Bella Price y las Reliquias de la Muerte ©

Summary

Está llegando el momento de tomar las arduas, inteligentes e importantes decisiones. Bella Price, la Protectora, Harry Potter, el Elegido, y lord Voldemort, el Enemigo. El anunciado duelo a muerte entre los tres. Es inminente, y la casi imposible misión de encontrar y destruir los restantes Horrocruxes, más urgente que nunca. Mientras ambos, Protectora y Elegido, están dispuestos a dar la vida uno por el otro. Bella debe abandonar la calidez y seguridad de La Mansión Price y la de La Madriguera para seguir sin miedo ni vacilaciones el inexorable sendero trazado para ella y para Harry, su mejor amigo, y para ella, la cual es el interés amoroso de su Elegido. Conscientes de lo mucho que está en juego, tendrán que buscar en su interior la fuerza necesaria que los impulse en la vertiginosa carrera para enfrentarse a su destino. «Mi error fue amarte más que a mi propia vida...»

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El Ascenso del Señor de las Tinieblas


Los dos hombres aparecieron de la nada, a unas yardas de distancia en un sendero angosto e iluminado por la luna. Por un segundo se quedaron quietos, apuntándose con las varitas el uno al pecho del otro: luego, habiéndose reconocido, las guardaron bajo sus capas y se pusieron a caminar, lado a lado, en la misma dirección.


—¿Alguna novedad? —preguntó el más alto de los dos.


—La mejor —respondió Snape.


El sendero estaba bordeado a la izquierda por matorrales silvestres de lento crecimiento, a la derecha con un alto y pulcramente recortado seto. Las largas capas de los hombres flameaban alrededor de sus tobillos mientras marcha­ban.


—Aunque podría ser tarde —dijo Yaxley, sus rasgos fofos entraban y salían de la vista cuando las ramas de los árboles colgantes interrumpían la luz de la luna—. Fue un poco más engañoso de lo que pensaba. Pero espero que esté satisfecho. Pareces confiar en que tu recepción será buena.


Snape asintió, pero no se explicó. Giraron a la derecha, a un amplio camino de acceso en el que desembocaba el sendero. El alto seto se curvaba alejándo­se de ellos, extendiéndose en la distancia más allá del par de impresionantes verjas de hierro que interrumpían el camino de los hombres. Ninguno de ellos dio un paso; en silencio ambos alzaron sus brazos izquierdos en una especie de saludo y pasaron a través del metal oscuro que era humo.


The yew hedges amortiguaban el sonido de los pasos de los hombres. Se oyó un susurró en algún lugar a su derecha; Yaxley sacó su varita, de nuevo probó no ser nada más que un pavo real blanco, pavoneándose majestuosamente a lo largo de lo alto del seto.


—Lucius siempre se lo tuvo muy creído. Pavos reales... —Yaxley metió su varita de vuelta bajo su capa con un resoplido.


Una hermosa casa solariega surgió en la oscuridad al final del recto camino, con luces destelleando en las ventanas con forma de diamante del piso infe­rior. En algún lugar del oscuro jardín más allá del seto una fuente estaba en funcionamiento. La grava crujió bajo sus pies cuando Snape y Yaxley se apre­suraron hacia la puerta principal, que se abrió hacia adentro ante su aproxima­ción, aunque no había nadie visible que la abriera.


El vestíbulo era grande, pobremente iluminado, y suntuosamente decorado, con una magnífica alfombra que cubría la mayor parte del suelo de piedra. Los ojos de los retratos de caras pálidas en las paredes siguieron a Snape y Yaxley mientras los pasaban a grandes zancadas. Los dos hombres se detuvieron ante una pesada puerta de madera que conducía a la siguiente habitación, dudando durante el espacio de un latido de corazón, entonces Snape giró la manilla de bronce.


El estudio estaba lleno de gente silenciosa, sentada a lo largo de una mesa or­namentada. El mobiliario usual de la habitación había sido empujado descui­dadamente contra las paredes. La iluminación provenía de un rugiente fuego bajo una hermosa chimenea de mármol trasmontada por una ventana dorada. Snape y Yaxley se demoraron un momento en el umbral. Cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, fueron atraídos hacia adelante por los extraños rasgos de la escena de una figura humana aparentemente inconsciente que col­gaba bocabajo sobre la mesa, revolviéndose lentamente como suspendida por una cuerda invisible, y reflejada en el espejo y en la desnuda y pulida superficie de la mesa de abajo. Ninguna de las personas sentadas bajo esta singular visión estaba mirándola excepto por un joven pálido sentado casi directamen­te bajo ella. Parecía incapaz de evitar mirar hacia arriba a cada minuto o así.


—Yaxley, Snape —dijo una voz alta y clara desde la cabecera de la mesa—. Llegan convenientemente tarde.


El que hablaba estaba sentado directamente ante el fuego, así que fue difícil, al principio, para los recién llegados divisar algo más que su silueta. Cuando se acercaron, sin embargo, su cara brilló a través de las sombras, sin pelo, con aspecto de serpiente, con rajas por nariz y brillantes ojos rojos cuyas pupilas eran verticales. Estaba tan pálido que parecía emitir un brillo perlado.


—Severus, aquí —dijo Voldemort, señalando el asiento a su inmediata derecha—. Yaxley... junto a Dolohov.


Los dos hombres ocuparon sus lugares asignados. La mayoría de los ojos alre­dedor de la mesa siguieron a Snape, y estaban posado en él cuando Voldemor habló primero.


—¿Y?


—Mi Señor, La Orden del Fénix tiene intención de trasladar a Harry Potter y a Bella Price de sus actuales lugares seguros el próximo sábado, al anochecer.


El interés alrededor de la mesa se agudizó palpablemente. Algunos se tensa­ron, otros se inquietaron, todos miraban fijamente a Snape y Voldemort.


—Sábado... al anochecer —repitió Voldemort. Sus ojos rojos se fijaron en los negros de Snape con tanta intensidad que algunos de los observadores aparta­ron la mirada, aparentemente temerosos de que ellos mismos resultaran que­mados por la ferocidad de la mirada. Snape, sin embargo, devolvió la mirada tranquilamente a la cara de Voldemort y, después de un momento o dos, la boca sin labios de Voldemort se curvó en algo parecido a una sonrisa.


—Bien. Muy bien. Y esta información proviene de...


—... de la fuente que hemos discutido —dijo Snape.


—Mi Señor.


Yaxley se había inclinado hacia adelante para mirar mesa abajo hacia Volde­mort y Snape. Todas las caras se giraron hacia él.


—Mi Señor, yo he oído algo diferente.


Yaxley esperó, pero Voldemort no habló, así que siguió.


—A Dawlish, el Auror, se le escapó que Potter y Price no serían trasladados hasta el día treinta, la noche antes de que ambos chicos cumplan los diecisiete años.


Snape estaba sonriendo.


—Mi fuente me dijo que plantarían un falso rastro; este debe ser. Ni dudo de que Dawlish está bajo un Encantamiento Confundus. No sería la primera vez; se sabe que es susceptible.


—Te aseguro, mi Señor, que Dawlish parecía bastante seguro —dijo Yaxley.


—Si estaba Confundido, naturalmente que estaría seguro —dijo Snape—. Yo te aseguro, Yaxley, que la Oficina de Aurores no tomará parte en la protección de Bella Price y de Harry Potter. La Orden cree que tenemos infiltrados en el Ministerio.


—La Orden tiene razón en algo entonces, ¿verdad? —dijo un hombre bajo y grueso sentado a corta distancia de Yaxley; soltó una risita silbante que resonó allí y a lo largo de la mesa.


Voldemort no rió. Su mirada había vagado hacia arriba hasta el cuerpo que se revolvía lentamente en lo alto, y parecía estar perdido en sus pensamientos.


—Mi señor —siguió Yaxley—. Dawlish cree que toda una partida de Aurores se ocupará de trasladar a los chicos...


Voldemort alzó una larga mano blanca, y Yaxley se calló al instante, obser­vando resentido como Voldemort volvía a girarse hacia Snape.


—¿Dónde van a ocultar a los chicos a continuación?


—En la casa de un miembro de la Orden —dijo Snape—. El lugar, según la fuente, ha sido equipado con cada protección que la Orden y el Ministerio juntos han podido proporcionar. Creo que habrá poca oportunidad de agarrarles una vez estén allí, mi Señor, a menos, por supuesto, que el Ministerio haya caído antes del próximo sábado, lo cual podría darnos la oportunidad de descubrir y des­hacer los suficientes encantamientos como para romper el resto.


—Bien, ¿Yaxley? —llamó Voldemort mesa abajo, la luz del fuego iluminaba extrañamente sus ojos rojos—. ¿Habrá caído el Ministerio para el próximo sá­bado?


Una vez más, todas las cabezas se giraron. Yaxley cuadró los hombros.


—Mi Señor, tengo buenas noticias sobre ese punto. He... con dificultad y des­pués de grandes esfuerzos... tenido éxito al colocar una Maldición Imperius sobre Pius Thircknesse.


Muchos de los sentados alrededor de Yaxley parecieron impresionados; su vecino, Dolohov, un hombre con una larga y retorcida cara, le palmeó la es­palda.


—Es un comienzo —dijo Voldemort—. Pero Thicknesse es solo un hombre. Scri­mgeour debe estar rodeado por nuestra gente antes de que yo actúe. Un aten­tado fallido contra la vida del Ministro me hará retroceder un largo tramo del camino.


—Si... mi Señor, eso es cierto... pero ya sabe, como Jefe del Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica, Thicknesse tiene contacto regular no solo con el propio Ministro, sino también con los Jefes de todos los demás departamentos del Ministerio. Será, creo yo, fácil ahora que tenemos a un oficial de tan alto rango bajo nuestro control, subyugar a los otros, y después podemos trabajar todos juntos para someter a Scrimgeour.


—Mientras nuestro amigo Thicknesse no sea descubierto antes de convertir al resto —dijo Voldemort—. En cualquier caso, parece improbable que el Ministe­rio vaya a ser mío antes del próximo sábado. Si no podemos tocar a los chicos en su destino, debemos hacerlo mientras viajan.


—Tenemos ventaja ahí, mi Señor —dijo Yaxley, que parecía decidido a recibir alguna porción de aprobación—. Ahora tenemos a varias personas plantadas dentro del Departamento de Transporte Mágico. Si Potter y Price se Aparecen o utilizan la Red Flu, lo sabremos inmediatamente.


—No harán ninguna de las dos cosas —dijo Snape—. La Orden está esquivando cualquier forma de transporte que esté controlada o regulada por el Ministe­rios; desconfían de todo lo que tenga que ver con ellos.


—Todavía mejor —dijo Voldemort—. Tendrán que salir a campo abierto. Más fácil de tomar, con mucho.


De nuevo Voldemort levantó la mirada hacia el cuerpo que se revolvía lenta­mente mientras seguía.


—Me ocuparé del chico en persona. Se han cometido demasiados errores en lo que a Harry Potter y Bella Price concierne. Algunos de ellos han sido míos. Que Potter y Price vivan se debe más a mis errores que a sus triunfos.


La compañía alrededor de la mesa observaba a Voldemort aprensivamente, cada uno de ellos, por su expresión, temiendo que pudieran ser culpados por la continuada existencia de Harry Potter y de Bella Price. Voldemort, sin embargo, parecía es­tar hablando más para sí mismo que para ninguno de ellos, todavía dirigién­dose al cuerpo inconsciente sobre él.


—He sido descuidado, y así me he visto frustrado por la suerte y la oportunidad, demoledoras de nada más y nada menos que de los planes mejor trazados. Pero ahora soy más listo. Entiendo lo que no entendía antes. Debo ser yo quien mate a Bella y Price y a Harry Potter, y lo haré.


Ante esas palabras, aparentemente en respuesta a ellas, sonó un repentino aullido, un terrible y desgarrador grito de miseria y dolor. Muchos de los sen­tados ante la mesa miraron hacia abajo, sobresaltados, por el sonido que había parecido surgir de debajo de sus pies.


—Colagusano —dijo Voldemort, sin cambiar su tono tranquilo y pensativo, y sin apartar los ojos de cuerpo que se removía arriba—. ¿No te he dicho que mantu­vieras a nuestro prisionero tranquilo?


—Si, m...mi Señor —jadeó un hombrecillo en mitad de la mesa, que había esta­do sentado tan abajo en su silla que ésta había parecido, a primera vista, estar desocupada. Ahora se revolvió en su asiento y salió a toda prisa de la habita­ción, no dejando tras él nada más que un curioso brillo plateado.


—Como estaba diciendo —continuó Voldemort, mirando de nuevo a las caras tensas de sus seguidores—. Ahora soy más listo, necesitaré, por ejemplo, tomar prestada la varita de uno de ustedes antes de ir a matar a esos dos chicos, a Harry Potter y a su noviecita.


Las caras a su alrededor no mostraron nada menos que sorpresa; podría haber anunciado que quería coger prestado uno de sus brazos.


—¿Ningún voluntario? —dijo Voldemort—. Déjenme ver... Lucius, no veo razón para que sigas teniendo una varita.


Lucius Malfoy levantó la mirada. Su piel parecía amarillenta y cerosa a la luz del fuego, y sus ojos estaban hundidos y sombríos. Cuando habló, su voz era ronca.


—¿Mi Señor?


—Tu varita, Lucius. Exijo tu varita.


—Yo...


Malfoy miró de reojo a su esposa, que estaba mirando directamente hacia adelante, tan pálida como él, su largo pelo rubio colgaba por su espalda, pero bajo la mesa sus dedos esbeltos se cerraron brevemente sobre la muñeca de su esposo. Ante su toque, Malfoy metió la mano en la túnica, retirando una varita, y pasándosela a Voldemort, que la sostuvo en alto delante de sus ojos rojos, examinándola atentamente.


—¿Qué es?


—Olmo, mi Señor —susurró Malfoy.


—¿Y el centro?


—Dragón... nervio de corazón de dragón.


—Bien —dijo Voldemort. Sacó su propia varita y comparó sus longitudes. Lu­cius Malfoy hizo un movimiento involuntario; durante una fracción de se­gundo pareció como si esperara recibir la varita de Voldemort a cambio de la suya. El gesto no le pasó por alto a Voldemort, cuyos ojos se abrieron mali­ciosamente.


—¿Darte mi varita, Lucius? ¿Mi varita?


Algunos de los miembros de la multitud rieron.


—Te he dado tu libertad, Lucius, ¿no es suficiente para ti? Pero he notado que tú y tu familia parecen menos felices que antes... ¿Qué hay en mi presencia en tu casa que te disguste, Lucius?


—Nada... ¡nada, mi Señor!


—Que mentiroso, Lucius...


La suave voz pareció sisear incluso después de que la cruel boca hubiera dejado de moverse. Uno o dos de los magos apenas reprimieron un estremecimiento cuando el siseo creció en volumen; algo pesado podía oírse deslizán­dose por el suelo bajo la mesa.


La enorme serpiente emergió para escalar lentamente por la silla de Volde­mort. Se alzó, pareciendo interminable, y fue a descansar sobre los hombros de Voldemor; su cuello era más grueso que el muslo de un hombre; sus ojos, con sus rajas verticales por pupilas, no parpadeaban. Voldemort acarició a la criatura ausentemente con largos dedos finos, todavía mirando a Lucius Malfoy.


—¿Por qué los Malfoy parecen tan infelices con su suerte? ¿No es mi retorno, mi ascenso al poder, lo que profesaban desear durante tantos años?


—Por supuesto, mi Señor —dijo Lucius Malfoy. Su mano temblaba cuando se limpió el sudor del labio superior—. Lo deseábamos... lo deseamos.


A la izquierda de Malfoy su esposa hizo un extraño y rígido asentimiento, sus ojos evitaban a Voldemort y a la serpiente. A su derecha, su hijo, Draco, que había estado mirando fijamente hacia arriba al cuerpo inerte en lo alto, miró rápidamente hacia Voldemort y apartó la mirada una vez más, aterrado de hacer contacto ocular.


—Mi Señor —dijo una mujer oscura en mitad de la mesa, su voz sonaba constreñida por la emoción—, es un honor tenerte aquí, en la casa de nuestra fami­lia. No puede haber mayor placer.


Sentada junto a su hermana, tan diferente a ella en aspecto, con su pelo oscuro y ojos pesadamente perfilados, como lo era en aguante y comportamiento; donde Narcissa se sentaba rígida e impasible, Bellatrix se inclinaba hacia Vol­demort, como si las meras palabras no pudieran demostrar su anhelo de estar más cerca.


—No hay más alto placer —repitió Voldemor, su cabeza se inclinó un poco a un lado mientras evaluaba a Bellatrix—. Eso significa mucho, Bellatrix, viniendo de ti.


La cara de ella se llenó de color, sus ojos se inundaron de lágrimas de delei­te.


—¡Mi Señor sabe que no dijo más que la verdad!


—No hay más alto placer... ¡ni siquiera comparado con el feliz evento que, se­gún he oído, ha tenido lugar esta semana en tu familia!


Ella le miró, con los labios separados, evidentemente confusa.


—No sé lo que quieres decir, mi Señor.


—Estoy hablando de tu sobrina, Bellatrix. Y la suya, Lucius y Narcissa. Se acaba de casar con el hombre lobo, Remus Lupin. Deberían estar orgullosos.


Hubo una explosión de risas socarronas alrededor de la mesa. Muchos se in­clinaron hacia adelante para intercambiar miradas divertidas, unos pocos gol­pearon la mesa con los puños. La gran serpiente, disgustada por el disturbio, abrió la boca de par en par y siseó furiosamente, pero los mortífagos no lo oyeron, tan jubilosos como estaban ante la humillación de Bellatrix y los Mal­foy. La cara de Bellatrix, tan recientemente ruborizada de felicidad, se había vuelto de un feo y manchado rojo.


—No es prima nuestra, mi Señor —gritó sobre en regocijo—. Ni su hermano. Nosotros... Narcissa y yo... nunca volvimos a ver a nuestra hermana desde que se casara con el sangre sucia. Esa mocosa no tiene nada que ver con ninguna de nosotras, ni ninguna bestia con la que se haya casado.


—¿Qué dices tú, Draco? —preguntó Voldemort, y aunque su voz era queda, fue llevada claramente a través de silbidos y risotadas—. ¿Harás de canguro a los engendros?


El regocijo creció; Draco Malfoy miraba aterrorizado a su padre, que bajaba la mirada a su propio regazo, entonces captó la mirada de su madre. Ella sa­cudió la cabeza casi imperceptiblemente, después reasumió su propia mirada impasible hacia la pared opuesta.


—Ya basta —dijo Voldemort, acariciando a la furiosa serpiente—. Ya basta.


Y la risa murió al instante.


—Muchos de nuestros más antiguos árboles familiares se han vuelto un poco descuidados con el paso del tiempo —dijo cuando Bellatrix le miró fijamente, sin aliento e implorante—. ¿Qué debes podar y qué no para mantenerlo saluda­ble? Cortas aquellas partes que amenazan la salud del resto.


—Sí, mi Señor —susurró Bellatrix, y sus ojos se inundaron de nuevo con lágri­mas de gratitud—. ¡A la primera oportunidad!


—Debes hacerlo —dijo Voldemort—. Y en tu familia, al igual que en el mundo... debemos cortar el cáncer que nos infecta hasta que solo los de la sangre au­téntica permanezcan...


Voldemort alzó la varita de Lucius Malfoy, apuntándola directamente a la figura que se revolvía lentamente suspendida sobre la mesa, y le dio una pe­queña sacudida. La figura volvió a la vida con un gemido y empezó a luchar contra ataduras invisibles.


—¿Reconoces a nuestra invitada, Severus? —preguntó Voldemort.


Snape alzó los ojos a la cara que estaba bocabajo. Todos los mortifagos es­taban mirando hacia la cautiva ahora, ya que se les había dado permiso para mostrar curiosidad. Cuando volvió la cara hacia la luz del fuego, la mujer dijo con voz rota y aterrada:


—¡Severus! ¡Ayúdame!


—Ah, sí, —dijo Snape cuando la prisionera volvió a girar lentamente hacia otro lado.


—¿Y tú, Draco? —preguntó Voldemort, acariciando el hocico de la serpiente con la mano libre de la varita. Draco sacudió la cabeza tirantemente. Ahora que la mujer había despertado, parecía incapaz de seguir mirándola.


—Pero no tendrás que asistir a sus clases —dijo Voldemort—. Para aquellos de ustedes que no lo sepan, nos reunimos aquí esta noche por Charity Burba­ge quien, hasta recientemente, enseñaba en la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería.


Se produjeron pequeños ruidos de comprensión alrededor de la mesa. Una mujer ancha y encorvada con dientes puntiagudos cacareó.


—Si... la profesora Burbage enseñaba a los hijos de brujas y magos todo sobre los muggles.... como no son tan diferentes a nosotros...


Una de las mortifagas escupió en el suelo: Paradox Olsen. Charity Burbage volvió la cara de nuevo hacia Snape.


—Severus... por favor... por favor.


—Silencio —dijo Voldemort, con otro golpe de la varita de Malfoy, Charity cayó en silencio como amordazada—. No me alegra la corrupción y contaminación de las mentes de niños magos, la semana pasada la Profesora Burbage escribió una apasionada defensa de las sangres sucias en el Profeta. Los magos, dijo, deben aceptar a ladrones de su conocimiento y magia. La mengua de los pura sangre es, dice la Profesora Burbage, una circunstancia de lo más deseable.... Haría que todos nosotros nos emparejáramos con muggles... o, sin duda, con hombres lobo...


Nadie rió esta vez. No había duda de la furia y el descontento en la voz de Vol­demort. Por tercera vez, Charity Burbage se revolvió para enfrentar a Snape. Corrían lágrimas desde sus ojos hasta su pelo. Snape le devolvió la mirada, impasible, mientras ella giraba otra vez lentamente.


—¡Avada Kedavra!.


El destello de luz verde iluminó cada esquina de la habitación. Charity cayó con un resonante golpe sobre la mesa de abajo, que tembló y se partió. Varios de los mortífagos saltaron hacia atrás en sus sillas. Draco cayó fuera de la suya hasta el suelo.


—La cena, Nagini —dijo Voldemort suavemente, y la gran serpiente se balanceó y se deslizó de su hombro hasta el suelo pulido.