Lápices Del Número 2 by Angz Alvarez at Inkitt
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Lápices del número 2

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Summary

Un reencuentro es como un puñetazo en la boca del estómago. No es que esta historia entre dos viejos compañeros sea el caso. Bueno...

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1
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n/a
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18+

I.

En uno de esos días ociosos, de cuando te juntas con amigos a recordar viejos tiempos, es inevitable pensar en los amigos y familiares que ya no están.

Si no se tiene suerte, como en mi caso, ya de nada sirve llorar por ese tío y ese primo. Ni se diga de la abuela y del gato que te acompañó en la infancia. Pero tal vez, hay algunas personas que puedan volver.

Tal vez fue el primer amor que viste desde las lejanías de nuestro asiento en la clase de Español de quinto grado, ese chico o chica al que sólo te atreviste a pedir un lápiz cuando el tuyo estaba bien escondido al fondo de tu mochila; y que, años después, por la magia de redes sociales o contactos de la misma generación, le has vuelto a hablar y ésta vez tener las agallas de pedir un reencuentro.

Es entonces cuando el corazón se acelera, y antes de que den las dos en punto te ves mil veces en el espejo, tratando de cubrir con un poco de maquillaje las ojeras de la noche anterior. Porque el cuerpo temblaba como si estuviese en un terremoto, y las sábanas se calentaban aunque en el marco de la ventana se escondiera una fina escarcha que hacía crujir el vidrio.

Esa excitación que no sentías desde quinto.

Y aquí las preguntas que no se podían evitar pensar; ¿cómo lucirá? ¿Habrá subido de peso? ¿Le seguirá gustando aquella larguirucha de dientes salidos? ¿Aún tendrá lápices consigo?

Mientras el pasillo de la casa se hace eterno hasta el coche, tarareas la canción que años atrás se puso de moda, la misma canción que nos hiere al escuchar, pues es la misma que sonó de fondo en la entrega de diplomas y certificados en secundaria, cuando lo más valiente que hicimos fue anclarnos al cuello de ese casi extraño de sonrisa flanqueada por fierros y ligas de color negro.

Hay que admitirlo, te volviste más valiente desde que estabas en secundaria. Y el siguiente paso, si al verlo aún quieres vomitar, es pedirle matrimonio.

Es ahora cuando el pitido de los coches detrás de ti hace que te lleves los dedos a la boca y comiences a mordisquear tus uñas que prometiste no morder cuando te sangró tu dedo meñique mientras Buzz Lightyear caía de la repisa del cuarto de Andy.

Pones esa maño sobre la palanca de velocidades y no puedes evitar imitar a los autos de atrás para que un automóvil color plata cruce con seguridad y deje al primer auto de tu fila avanzar. El reloj impaciente no puede detenerse ni un solo segundo, y entonces marca veinte minutos para las tres; hora esperada desde la semana pasada.

Aún con el tráfico avanzando a una velocidad excepcionalmente lenta, sigues teniendo la esperanza que en cualquier momento todos los autos se abran paso para que tú puedas avanzar. Sólo tiene que haber suficiente espacio en los carriles; pero eso será hasta que lleguen a la avenida principal, donde se encuentra el café en el que se quedaron de ver.

Para entonces, la avenida se ensancha y mil blasfemias salen de tu boca; no pierdes más tiempo, y al querer estacionar el auto, casi chocas con un pilar, haciéndole un pequeño rayón al portaequipaje y la luz trasera casi destrozada. Pero al final, el auto logra quedar bien alineado con los demás, dejándote con tres minutos para llegar a tiempo, porque claro, el chico no merece esperar ni un segundo más.

A toda prisa y con bolso en mano, el espejo refleja tu cara aún somnolienta y las tres capas de polvo que pusiste bajo tus ojos para disimular el desvelo. Cuando caminas por las escaleras eléctricas deseas que vaya más rápido. Pero no es así, te tienes que esperar minuto y medio para llegar al piso de arriba. ¿Por qué tiene que haber tanta gente en sábado? Eso no es justo para ti.

Y mientras todo se calma, no puedes evitar pensar en él. ¿Cómo será? De seguro alto, ya que siempre fue un poco más alto que tú. Con el cabello rozándole los hombros. Con un cuerpo escultural, porque a él le apasionaba el fútbol. No lo habría dejado como si nada.

Y después de todo ese idilio, te sientas cómodamente a esperar. Ves el reloj de tu celular y te das cuenta de que llevas siete minutos de retraso.

¿Ya se habrá ido? ¿Pensará que eres una impuntual? ¿Se habrá encontrado a la misma larguirucha de primaria? No puedes permitirte eso. Marcas a toda velocidad su número de móvil que él te confió en su tercera plática por mensaje.

—¿Bueno?—responde él entre risas. ¿Por qué se ríe? No tiene derecho a reír sin ti—. Ah, eres tú. Perdón por el retraso, en cinco minutos llego. Acabo de encontrar algo con lo que te vas a alegrar mucho. Nos vemos.

Y sin que pudieras decir palabra, cuelga, cuelga y te deja esperando con la duda. ¿Qué será? ¿Se habrá acordado de tu gusto por las orquídeas? ¿O serán más lápices del número 2?

La impaciencia te está matando, pues ya son las 3:30. Esos no fueron cinco minutos, y tú ya estás impaciente por irte. Por eso se reía, porque era una cruel broma. Ese chico malo del que te habías enamorado seguía siendo malo. Tan malo que fue cruel al dejarte plantada.

Y mientras te paras de tu silla, alguien te dice que no lo hagas.

Al levantar la mirada ves al perfecto retrato de tu imaginación sonriéndote. Te abre los brazos y te jala para enrollarte en ellos.

Le devuelves el abrazo, y mientras se disculpa por la demora, tú ya estás eligiendo las flores para los centros de mesa de su boda.

—Pero cómo has crecido —¿Se había convertido en una tía?—. Te imaginaba de otra manera... No, no. No te sientas mal, sabes que estás bien. Te ves mejor.

Ahora era oficial, el próximo paso era pedirle matrimonio.

—Por cierto, mira tu sorpresa...

Ladea la cabeza, y al instante un chico gordito y otro güero aparecen y te saludan con gusto. ¿Quiénes eran? A quién le importa. Lo que importa es tu futura boda.

—¿No recuerdas a Sergio? Era tu amigo más cercano. —Tu esposo te hace recordar a esa bolita de grasa que fue y sigue siendo, esa bolita que te molestó con que eras fea sólo por usar anteojos—. Gabriel y yo nos lo encontramos de camino hacia acá. Creo que te quiere pedir matrimonio.

¿Por qué se ríe? No es gracioso. Tú te vas a casar con tu cita y no con alguien más.

—Qué bueno que están los dos juntos, porque nos da mucho gusto recordar viejos tiempos, y aprovechando este momento, Gabriel y yo queremos hacerlo aún más especial.

¿Por qué lo mira con una sonrisa? ¿Por qué lo toma de la mano? ¿Por qué Gabriel besa a tu esposo en la mejilla?

—Nos vamos a casar y queremos invitarlos a nuestra boda.

Y fue así como un güero que en la secundaria jugaba en el mismo equipo que tu exesposo se robó al novio.

Ah sí, Sergio te pidió matrimonio y dijiste que no.

No es que esta historia me haya pasado, pero soy de la firme opinión que un reencuentro es como un puñetazo en la boca del estómago.


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