomodidad, y una inquietud creciente la invadieron. ¿Qué tanto hacía su padre últimamente? Ese tipo de comportamiento era nuevo en él, y no le gustaba nada.


Minutos más tarde, John llegó a una casa modesta, rodeada de árboles cuyas sombras se alargaban con el caer de la tarde. Tocó el timbre con la mano nerviosa, el anillo brillando débilmente, pero con una insistencia perturbadora.


La puerta se abrió con un crujido y una mujer rubia, de ojos verdes penetrantes, lo miró sorprendida por un segundo antes de darle paso.


—John, pasa —dijo ella, moviéndose a un lado para dejarlo entrar. John la siguió sin dudar, su rostro sombrío.


—¿Está tu nieta? —preguntó él con tono preocupado, recorriendo la casa con la mirada.


—Macarena se fue a la academia —respondió la mujer, Samantha—. No te preocupes, no tengo que preguntarte por qué estás aquí. Ya lo sé. El anillo brilló —aseguró ella, con la sabiduría que solo los años de experiencia podían darle.


John asintió, tensándose visiblemente.


—Estoy nervioso… ¿Eso qué significa? —preguntó con un tono apremiante, como si no quisiera oír la respuesta.


Samantha suspiró, sus ojos verdes oscureciéndose con la gravedad de la situación.


—Significa que ese demonio está cada vez más cerca del chico.


El cuerpo de John se tensó por completo, sus manos se cerraron en puños, luchando por controlar el miedo que lo invadía.


—¿Cómo carajo pasó? Eso no puede ser —dijo, casi gruñendo. La sola idea lo aterraba.


Samantha lo miró con compasión, comprendiendo su angustia. Ella había vivido algo similar, y aunque el dolor había pasado, la herida seguía ahí, latente.


—Tranquilo, John. Aún no lo ha encontrado, y puede que no lo haga —trató de calmarlo, aunque sabía que las palabras eran un bálsamo temporal—. El anillo solo alertó que anda cerca. Yo sabré cuando lo encuentre.


John respiró hondo, intentando relajarse, pero la tensión seguía allí, agarrada a su pecho.


—Gracias, Samantha. No sé qué habría hecho sin ti. Probablemente no habría tenido el valor de hacerlo —admitió, dejando ver la vulnerabilidad que pocos conocían en él.


Samantha sonrió con tristeza, colocándole una mano en el hombro.


—John, si te ayudo es porque sé lo que se siente que te arrebaten una hija a sangre fría. Y eres el único vampiro en el mundo que respeto. No quiero que te pase lo mismo —dijo, sus ojos verdes reflejando el dolor del pasado.



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El sol brillaba con intensidad en el horizonte, reflejándose en el agua como un mar de destellos dorados. Las olas rompían con fuerza contra la orilla, pero eso no intimidaba a Mel; al contrario, le daba una emoción que pocos deportes podían ofrecerle. El surf era su vida, y hoy estaba en su elemento, surcando las olas con habilidad, sintiendo la brisa marina en su rostro y la adrenalina correr por sus venas. El sonido del agua al golpear su tabla resonaba como una melodía, una sinfonía de libertad.


Cada movimiento era un ensayo para las regionales, la gran competencia que se avecinaba. Mel se sentía lista, más fuerte que nunca. Pero, justo cuando pensaba en lo cerca que estaba de la perfección, algo impactó su tabla con una fuerza brutal. El golpe la tomó por sorpresa, y antes de poder reaccionar, perdió el equilibrio y cayó al agua.


Intentó nadar hacia la superficie, pero algo la jalaba hacia abajo. Su corazón se aceleró, el pánico empezó a instalarse en su pecho como un peso. Pataleó y agitó los brazos, pero el agua la rodeaba como si quisiera mantenerla prisionera.


La falta de oxígeno pronto empezó a nublar su visión. Sus pulmones ardían, y la sensación de ahogo era insoportable. Todo a su alrededor se volvía borroso, las formas y los colores se desvanecían, hasta que solo quedó una sensación de vacío.


Entonces, en medio de la confusión, lo sintió. Algo cálido y suave en sus mejillas. Abrió los ojos lo mejor que pudo y vio una figura acercándose. Era una mujer. Su cabello marrón oscuro flotaba como si fuera parte del agua misma, y sus ojos grises brillaban con una intensidad perturbadora. Mel intentó gritar, pero su voz no salía. La mujer simplemente la miraba, sus ojos inexpresivos, pero profundamente cautivadores.


La mujer se acercó más, y por un instante, Mel juraría que sentía sus labios rozar los suyos. Una oleada de calor recorrió su cuerpo, a pesar del frío del agua. ¿Qué estaba haciendo? La pregunta retumbaba en su mente, pero su cuerpo estaba demasiado debilitado como para resistir o siquiera moverse.


La realidad parecía distorsionarse a su alrededor. El rostro de la mujer permanecía cerca del suyo, como si estuviera transmitiéndole algo, algo que Mel no comprendía. Era como si, en ese instante, el tiempo se hubiera detenido, y nada más importara. Las burbujas de aire ascendían lentamente, mientras el mundo se volvía más distante.




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