MALDICIÓN
El bosque estaba cubierto por fría y espesa nieve. Los árboles se extendían sobre la montaña, altos, gruesos e imponentes. El río estaba siendo cubierto por una capa de hielo de diez centímetros de grosor. Eran los primeros días de invierno, ese año la nevada estaba atacando más fuerte y rápido que en los pasados tiempos.
No importaba el frío, la ventisca y mucho menos la helada, ese era el momento en que más atentos debían estar, las hordas de hombre lobos aprovechaban la ausencia de humanos en la zona para pasearse por entre los árboles con plena libertad. Se valían de la soledad para buscar a sus presas. Siempre escogían aquellas familias que nadie echaría de menos hasta que el invierno acabara, esas que habitaban dentro del bosque, lejos del pueblo.
Los cazadores no debían bajar la guardia. Mientras todos se ocultaban en sus casas, la familia Carpuzano blandía sus armas, engullía sus cuchillos de plata en diferentes ligas alrededor de su cuerpo, ocultas debajo de sus gabardinas, así en caso de llegar a tener un combate cuerpo a cuerpo, pudiesen tener más posibilidades que sus enemigos.
Joel era el líder de la familia de cuatro. Tres hombres y una mujer, preñada. Los inviernos se caracterizaban por ser el tiempo en que la caza era mucho más efectiva, el frío espantaba a paseadores, para días anteriores la mayoría de personas ya tenían sus alacenas y cocinas con abastecimientos para los próximos meses de heladas. Eso significaba soledad en el bosque y libertad absoluta para los depredadores.
Joel dejó de luchar contra su dependencia mucho tiempo atrás. No tenía espacio para protegerse así mismo, al menos, no hasta que las bestias fueran aniquiladas y era él, el encargado de sucumbir a sus deseos más profundos de derrocar el legado licántropo de la zona.
Esas malditas abominaciones habían acabado con la vida de cientos de personas alrededor del pueblo, familias completas fueron devoradas con fiereza y frialdad. Vidas inocentes fueron arrebatadas por aquellos ataques salvajes.
Eran pocas las familias cazadoras en la zona, de hecho, hasta unas semanas antes de empezar el invierno, se anunció el deceso de la familia Milon. Cazadores que trágicamente morían en el campo de batalla contra los corazones fríos de los hombres lobos.
Joel sabía que debía de hacer algo para detenerlos, cazarlos y matarlos era la opción más adecuada, entre tantos llegarán, tantos él, asesinaría hasta que no hubiese más sangre sucia por derramar. De no ser así, significaba que más personas y familias completas morirían, las bestias se reproducirían y a partir de ese momento nada volvería a ser como se conocía.
Cuando estaba joven, su padre murió en manos de un hombre lobo. Sus ojos adolescentes atestiguaron como aquella bestia tomó a su padre en sus manos con un movimiento rapido y letal, partió su cuerpo en dos, dejándolo sin vida al instante.
Aquel fue el momento en que Joel decidió que dedicaría los días que le quedaran sobre la tierra en liberar a la humanidad de esas bestias. Rogaba a los Dioses cada noche que su llama continuará encendida para seguir haciendo la labor de limpiar la tierra.
El frío era abrumador. ni siquiera la gruesa capa tela en su gabardina lograba cubrirlo por completo. Tenía la certeza de que, si ese era su estado, los demás podrían estar peor.
Giró su rostro con sigilo hasta encontrarse con la mirada oscura de su esposa, le quedaban un par de meses de embarazo y su estado no le permitía soportar la helada, los senderos y mucho menos los duelos. A pesar de eso, fue quien primero se vistió y preparó sus armas para salir aquella mañana cubierta por su gabardina roja.
No valieron súplicas por parte de él y sus hijos, para que aguardara en casa y se mantuviera protegida de los peligros que afuera podrían acecharle.
“Mi alma grita agonizante como las suyas, deseo acabar con esas bestias, mi bebé y yo estamos preparados para la lucha.” Esas fueron sus palabras cuando el corrido masculino atentó contra sus ideales. Kloe era una mujer rica en belleza y a la que le abundaba en su corazón: fortaleza, determinación y poder de decisión.
Si algo llegaba a pasarle a Kloe y a su bebé, moriría de pena. Este día se trataba de proteger a su amada y a la criatura. La caza no era una prioridad al menos no mientras ella estuviera fuera de su hogar y expuesta al peligro que representaba el bosque.
Cada paso que daban era lento y fuerte. Ninguno de ellos ocasionaba el más mínimo ruido, sus respiraciones eran tranquilas y se mezclaban con el vaivén de las oleadas de aire que chocaba contra sus cuerpos.
“Soy sigiloso como el búho y letal como el cocodrilo. Mis pasos no se escuchan, mis movimientos son veloces y mi ataque es certero.” Joel repetía una y otra vez el mantra en su cabeza. Ignorando sus dejes de preocupación por la supervivencia de su esposa. Estaba seguro que nadie podría escucharlos porque su familia era experta en la caza.
Un movimiento brusco a unos cien metros de distancia llamó la atención de cada uno. Levian, el hijo mayor de Joel, hizo un movimiento de cabeza que advertía sigilo la acercarse. Joel acentuó en dirección a su hijo, apoyando su decisión. Detalló el piso blanco, asegurándose la firmeza dónde pondrían más adelante sus pies. Antes de dar un paso, se giró para encontrar a Kloe y Lucios, su hijo menor, a sus espaldas. Con un movimiento de sus manos hizo una señal con la que les ordenaba mantener su lugar y vigilar la zona, tanto la mujer como el joven asintieron en su dirección blandiendo las espadas en sus manos.
El hombre se deslizó sobre la nieve con cuidado, pasos suaves y firmes, hasta llegar al borde de una bajada empinada. Sin perder tiempo, caminó hasta la orilla del sendero y resbaló sus pies sobre la nieve, acercando su cuerpo a los árboles que alineaban el camino. Levian imitó sus movimientos, arrastrándose con agilidad al lado opuesto que su padre había tomado.
Joel sabía que al final de aquel sendero el suelo estaba mucho más resbaladizo debido al pequeño riachuelo que se había congelado por la nevada. Cuando sus pies tocaron la zona se sostuvo en una de las ramas de los árboles, evitando que caerse. Levian se lanzó con experticia entre los árboles, con el sigilo que lo representaba, cuando sus pies entraron en contacto con el suelo, no pudo mantener el equilibrio, estiró sus manos para sostenerse del tallo de un árbol, sin embargo, su movimiento no fue lo suficiente rápido. Sintió la piel de su mano derecha despegarse al tacto con la rústica madera. Arrugó su entrecejo antes de que su cuerpo colisionara contra el suelo. El sonido fue ensordecedor.
Más allá del riachuelo un par de arbustos cubiertos de nieve se movieron, de un lado a otro. El viento era fuerte pero no lo suficiente para hacer sucumbir a la naturaleza de aquella forma.
Joel se apresuró en ayudar a su hijo a ponerse sobre sus pies. El joven soltó un grito leve y lastimero al tocar con sus pies el suelo. Joel detalló con cuidado el rostro de Levian, al parecer al tropezar, uno de sus tobillos se echó a perder. Él solo esperaba que se tratara de un esguince que con los cuidados adecuados podría recuperarse en un par de días, en caso de ser una fractura, Levian no podría volver a comandar durante meses.
Volvió a poner el cuerpo joven sobre la humedad del suelo. Sus ojos se toparon con los de Levian, quien contenía las lágrimas por el dolor y la frustración. Joel llevó uno de sus dedos a los labios, silenciándolo con su petición. Levian asintió mientras con parsimonia se arrastraba sobre su trasero hasta ocultarse detrás de uno de los árboles.
Joel continuó su camino a través de riachuelo, pisando con firmeza. El sonido de una respiración profunda y animal, llegó hasta sus oídos. Quedaban tan solo un par de metros para llegar a los arbustos. Con decisión tomó la cinturilla de su pantalón sin detener su andar. Respiró profundo blandiendo la empuñadura de su espada, presionó sus dedos sobre la zona, con fuerza. Se inclinó al llegar a los arbustos, ocultando su cuerpo entre las ramas. La respiración del animal se hacía cada vez más cercana. Cuando casi rodeó completamente el arbusto saltó con fuerza chocando su cuerpo contra el animal, un quejido profundo y gutural se escuchó terminando el silencio del lugar.
Sus ojos se abrieron con sorpresa al encontrarse con un ciervo cachorro, los ojos del animal lo miraban con desesperación, las vísceras se le salían del cuerpo y la sangre cubría cada centímetro de la nieve dónde descansaba. Joel se puso de rodillas al lado del animal, con un movimiento prácticamente inexistente sacó de una de las ligas un chuchillo que pasó con rapidez por el cuello velludo.
“Lo que la tierra a creado que la tierra se lleve. Descansa en paz.” Los ojos de Joel se cerraron al pronunciar las palabras con melancolía.
“¿Así se hacen llamar cazadores?” Joel sintió aquella pregunta dentro de su cabeza. Con su cuchillo en mano, detalló el alrededor sin aún ponerse de pie. Los árboles de extendían a su alrededor, la nieve caía con mayor fuerza que hacía unos minutos.
Un golpe seco a su lado lo puso alerta, giró su rostro, sus ojos se abrieron perplejos al encontrar el cuerpo de Levian tirado a un lado, inconsciente. “Solo atacamos cuando nos atacan.” Volvió a reproducirse la voz en susurro tan cerca y lejos al mismo tiempo.“Tú y tu familia les hacen daño a los míos. Nosotros tan solo nos defendemos.”
Joel tragó con fuerza se puso sobre sus pies volviendo a su estatura normal. Tenía los nudillos blancos por presión que ejercía sobre la vaina del chuchillo.
“Nadie te atacó ahora. ¿Entonces por qué nos han atacado?” Su voz salió con resentimiento y la rabia estaba acumulándose en coágulos en su interior. “Estábamos andando por el bosque, tranquilos.” Sabía que era una mentira, pero también tenía la certeza de que aquellas palabras ayudarían para hacer salir al hijo de perra de su escondite.
Una risa gutural, profunda y oscura se extendió por el lugar. “¿Debo suponer que las armas son para defenderse? ¿Y que el circo que montaron era para sacrificar a un ciervo? Ustedes no salen de su nido si no es a cazar. Es una bella paradoja ¿no? El cazador resultó cazado.”
El grito de una mujer retumbó con fuerza en el bosque. La tensión en el cuerpo de Joel se hizo evidente cuando comprendió quien era la dueña de aquella voz acongojada. Kloe. Arrastró como pudo a Levian hasta el arbusto, lo ocultó entre la maleza y el ciervo.
Presionó con rapidez sus pies sobre la nieve, se sostuvo de las ramas ayudándose a subir sin resbalar, sus zancadas eran largas y profundas.
Algo en su interior le gritaba que debía de moverse a mayor velocidad porque de él dependía el bienestar de su esposa y de Lucius.
Cuando por fin sus pies tocaron la cima, su cuerpo se petrificó al presenciar la escena. Habían más de diez hombres lobos, uno de ellos sostenía del brazo a Kloe, clavándole las garras en la piel blanca. Otra bestia, recostaba el cuerpo de Lucius contra el tallo de un árbol, disminuyendo sus movimientos sosteniendo del pecho con uno de sus brazos musculosos y asesinos.
“Joel Carpuzano.” Las sonrisas se extendieron en el rostro de las bestias al escuchar el nombre del líder de la familia. Joel detalló cada una de las caras monstruosas que lo observaban con burla. “Letal para los hombres lobos.” Las palabras seguían reproduciéndose cerca de él, tanto que parecía tenerlo como un murmuro oculto dentro de su cabeza. Sin perder mucho tiempo blandió su espada de plata bajo la gabardina. “Si fuera tú, no haría eso” Sintió el susurro helado a su espalda. La humedad pasó por la parte trasera de su cuello, la lengua del maldito animal gozaba de su tensión al tacto.
Ese fue el momento en que Joel descansó, estaba temiendo por la pérdida de su cordura. Al fin pudo sentir la presencia de la cosa que le hablaba.
“Siempre he sabido que a los de tu especie les falta agallas para atacar de frente.” Joel dio un paso adelante al atestiguar como el lobo que sostenía a su mujer, le pasaba las garras por el rostro hasta cubrir sus labios. Lágrimas brotaban de los ojos femeninos, suplicantes por piedad.
“Que no se te olvide que en las manos de los de mi especie está la vida de tu familia.” La presión de un agarre se hizo presente en su hombro, reteniéndolo.
El sonido de un chaquito retumbó en medio del silencio que se hizo después de aquellas palabras. Un grito agonizante se reprodujo, Lucios se quejaba y luchaba por ser liberado, el lobo que sostenía su cuerpo, con un movimiento certero giró la mano del chico en una posición inaguantable hasta que los huesos se rompieron.
“Deja a mi familia en paz. Haz conmigo lo que quieras.” La voz de Joel sonó derrotada. Sabía que no tenía otra opción más que rendirse sin luchar.
Los habían emboscado, su hijo Levian estaba inconsciente, Lucios sufría espasmos de dolor y su esposa estaba en riesgo. No podía permitir que la situación se extendiera a algo trágico y terrible.
“No hay dolor que pueda hacerte pagar todo el daño que le has hecho a los míos.” Las garras de la bestia tomaron su cuello desde atrás presionado contra la yugular y perforando con el agarre la piel.
Con un movimiento el animal giró al hombre. Se regocijó en ver el temor reflejado en aquellos ojos humanos. El asesino de lobos era débil, no físicamente, sino emocionalmente. La derrota era su familia, lo tenía a sus pies. Sin embargo, dilataría su placer para poder ser testigo del temor y sufrimiento que consumiría al pobre hombre.
“Hoy no será el día de tu muerte, ni tampoco el de tu familia.” Elevó el cuerpo de Joel en el aire, sosteniendo en la altura, Joel podía sentir como su piel se abría al agarre y como las terminaciones nerviosas golpeaban con fuerza en su interior. El aire estaba abandonando sus pulmones. “No morirás en manos de tu enemigo, morirás en manos de tu descendencia, esa criatura que aguarda en el vientre de tu amada, desencadenará la ruina para la Familia Carpuzano, tendrás bajo tu techo a la especie maldita que asesinó a tu padre, compartirás con ella tu mesa, le entregarás tu corazón... y en el declive de la luna roja, aquella dulce criatura se convertirá en tu destrucción.” El aire que salió de la boca de la bestia, provocó en Joel un deseo incipiente de vomitar. Cada palabra se arremolinó en su interior, presagiando un futuro venidero. “Roja es la sangre, Roja es mi apellido, Roja será la luna que acabe con tu vida.”
Tan rápido como el cuerpo de Joel chocó contra el suelo, así mismo sus enemigos desaparecieron de la vista.
Aquella maldición fue el comienzo de un futuro que desencadenaría la destrucción.