Gatita y lobito IV: La luz del lobito
Era algo más que oscuridad. Parecía ser infinito. Parecía un abismo a punto de devorar al lobito. Se extendía por todo el cielo. Como cubriendo las calles, que en ese momento se encontraban vacías.
Era algo más que silencio. Parecía que se tragaba todo sonido, hasta los respiros. Aunque, al mismo tiempo, lo inundaba todo de ruido, hasta hacer sentir que le explotaba la cabeza al lobito.
Era algo más que soledad, porque el lobito sentía compañía: un fuerte sentimiento de ansiedad y dolor. Era una sensación que no se la desearía a nadie.
Así que decidió caminar. Y a cada paso la oscuridad, el silencio y la soledad aumentaban. De hecho, comenzaba a sentir como descendía en esos sentimientos. Más, cada vez más. Hacía lo que parecía ser un agujero, profundo e inmenso.
Sin embargo, a lo lejos, vio una luz. Pronto, se dirigió hacia ella. Estando cerca, observó a su gatita, sentada, frente a una vela. “Anda siéntate a mi lado. No estés en la oscuridad”, le dijo la gatita. Al sentarse y sentir el calor de su gatita, el lobito se dio cuenta que lo que era una inmensa oscuridad, silencio y soledad, no era más que la ausencia de electricidad en la casa, y que el descenso no era más que la acción de bajar las escaleras.
Al pensar en lo ocurrido, el lobito soltó una pequeña carcajada. “¿Qué pasa?, le preguntó la gatita. El lobito le dio un beso en la frente y le dijo: “nada, es solo que al parecer ya extrañaba tu inmensa luz, gatita linda”.
Alberto Pascual