Drei Traurige Tiger - Tres Tristes Tigres

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Summary

Kisha despertó sudando y con la insatisfacción golpeando duramente en sus entrañas nuevamente. Tener sueños eróticos con extraños era una cosa, tener sueños eróticos con tres extraños todas las noches del último mes, otra muy distinta. Aunque… ¿Podía considerarse que eran extraños después de haber vivido una noche salvaje entre los brazos de los tres hermanos? ¿Mas cuando los tres habían sido los mejores amantes que nunca conocería? Secándose el sudor con el bajo de su camiseta de pijama, encendió la luz de la mesilla de noche y buscó su despertador. Éste, un pequeño y ruidoso reloj azul metálico con agujas fosforescentes, señalaba que eran las dos y media de la mañana. La misma hora a la que siempre se despertaba tras el sueño. A partir de ese momento, daría vueltas y más vueltas hasta quedar dormida casi al amanecer. Su aspecto había comenzado a resentir las noches de insomnio. Bolsas y ojeras habían aparecido bajo sus verdes ojos. Su piel estaba cetrina y adquiría a cada día que pasaba un tono más enfermizo. ¿Estaba enferma? ¿Le habrían contagiado algo aquella noche y por eso su subconsciente insistía en recordarlos? La primera vez había creído que era porque aún sentía en su cuerpo sus manos. Las siguientes noches pensó que estaba obsesionándose. Pero ahora… Todo podía ser…

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+
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Prologó:

Kisha no entendía a los mayores.

Sentada en la sala de urgencias del George Washington, veía como su padre discutía con una enfermera tratando de no levantar la voz. Cosa rara, porque su padre tenía una voz atronadora, que le gustaba mucho. Cuando la llamaba era como un trueno. “Kiiisha.” [1] Y luego silencio.

Su madre en cambio era como un susurro. No le gustaba alzar la voz. Si la llamaba, a veces le costaba entender lo que decía. Era más como “Kissss Ahh”[2], o solo como “Kiss”.

Generalmente no la llevaban a hospitales, decían que estaban llenos de bacterias y virus, unas cosas muy malas para una niña de tres años como ella, que aún no iba a la escuela ni estaba inmunizada contra todas esas “mierdas”.

Pero hoy, su padre se había vuelto loco.

En lugar de llevarla al parque, como tenían acostumbrado hacer todos los días después de desayunar, papá la había metido en el coche aun en pijama, para llevarla allí, al hospital.

Mirando alrededor, solo veía personas quejándose, acompañando a otros, o simplemente tratando de hacerse ver por los médicos, porque había mucha gente.

A su lado, una señora mayor tosía de vez en cuando y se quejaba de la lentitud de los médicos. La señora olía a caramelos de menta, e iba muy abrigada. Tenía el cabello cubierto con un pañuelo muy bonito de seda, con muchos colorines, y la pequeña se preguntó si le dejaría jugar con él cuando estuviera mejor.

Pero lo peor de estar allí, es que tenía hambre. Su padre la había levantado de la cama apenas amanecía, le había puesto las botas de agua y un abrigo que solía usar cuando nevaba, y la había metido en el coche de mamá, un utilitario de color morado, que ella no usaba ahora, porque prefería dejarle la silla a papá. Ella trabajaba de noche en la redacción de un periódico local, limpiando cuando las oficinas estaban cerradas. Y era papá el que la llevaba y traía en el coche del trabajo.

Kisha trató de bajar de la incómoda silla de la sala de espera para ir en busca de su padre. Sus piernas apenas sobresalían del asiento, y si no llega a ser por la señora mayor, se hubiera estrellado de bruces contra el suelo. Pero la buena mujer estaba muy atenta a ella al parecer.

─ Cuidado pequeña. – Le dijo.

Kisha le sonrió con su desdentada boca. A pesar de que ya debería tener casi todos los dientes, aun le faltaban varias piezas por salir y los huecos se notaban bastante.

Kisha procuraba no hablar con desconocidos, pero papá y mamá no le habían prohibido sonreír o mover la cabeza.

Para su edad, era pequeña, pero mucho más lista de lo que parecía. Con cuidado para que la gente no la tirase al suelo, avanzó hasta su padre, que estaba rojo por la ira.

─ ¿Qué quiere decir que no puede darme información? Por el amor de Dios. Es mi mujer de la que estamos hablando. ¿Me han llamado para decirme que está aquí ingresada y ahora resulta que no me van a contestar a una simple pregunta? ¿Dónde está mi esposa?

Kisha se quedó helada al oír la voz de su padre. ¿Su papá no sabía dónde estaba su mamá? Sin poderlo evitar, Kisha rompió a llorar, llorar como nunca lo había hecho, con miedo.

Papá la cogió en brazos al darse cuenta de que estaba allí, y trató de consolarla, pero desde ese momento, Kisha solo llamaba a su madre a gritos, rogando por que apareciera pronto.

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