Introducción
Laura Rocha
¿Recuerdas ese momento exacto que daño toda tu vida? Ese que se siente tan jodido y que daña tu corazón cada vez que pasa por tu cabeza, te llenas de ansiedad y empiezas a sentirte deprimida.
No siempre fui así, no siempre me sentí apaga con tristeza y es que a veces trato de recordar lo que fui y traerlo a mi presente como una forma de silenciar mis propias exigencias de como debería ser la felicidad.
Siempre que me levanto, subo la cara y me prometo al espejo que esto va a mejorar, que cada día lucharé por ser mejor y no dejaré que me consuma la miseria.
«¿Sabes cómo se siente complacer a todos los que están en tu vida sin perderte a ti misma?» Las palabras de mi psicóloga se repiten como si estuviera aquí.
«Oh, Laura, que bien te ves. Tu casa es tan hermosa, debes ser muy feliz al lado de Rodrigo» otra cosa que quisiera olvidar de mi vida y es como está entrelazada con mis errores.
Y mi peor error entra para sentirse enterrado en mi pecho, es tal como si no pudiera sanar el arrepentimiento, ese mismo que inició hace unos tres años, cuando conocí a mi esposo.
En ese momento, cuando lo vi, creí tener al hombre perfecto en frente, pese a la diferencia de edad, y a nuestros gustos tan diferente de música, pensé que él era el indicado para sacarme de la oscuridad en la que estaba.
Las memorias son como una pesadilla disfrazada de un sueño surreal. Recordar es vivir y para mí es como empezar a cavar mi propia tumba.
Qué estúpida se puede ser a los 21 años. Sí, yo estaba celebrando mi cumpleaños cuando mis ojos aterrizaron en esos ojos color café claro.
Escena retrospectiva
—Hola, preciosa —susurra al oído—. ¿Quieres bailar?
—Claro que va a bailar contigo —responde Kelly con una gran sonrisa, ella está happy con unos cuantos tragos. En unos segundos siento cómo me lanza a sus brazos y caigo en su pecho fuerte.
Las miradas se sentían en mi espalda mientras caminábamos a pista, sus manos se fueron a mi espalda, la yema de sus manos estaba tocando la piel desnuda de mi espalda.
—Ahora, preciosa —habla mientras empezamos a bailar—, ¿me vas a decir tu nombre?
—Mmm, mi nombre es Laura Rocha —Mi canción favorita se escucha al fondo, él me toma de la cintura y se siente tan mal—. Ohh, ¿me puedes decir tu nombre?
—Rodrigo Meinhar.
Por un par de horas Rodrigo no deja de hacer bromas, sigue tomando y alardeando con sus amigos que ha conocido la mujer con la que se va a casar.
Es eso lo que toda mujer sueña en su cuento de hadas, conseguir al hombre suficiente maduro, seguro de sí mismo como para expresar lo que siente y lo que piensa, sin que le importa lo que dicen los demás.
Kelly y Carmen no dejan de hacer senas, ambas están embobadas con el físico, la cartera y lo lujoso que es el traje de Rodrigo. Solo que yo tengo sensaciones poco peculiares con respecto a su actitud.
—Preciosa, ¿quieres ir a un lugar más tranquilo? —esa línea la conozco muy bien y no caigo, es esa trampa.
—Ya me tengo que ir, tengo que trabajar mañana —Volteo mi cabeza para darle un beso en la mejilla y él me roba un beso.
—Quizás te me escapes hoy, preciosa. —Muerde suave mi labio inferior y lento me suelta—. Nos vemos pronto.
Poco a poco él fue descubriendo que yo no era el tipo de mujer de una sola noche, ni que era fácil de enamorar. Todo lo contrario, criada en un hogar tradicional que piensa que la mujer debería ser pura hasta el matrimonio.
Cada cita se hacía más intensa hasta que una noche, frente a mis padres, me pidió matrimonio y como la misma estúpida, no pude decir que no porque él era un buen hombre.
Fin de la escena retrospectiva.
En ese momento de mi existencia sobre la tierra, mi idea de un romance era tan superficial, por mucho tiempo me vi deslumbrada por un hombre atento y caballeroso.
Luego de nuestro matrimonio, hace dos largos años, de una primera vez desastrosa y de mi deseos crecientes e incontrolables, empezaron a seguir casi como quemándome la piel.
Cuando quise desahogarme con mis mejores amigas, ellas me dijeron que eso siempre pasaba la primera vez, que luego mejoraba con el tiempo y la experiencia, el tiempo siguió pasando y nada de eso pasó.
Quizás no tenga experiencia sexuales, pero sí en relaciones afectuosas y cada vez que estábamos juntos parecía que no lográbamos encontrar el punto donde nos conectábamos y que nos sincronice en el placer del uno al otro; por lo menos era lo que yo sentía mientras él parecía estar viviendo en un mundo de fantasías, donde éramos la pareja perfectas.
Me siento culpable cada vez que tengo un tour por la memorias, trato de forzar mis sentimientos y muchas veces lograba que parecieran naturales. Me volví una maestra del engaño que con eso pasó el tiempo podía fingir hasta el placer.
Me convertí en la mujer perfecta para mi , la nuera perfecta para mi suegra y para mis padres siempre fui la niña buena. Por dos años de relación con Rodrigo me hicieron perderme en mi propio mundo de fantasías.