Prologó:
Kisha no entendía a los mayores.
Sentada en la sala de urgencias del George Washington, veía como su padre discutía con una enfermera tratando de no levantar la voz. Cosa rara, porque su padre tenía una voz atronadora, que le gustaba mucho. Cuando la llamaba era como un trueno. “Kiiisha.” [1] Y luego silencio.
Su madre en cambio era como un susurro. No le gustaba alzar la voz. Si la llamaba, a veces le costaba entender lo que decía. Era más como “Kissss Ahh”[2], o solo como “Kiss”.
Generalmente no la llevaban a hospitales, decían que estaban llenos de bacterias y virus, unas cosas muy malas para una niña de tres años como ella, que aún no iba a la escuela ni estaba inmunizada contra todas esas “mierdas”.
Pero hoy, su padre se había vuelto loco.
En lugar de llevarla al parque, como tenían acostumbrado hacer todos los días después de desayunar, papá la había metido en el coche aun en pijama, para llevarla allí, al hospital.
Mirando alrededor, solo veía personas quejándose, acompañando a otros, o simplemente tratando de hacerse ver por los médicos, porque había mucha gente.
A su lado, una señora mayor tosía de vez en cuando y se quejaba de la lentitud de los médicos. La señora olía a caramelos de menta, e iba muy abrigada. Tenía el cabello cubierto con un pañuelo muy bonito de seda, con muchos colorines, y la pequeña se preguntó si le dejaría jugar con él cuando estuviera mejor.
Pero lo peor de estar allí, es que tenía hambre. Su padre la había levantado de la cama apenas amanecía, le había puesto las botas de agua y un abrigo que solía usar cuando nevaba, y la había metido en el coche de mamá, un utilitario de color morado, que ella no usaba ahora, porque prefería dejarle la silla a papá. Ella trabajaba de noche en la redacción de un periódico local, limpiando cuando las oficinas estaban cerradas. Y era papá el que la llevaba y traía en el coche del trabajo.
Kisha trató de bajar de la incómoda silla de la sala de espera para ir en busca de su padre. Sus piernas apenas sobresalían del asiento, y si no llega a ser por la señora mayor, se hubiera estrellado de bruces contra el suelo. Pero la buena mujer estaba muy atenta a ella al parecer.
─ Cuidado pequeña. – Le dijo.
Kisha le sonrió con su desdentada boca. A pesar de que ya debería tener casi todos los dientes, aun le faltaban varias piezas por salir y los huecos se notaban bastante.
Kisha procuraba no hablar con desconocidos, pero papá y mamá no le habían prohibido sonreír o mover la cabeza.
Para su edad, era pequeña, pero mucho más lista de lo que parecía. Con cuidado para que la gente no la tirase al suelo, avanzó hasta su padre, que estaba rojo por la ira.
─ ¿Qué quiere decir que no puede darme información? Por el amor de Dios. Es mi mujer de la que estamos hablando. ¿Me han llamado para decirme que está aquí ingresada y ahora resulta que no me van a contestar a una simple pregunta? ¿Dónde está mi esposa?
Kisha se quedó helada al oír la voz de su padre. ¿Su papá no sabía dónde estaba su mamá? Sin poderlo evitar, Kisha rompió a llorar, llorar como nunca lo había hecho, con miedo.
Papá la cogió en brazos al darse cuenta de que estaba allí, y trató de consolarla, pero desde ese momento, Kisha solo llamaba a su madre a gritos, rogando por que apareciera pronto.