El Misterioso Caso de la Mansión Galloway

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Summary

En una gélida noche del 18 de diciembre de 1942, la mansión de los Galloway, en el tranquilo condado de Cumbria, Inglaterra, es testigo de un asesinato que sacudirá los cimientos de la alta sociedad británica. Durante una fastuosa fiesta, Evelyn Galloway, la matriarca de la familia, aparece muerta en su habitación, víctima de un brutal crimen. La noticia se propaga como un incendio en la mansión y pronto llega a oídos de Katherine Jones, una detective privada reconocida por su ingenio y astucia en la resolución de misterios. Los Galloway, desesperados por encontrar al asesino y limpiar el nombre de la familia, recurren a sus servicios. Mientras Katherine Jones se adentra en los oscuros pasillos de la mansión Galloway, descubre que, detrás de la fachada de riqueza y respetabilidad, la familia Galloway guarda un sinfín de secretos. Cada miembro de la familia podría tener motivos para asesinar a Evelyn, y las tensiones en la casa son palpables. Las investigaciones de Katherine revelan traiciones, rivalidades y secretos oculto tras los muros de su mansión. En su búsqueda de la verdad, se enfrenta a la hostilidad de los Galloway y a un laberinto de intrigas en el que nadie es quien parece ser. "El Misterioso Caso de la Mansión Galloway" es una novela negra que te sumergirá en el corazón de la alta sociedad británica de la década de 1940, llena de misterios, giros inesperados y p

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo Mansión Galloway 18 de diciembre de 1942

La música, inundaba cada estancia de la casa mientras que las voces de los presentes eran imperceptibles, convirtiéndose así en murmullos a penas compresibles. El sonido, provenía del gran salón del ala oeste. Se había organizado un baile de disfraces para celebrar el cumpleaños de la señora Galloway. Ella decidió ausentarse durante la última hora de la velada. Parecía encontrarse indispuesta. 

Evelyn, subía las escaleras con gran dificultad. Su cansancio le impedía andar con normalidad. A pesar de ello, logró llegar al segundo piso y recorrer el primer pasillo que se encontraba a la izquierda. Con cada paso, apoyaba su mano derecha sobre la pared de tono marrón, de estilo neoclásico. Delicadas molduras talladas, adornaban y embellecían el borde inferior de los interminables pasillos de aquel lugar remoto. Finalmente alcanzó el pomo dorado de la puerta de su habitación. Se sentó sobre su cama, y comenzó a deshacerse del refinado y pesado traje ambientado en el año 1700. Se dirigió al baño y abrió el grifo. Había decidido darse un baño caliente. Quizás, solo necesitaba relajarse.

William Galloway decidió quedarse solo media hora más con los invitados y así, finalmente despedirse de ellos, después iría a ver cómo se encontraba su esposa, pero seguro que no sería nada grave. Cuando ya no quedaba nadie más en la mansión gótica victoriana, recorrió cada estancia del lugar para apagar las luces. Subió las escaleras prácticamente a oscuras, únicamente iluminadas por las bombillas que alumbraban el pasillo que Evelyn había recorrido minutos antes con torpeza. Abrió la puerta de la habitación, que se encontraba entornada y entró en la estancia a oscuras pero la luz del cuarto de baño se encontraba encendida. Fue capaz de intuirlo debido a que la el brillo cálido de esta que se filtraba por debajo de la puerta. Se aproximó a la misma y llamó con suavidad.

— Cariño, ¿te encuentras bien? — dijo con la voz más suave que pudo poner para no despertar a sus hijos, los cuales no se encontraba muy lejos de aquella habitación.

No hubo respuesta. Por lo que lo volvió a intentar. En cambio, fue en vano, puesto que su esposa no contestó. Finalmente, abrió lentamente la puerta, dejando ver el cuerpo de su esposa tendido en el agua de la bañera y su cabeza ladeada hacia la salida del baño. Su rostro era de absoluto terror, pero no articulaba músculo. Su brazo derecho descansaba en el aire fuera de la bañera y una gran cantidad de sangre brotaba y fluía a través de su brazo, dejando caer cada gota de aquel líquido rojo oscuro y espeso sobre los azulejos del suelo de aquel habitáculo.

El señor Galloway pensó que lo que estaba viendo ante sus propios ojos era una escena de una obra cinematográfica de suspense y terror. Incluso, le llegó a pasar por la cabeza la idea de que estuviese teniendo una pesadilla, y cuando despertarse en su cama, todo seguiría igual que siempre. En cambio, cuando alcanzó el brazo de su mujer, sitió como todo su mundo, el mundo que hasta entonces había conocido, se resquebrajaba y se desvanecía a su alrededor, quedándose solo, en un abismo oscuro, en el que nadie le encontraría para sacarle de allí.

De repente, volvió en sí, y entonces reaccionó. Comenzó a coger el cuerpo de su esposa para sacarla de aquel trance en el que parecía estar sumergida, mientras repetía el nombre de su amada innumerables veces, alzando la voz, con la esperanza de que esta le oyera y regresase a la vida. En cambio, los ojos de la señora Galloway seguían fijos en un determinado punto, perdidos en alguna parte de otro mundo que no era el nuestro. Su corazón no latía, como si el cuerpo físico estuviese vacío. Como si el alma de la conocida Evelyn Thompson, su apellido de soltera, hubiese abandonado aquel recipiente en el que se encontraba prisionera. Era un simple frasco vacío. Sin nada en su interior.

— ¿Papá? — preguntó una voz femenina, dulce y tímida. Era su hija pequeña Lilith.

La pequeña de once años observaba la escena desde el umbral de la puerta del baño con cara de preocupación, miedo y tristeza. Tenía los ojos vidriosos, y cada cierto tiempo, desviaba sus grandes ojos miel hacia el gran charco color vino espeso que se encontraba bajo las rodillas de su padre. Desconocía por completo que había sucedido, al igual que todos los residentes de la gran construcción gótica. Nadie había visto nada ni había alertado de que algo tan trágico había sucedido en los aposentos del señor.

De pronto, unos pasos que se aproximaban al lugar de los hechos retumbaban sobre el suelo de madera, provocando en algunas ocasiones crujidos sobre la superficie marrón e imperfecta. Era Nathaniel, su hijo mayor de 18 años. Tras ver lo que había sucedido, cogió a su hermana pequeña en brazos para evitar que siguiese viendo ese espantoso suceso, abandonando la habitación en la que dormían sus padres. Así, dejó que su padre se despidiese como era debido de su cónyuge.

Transcurrieron varios minutos que se hicieron eternos, en los cuales los chicos estuvieron esperando en el pasillo junto con Emily, la sirvienta e institutriz. Esta, había sido avisada por el joven, ya que necesitaba que algún adulto estuviese consolándolos por el maltrecho por el que estaba pasando la familia. Finalmente, la puerta del dormitorio se abrió, dejando ver el rostro demacrado de su padre. Este, sin articular palabra alguna, abrazó a sus dos hijos.

— Se ha ido — susurró al oído de su hijo.

Los ojos del joven comenzaron a llenarse de lagrima y su nariz comenzó a moquear tras recibir la triste noticia de que su madre había fallecido. Sin embargo, necesitaba saber más acerca de lo que hubiese pasado. Le atormentaba la idea de que su madre hubiese sufrido o que la hubiese asesinado. William, volvió a entrar en la habitación en penumbra y volvió a cerrar la puerta tras de sí.

— Bueno, jovencitos — dijo la sirvienta con voz dulce — volver a la cama es tarde.

Emily, no sabía cómo sobrellevar aquella dura situación. En sus cuarenta años de servicios no había pasado nada parecido en ninguna de las otras familias para las que trabajó antes de los Galloway.

En plena noche, se desató una tormenta y los truenos que resonaban tras los luminosos relámpagos iluminaban cada rincón de la edificación. Todo parecía estar en absoluto silencio, como si nada ni nadie viviese en aquel lugar. En cambio, la madera volvía a rechinar y alguien llamó a la puerta de la habitación del Señor Galloway. Volvió a abrir la puerta cuidadosamente. Nathaniel lo miraba con preocupación y con algo de confusión en sus ojos.

— Hijo — dijo algo confuso y sorprendido tras verlo allí en plena noche.

Sabía, que su hijo necesitaba hablar y, además, creía que era lo bastante maduro para tener una conversación sobre lo que había pasado aquella noche. Necesitaba saber cómo su madre había acabo así. Finalmente, le dejó pasar sin articular palabra.

Este, entró temeroso por conocer a la “muerte”, aunque tarde o temprano tendría que enfrentarse a ella. Sus ojos se desviaban hacia al suelo con miedo a mirar a las oscuras cuencas que, aquella entidad, tenía en lugar de ojos. Tras alzar la mirada, no vio nada que le provocase absoluto terror, simplemente un bulto yacía sobre la cama, la cual estaba a mano derecha pegada a la pared. No necesitó ninguna explicación por parte de su padre, sabía que la se encontraba tendida en la cama, completamente tapada, era su madre.

Aligeró el paso y se sentó en un butacón que se encontraba al lado derecho de la cama, donde la mano derecha de la mujer se encontraba en frente de aquel asiento. Nathaniel tomó la mano de su madre y la comenzó a acariciar con delicadeza. Su padre, se sentó a su lado en una silla que se encontraba solitaria en un rincón. Parecía que estaba buscando las palabras adecuadas para decirle a su hijo como había perdido la vida su madre, pero este se anticipó a su padre.

— ¿Ha sufrido? — le preguntó con un nudo en la garganta

William dudó unos instantes antes de contestar.

— Creo que no...Se ha desangrado así que habrá ido perdiendo el conocimiento hasta que se ha ido.

Temía decirle a su hijo que pudo haberse suicidado, puesto que su propia consciencia no estaba tranquila y no iba a permitir que él sintiera algún tipo de culpabilidad, como le estaba sucediendo a su padre. Se había llevado todo ese tiempo despierto, planteándose que errores pudo haber cometido para que su mujer tomase esa horrible decisión.

Nathaniel sabía que su madre pudo haberse suicidado tras ver aquella escena tan espantosa, aunque su padre no dijese nada de aquello, pero aquello era imposible, su madre era una persona optimista que sabía gestionar sus problemas. Además, sabía que había sido feliz porque durante su infancia, antes de que su hermana naciera, él mismo le había hecho la pregunta:

— ¿Eres feliz? — le preguntó una noche antes de acostarse.

Ella no dudo su respuesta.

— Soy la persona más feliz del mundo — le contesto sonriente.

— ¿Si?

— Es un secreto, pero vivo con el amor de mi vida, tu padre y luego he tenido un hijo maravilloso que no todos pueden llegar a tener.

Aquella conversación se le había quedado grabada en su memoria y jamás se le olvidaría. Por esa razón, todo lo sucedido le parecía algo extraño, impropio de su madre.

— Papá

— Si, ¿hijo?

— Se que a lo mejor te parece una estupidez, pero Emily tiene una tarjeta en su mesita de noche con el número de teléfono de un detective privado. Por si te sirve de ayuda

Le resultó chocante como su hijo había sobrellevado la situación y como había sabido lo de la tarjeta de Emily, y tenía razón, podría ayudarles a saber si realmente se había tratado de un suicidio o no.