Mi Isla, Mis Reglas

Summary

Jeong YunHo ama la isla de Bonghwang. La protege como nadie, espantando a cualquiera que quiera dañarla, especialmente aquellos que quieren transformarla en alguna patraña turística. ¿Qué sucederá cuando los aires de progreso lleguen a la isla enfundados en un cuerpo de metro ochenta y ropa de marca? Song Mingi es la representación de todo lo que YunHo odia. Pero también lo atrae como un imán. La atracción es inevitable, la destrucción también. ¿Podrá YunHo evitar que se cumpla su peor miedo o sucumbirá ante los encantos del hombre de Seúl? ATEEZ||YunGi SafeCreative 2307254893760 © All rights reserved

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Prologo


Pisadas fuertes y decididas, el conocido murmullo de las olas y el viento marino golpeando contra su rostro mientras él avanzaba sin dudar, sus pies descalzos cayendo sobre la rustica madera que conformaba aquel muelle y que se extendía algunos metros hacia las profundidades de ese mar calmo de aguas turquesas.

- ¡YunHo espera!

No esperó.

Como si el llamado fuera el último impulso que necesitaba, corrió por el muelle, sus largas y poderosas piernas permitiéndole llegar al final con velocidad. Su camisa voló por los vientos unos segundos antes de que él se zambullera en el mar, el agua recibiéndolo, su entrada salpicando por todas partes. Incluido a quien lo perseguía.

Con una sonrisa despampanante, mostrando todos sus blancos dientes, YunHo se volteó a ver a su enfurruñado amigo que lo observaba desde el muelle con los brazos cruzados. La camisa que había lanzado, reposando sobre su cabeza.

YunHo rio.

- Esto no es gracioso YunHo- lo encaró, tirando la prenda fuera de su cabeza.- Y deja de escapar…

- No estoy escapando, solo quería nadar. – tarareó displicente - Tú también deberías hacerlo San

Volviendo a cruzarse de brazos, el nombrado chasqueó la lengua.

- No trates de cambiar el tema. No voy a nadar y tú tienes que aceptar tus responsabilidades

- No es mi responsabilidad hacerme cargo de un agente inmobiliario – rebatió.

- Un inversionista

- Peor

Tomando una inhalación y antes de que San pudiera detenerlo, YunHo se hundió en la deliciosa agua, desapareciendo sin más. San alzó los brazos al aire, derrotado.

No había caso. Cuando YunHo no quería hacer algo se volvía imposible de tratar, como ahora. San vio con impotencia a su amigo nadar igual que delfín por medio del océano, mientras él se quedaba ahí, varado en ese muelle con su camisa en mano.

Enfadado y todo, San comprendía por qué su amigo había terminado de fugitivo.

Un inversionista. Lo que en palabras de YunHo es igual a “Las siete plagas”.

No había nada peor en el vocabulario de Jeong YunHo, mayor insulto, que la palabra inversionista y más aún si esta venía adherida con “Hotel de Lujo”. Lo aborrecía.Según él, era lo peor que podía existir en el planeta.

Especialmente para la isla en donde vivían.

La isla de Bonghwang o también conocida como la isla del Fénix, era su hogar y uno de los más bellos y recónditos parajes de Corea del Sur. Ubicada mar adentro, frente a las costas de Mokpo y a varios kilómetros de distancia de la isla Jeju, este pequeño pedazo de cielo residía oculto y desconocido para la mayoría de los turistas. De bajo perfil y con un clima sub tropical, la isla destacaba por sus bellos parajes naturales. Con sus milenarios árboles que se alzaban entre medio de palmeras, sus playas de arena blanca y caramelo, sus flores exóticas de todos tamaños y colores que estimulaban los sentidos, al igual que las variadas aves que inundaban la isla con cantos tan únicos, que parecía que todos los días había uno nuevo que escuchar.

En definitiva, era un paraíso. Uno que se había mantenido lejos de la mirada de inversionistas, buitres interesados en rascar su riqueza natural.

Hasta ahora.

Un millonario había dado con la isla, y de alguna forma, había logrado contactarse con el alcalde para conocerla.

Para destruirla, según YunHo.

Esa fue la primera palabra que pronunció apenas supo la llegada del forastero y sus planes. Una palabra que repitió incansablemente y que San estaba seguro, su amigo debía seguir repitiendo en ese mismo instante mientras buceaba en las cálidas aguas.

Y San no se equivocó.

YunHo efectivamente estaba mascullando para sus adentros todo un discursito sobre lo destructor y dañino que sería ese inversionista en la isla. Siendo un nativo de Bonghwang, YunHo había crecido amando y respetando la isla; por lo mismo, es que cualquiera que viniera a esta con ojos de progreso, era un peligro máximo ante sus ojos.

Y no eran prejuicios.

Él conocía a la gente del continente. Conocía sus costumbres, hábitos e intereses.

Ya que estudió biología marina en la Universidad Nacional de Jeju, YunHo evidenció con sus propios ojos lo que eran capaces los coreanos provenientes del exterior. Gracias a los catorce millones de visitantes que recibía Jeju al año, la gran mayoría proviniendo de Seúl, YunHo pudo apreciar sus valores. Unos que se alejaban completamente de los principios de cuidar y se acercaban mucho más a gastar dinero por montones, para su propio deleite personal. Se atiborraban con comida, sin siquiera preguntarse del costo medioambiental. Tomaban litros de agua embotellada, sin pensar que cada botella de plástico que desechaban, se sumaba a las veinte toneladas de basura que el mismo turismo producía cada año en la isla. Ni qué decir sobre el extravagante complejo turístico con canchas de golf incluidas, donde ellos rumiaban comodidad, lujo y estilo. Compartían ufanos en redes sociales fotos con un palo de golf en mano y una margarita en otro, sin siquiera interesarse que la construcción de todo eso había costado miles de metros cuadrados de terrenos forestales.

No, nada de eso era importante para ellos.

Como tampoco era importante para las constructoras, políticos e inversionistas, que ávidos de dinero seguían disponiendo la construcción de nuevos complejos turísticos en la isla, con el pretexto de “hacerla más atractiva para los visitantes”.

Supuestamente Jeju era la isla de los dioses, el Hawái de Corea del Sur.

¿Qué más atractiva necesitaban que fuera?

Y sin estar conformes con eso, ya pensaban construir un nuevo aeropuerto para duplicar la llegada de turistas. Como si catorce millones ya no fuera suficiente, diecisiete millones de turistas nuevos se agregarían si llegaba a cumplirse ese proyecto.

¿No es maravilloso?

Diecisiete millones de personas más que alimentar a base de las costas de Jeju, de sobrecargar el sistema hídrico y deforestación de bosques nativos. Diecisiete millones que generarían otras veinte toneladas de basura sin preocupación.

Pero, de nuevo, ¿A quién le importa eso cuando se pueden ver fabulosos en redes sociales y ser la envidia de sus conocidos?

Vacíos y egoístas.

Parásitos, también.

Esa era la opinión de YunHo sobre toda esa gente. Sobre todos aquellos, qué indolentes, se aprovechaban de las riquezas de Jeju ya sea cómo turistas, inversionistas o lo que fuera; sus intereses y ego siempre estando primero. El daño que le hacían a su alrededor y a los mismos isleños, siendo el menor de sus inquietudes.

Y exactamente eso es lo que YunHo quería evitar en Bonghwang.

Aunque era considerablemente más pequeña que Jeju, no deseaba que tuviera el mismo destino a manos de gente tan materialista e inconsciente.

Un destino que se acercaba peligrosamente con ese hombre que visitaría la isla.

Uno que anunció que traía los mismos propósitos que sus congéneres del continente. Un millonario superfluo, listo para deforestar y construir su “Super Complejo Turístico”, con campos de golf, piscinas y hasta un pequeño helipuerto. Y con él vendrían kilos de turistas, unos que infestarían las playas con juguetitos acuáticos y música ruidosa; latas vacías de cerveza y botellas de plástico en el mar.

YunHo contuvo un estremecimiento con solo imaginar tal escena, mientras el agradable mar lo cubría por sobre la cabeza, refugiándolo.

Se negaba a ello.

No quería a ese inversionista aquí. No quería que sus pies bañados en oro tocaran un gramo de arena de la isla Bonghwang y nada de lo que dijera San o cualquiera, lo haría cambiar de opinión.

Era definitivo.

Tomando aire por tercera vez, YunHo sacó la cabeza con la intención de seguir buceando y así evitar a San. Sin embargo, no se esperó que esta vez su amigo estuviera preparado.

Con zapatilla en mano y una puntería envidiable, San le dio justo en la cabeza logrando que YunHo se alzara más que un par de centímetros, su mano yendo directo al sector afectado.

- ¡Auch! Eso dolió- se quejó.

- Si, pero era necesario. Y ahora que tengo tu atención, tendrás que escucharme hasta el final. El alcalde Park pidió expresamente que te hicieras cargo del visitante y que se alojara en tú…¡YunHo no te cubras las orejas!

- No te oigo, no te oigo, lalala…- canturreó igual que niño pequeño- Si no te escucho, entonces no tengo que obedecer

San miró hacia el cielo en busca de ayuda divina. En serio, a veces su amigo realmente era imposible de tratar.

Sabía que a YunHo no le gustaban los extraños, mucho más si vestían traje y corbata. Pero, le gustara o no, el visitante llegaría a la isla en unos días y siendo una pequeña aldea costera y las viviendas pocas, era una costumbre alojar a cualquier forastero en alguna de las casas. Ya que era poco común tener visitantes que se quedaran a pasar la noche en la isla, no era necesario tener un hotel y las familias no tenían problema en hospedar por unos días algún turista aventurero y mostrarle las bellezas naturales.

Y ese era el papel que ahora YunHo le tocaba cumplir, pero que él se negaba rotundamente.

- ¿Todavía intentas convencerlo?

Caminando con paso ligero, sus pies desnudos tocando la rústica madera blanca mientras que el viento despeinaba su oscuro cabello, se acercó a ellos WooYoung, alias, su novio. Con un estilo despreocupado de pantalones blancos y una camisa estampada totalmente abierta que dejaba ver su bronceada piel, WooYoung observó con ojos perspicaces, tanto a su acomplejado novio San, como el sirenito que había aprovechado la distracción para hundirse nuevamente en el mar.

- No tiene caso- respondió San derrotado- Ni siquiera sé por qué el alcalde insiste que sea YunHo. Pensé que era voluntario…

- Es voluntario, pero por lo que escuché, intentan que a todos les toque al menos una vez – explicó WooYoung sentándose en el borde del muelle, sus pies colgando. San lo imitó con gesto abatido.

- Va a ser necesario un milagro para que YunHo acepte

- O tal vez, solo la palabra justa. ¿Qué hace una zapatilla en el agua? – exclamó, su dedo apuntando al pobre calzado que flotaba a la deriva en el mar.

- Es mía, intentaba llamar la atención de YunHo

WooYoung alzó una ceja. Al ver el gesto derrotado de San, decidió que era su turno de intervenir.

- ¡YunHo! - lo llamó- ¡Hey! Deja de jugar con los peces y ven para acá, sabes que al final tendrás que aceptar

- ¿Y si me niego?

- Perderías una gran oportunidad- respondió con una sonrisa misteriosa, San teniendo un mal presentimiento al verlo.

Conocía a WooYoung. Lo suficiente para saber que esa sonrisa no traería nada bueno. Su novio podía ser un encanto, pero también astuto y letal cuando se lo proponía. Y en ese momento, estuvo seguro que se estaba inclinando a la segunda opción.

Con el mal presentimiento acrecentándose en la boca de su estómago, San vio como YunHo alzaba su castaña cabeza con interés y se acercaba receloso hacía donde ellos estaban.

- ¿Qué oportunidad? - preguntó, mordiendo ingenuamente el anzuelo que hábilmente WooYoung había lanzado.

- La oportunidad de mostrarle la belleza de la isla, a ese inversionista. – tarareó maligno - Tú serás su guía por, ¿Cuánto? ¿Dos semanas?, tiempo suficiente para hacerlo cambiar de opinión en construir algo aquí

YunHo frunció los labios, no muy convencido.

- No creo que eso funcione. Con solo verla, va a convencer al alcalde que le venda un pedazo…

- Todo depende de qué le muestres- refutó WooYoung mirando sus uñas, sin alterarse- Este lugar puede ser un pequeño paraíso tropical, pero como todo, tiene sus desventajas. Como los insectos. Mosquitos que te comen vivo por la noche o arañas del tamaño de tu mano, junto con otras encantadoras circunstancias, que estoy seguro que un chico de ciudad no está acostumbrado. Lo digo por experiencia propia- puntualizó, enfocando sus oscuros ojos en YunHo, el susodicho comenzando a sonreír- Sin contar que tu casa está aislada del pueblo y el camino para llegar no es el más…cómo decirlo, ¿amigable?

- Es solo un camino de tierra

- Díselo al chico Armani cuando vea que su costosa ropa tiene que caminar por ahí junto con sus maletas- canturreó WooYoung divertido - Pienso que ese camino, más otras aventuras, le harán pensar dos veces antes de invertir aquí

YunHo sonrió amplio ante solo el pensamiento, las palabras de WooYoung logrando el efecto deseado. Su amigo tenía razón. Habían muchas cosas que le podía mostrar a ese capitalista para espantarlo lo suficiente y no quisiera volver a pisar la isla nunca más. Sobre todo, alejaría sus avariciosas garras del lugar.

Ya lo podía imaginar. Sería perfecto.

Lo mejor, no tendría que esforzarse mucho. Conocía la isla como la palma de su mano y si jugaba bien sus cartas, podía hasta hacer que ese hombre de negocios se fuera antes de tiempo.

WooYoung era un genio.

Y si era por el bien de la isla, YunHo podía tolerar por un par de días al molesto millonario para hacerlo cambiar de opinión.

¿Qué tan difícil podía ser?

- Acepto- dijo finalmente, sus comisuras tironeando de un extremo a otro.

WooYoung sonrió triunfante.

San en cambio, negó con la cabeza.

Si de algo estaba seguro, es que eso no terminaría como ellos esperaban.