La cosa más bella del mundo o cuando el lobito encontró a la gatita.
Sabía que era un viaje peligroso. Escalar grandes y rocosas montañas. Navegar por turbulentos ríos y mares. Cruzar por selvas y desiertos llenos de las más terribles y temibles bestias. Y a pesar de todo, el lobito al fin había llegado.
Atravesó la cascada que tenía frente a él y se introdujo en lo que parecía ser una cueva. Llegó a lo más profundo, hasta donde una luz, que entraba por arriba, iluminaba una pequeña almohada en el suelo.
“¿En dónde está?, se preguntó el lobito mientras con su vista hurgaba todo el lugar. “¿Qué?, le respondió una dulce voz. El lobito volteó y observó, a una linda gatita con el pelo desaliñado y que se llevaba una galleta a la boca. “La cosa más bella del mundo”, le respondió el lobito. “Se supone que ahí debería estar”, le dijo a la gatita mientras señalaba la almohada.
“¿Eso?, es donde yo duermo”, dijo la gatita con una ligera sonrisa, dibujada en su carita. “¿Eres la cosa más bella del mundo?“, le pregunto el lobito con mucha sorpresa. “Sí, lo soy. Porque ahora que me has encontrado, te seguiré a dónde quiera que vayas, nos apoyaremos siempre y jamás estaremos solos”, le dijo la gatita con un tono de voz muy tierno.
Por un momento se le humedecieron los ojos al lobito. No dejaba de mirar a la gatita. La tomo de la patita y le dijo: “vámonos, que un maravilloso mundo nos espera”.
Alberto Pascual