Aquella vez, Nuestra vez

All Rights Reserved ©

Summary

por supuesto que aveces desearía que todo fuera tan simple como trazar una línea para dibujar o como escribir una estrofa de una canción, pero en realidad nada en esta vida es tan fácil. ~~~ la verdad es que para que ser feliz si al final todo lo que tanto anhelabas se irá, todas esas palabras, todas esas conversaciones y sobre todo el tiempo que usaste con eso se irá como lo hace el viento al atardecer, si la felicidad se trata amar para después dejar ir, entonces no quiero ser feliz. ~~~ Con el paso del tiempo las heridas se cierran y solo quedan las marcas, pero cuando se ama no es así, las heridas si cierran pero los recuerdos te llegan a lastimar, aunque si eres tan fuerte probablemente algún día lo llegues a superar.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

PRÓLOGO

23 de diciembre de 2008, Pasado.

William Harvaly.

Las 1:40 A.M.

Ya eran pasada más de la medianoche, los Harvaly se encontraban viajando por la carretera a pesar de que una gran tormenta se mantenía en el entorno. El frío y la niebla se aferraban a todo el paisaje, mientras que la oscuridad era interrumpida por las luces de los autos que venían en dirección contraria. Su destino era una playa al sur de Rainfield, donde pasarían navidad y recordarían los viejos momentos, como lo hicieron cuando eran jóvenes.

William y Rachel eran un matrimonio que habían pasado por todo tipo de dificultades, pero todo cambió para ellos con el nacimiento de su hija Rosé, aquella niña era la luz que ambos necesitaban para no rendirse; por eso habían planeado este viaje durante mucho tiempo, querían regresar a la playa donde todo había comenzado y donde se conocieron por primera vez, además de que querían que su hija viviera su primera experiencia navideña junto a la orilla del mar.

Pero no todo puede ser color de rosa y el destino lo sabía, le jugaría en su contra, porque todo sucede por alguna razón, ya sea para bien o para mal.

A pesar de la insistencia de su esposa, William seguía negándose a parar y tomar un descanso. Su cansancio era tanto, pero su terquedad no le permitía admitirlo. Quería llegar antes del amanecer para que los tres pudieran apreciarlo. Llevaba más de 2 horas desde que salieron de su garaje, además de haber tomado horas extras. Su horario de descanso era peor que el de un universitario.

—Cariño, vamos. —Mencionó con un tono dulce y sereno. —Es mejor que nos detengamos un rato en la orilla de la carretera para que descanses, después podemos seguir. —Insistió Rachel un poco preocupada por su esposo.

—Amor, ya te dije, estoy bien.—Le aseguro su esposo. —No te preocupes, es más, si quieres tú puedes descansar por mí, yo te aviso cuando lleguemos. — Le dijo William.

Ella suspiró, confiando en él, sabía que, si le seguía insistiendo a su esposo no lograría nada porque es demasiado terco. Así que tomaría una siesta como le había dicho William, porque el sueño ya le estaba afectando.

—Está bien, si tú lo dices, ya no insisto más. —Mencionó antes de recostarse del asiento del conductor.

La confianza entre William y su esposa era tan sólida que, si la vida dependiera del otro, estarían seguros de que tomarían la mejor decisión. Sin embargo, William debió haberle hecho caso. Debió haber tomado un descanso antes de seguir conduciendo, de detener el coche a un lado de la carretera o parar en un hotel para descansar. Pero su terquedad y determinación lo llevaron a seguir adelante, ignorando las señales.

Las 2:20 A.M.

La lluvia golpeaba el parabrisas con insistencia, y el sonido monótono de las gotas se mezclaba con la música suave que William había elegido para mantenerse despierto. El cansancio lo abrumaba, y sus párpados pesaban como si estuvieran hechos de plomo. Pero William no podía permitirse detenerse. Había algo en su interior, una fuerza impulsora que lo mantenía en movimiento.

—No te duermas.—Murmuraba para sí mismo una y otra vez. —Podrás descansar cuando llegues... solo no te detengas. —Era como si esas palabras fueran un mantra, una promesa que se repetía para mantenerse en alerta.

Sin embargo, había algo más que lo impulsaba. Algo más valioso que cualquier fuerza o terquedad. Su pequeña hija Rosé. Cuando ella nació, William sintió que su corazón se expandía de amor y alegría. Era el día más feliz de su vida, aparte de su boda. Rosé era su razón de ser, su único y gran tesoro. Por ella, daría todo. Por ella, había trabajado duro últimamente, tomando horas extras y sacrificando su descanso.

Mientras se limpiaba los ojos y seguía protestando contra sí mismo para no dormirse, decidió apartar la vista un segundo de la carretera para mirar a su pequeña hija de tres años que dormía profundamente en el asiento de atrás. —¡Vaya!, ¿cómo es que eres tan hermosa hasta para dormir? —Mencionó sin saber lo que iba a pasar después.

En cuanto volvió a ver al frente, observó que un intenso destello apareció de repente. Luego, solo pudo sentir cómo cerraba los ojos y veía pasar toda su vida en cuestión de segundos. Después, todo se tornó más oscuro, confuso y frío que antes.

Pudo ser el destino o un pequeño descuido, pero solo con apartar la vista de la calle, había causado que dos familias quedaran completamente rotas para siempre.