Las habladurías del mundo
Ahí estaba yo, con la garganta seca, la mente en otro lado, las venas a punto de reventar, los labios entreabiertos, el corazón latiendo tan fuerte que parecía estar a punto de salir de mi pecho y mis ojos puestos en un punto fijo. Mientras tanto, él parecía estar perdido en medio de mi piel, dejando un beso incipiente en mi cuello.
Aquel carro me había comenzado a parecer estrecho, tan estrecho que parecía que su cuerpo y el mío habían comenzado una simbiosis, era una estrechez placentera, de esa que no le disgusta a nadie. Solo se oía el sonido de nuestras respiraciones agitadas, una que otra motocicleta pasando y una canción que estaba sonando en la radio donde parecía que la guitarra con aquel sonido cadencioso estaba sufriendo de la misma forma en que yo lo hacía.
En ese punto creía que los dos estábamos pensando en lo mismo, creí que los dos queríamos llegar a lo mismo y tal vez sí, pero por algún extraño motivo tuve que fijarme en el reloj que tenía en su muñeca, tuve que fijarme en la hora, tuve que pensar en lo que podrían decir, así que decidí detener cualquier intento, cualquier posibilidad, cualquier demostración de lo que estaba a punto de pasar. Todo por las habladurías de la gente.
Sin decirnos nada y casi como si lo que estábamos haciendo en la parte trasera del carro no hubiera ocurrido, nos miramos a los ojos y comprendimos que era momento de partir, que si queríamos que eso ocurriera teníamos que evitar las habladurías, ya que ellas lo único que lograrían es elevar más las barreras transparentes que habíamos decidido ponerle a lo nuestro. Lo miré a los ojos y supe que había entendido, era el momento de regresar a mi hogar.
Nos pasamos a la parte de adelante, él en su asiento y yo en el mío, en silencio físico, pero con bullicio mental; él viéndose en el retrovisor mientras se acomodaba su cabello y yo intentando no verlo mientras acomodaba mi falda y luego el carro echó a andar. El ambiente estaba frío, no solo por el hecho de que las ventanillas estaban abajo y estaba venteando demasiado, sino porque el calor que emanaban nuestros cuerpos, la pasión que habían compartido nuestras caricias, la calidez de sus besos parecieron evaporarse, es más, parecía que nunca hubiesen existido, parecía que todo lo ocurrido era solo producto de mi imaginación.
El camino que normalmente se me hacía eterno, esta vez se me hizo breve, extremadamente breve, no sé si fue porque él iba más rápido de lo normal como si intentara deshacerse de mi lo más pronto posible o porque estaba tan perdida en mis pensamientos que el tiempo se me pasó volando. Llegamos al frente de mi casa, donde solo quedaba una luz encendida, indicándome lo tarde que era y que si hubiera dejado pasar un minuto más en la parte trasera hubiera estado en graves problemas.
Sin saber muy bien qué tenía que hacer a continuación, me incliné con la intención de darle un casto beso en los labios, pero sin esperarlo, él giro su rostro haciendo que mi beso terminara en un lugar diferente al que quería, haciendo que la tensión y frialdad del ambiente aumentara, por suerte ya no íbamos a pasar más tiempo juntos. Tomé mi bolso y entré lo más rápido posible a mi casa. Sin duda, algo había cambiado entre los dos esa noche, sin duda las habladurías se habían calado más profundo en mí que lo que creía y sabía que si por alguna casualidad, por algún azar del destino que no logramos comprender, había alguna vecina chismosa posada justo en la ventana que da hacía la calle de mi casa las habladurías serían algo que me iba a perseguir durante toda la semana.
Pasé por el pequeño jardín de mi casa, llegué hasta la puerta y toqué el timbre dos veces esperando que alguien abriera lo más pronto posible y cuando me gire hacía la calle para ver si su carro aún seguía ahí me encontré con un gran vacío, no solo porque se había marchado sin siquiera cerciorarse de que había entrado a mi casa, sino también un vacío dentro de mí porque sabía que aquello era otro indicio más de que las cosas que ocurría entre ambos, habían cambiado, que la comodidad que había en medio de lo incomodo de nuestra relación ya no existía, que ahora solo quedaban dudas, silencios. Luego de lo que pareció una eternidad, mi hermano me abrió la puerta dándome una mirada de reproché por la hora en la que había llegado, pero sin atreverse a decir más porque él era igual o peor que yo en ese sentido, además solo había llegado unos veinte minutos después de la hora acordada.